Horas críticas

Libros de la semana #29

Harold y Maude, de Colin Higgins (Capitán Swing)

Un chico de diecinueve años, que gusta de suicidarse para aterrar a su madre, y una septuagenaria, que transita por la vida pisando a fondo el acelerador de coches robados, probablemente conformen la pareja protagonista más alejada de la idea popular de una comedia romántica. Pero ni Harold ni Maude son criaturas que caminan por las aburridas sendas de lo habitual, ni Harold y Maude es una comedia de pareja al uso. Colin Higgins ideó aquella historia como un guion a modo de tesis universitaria, y lo paseó por estudios de cine con la esperanza de dirigir la versión cinematográfica. Finalmente, la película se gestó a las órdenes del realizador Hal Ashby, estrenándose de manera discreta pero convirtiéndose con los años en una obra de culto. Higgins publicó su libreto como una novela en 1971, el año del estreno de la película, y dicho libro, recuperado por Capitán Swing tras llevar décadas desaparecido, conserva el mismo espíritu de obra extraordinaria e irrepetible que posee la versión estrenada en pantalla grande. Harold es un acomodado joven obsesionado con la muerte que conduce un coche fúnebre y mata tardes contemplando demoliciones de edificios o asistiendo a funerales de desconocidos. Maude es una anciana que toma prestados vehículos ajenos, pinta sonrisas sobre las estatuas de las iglesias, fuma hierba y posa desnuda para un escultor enamorado de la mitología griega que nunca  finaliza sus tallas por rendirse a los brazos de Morfeo. Ambos coinciden en un punto de sus vidas e inician una de las relaciones más excepcionales de la ficción. Higgins roció aquel relato de diálogos deliciosos, «¿Tú no tienes miedo?» pregunta Harold, «¿De qué? Lo conocido lo conozco y lo desconocido me gustaría descubrirlo» contesta Maude. Y construyó una obra que nació subversiva antes de que el mundo supiese lo que significaba eso. Una historia que dinamitó de manera velada todo lo que hasta entonces resultaba obvio: el concepto de pixie girl como arquetipo de novia ideal y vivaracha, el romanticismo clásico o la idea de que el humor negro no puede ser gentil. Harold y Maude parecen personajes excéntricos y marcianos, pero en realidad, en un mundo absurdo de militares lisiados que enaltecen la guerra y de madres incapaces de distinguir a sus hijos de un maniquí, son los únicos seres cuerdos y reales. Harold y Maude parece una broma con regusto macabro, pero en realidad es un maravilloso canto a la vida que nace del lugar más inesperado, la obsesión por la muerte, «¿Qué tiene de extraño la muerte? No es ninguna sorpresa». Porque a veces es necesario trepar árboles hasta sus copas y rodar por colinas, «Todo el mundo tiene derecho a hacer el ganso, no dejes que el mundo te juzgue tanto», robar plantas y huir de la policía, fabricar máquinas que atrapen el olor de una calle en invierno, dar el pésame a desconocidos o vivir una historia de amor imposible, para sentirse realmente vivo.


La cita, de Katharina Volckmer (Anagrama)

A La cita le bastan un par de líneas para que el lector entienda las razones por las que la primera novela de Katharina Volckmer ha sido calificada como una bomba literaria. Porque pocas narraciones se atreverían a arrancar con un «Me acabo de acordar de que una vez soñé que era Hitler», pero muchas menos osarían prolongar dicha confidencia disertando sobre las virtudes del pene del Führer, o convirtiendo al líder ario en inspiración para el onanismo enfermizo. La cita está protagonizada por una alemana afincada en Londres, y transcurre en la consulta de un doctor judío, cuya cabeza se encuentra enterrada entre las piernas de la narradora por razones, en un principio, desconocidas para el lector. Y su historia se presenta como un extenso monólogo sin pausa, tan osado como para ignorar la división en capítulos o la distancia entre párrafos, donde la protagonista expone en voz alta sus reflexiones y recuerdos ante el médico que revisa sus bajos. Un discurso que comienza desgranando con saña la identidad alemana, «Nunca se nos ensaliva lo bastante la garganta como para chupar a alguien con devoción porque nos han criado con demasiado pan seco», continúa rememorando una relación extinta con un amante denominado simplemente «K», aborda el sentimiento de culpa de un país entero por su pasado nazi, y termina despedazando a su propia narradora al enfrentarla con los problemáticos recovecos de su sexualidad y su género. Es un monólogo cargado de ácido, donde la protagonista arrasa con todo: define vajillas decoradas con esvásticas como «una especie de universo Barbie degenerado», idea fantasías eróticas con Hitler para aterrar a su terapeuta en la ficción y a los lectores en el mundo real, cuestiona la naturaleza carnal del amor preguntándose «¿Por qué te ibas a follar a un pedazo de plástico si no fuese para mantener el corazón a salvo?» y sentencia que Dios «seguramente tenía el pene del tamaño de un cigarrillo». Entremedias, dispara reflexiones afiladas sobre el amor, «Los caballos no hablan, debe de ser mucho más fácil amarlos», los corazones pisoteados, «Aunque te entierres viva en un cuarto sin ventanas y te declares alérgica al mundo entero, alguien encontrará la manera de poner su corazón bajo tu suela» o el deseo, «Cada persona es el pecado de otra». La prosa de Volckmer ha sido clasificada como explosiva, pero La cita es algo mucho más prolongado y devastador, es una ametralladora deslenguada que descabeza títeres y derrumba tabúes. La voz de los confundidos hijos de un país que nacieron cargando sobre sus espaldas con la vergüenza del pasado de otros, cuando todavía no se habían comprendido siquiera a ellos mismos. «No es casualidad que no haya en alemán ninguna palabra para referirse al placer: solo conocemos la lujuria y la alegría». Volckmer afirma que los editores alemanes no se atreven a publicar su novela, y ese detalle no deja de resultar gracioso de un modo retorcido, porque eso es justamente lo que le recrimina a su Alemania natal la espatarrada protagonista de La cita.


Castillo de arena, de Frederik Peeters y Pierre Oscar Lévy (Astiberri)

Hace cuatro años, durante el Día del Padre, las tres hijas del director de cine M. Night Shyamalan, responsable de cintas como El sexto sentido o El protegido, le regalaron a su progenitor un tebeo europeo con nombre de efímera construcción playera y extravagante trama fantástica. Unas viñetas que fascinaron tanto al realizador como para que no tardase en comenzar a rumiar la posible adaptación cinematográfica de la obra. El cómic en cuestión era Castillo de arena, una fábula ideada por el cineasta francés Pierre Oscar Lévy y dibujada por el artista suizo Frederik Peeters, autor del popular Píldoras azules. Este mismo verano, Shyamalan estrenó en los cines Tiempo, una película que bebe mucho más de Castillo de arena de lo que se atreven sus responsables a confesar en público. Ocurre que el tebeo que le sirvió de embrión es un relato mucho más certero, y más crudo en su propuesta, pero también más humano y meritorio. Levy y Peeters construyeron un cuento de terror varado en un escenario insólito para el género: una playa recóndita, donde el tiempo transcurre de manera extraña y peligrosa, que atrapa a varios personajes condenándolos a vivir una pesadilla contrarreloj. Una ocurrencia que parece una entrega playera y dominguera de Tales from the crypt o la versión siniestra de las historias que Rod Serling firmaba para La dimensión desconocida. Resulta fácil salir desencantado del cine tras ver Tiempo, pero es difícil que ocurra lo mismo al cerrar las páginas de Castillo de arena. Porque el director indio añadió elementos innecesarios a la historia original, aproximándola a la mentalidad del blockbuster hollywoodiense. En la orilla opuesta, Levy y Peeters exploraron la naturaleza humana a partir de una premisa terrorífica que contenía mucha más enjundia contando mucho menos, ignorando la causa y centrándose en el incidente. Los personajes de Castillo de arena, conscientes de su destino, sufren, entran en pánico y teorizan sobre lo que les ocurre. Pero también exploran sus deseos sexuales, asumen lo horroroso de su destino y celebran un festivo picnic entre bailes, vino y cuentos aprovechando el tiempo que les queda. El cómic se publicó por primera vez en 2010, caminando de puntillas por las librerías y sin llamar demasiado la atención, pero el reciente estreno de la película ha propiciado la reencarnación del libro en una nueva edición. Y la moraleja es evidente: si hay que morir en una playa capaz de drenar años de vida, la mejor opción es descorchar un vino, montar una fiesta y abrazar el sueño aferrándose a las fábulas fantásticas. Y si hay que dedicar un par de horas de vida a disfrutar de un buen relato, es mejor sumergirse en el cómic original, antes que sentarse ante la pantalla para contemplar su versión aguada.


Territorios improbables, de Pedro Torrijos (Kailas)

La figura del narrador nació en el mismo momento en el que existió un público dispuesto a escuchar historias. Es decir, cuando la propia humanidad se presentó sobre el planeta. El interés por conocer los rincones exóticos del globo surgió cuando las personas descubrieron que existían terrenos más allá de sus fronteras. Con el paso del tiempo, los narradores hubieron de reinventarse adoptando nuevos canales de comunicación, y los exploradores inquietos se vieron obligados a rebuscar emplazamientos insólitos por descubrir. En la época digital actual, el arquitecto y crítico cultural Pedro Torrijos es uno de los narradores modernos más diestros que tenemos. Alguien capaz de agrupar a una numerosa audiencia dispuesta a escucharle gracias a sus múltiples artículos, su serie de Twitter #LaBrasaTorrijos o su podcast Cómo suena un edifico. En la era de Google maps y Street view, donde cualquier rincón del mundo existe a tan solo un clic de ratón, Territorios improbables es la guía en papel definitiva sobre los lugares extraordinarios. Un itinerario configurado por Torrijos a través de emplazamientos inauditos, excelsos, marcianos o poseedores de alma quimérica. Cincuenta ubicaciones, clasificadas en cinco grupos en base a la existencia y la mirada («Lo que ya no está», «Lo que tenemos delante pero no vemos», «Lo que no podemos dejar de ver», «Lo que no queremos mirar» y «Lo que no debería existir»), cuyas historias son narradas con humor y dedicación pedagógica. Una ruta que transita admirando el pueblo de Alaska cuya población al completo se apila en las plantas de un mismo edificio de catorce plantas, la ciudad africana edificada sobre diamantes y engullida por las arenas de un desierto voraz, los edificios bolivianos que fueron víctimas de la arquitectura Transfomer, las gigantescas maquetas de urbanizaciones fake ideadas para engañar a los bombarderos japoneses de la Segunda Guerra Mundial, la casa supuestamente hostigada por miles de fantasmas víctimas de un rifle, los rascacielos de barro cocido al sol erigidos en medio de un desierto, o las calles de toda una ciudad australiana horadada bajo unas tierras ardientes. Pero Territorios improbables también es una obra que ilustra sobre construcciones excepcionales, indagando en los secretos tras el diseño de las creaciones de Oscar Niemeyer, los pueblos-fortaleza de sociedades sin jerarquía, las cárceles perfectas, el esqueleto del edificio que catapultó a París al futuro o la estación de metro, ideada por un trepa valenciano, más bella de Nueva York. Y por el camino, Torrijos aprovecha para hacer escalas en los lugares más divertidos del planeta: la colosal cabaña de madera construida por un chiflado gánster ruso, un demencial parque de atracciones dedicado a Jesucristo, las ventanas que no dejan que se cuelen las brujas, las confusas y juguetonas fronteras de dos ciudades que se contienen una a la otra, el solar más pequeño y caro del mundo, o la ciudad estadounidense que un empresario automovilístico plantó en medio del Amazonas para que acabara siendo arrasada por nativos lujuriosos y alcoholizados. En el fondo, solo hay algo que ha existido antes que narradores y exploradores: las historias que quieren ser contadas.

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