Crónicas

Olvidado rey gurú

Hay grandes propósitos que bien valen una «magufada»: ser creativo, ser delgado o ser feliz. ¿Cómo que no? Piénselo un segundo: con pocas cosas somos tan comprensivos como con las estupideces que hacemos en la persecución de tan nobles fines. No importa lo racionales e incrédulos que nos consideremos, es mencionar cualquiera de ellos y somos todo manga ancha.

¿Que por qué me estoy dando refriegas con bálsamo de lirios eslovacos? Ah, que sus propiedades organolépticas disminuyen el tamaño de las cartucheras, de acuerdo. ¿Esto? Es LSD, lo uso para estimular el córtex prefrontal cuando me quedo atascado en la escritura de mi novela. ¿Vivir en este islote vendiendo pulseritas de concha y nutriéndome de algas? Sí, resulta que ahí encontré la verdadera felicidad.

Y bien está, supongo. Podrán subirnos la factura de la luz hasta rehipotecar a nuestros bisnietos, pero que nadie nos prive de invertir esperanzas para que suene la flauta a base de hechiceras pociones, productos de alacena o polvitos en gurruños de papel. Y dinero, claro. Ya se habrán dado cuenta, pero precisamente en torno a esas tres universales aspiraciones han florecido algunos de los negocios más pingües de nuestra era. La industria del adelgazamiento, la de la felicidad y la de la creatividad son imperios construidos sobre una premisa básica: no darle a usted ni una fracción de lo que prometen, sino «enseñarle» a conseguirlo con sus propias manitas. De lejos, este DIY de la realización personal se parece al proverbio aquel de no darle pez al hombre sino enseñarle a pescar… pero fíjese bien. Más de cerca. ¿Lo ha visto ya? Efectivamente: aquí el boquerón es usted, masticando el anzuelo. Porque si después de que yo, gurú de mil TED Talks, le haya abierto las puertas a mi arcano conocimiento sigue usted sintiéndose miserable, orondo y mediocre, la culpa no es mía. Yo más no puedo hacer. Guárdese ese ticket de los 19,50 «lereles» que invirtió en mi librito e interróguese sobre dónde ha fallado. En otras palabras, vuelva a mirar los cubiletes —reserve ya su ejemplar de Cómo ser más creativo volumen II— y a ver si esta vez adivina en cuál está la bolita.

Ya que nos invitan, miremos más detenidamente uno de ellos. Tuvimos que atravesar el Renacimiento y la Ilustración para ponernos más o menos de acuerdo en que la creatividad no es cosa de dioses ni musas, y que dijera lo que dijera Homero —«cántame…»—, no se trataba de esperar  que el de allá arriba eligiera a un selecto grupo de ejemplares —hombres, casualmente— para inocularles de su gracejo celestial y creativo. La creatividad, resolvimos, era cosa humana. Liberados del yugo del casting divino, la pregunta se hizo sola: y cómo llegó ahí, Siri. Siguieron un par de siglos de señores reflexionando muy fuerte sobre si la creatividad es algo innato —Kant—, hereditario —Lamarck—, lo que diantres defendiera la Gestalt o los cuatros pasos del proceso creativo del matemático Henri Poincaré. El resumen lo bordó Chesterton: cuando dejamos de creer en dios, creemos en cualquier cosa.

En cualquier cosa… siempre que venga amparada por un gurú, precisemos. Alguien a quien precedan sus éxitos y sus medallas. En el recetario básico de cómo ser creativo lo primero es acudir a qué hicieron ellos, admirablemente convencidos de que si desandamos sus pasos y replicamos sus técnicas vamos a igualar los frutos. Carta blanca a cualquier tontuna que active las conexiones neuronales y haga brotar la chispa creativa. Aunque se contradigan entre ellas.

Por ejemplo: los mejores artistas son los más desgraciados. Que el dolor es gasolina creativa nos lo llevan repitiendo machaconamente siglos y siglos: la sordera de Goya, la bipolaridad de Munch, el rigor de las desdichas de Virginia Woolf… Desde que Lord Byron acuñó lo del «artista torturado» no ha pasado un solo día sin que se saque a relucir la relación intrínseca entre creatividad y desgracia.

El mayor exponente del extremo opuesto son las oficinas de Google, Apple o cualquier startup pintona de Silicon Valley. Más bien la imagen que se traslada de ellas, que no es exactamente lo mismo. Piscinas de bolas, horarios anárquicos, oficinas soleadas sacando lo mejor de sus trabajadores que tienen barra libre de smoothies, guardería y sillones para sestear a expensas de la epifanía creativa.

Sin olvidar los alicientes de supermercado o de camello. Hincharse a güiscazos emulando a Hemingway o a Marguerite Duras, merendar anfetaminas como Philip K. Dick, machacarse el tabique como Stravinsky… Elija su droga y tendrá un artista al que citar cuando alguien le afee que va usted como Las Grecas y todavía no ha entregado el informe.

El resultado es que la creatividad, más que una aspiración o una meta, se ha convertido en una pantomima colectiva con la que se atiborran las estanterías de autoayuda. Haga esto o aquello para lograrla, súmese a nuestro programa de capacitación. Aquí las claves. Por aquí los secretos de los gurús, atienda. Como si fuera algo irremediablemente incidental. La ciencia insiste en explicarnos lo contrario, que ni la rabia, el alcohol, los tormentos «byronianos» o los ejercicios espirituales son sus responsables directos, sino la estimulación de un área del cerebro muy concreta —STG, por sus siglas en inglés— cuya explicación no cabe en ningún eslogan.

Pero aquí seguimos. Sin reconocer que el negocio montado en torno a la búsqueda de la creatividad debería figurar junto a las grandes estafas de nuestro tiempo, como la falda-pantalón, la segunda temporada de True Detective o Leiva. En lugar de eso, damos pábulo a gurús con dientes como teclas de piano que por un módico precio acuñan inspiradoras frasecitas sobre cómo dar con el Santo Grial creativo. Sí, algunos de los más celebrados también trataron de curarse el cáncer con agua con azúcar, pero a quién le importa. Exudaron arte, creatividad, ingenio. Reyes gurús inolvidables.

El consuelo es que de esos tres grandes propósitos, al menos hay uno que se puede fingir. Seguiremos orondos y mediocres, pero tenemos Instagram para aparentar felicidad. Algo es algo.

 

2 Comentarios

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