Entrevistas

Fatima Daas: «Ser diferente puede conducirte a la violencia»

Fotos: Ángel L. Fernández

La adolescencia, que es por definición la búsqueda desesperada de la identidad, no le fue grata a Fatima Daas (París, 1995). La suya fue la pubertad de la hija de una familia tradicional procedente de Argelia y afincada en un barrio obrero de las afueras de la periferia de París, de una musulmana practicante y de una buena estudiante… pero también la de una mujer en proceso, con amor por las letras y que empieza a asumir que le gustan otras mujeres.

En torno a esta tierra de nadie en la que se encuentra perdida, intentando contentar a quienes la juzgan de unos y otros frentes, se despliega la trama de
La hija pequeña. La autora ha pasado por Sevilla para presentarlo en el marco de la Feria del Libro. Se le nota que lleva ya muchas entrevistas y que ha tenido que sufrir el descaro de quienes han querido ver en su libro solo un boom editorial de una chica árabe confesando su homosexualidad. Da igual que sea una veinteañera, que lleve anillos en cada uno de sus dedos, que peine o despeine su pelo negro con gomina, como la protagonista del libro, o que lleve un polo Lacoste. Lo adelantamos, La hija pequeña, editada en España por Cabaret Voltaire, es mucho más. A caballo entre los diarios y unas memorias de una vida que aún es muy breve, este opera prima que se convirtió en uno de los libros más celebrados en Francia el pasado año es un relato valiente, inmediato, honesto y desprejuiciado que denota una madurez, una sensibilidad y un estudio del lenguaje inusitados hoy.

Me gustaría que en primer lugar me hablara de su relación con la creación literaria. Por lo que cuenta en el libro, escribe desde niña. ¿En qué momento decide atreverse a narrar su propia biografía sin tapujos?

Si miro hacia atrás, diría que la escritura ha tenido un lugar capital en mi vida desde la adolescencia. En aquellos días funcionaba como un juego, como una forma de hablarme a mí misma y de entender a los demás. Pero no es hasta este libro cuando empiezo a trabajarla de una forma sincera, urgente, cuando me propongo poner mi propia experiencia al servicio de contar algo más grande, cuando decido atreverme a narrar lo que jamás me había atrevido a decir. Nunca antes había tocado estos temas. Con esta novela que comenzó como un ejercicio del máster que cursaba, me propuse estar cerca de mí y también transformar mi relato en algo más amplio y comprensible para los demás.  

Sin embargo, la adolescente del libro no es exactamente usted.

No abandoné por completo la ficción, comparto cosas con la protagonista, pero no somos la misma chica. Sí tenemos en común la vergüenza, la culpa, el miedo… y la tentativa de encontrarnos a nosotras mismas. Todo eso es biográfico, parto de una base de emociones reales, pero no quería limitarme a la verdad, quise dejarle su espacio a la ficción.   

Cuesta pensarlo, porque hay escenas contadas de tal forma que parece que solo hubieran podido suceder de verdad. 

Porque muchas sucedieron. Y algunas fueron incluso peores. Por ejemplo, el pasaje en el que el profesor duda de que la protagonista haya hecho el trabajo de clase por sí misma, sin ayuda. Fue más duro tal y como sucedió. Todas las tramas se modifican mediante la ficción a favor del texto, porque no estamos hablando de contarle la historia a un amigo. La literatura es otra cosa, tiene que llegar a los lectores de una manera más amplia.

Me interesa mucho el aspecto que has mencionado del pasaje del profesor, porque, efectivamente, la duda, el síndrome de la impostora, el propio cuestionamiento y el de todos los que se topan con Fatima, son claves en el libro.

Te agradezco la pregunta, es la primera vez que me la plantean. La duda es fundamental en un personaje que tiene una doble vida. Está obligada a disimular, a esconderse. Que tiene la obligación de ser una buena estudiante y una buena hija pero, a la vez, conserva la rebeldía de querer ser quien quiere ser. Todo esto está presente en el libro y aún en mi edad adulta. Hay una voluntad de intentar acercarnos a quiénes somos sin saber quiénes somos. El libro está hecho de idas y vueltas sobre lo que la protagonista es, en lo que se transforma… pero nunca toma asiento, está constantemente volviendo sobre sus pasos, reconstruyendo el camino, tratando de librarse de lo que los demás le imponen. Cuando dice, por ejemplo, «yo no soy poliamor», está intentando aceptar ese vaivén constante. A cada paso, pone en tela de juicio sus diversas identidades.

Al cabo, es proceso de cualquier adolescente, independientemente del origen, la orientación sexual o los anhelos de cada cual. Diría que antes que nada el suyo es un libro que puede transmitir mucho conocimiento y calma a cualquier joven, ¿no le parece?

Sin duda. Cuando lo escribía, no estaba pensando en publicarlo, pero me alegra saber que ha llegado a tanta gente. Sí que pensaba que me habría gustado poder haber escrito unos años antes, cuando estaba en esa edad, donde solo me llenaban historias que no tenían nada que ver con la mía. También me habría gustado leer algo así. Diría que, al final, es un relato que ofrezco a la adolescente que fui, pero también vuelvo a la idea de que es una historia más colectiva que íntima. Sobre lo que dices de ayudar a otros jóvenes, es algo que he vivido cuando la he publicado. No se trata tanto de ser musulmana, lesbiana o la hija menor de una familia de inmigrantes, sino de cómo se vive la adolescencia en la escuela, cuando todos estamos aún intentando construirnos.

Sé por qué este libro ha tenido éxito y la primera razón es porque es una buena novela. Pero desconozco la intrahistoria de cómo logra que llegue a las librerías. 

A lo largo del máster de creación literaria que cursé, varias personas ejercían como jurado del trabajo que realizamos, que no era otra cosa que un libro, este. En ese proceso me encontré con mi editora. Yo estaba agotada después de tanto trabajo, de modo que cuando ella quiso hablar conmigo, casi que me la quité de encima. Pero persistió, empezamos a hablar y acabó convenciéndome. Yo sabía que era una desconocida y que no podía llegar con mi nombre a una editorial. Sin embargo, gracias a este encuentro, todo fue sucediendo. Ahora puedo decirlo, no estaba preparada para su publicación, ni mucho menos para la prensa, la televisión… Fue como una bofetada y he tenido que ir aprendiendo sobre la marcha. 

Cuando un escritor debuta con un éxito de estas dimensiones, el clásico es que el segundo libro se le haga bola. Sé que ya está en ello. ¿Cómo ha sorteado este temor?

Lo que me ha animado a escribir ha sido el contacto con los lectores. Ellos, sus opiniones, también sus críticas, me dieron la fuerza para hacer frente a la presión que recaía sobre mis hombros. Sé cuáles son las expectativas… también sé lo que le ha gustado a la gente y que no puedo actuar como si no tuviera un público. No es una empresa fácil, no… pero en ello estoy. Habrá una continuidad en ciertos planteamientos, pero será muy diferente. 

Vamos con la estructura si le parece. El libro se compone de capítulos muy cortos que arrancan siempre con una especie de rezo a una misma o una nueva autodeterminación en cada página. La protagonista se define una y otra vez: «Me llamo Fatima, soy musulmana, soy la hija pequeña de una familia de Argelia». 

No fue algo que estuviera desde el comienzo. Lo empleé dos o tres veces en la novela, pero vi la fuerza, pues me permitía, al comienzo de cada capítulo, poner a una nueva Fatima que se lanza a la batalla. El libro es un puzle en el que has de poner esa pieza antes de seguir adelante. También es una forma de enfatizar cómo la gente persigue al personaje y cómo se siente ella de entrada, si mujer, musulmana, lesbiana… Y luego volver a elegir las posiciones. 

Cuando lo leía, imaginaba las reacciones que podía haber tenido en la cultura islámica, pero también en los ambientes progresistas. ¿Le han perdonado que su personaje siga amando a Alá a pesar de querer liberarse como mujer?

He recibido críticas de todos lados. De todos. Una vez me preguntaron por el pecado y confesé que Fatima era una pecadora. Fue durante una entrevista en la radio, lo dije sin más, no hablaba de teología, y lo pagué muy caro. Después, analizando las reacciones, entendí que para mí había sido una forma de quitarme el problema, pero en Francia este tema enciende las calles… me llamaron homófoba, me hablaban de multas que tendría que pagar por haber dicho tal cosa. También me han comparado con mucha gente después de eso, con las personalidades más dispares e improbables. Me atacaron por mi religiosidad. No sé, parecía que tenía que ser yo la portavoz de todas esas mujeres que tenían que liberarse de ciertos yugos. Pero yo no pedí ser esa persona. Ante eso, lo que intenté fue mantener mi línea y quedarme con las reacciones positivas.

Hay otro tema en el libro que me ha interesado y es la presencia que tiene la enfermedad en la historia. Me atrevo a decir que su condición de asmática se trasluce incluso en la forma de contar.

Gracias por preguntarlo, porque es, en efecto, un tema central. El asma funciona como un personaje al que conocemos cada vez más y que cobra tanto peso que se hace presente en el lenguaje, a través de palabras y frases cortas y muy moduladas. Tiene también relación, claro, con esa asfixia que yo sentía, de hablar en corto cuando una se ahoga. Un mal, una particularidad, que se añade a todas esas otras que angustian al personaje por no poder ser como los demás y tener que responder ante todos. 

Volviendo a la ficción y la realidad, hay un momento de la trama que me impactó y que barrunto que habrá provocado la misma impresión ante muchos lectores. La protagonista insulta y agrede sin motivo y sin piedad a un compañero del instituto, un chico homosexual, y lo hace infringiéndole el mismo dolor que ella sufre, el dolor de ser diferente.

Es un pasaje muy importante y que ha sorprendido a muchos. Por su dureza, llegaron a preguntarme si estaba segura de mantenerlo en el libro y decidí seguir adelante. Te lo explico, si una siente vergüenza de sí misma, ese sentimiento puede convertirse en violencia. Ese chico homosexual es el espejo de alguien que ella quiere ser pero no se atreve a serlo. Es importante reflexionar sobre el odio, sobre los errores que una cometió en la adolescencia, sobre todo para no trasladar la violencia a la edad adulta. 

No hemos mencionado aún la figura de los padres. La madre es una mujer que vive en la cocina, entregada a su familia, silenciada. El padre es un maltratador. Sin embargo, Fatima, que ya sabe que su vida será distinta, sufre constantemente por deshonrarlos.

He intentado que estas dos figuras fueran complejas, que ella no sea solo una mujer dulce y entregada y él un hombre violento. Me interesaba redondear estos dos personajes porque ayudan a entender la relación de la protagonista con Argelia. Me gusta dejar esto claro: me enorgullezco de ser argelina, he conectado bien con esa raíz que es parte de mí. Venir de otra cultura me ha enriquecido y me he empeñado en contarle esto a los franceses, que a veces parece que lo ven justo al revés. Hay quien no lo entiende… es como cuando me preguntan si pienso volver a mi barrio de siempre. ¡Pero si yo no me he ido de allí! Es un barrio popular, sin más, no significa que estemos viviendo violencia en las calles cada día. Todo se reduce demasiado, todo se habla en términos globales.

¿Ha tenido reacciones de otros argelinos? 
De gente que está en Francia, sí. Y no han sido malas. Han entendido que estaba contando una historia. La mía.

Después de este tiempo, ¿siente que se ha entendido su libro?

He tenido que responder a cada cosa… y estoy segura que esto no les ocurre a escritores de otras edades o circunstancias. Algunas preguntas escondían mucho… y mis respuestas tuvieron consecuencias. Tuve que aprenderlo todo de golpe, era muy inocente cuando salté a la palestra, y venía de haber sufrido mucha discriminación ya. Sufrí mucho a la hora de empezar a promocionar mi libro, pero hoy lo veo todo desde otro prisma, supongo que he acabado entendiendo lo que había detrás de algunas personas.

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