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Periodista, borrachín, soez… el primer donjuán era de Córdoba

Su carácter no es una cuestión de opiniones. Él se describió a sí mismo como bebedor, organizador de orgías, y amante de todos los placeres de la vida, especialmente el y el sexo. Con hombres, o con mujeres. Lo alaba en los versos de su Diwan, cancionero dedicado también al vino y a la pereza. Elementos indispensables, junto a las fiestas, para una vida feliz. Y es que Ibn Quzman, Abén Guzmán en romance, tuvo la mentalidad literaria «Don Juan», mil años antes de que José Zorrilla legara este término a la lengua. Y no solo eso. Nos transmitió la forma de vivir el placer de los andalusíes milenaristas con un claro estilo periodístico.

«(…) tan pronto vi aquella pierna / y los ojos hermosos, gallardos,
hizo mi pene tienda en los zaragüelles (pantalones) / formando en la ropa como un pabellón.
Y viendo a la criatura ya acostada / quiso la polla entrar en el nido
¿cómo podría no ir a aquel felpudo? / Empecé el trabajo,
he aquí que sale, hételo que entra, / empujo yo dulce, dulce como la miel
y el alma me sale caliente entre sus piernas».

Además de extremadamente explícito. Eso explica en parte que su Diwan llevara siglos encerrado en el Instituto de Estudios Orientales de la Academia de Ciencias de Rusia, en Moscú. Completamente desconocido para los hispanohablantes. Una traducción al inglés puso sobre la pista a Emilio García Gómez, hispanista que a principios del XX vertió al español no solo este, sino todos los cancioneros arábigo-andalusíes, escritos en árabe. Gracias a su trabajo, y por primera vez, una generación entera de escritores españoles, los del 27, quedó fascinada por sus métricas y figuras literarias. Aunque ninguno tanto como García Lorca, que influido por estos cancioneros compuso uno propio, con contenido erótico incluido, El Diván del Tamarit.

En el Diwan a menudo, o por mejor decir casi siempre, Ibn Quzman rebasa lo erótico y sensual para entrar en lo abiertamente pornográfico. Una opción que además defiende con convicción:

«Me admira que a algunos amantes un beso en la boca les baste. / No son tales mis maneras  ni mis principios, ni lo apruebo, / soy más de pasión de asno: huele y monta /».

No es solo una reivindicación del sexo, sino además un ataque directo a sus competidores, los zejeleros. El resto de cancioneros son más sutiles, y aunque eróticos, nunca caen en lo explícito.

Lo que nos lleva al modo en que Ibn Quzman se ganaba la vida, que da sentido a la pornografía de sus poemas. Era zejelero, compositor de canciones en forma de zéjel, en dialecto árabe popular, pero sobre todo era organizador de espectáculos para banquetes privados. Le contrataban para amenizarlos con músicos, cantantes y danzarines de ambos sexos, así como con prostitutas y prostitutos. Además de cantidades ingentes de vino. Fiestas privadas para la élite económica cordobesa. Incompatibles con los principios del Islam, pero como él explica en su libro, las autoridades toleraban estos excesos siempre que no se les diera publicidad. Nadie hablaba, todos los sabían.

Y ese era en el fondo el problema de Ibn Quzman, que competía con muchos otros organizadores de diversión, zejeleros o no. Para triunfar sobre los demás, para vivir de ser contratado, tenía que darse a conocer. Su estrategia para conseguirlo fue presentarse como un «Don Juan» en el Diwan. Creando la mejor campaña de publicidad imaginable. Por eso en los versos no solo cuenta vicios comunes, sino que insiste en los detalles. Invitando al lector a disfrutar de lo mismo… contratándole. Sus poemas son un branded content, o sea, una gigante campaña de promoción. Puede que exagerara o mintiera en lo que contaba, pero qué más da. Consiguió ser percibido como un libertino. Y qué mejor que alguien así para organizarte una bacanal.

La fama tampoco se la ganó solo. Quien primero le hizo célebre fue la poetisa erótica de referencia en el mundo hispanomusulmán de aquel tiempo. Wallada bint al-Mustafiki, hija del antepenúltimo califa cordobés, y su amante durante meses en los jardines de palacio, entre fuentes y  naranjos. Cuando él decidió romper su relación, la poetisa atribuyó la ruptura a la preferencia de Guzmán por los hombres:

«Ibn Zaydun (Abén Guzmán) ama las vergas de los zaragüelles
y si hubiese visto que crecían falos en las palmeras
se habría convertido en pájaro carpintero.»

Él no lo niega, al contrario. En el Diwan explica lo mucho que disfruta con los pechos de manzana varoniles, las mejillas de fina harina, los dientes de perlas y bocas de azúcar de sus jóvenes amantes masculinos. Habla con especial devoción de un «rubito, dulce, hermoso, delgado y alto, cortesano y músico con dedos de noble, que parecen los de quien amasa mazapán».

Nada raro en la época. Los varones andalusíes veían normal convertir su amistad en relaciones sexuales. Tanto es así que el filósofo andalusí Ibn Hazam en su libro El collar de la paloma señala como algo verdaderamente excepcional y digno de elogio que el califa Hisham I nunca se hubiera acostado con sus amigos varones. La bisexualidad era la norma, y la heterosexualidad lo raro.

Bisexualidad, y no homosexualidad, en todo caso. En el Diwan no faltan tampoco las alabanzas para ellas, a las que alternaba en la cama con los hombres.

«Allí fuimos de broma y desenfreno,
ora con mozos, ora con mujeres; (…)
Aunque en ocasiones pueda sufrir un gatillazo (…)
considérame ropa interior, y méteme en tu seno.
Respondió ella: qué listo, mira qué pillo,
pero estás demasiado flojo para penetrar mi seno.»

Aunque lo mejor de leer su Diwan es que puede recomponerse su modo de vida con todo detalle.  Ordenando los poemas del amanecer a la noche, obtenemos el día completo de un noble hispanomusulmán, dedicado al placer en la Córdoba del primer milenio.

Primero, salir de casa dando gracias. Al juez que le divorció de su mujer, no a Alá. Abén Guzmán también alardea de ateo. En cuanto al matrimonio, dice, es un gasto inútil, origen de todos los males masculinos. Y el precio de tener sexo frecuente, desproporcionado. Él, libre de ese compromiso, puede alejarse de su barrio cada día para buscar amantes femeninas. Lejos de donde vives, nos aconseja, para no tener problemas futuros con maridos celosos o amantes despechadas. O con esas vecinas a las que no le gustan sus insinuaciones, y que a menudo quieren «pegarle con un garrote» o le obligan a «levantar con los pies una gran polvareda». Una metáfora de huir que singularmente se parece a esa ya en desuso de «poner los pies en polvorosa».

No es la única pista que Abén Guzmán nos ha dejado de su influencia. Esta otra canción popular del siglo XIX casi parece inspirada en algunos de sus zéjeles:

«Cuando yo me muera / tengo ya dispuesto / en mi testamento / que me han de enterrar,
/ en una bodega, / dentro de una cuba / con un grano de uva / en el paladar».

Anónimo popular.

«Cuando muera enterradme de tal modo / que repose bajo las cepas en un viñedo
/ juntadme los pámpanos encima como mortaja, /
y ponedme en la cabeza un turbante de sarmientos/».

Ibn Quzman.

Y es que aunque su obra desapareciera de la memoria, la tradición oral mantuvo no solo partes de este, sino de todos los cancioneros, en la naciente literatura romance medieval. El Marqués de Santillana y el Arcipreste de Hita, en sus composiciones eróticas, serían herederos de tal tradición.

En cuanto a Ibn Quzman, una vez llegado el mediodía, y cuando ya había disfrutado con alguna de sus amantes, o huido de su garrote, regresa a casa a echarse la siesta. Ya no volverá a salir hasta la caída de la tarde, momento en que inicia su recorrido por las casas de hombres nobles y ricos de la ciudad, buscando clientes. Si consigue un encargo, pasa el resto del tiempo avisando a músicos y danzarines. Y haciendo los preparativos del espectáculo.

Pero justo antes de ir a casa de su cliente, acudirá al Guadalquivir. A excitarse. Es su diversión favorita como voyeur. Las jóvenes menos pudientes llegan para bañarse a la caída de la tarde, y se quedan completamente desnudas. El retrato es vívido: nos describe la naturaleza en las orillas, los cuerpos expuestos. Y él mismo tras los arbustos, explicando a un amigo que no se masturba con el espectáculo porque están reservándose. Este no es sino el aperitivo, y a él le espera el plato principal en el banquete de esta noche.

Banquete en el que hace una entrada espectacular. Disfrazado de mujer, con una apariencia que hoy nos recordaría a una drag queen, canta poemas, danza él mismo, y se hace acompañar de músicos y bailarines como coro. Aquello debía ser muy parecido al cabaret, o al moderno neo-burlesque. Algo así como Liza Minelli y Joel Grey cantando «Money makes the world go around» en Cabaret (1972). Si la vida de Sally, la protagonista de la película, refleja la bohemia alemana antes de la llegada de los nazis, el Diwan de Ibn Quzman nos muestra la vida andalusí antes de la dominación almohade, los talibanes de la época.

El zejelero tuvo la suerte de vivir entre el final del califato, y la etapa de los reinos de taifa almorávides. Nos asegura que al principio estos nuevos dirigentes trataron de imponer unas costumbres más rígidas y propias del islam, nada de fiestas privadas ni de vino. Pero poco a poco el ambiente relajado de Al-Ándalus prevaleció. No iba a ocurrir lo mismo con la llegada de los almohades, que no solo prohibieron a los zejeleros, sino que obligaron a convertirse por la fuerza a cristianos y judíos, hasta que sus dominios peninsulares fueron un conflicto bélico y social continuo. Los talibanes de la época. Ibn Quzman murió justo antes de que ocurriera todo eso. Pero la prohibición almohade primero, y la censura de la cultura cristiana después, lograron que su Diwan, como el resto de cancioneros hispanoárabes, fueran cada vez menos copiados y difundidos, hasta quedar en el olvido.

Hoy, gracias a haber sido redescubierto, el último mensaje de Abén Guzmán sigue cruzando el tiempo. Y desde su Diwan este genial cordobés nos pide que, por favor, le demos trabajo.

«Pídeme que trabaje para ti, / ¿o es que no te parece un oprobio que yo sea
poeta, autor de zéjeles, literato, secretario / y que sepa contar chistes,
pero me quede tirado / como peine de calvo? / Estoy versado
en todas las artes, / soy erudito de gran memoria, escribano,
y te haré llegado el momento una mueca /
que te haga partir de risa cuando me veas».

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