Entrevistas

Alfonso Vila: «Muchas de estas estaciones no deberían estar abandonadas ni muchos de estos ferrocarriles estar cerrados»

En la fachada de la estación de ferrocarril de Bogajo, en Salamanca, unas letras pintadas reivindican: «La tierra es para quien la trabaja». En la de Barca, en Soria, el grafiti es más romántico y anglosajón: «Wait to spend my life with you». Estos mensajes reflejan la vida que muchas estaciones tuvieron antaño y que ya no existen. Raíles rotos e inundados de malas hierbas, un colchón desnudo en una estación o un sofá abandonado en otra y destrozado quién sabe si por el tiempo o por unas manos humanas.

Alfonso Vila Francés (Valencia, 1970) es un escritor que hace fotos y un fotógrafo que escribe, y ha retratado muchas estaciones de ferrocarril de España. Ha publicado de todo, pero destacan sus libros sobre trenes: España en regional (Maledicto Ediciones, 2020) y En vía muerta (West Indies Publishing Company, 2020). En el primero de ellos, Vila Francés narra algunos viajes en trenes regionales a través de la geografía española. Es una aventura sobre ruedas en la que habla del país, su historia y sus trenes a lo largo de los años.

En vía muerta es un libro de fotografías de estaciones de ferrocarril de España, desde las dos Castillas y la Comunidad Valenciana hasta Navarra y Cataluña. Vila Francés incluye imágenes de depósitos de agua anejos a las estaciones, así como planos detalle de las ventanas o de objetos tan abandonados como los edificios donde están. Entre las estaciones fotografiadas hay algunas que carecen de tejado y otras que conservan solo dos de sus cuatro paredes. Esos dos muros supervivientes, verticales y paralelos parecen el camino hacia otro mundo en lugar de una estación antigua. Muchos de ellos son proyectos ferroviarios de gran magnitud que al final quedaron en nada, o apeaderos abandonados que el escritor intenta mostrar a través de sus fotografías.

¿Cuándo comenzó tu pasión por la fotografía?

De adolescente, que es cuando comienza todo lo malo, los vicios, las perversiones, los pecados… Luego ya te quedas enganchado toda la vida, y aunque lo quieras dejar vuelves a caer, porque es una droga muy dura (risas). Siempre he querido ser fotógrafo, como siempre he querido ser escritor, y eso es algo que, si se te mete dentro, ya no sale. Puede que no hagas fotos o no escribas, pero sigues siendo un escritor o un fotógrafo, y son dos vicios muy malos, aunque por suerte solo son malos para la persona que los sufre, no para los demás. Y sí, vicio puede sonar algo fuerte: pero prueba a estar una temporada sin hacer fotos o sin escribir —y sin pensar en hacer fotos o sin pensar en escribir— y verás cómo no puedes, y como lo pasas muy mal.

¿Eres más un fotógrafo que escribe o un escritor que hace fotos?

Pues me remito a la pregunta anterior: las dos cosas y en el fondo es lo mismo: quieres contar algo y lo puedes contar con fotos o con palabras. Tú decides qué herramienta vas a utilizar según tus posibilidades y tus capacidades de ese momento. Yo digo que «cuando no escribo hago cosas peores» y una de esas cosas «peores» es hacer fotos. Pero cuando no hago fotos también hago cosas «peores», como escribir novelas o cuentos o poemas. No sé vivir sin escribir y no se vivir sin fotografiar. A veces me gustaría no tener la pretensión o la ambición o el deseo de ser artista, ni fotógrafo, ni escritor ni nada de eso. Pero cada uno es como es. Y sirve para lo que sirve…

¿Qué lugar ocupan los libros de fotografías de estaciones dentro del conjunto de tu obra?

De momento ocupan poco espacio. Por ejemplo, tengo seis libros de poesía publicados y solo uno de fotografías de estaciones, pero me gustaría hacer más en el futuro. De hecho, yo sigo haciendo fotos de estaciones y poniéndolas en los blogs. Lentamente voy juntando material para una futura segunda parte o algo parecido, algo que por ejemplo también incluya otras partes de ferrocarriles abandonados y desmantelados como túneles, puentes y restos de arquitectura industrial en general. Hay libros sobre vías verdes, pero todavía queda mucho por contar y por fotografiar, y espero aportar mi pequeño granito de arena. Por desgracia voy lento, ya digo, porque no siempre puedo coger una semana para viajar por alguna parte del país donde sé que hay estaciones que quiero fotografiar. Y además los meses del confinamiento, como es evidente, no pude hacer nada. Pese a todo, en la medida de mis posibilidades, voy ampliando mi «catálogo». Mi sueño sería tener «fichadas» todas las estaciones abandonadas que aún existen en España —las que han derribado por desgracia ya nunca podré fotografiarlas—. Es un sueño… Llegaré hasta donde pueda.

Has escrito ficción, ensayo, poesía, relatos y libros de fotografía, pero ¿en qué formato estás más cómodo?

En todos. Me gusta todo y creo que estoy igual de cómodo escribiendo algo —un artículo por ejemplo— que saliendo por ahí a hacer fotos. Incluso dentro de la fotografía, me gusta todo y si no lo hago más es porque muchas veces no puedo. Porque uno no hace lo que quiere, hace lo que puede y se tiene que adaptar a eso. A veces cuando voy en tren y lo que quiero es hacer fotos, de repente se me ocurre un poema y saco una libretita y me pongo a escribirlo. Y me olvido de repente de las fotos… Y está bien, la cuestión es hacer algo, y no sufrir demasiado en las épocas de «sequía», que siempre vienen por una razón o por otra.

¿Qué sientes cuando estás en una estación fotografiando el edificio o sus raíles? ¿Qué aire se respira dentro de ellas?

Por un lado mucha pena, tristeza, nostalgia, melancolía… —llámalo como quieras—. Por otro lado mucha curiosidad. ¿Quién vivió allí?, ¿quién pasó por aquí? Me hago las preguntas que se haría un arqueólogo que descubre en mitad de la selva unas ruinas de las que no sabe nada. Y por último enfado, rabia, indignación… —aquí también puedes poner otros adjetivos— porque creo que muchas de estas estaciones no deberían estar abandonadas ni muchos de estos ferrocarriles estar cerrados. Por supuesto que también siento placer, porque cuando estás metido en el acto de fotografiar, sientes el placer que proporciona a veces el trabajo artístico o intelectual. A veces…

¿Qué te sugieren los objetos abandonados en las estaciones que visitas?

Lo mismo que las estaciones: una mezcla de tristeza, curiosidad, enfado y placer, el extraño placer del explorador, del arqueólogo, del artista que ve que su trabajo se va creando y va dejando de ser solo una idea en su cabeza. Hay objetos que de repente te llevan al pasado porque tienen mucho poder evocador, otros objetos te abren una puerta que no conocías, como los grafitis. Si ves uno que pone «mina no», aunque no sepas nada de esa mina, ya comprendes que ahí hay un hilo del que tienes que estirar, y ese grafiti te lleva por un camino nuevo. Todo es importante en una estación, todo son huellas, señales, pistas de una historia. La historia está a trozos y la tienes que ir descubriendo tú.

Algunas de tus fotografías están a color y otras en blanco y negro. ¿Qué te hace elegir entre uno u otro?

Es un criterio puramente artístico. Quiero que mis fotos funcionen o sean útiles a dos niveles: un nivel documental y un nivel artístico. Y en el plano o nivel artístico cada estación te pide una opción. Algunas tienen que ser en color sin lugar a dudas. Otras solo admiten el blanco y negro. El problema son las que aguantan las dos cosas. Ahí tengo que elegir yo, y muchas veces me equivoco y otras muchas acierto. Lo bueno de la fotografía digital es que puedo hacer infinitas copias, todas las que quiera, ver cómo quedan y ya luego me quedo con una opción. Tengo que seleccionar y algunas fotos me han dado muchos dolores de cabeza. Y no sé… si volviera a hacer el libro (En vía muerta) las cambiaría. Otras no. Otras son color y no pueden ser otra cosa. Y lo mismo con el blanco y negro.

¿Cuál es la estación que más te gusta por belleza, ubicación, historia…?

Hace años te hubiera dicho Canfranc sin pensarlo ni un segundo. Pero ahora, por suerte, hay que sacar a Canfranc del purgatorio de las estaciones abandonadas (y con eso me refiero a que el edificio no tenía ninguna utilidad, estaba cerrado y nadie lo cuidaba y se iba estropeando con el tiempo). Ahora se va a convertir en un hotel, y además de la estación han quitado muchas vías, que tenían muchos vagones abandonados. Era un sitio muy salvaje, lleno de maleza y óxido. También había otros muchos edificios y algunos se restaurarán y otros no. Y han hecho una estación totalmente nueva al lado. Por un lado me parece estupendo, por otro lado, como fotógrafo, antes me parecía más interesante. Pero las estaciones abandonadas se acaban cayendo o las derriban, y está muy bien que una estación como Canfranc se salve de la destrucción.

Si tengo que decir otra, te digo La Fregeneda. Ahora también se está recuperando un poco, por lo menos una parte. Y es una suerte, porque estaba fatal.

¿Qué historia sobre estaciones de ferrocarril te ha llamado más la atención?

Vuelvo a decir Canfranc, por supuesto. Esta estación tiene historias para escribir un montón de novelas. Por decir una, está la historia de «El oro de Canfranc» y de cómo se hizo el descubrimiento y la investigación posterior. Y digo descubrimiento porque aparecieron por ahí tirados en el suelo ciertos papeles… Y ya no cuento más… Que siga el misterio. Pero en realidad todas las estaciones tienen muchas historias, hasta las más modestas. Habla con cualquier antiguo jefe de estación o con sus descendientes y te contarán un montón de historias, algunas increíbles. Y no solo de la estación, sino también de su relación con el pueblo o con los habitantes de la zona.

¿Qué te dicen las estaciones fotografiadas de España, de su pasado y de su presente? ¿Y de ti mismo?

Hablan de un mundo desaparecido y que ya no volverá nunca. Desaparecido y dentro de poco también olvidado, porque los que lo vivieron ya estarán muertos. A veces se rescata parte de esa memoria con libros, pero solo una parte. Es como cuando vas a un museo etnográfico y no sabes para qué sirven los cacharros y las herramientas que ves. Si no te lo explica nadie, estás perdido. Es una pena… Y por supuesto también hablan de cómo algo que durante muchos años es imprescindible, de repente se vuelve completamente inútil. De cómo pasa el tiempo y cómo todas las acciones humanas y todas las obras humanas tienen fecha de caducidad. Del Tempus Fugit y del Carpe Diem, de todo eso. Te puedes poner muy filosófico si quieres.

Por lo demás es difícil decir que he aprendido en estos años en el terreno personal. Resumiendo mucho diré que estos proyectos —incluyo el de viajes en Regional— me han hecho conocerme mejor y me han dado mucho tiempo para reflexionar y para reorientar mi vida: saber lo que puedo hacer y saber a dónde quiero llegar. Suena a tópico pero es verdad.

Comparas Soria con la estepa siberiana. ¿Qué fue antes: el éxodo rural o el abandono de las estaciones?

Las dos cosas vinieron juntas. Por desgracia el tren que llegó para traer el progreso, el desarrollo económico, para sacar al país de la miseria y del atraso, también sirvió en muchos casos como cauce por donde se iban desangrando demográficamente algunas regiones, porque los que subían el tren eran emigrantes con billete solo de ida, nunca de vuelta. Y cuando ya no quedó nadie para salir del pueblo y marcharse a trabajar a la ciudad, entonces se cerró la estación…

Bueno, esto es una simplificación, aunque en la práctica fue así. El tren benefició mucho a las ciudades, pero desde luego no contribuyó —ni podía hacerlo por sí solo— a evitar la despoblación del interior. Te voy a dar un ejemplo de «historiador». Hace tiempo en una hemeroteca leí en un periódico antiguo una noticia sobre la futura construcción de dos trenes mineros en Teruel, el de Ojos-Negros a Sagunto y el de Utrillas a Zaragoza. Naturalmente el periodista lo ponía como algo absolutamente maravilloso, como lo mejor que le podía pasar a una provincia como Teruel —que a principios del siglo XX no tenía prácticamente ninguna industria, era básicamente agraria y además con una agricultura fundamentalmente de subsistencia—. Según el artículo con el carbón y el hierro que se sacara de las minas se podía montar una gran zona industrial. Y eso supondría trabajo y bienestar económico para toda la provincia. Bueno, el artículo era muy muy optimista. Y luego qué… El hierro iba directamente a un barco en Sagunto y el carbón iba directamente a Zaragoza.

Era el mismo sistema de explotación colonial. Las materias primas se mandaban directamente a la metrópoli. Se creó trabajo en las minas, claro, pero el impacto económico fue mucho menor del que un tanto ingenuamente esperaba el periodista —y probablemente compartían otras muchas personas—. Y esto es solo un ejemplo.

Otro ejemplo es otro artículo que daba noticia de la inauguración de la línea de La Fregeneda, que según el redactor iba a unir felizmente Portugal con Salamanca. Lo lees ahora, con el ferrocarril abandonado —aunque por suerte el tramo final, que es espectacular, se ha convertido hace poco en una fantástica vía verde muy especial, porque mantiene los raíles— y te da mucha lástima: es todo optimismo. Y uno piensa en los pueblecitos por los que pasaba el tren. Y acaba recordando un poco el final de «Bienvenido, Mister Marshall». Lo que se esperaba que pasara y lo que pasó luego…

¿Por qué algunas de las fotografías están tomadas desde dentro de un tren? ¿La razón es el difícil acceso a ellas por otras vías?

Esa es una razón. Algunas estaciones son muy difíciles de encontrar. O las encuentras pero es muy difícil llegar hasta ellas y al final tienes que ir andando —y no siempre tengo tiempo o voy con el tiempo justo—. Pero en otras ocasiones es porque me gusta este tipo de fotos, para mostrar lo que ve un viajero que pasa con el tren, y también como una especie de reivindicación, para decir que si bien la estación está cerrada —y a veces medio derruida—, pese a todo sigue teniendo una utilidad como apeadero. Pese a todo la gente va allí a esperar el tren, que por suerte aún sigue pasando —y quiero que se vea el tren, porque lo que no se ve no existe—, y que la gente que usa la estación, en realidad lo único que puede usar es un andén desierto, porque el edificio que tiene delante está cerrado o está en unas condiciones que impiden su uso. Es un poco para decir: mira lo que tenían antes los pasajeros, mira lo que tienen ahora…

Muchas de las estaciones que fotografías están en edificios con forma similar. Pero hay una, la de la estación de Torrecilla de Valmadrid (Zaragoza) que parece la torre de un castillo, ¿es extraño encontrar estaciones o apeaderos en edificios con formas poco convencionales?

No te creas. La tipología de las estaciones es muy variada. Incluso dentro de una misma línea puedes encontrar estaciones muy diferentes entre si. Y eso me encanta. Es como los castillos —ya que hablamos de torres de castillo—, todos no son iguales. Sirven para lo mismo, pero hay de muchos tipos, tamaños y formas. Y eso es bueno, porque da mucha riqueza al patrimonio histórico. Y las estaciones son arqueología industrial que se conoce poco y se valora poco. Y no quiero ser quejica, pero es una pena… 

¿Has fotografiado o investigado sobre las estaciones de ferrocarril de Bélgica y Hungría mientras vivías allí?

No, qué va… Yo entonces era joven… Monté mucho en tren, desde luego. De hecho el viaje en tren —o trenes, mejor dicho— más largo que he hecho fue Valencia-Debrecen (Hungría). Iba con unos amigos y tardamos cinco días en llegar. Pero por desgracia en ese momento la fotografía era analógica y yo era un simple estudiante sin demasiado dinero para comprar montones de carretes de fotos y luego revelarlos, así que aunque me llevé una cámara, no tengo muchas fotos. Si fuera ahora no quiero pensar las miles de fotos que haría…  Aunque casi mejor por otro lado, porque la fotografía te quita tiempo para la vida. Si estás todo el rato haciendo fotos, te pierdes otras cosas… Y yo en ese momento era joven, ya digo, y pensaba más en vivir el momento que en «fotografiar el momento». Hay una gran diferencia.

Y cuando estaba en Bruselas lo mismo. Iba mucho en tren a Lieja o incluso a Holanda o Luxemburgo, pero tengo muy pocas fotos de esa época… Tengo muchos recuerdos, y vuelvo a lo mismo, tal vez es bueno que algunas cosas solo sean recuerdos y nada más que recuerdos. Sí tengo poemas o cuentos. ¿Y qué es mejor una foto del tren cruzando el Danubio o un poema sobre el recuerdo de un viaje en tren y el momento en el que ves por primera vez el Danubio?

En España en regional dices que «la fecha del gran cierre de líneas de 1985 no es casual» —porque España iba a ingresar en la Unión Europea— y que algunas se han cerrado por motivos difíciles de entender, «pero ya hablaremos más profundamente de los motivos del cierre de líneas». Explícanos cuáles son esos motivos.

¡Uff! Me pones en una situación muy complicada. Si te contesto como me gustaría contestar a esa pregunta es muy posible que no me dejen subir a un tren en este país nunca más. Me viene la vena sarcástica por un lado y me invento un eslogan publicitario como «Renfe: tu empresa de autobuses». O me viene un cabreo brutal al ver lo alegremente que se cerraron un montón de ferrocarriles que no se debían haber cerrado. Pero por otro lado no se puede generalizar. Cada ferrocarril era un caso distinto. Algunos posiblemente no tenían futuro. Sin embargo, otros muchos se debían haber mantenido. O por lo menos, en caso de dejar de prestar servicio, haber dejado los carriles donde estaban. Porque un ferrocarril cerrado se puede volver a abrir, pero si ya no hay vía, ni puente, y si has construido una finca por donde pasaba el tren, entonces ya no hay remedio. Si quieres volver a poner el tren, tendrás que empezar de cero. Y eso ha pasado aquí y en otros países. Ahora por ejemplo se está hablando de volver a abrir la línea Lorca-Baza-Guadix. Pero claro, ¿por el mismo sitio o con un trazado nuevo? Porque construir todo un ferrocarril sale mucho más caro que volver a usar uno que ya existía.

Pero lo que me cabrea profundamente es eso de «se cerró porque no era rentable». Eso es un insulto y una mentira.

Primero: los servicios públicos no tienen que ser rentables. ¿Quieres ser económicamente liberal? Pues lee a Adam Smith. Hasta él sabía que hay servicios que tienen que ser públicos y que el estado se tiene que encargar de ellos porque la iniciativa privada no quiere ocuparse de ellos precisamente porque no son rentables. Y eso se lo deja Adam Smith al estado. Porque son servicios básicos, fundamentales, y si no lo hace el estado, entonces no lo hace nadie. El sector privado está para buscar un beneficio, el estado está para atender a los ciudadanos.

Segundo: dame la empresa pública que funcione mejor del país y en cinco años te la destrozo y hago que nadie la use. Es muy fácil, basta con hacer que todo vaya mal, poner malos horarios —y suprimir servicios…., donde pasan cuatro trenes, de repente quito uno—, poner trenes viejos —lentos y con muchísimas averias—, quitar estaciones, quitar revisores —y por tanto nadie cuenta los billetes que se venden y luego en las estadísticas salen menos usuarios de los que realmente hay—, no hacer las reparaciones o mejoras que hace falta porque no se quiere invertir ni un euro en este servicio, etc, etc. Tú coge a un enfermo que tiene una enfermedad que no es mortal, pero no hagas nada, simplemente deja que pase el tiempo… Y luego cuando el enfermo al final va y se muere pues vas y dices… «Si es que se tenía que morir, no tenía salvación posible». Ya digo, esto me da mucha rabia. Y no, no digo que lo hagan deliberadamente. Pero si quisieran hacerlo deliberadamente, si quisieran cargarse el ferrocarril, no lo harían mejor de cómo lo están haciendo.

¿Piensas que las estaciones abandonadas deberían transformarse en hoteles o en casas rurales o particulares?

Todas no, pero muchas sí. Según donde están pueden servir para una cosa o para otra. Yo he visto desde estaciones convertidas en establo o en granja hasta estaciones convertidas en museo. Y me parece perfecto. Todo vale menos derribarlas o dejar que se caigan poco a poco. Lo que no se puede hacer es desmontarlas piedra por piedra y con ese material hacerte un chalet o una casita en otra parte, así por la cara, con todo el morro del mundo, y eso también lo he visto.

Y de lo de derribarlas pues para qué hablar… Si se cerraron ferrocarriles muy alegremente, porque era lo más fácil o vete a saber por qué —y aquí siempre me hago la misma pregunta: ¿quién gana con esto?, si es que gana alguien…—, ahora estamos viviendo una especie de «boom» de los derribos, que por lo visto es el nuevo negocio, porque alguien cobra por ese derribo, no seamos ingenuos, y hay que preguntarse si todo lo que se ha derribado o se quiere derribar realmente es necesario que se derribe, si realmente no hay otra opción que no sea el derribo. Así que si se junta que derribar es lo más fácil y que encima ganamos dinero con eso, pues…

¿Las estaciones abandonadas tienen un mayor atractivo para fotografiarlas que aquellas por las que actualmente pasan trenes?

Sí y no. Son cosas distintas. ¿La fotografía de desnudos es mejor que la fotografía de moda? Es distinto, ni mejor ni peor. De una estación del AVE o una estación muy moderna también puede salir un buen libro de fotografías. Y a mí me gusta todo. Por ejemplo, mientras estoy esperando un tren en la estación del Norte de Valencia, estoy haciendo fotos. Mientras estoy esperando un tren en Atocha o en Chamartín, estoy haciendo fotos. Mientras estoy esperando un tren en Delicias, en Zaragoza —una estación que me encanta, y es muy moderna…—, estoy haciendo fotos. A mí me gustan todas las estaciones y todos los trenes.

¿Crees que hay dejadez por parte de las instituciones —y desapego de la sociedad española— hacia las estaciones antiguas?

Por supuesto. La cuestión es si esa dejadez es intencionada o es simple incompetencia o otra cosa que obedece a un interés personal de tipo egoísta. Uno acaba pensando mal, y no quiero acabar pensando mal, pero no será la primera vez que algo se degrada a propósito para luego poder justificar su derribo o su venta y que algún amigo de un político gane dinero con ello. Solo hay que mirar lo que pasó hace poco en Madrid con dos edificios antiguos, la llamada «operación Canalejas» que consistía en declarar una zona urbana «manzana podrida para convertirla en manzana de oro» (según palabras de Peio H. Riaño, en su artículo para ElDiario.es)

No obstante, no quiero pensar mal, ya digo, y pienso que mucha de esa «dejadez» es simple incompetencia, o que no se valora lo que se tiene, pero en todo caso si tú eres el encargado de mantener unos bienes artísticos, por ejemplo, tú deberías ser el primero en saber el valor de lo que tienes… Y me parece que eso no pasa.

¿Qué has aprendido después de tanto tiempo fotografiando estaciones y viajando en tren a través de ellas?

Vuelvo a la pregunta de antes… Al Tempus Fugit y al Carpe Diem. Mucha gente luchó para que llegara el ferrocarril, para que pasara por su pueblo, para que uniera España con Europa. Y las estaciones lo mismo, mucha gente luchó para verlas construidas, mucha gente luchó para que funcionaran. Costó mucho trabajo y mucho esfuerzo. Y fueron útiles e importantes. Allí pasaron grandes cosas. Cosas que salen en los libros de historia y cosas que no salen en los libros de historia pero son un gran acontecimiento en la vida de una persona, o de dos personas, o de cien personas. Si en una estación despediste a tu novio que iba a luchar a la guerra y luego por desgracia tu novio muere y ya no lo vuelves a ver nunca más, la estación es el último recuerdo que tienes de esa persona. Eso no saldrá en ningún libro pero muchas novias despidiendo a muchos novios en todas las estaciones es lo que hace la «Historia» en mayúsculas de un país. Sí, es un ejemplo extremo.

También puede pasar lo contrario. Allí te reencontraste con un novio al que creías muerto. Eso es muy importante. Y ahora la historia me la cuenta el nieto de aquella novia mientras vemos las ruinas de la estación. Eso es la vida, la vida que se vivía en un sitio que ahora está muerto. Como escritor estas cosas dejan huella. Y uno tiene un deseo casi irrefrenable de escribir un cuento o una novela a partir de esa historia real, tan cotidiana y tan profundamente humana. Como fotógrafo intento hacer lo mismo, pero con imágenes. Y he aprendido que aunque no lo consiga, tengo que intentarlo, que merece la pena intentarlo.

¿Tienes pensado publicar otro libro con fotografías de estaciones?

Bueno, esa pregunta tendrías que hacérsela a mi editor…

3 Comentarios

  1. Migel Angel Marugan Cabero

    Hola Mario, no te conocia pero me veo reflejado en todo lo que dices y piensas.La historia del fc en este pais es de lo mas triste y repugnante, conozco un poco la historia y la sigo cada dia, tendria mucho que contar si supiera expresarlo en la escritura, naci en el 51 en Nieva Segovia.
    Atentamente.

  2. Pingback: Llamamiento a la acción urgente – ecologistas en acción – granada

  3. alfonso vila francés

    Hola, Miguel Angel.

    Gracias por tu comentario pero Mario es el que me ha hecho la entrevista, las respuestas (que creo que te refieres a eso en tu comentario), son mías. Por lo demás muchas gracias y te diré que conozco Nieva. He hecho muchas fotos a la estación de Ortigosa de Pestaño, que está justo al lado. Un sitio muy bonito, lástima que hoy tan abandonado…

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