Cultura ambulante Crónicas desorbitadas

Ofreced flores y una exposición a los rebeldes que fracasaron

Underground y contracultura en la Cataluña de los 70

Foto: María José Furió

Muchas veces he pensado, y especialmente mientras espero a que el semáforo cambie a verde en la esquina derecha donde la Diagonal se cruza con Paseo de Gracia en el lado de montaña, que el cine no le saca partido a la arquitectura de Barcelona. La publicidad sí, las marcas de automóviles eligen las más rutilantes fachadas de los edificios firmados por arquitectos de fama o espacios abiertos cerca del mar con el perfil de un hotel de lujo dentro de plano para sugerir un estilo de vida. Pero no elige esas horas de mayor contraste entre el tráfico espasmódico en todas direcciones y la impresión de presencia viva que transmiten los edificios de principios del siglo pasado cuando sus fachadas recogen el resplandor del atardecer. Uno de esos edificios tiene la cresta de sus últimos pisos cubierta desde hace años por una red de las que se usan en la restauración de fachadas, de modo que cuando sopla algo de aire y la red se agita parece que respire. Barcelona es un espectáculo de la arquitectura y el edificio del que hablo, dedicado hoy a oficinas, pertenece a la Generalitat de Cataluña desde que en 1981 lo comprara junto con el palacio adyacente, el Palau Robert, y sus jardines.

El Palau Robert tiene su pequeña historia que interesa también en relación a la exposición —Underground y contracultura de los años 70— de la que aquí se trata. Estrenado a principios del siglo XX como residencia del marqués de Robert, figura al estilo de la época, es decir aristócrata, financiero y político, en noviembre de 1936, al inicio de la guerra civil, la Generalitat lo convirtió en sede de la consejería de Cultura. Durante el franquismo los Robert recuperaron la propiedad y en el 81 la nueva Generalitat adquirió el palacio y la edificación aledaña por un bonito porrón de millones de pesetas para transformarlo y abrirlo al público en 1997 como Centro de Información de Cataluña. Desde entonces se programan exposiciones, conciertos y montajes diversos para celebrar la cultura y el patrimonio catalanes.

Cataluña se autodefine como habitada por dos rasgos de signo opuesto, el seny i la rauxa, algo así como la sensatez y el arrebato o el sosiego y el despendole. De habitar estos rasgos en una sola persona se la diagnosticaría como personalidad bipolar; cuando habitan en una ciudad, da lugar a conflictos a menudo graves como desigualdades insuperables; cuando se busca conciliarlos puede favorecer sinergias interesantes, como la exposición comisariada por el legendario Pepe Ribas, fundador de la mítica revista Ajoblanco y agitador cultural, con  el apoyo del músico y activista cultural Canti Casanovas (Barcelona, 1951), uno de los protagonistas del «brevísimo verano de la anarquía» del 77.

Registremos esa fecha, 1977, que ha quedado en la memoria de la Península como el periodo en que no hubo gobierno propiamente dicho porque el titular, con Adolfo Suárez al frente, andaba despojándose de los lastres del falangismo y pidiendo a sus iniciales coaligados que se hiciesen el harakiri, evento que desde el Congreso fue retransmitido por televisión. Así pudo verse, en noviembre del 76, a unos ancianos trajeados que parecían surgir de la noche de los tiempos alzándose de sus escaños, al oír su nombre, para pronunciar un sí o un no a la Ley para la Reforma política.

La contracultura y el underground hacían frente en ese momento tanto al decrépito franquismo como a las corrientes comunistas, con su afición a los dogmatismos, a las jerarquías verticales y a la gerontocracia. Era un modo de vida, por eso además de los «objetos» de cultura —revistas, discos, conciertos, obras de teatro, compañías independientes— y de sus protagonistas y antagonistas, interesa el espacio habitado. En el resquicio que dejaba la Barcelona feísta de Porcioles —alcalde del franquismo entre 1957 y 1973—, de paso a la Barcelona rutilante, especulativa y olímpico-turística de Pascual Maragall, los jóvenes pudieron encontrar pisos enormes, destartalados y de alquileres asequibles con contratos indefinidos en el centro de la ciudad; allí podían instalarse en comunidad, en pareja o montar la redacción o el estudio los editores, dibujantes, fotógrafos y diseñadores emergentes.

Foto: María José Furió

Por eso, al entrar nos encontramos con una típica salita «progre» de inspiración marroquí-hippie en las lámparas, cojines, con paredes pintadas de vivos colores —no puede faltar el lila del primer feminismo—. El espacio expositivo se ofrece a continuación como una sucesión de vitrinas, paneles de fotografías, videos, llenos con ejemplares de los libros que todo progre leía o debía leer, el movimiento beat y la contestación americana, la poesía catalana y la filosofía alternativa que llegaba de los campus, mientras suena el rock de The Doors. Los olfatos finos agradecen que no hayan aromatizado el ambiente con pachulí, grifa o incienso; la mascarilla es obligada.

Es un recorrido intenso y extenso por las diferentes manifestaciones de la Barcelona libertaria, con menciones a las influencias y momentos hip de la década: los macroconciertos de figuras impensables durante el franquismo, como The Rollings o Iggy Pop, al lado de los Woodstock catalanes —Canet Rock—, los lazos con el rock andaluz o el mediterráneo. Desde luego, la llegada de los Rollings también marcaba el cambio de modelo del negocio musical. Imprescindibles, las nuevas compañías teatrales que supieron conjugar el rescate de géneros y títulos perdidos de la tradición catalana y la profunda renovación del espectáculo teatral, que se consolidaba en Europa y Norteamérica y puso en el centro el cuerpo como sujeto político. Vemos la irreverencia y la exploración de nuevas puestas en escena, baratas y creadas en cooperativa. Ahí estuvieron los Joglars y los Comediants, Dagoll Dagom, el Lliure. Un cabezudo de Pujol nos dice lo que significó el teatro como programa de exorcismos. Las fotografías las firman referentes indiscutibles: Ferran Freixa, Pilar Aymerich, Pep Rigol, etc.

Vamos de sala en sala cruzando telones de terciopelo y pisando las portadas de los diarios de la época —muchas cabeceras han desaparecido— que con grandes titulares  anuncian los picos históricos, desde el «Franco ha muerto» al «Nixon dimite», sin olvidar la contestación política radical ni la interminable crisis económica.

Ribas & Casanova introducen al visitante en un túnel del tiempo, que no de nostalgias, con el insoslayable protagonismo del cómic en la sala central, corazón de la expo, reina Ajoblanco acompañado de otros guerrilleros iconoclastas. El cómic como agente político, canal de difusión de la reivindicación homosexual de la década, en todos los tonos posibles. Ajoblanco reunía a intelectuales de diferentes disciplinas y tendencias, cuando los claustros universitarios no habían sido domesticados, para discutir de los asuntos capitales —«humano, demasiado humano»— para esos años de transición.

Y así se llega al tramo final. Este último bloque, impactante con los paneles de grandes fotografías, verifica el lema «lo personal es político»: desde las comunas a los desfiles por la Rambla de Ocaña travesti, las fiestas, la ecología del huerto propio, el nuevo orden familiar —Pau Riba dando el biberón al crío, charla en cuclillas con otro hombre—, el desnudo y el sexo desafiantes, y las asambleas políticas a cielo abierto. Y mucho, mucho, pero que mucho pelo. Melenas en la cabeza y pelo en pecho. Que la década siguiente fuese la del look y los peluqueros-estrella ilustra con elocuencia la palabra «reacción».

La respuesta a «¿de dónde salieron estos rebeldes ácratas y por qué fracasaron?» promete ser larga. Bastantes, como el propio Ribas, venían de la burguesía urbana y de alta alcurnia, quizá la mayoría de una clase media profesional y antifranquista, y pocos —como Ocaña— del «sempiterno atraso andaluz». Eran desclasados hacia abajo y hacia arriba. Llegó el dinero de Europa y los cargos vacantes en nuevos organismos públicos catalanes y pocos se resistieron al cebo de los sueldos exorbitantes; pensemos en los Joglars de los fastos del 92 y el Yo tengo un tío en América, o en el autor de la novela que da título a este artículo como alto cargo de la Generalitat de Pujol. Ribas habla del estrago que supuso la heroína y acusa a la policía de introducirla entre la juventud. Hay que sumar la desindustrialización, la devaluación de las carreras universitarias por obra de la masificación, el sida, etc.

Pero la anarquía es el sustrato real del país y no todos fueron turistas de la contracultura o de la libertad sexual: basta con ver la actual oferta en formación pública y privada o los derechos sociales adquiridos, además de las ayudas, más o menos rápidas, para víctimas de las diferentes violencias. La semilla y la raíz de esos logros son de la década de los 70. Que la Generalitat haya encargado al fundador de Ajoblanco esta exposición, y no al revés, dice claro que el seny en estos momentos está hambriento y muy necesitado de rauxa.


El underground y la contracultura en la Cataluña de los 70: un reconocimiento
Comisariada por Pepe Ribas
Palau Robert
Hasta el 28 de noviembre de 2021, en la Sala 3

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