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Toda esta felicidad…

Admitámoslo: hay días en que nos cansamos de llevar sobre nuestros hombros occidentales las culpas de este mundo y necesitamos otros argumentos, otras perspectivas. No hablamos de evasión ni de escapismo, solo de otra manera de abordar la realidad. Y da gusto encontrar narraciones en que la evocación de la pasada felicidad no se utiliza como nostalgia superficial sino para trazar el mapa de un mundo desaparecido que pervive en sus protagonistas.

Planimetría de una familia feliz, de Lia Piano (Génova, 1972), y Lejos de Egipto, de André Aciman (Alejandría, 1951), comparten el logro de transmitir las impresiones y memorias de una niñez alegre —más estrepitosa en el caso de la italiana— en un contexto —familiar e histórico respectivamente— que iba a cambiar para siempre. Los dos cuentan, con más páginas y matices Aciman, al galope Piano, qué supone formar parte de lo que da en llamarse una familia feliz y ser el ojito derecho de los mayores. Pero, llevándole la contraria a Tolstoi, aquí se hace evidente que también las familias felices lo son cada una a su manera.

Lia Piano es la hija del celebérrimo arquitecto italiano Renzo Piano y de su primera mujer Magda Arduino, protagonistas junto con los dos hermanos mayores, Carlo y Matteo, la asistenta Concepita Maria, un perro mestizo, tres pastores alemanes, un número incontable de gallinas y otros bichos, de las divertidas peripecias ligadas a su instalación en Génova, de vuelta de París, para habitar una casona llena de estancias no todas ocupadas y rodeada por un enorme jardín salvaje. Es fácil pensar en el Durrell de Mi familia y otros animales, pero es una referencia tangencial porque Planimetría… se concentra en el grupo familiar y en su felicidad anárquica, que contrapone a las reglas de la escuela primaria italiana, orientada más a la uniformidad que a potenciar la personalidad de las criaturas. Y personalidad no le falta a la niña protagonista, trasunto de la flamante escritora y directora de Publicaciones de la Fundación Renzo Piano. Desde el punto de vista de sus cinco años, cuando la cabeza le asoma apenas entre las altas hierbas del jardín mientras, flanqueada por Pippo, su perro, acompaña a sus hermanos en sus expediciones, por lo que le plantan un sombrerito con un chisme en lo alto para no perderla de vista, va hilando anécdotas sobre los habitantes de la casa y sus costumbres, pasiones y travesuras. Se desprende una simbología clara en la oposición entre el dentro de la casona, contenedor misterioso con tantos espacios libres como secretos, y el afuera —el jardín como edén silvestre y la escuela como el lugar de los relojes y el aburrimiento—. Abundan las escenas hilarantes relatadas con aparente sencillez formal pero con alusiones cultas, como cuando define el crecimiento surrealista del gallinero, fabricado por toda la familia después de descartar todas las maquetas: «estaba a medio camino entre un vertedero y una máquina célibe», en gráfica alusión a la máquina soltera de Marcel Duchamp, y todo narrado con una voluptuosa vitalidad, desde el sarampión erótico del hermano mayor desatado por la fámula-institutriz analfabeta-cocinera y superintendente, la siciliana Maria Concepita, a cómo medio matar una gallina, llevar el timón del barco o sufrir una efímera conversión religiosa.

Hay otro juego de simetrías entre los personajes: el padre, encerrado largas horas ocupado en fabricar un velero, y la asistenta, cargada de hijos, con un marido presidiario ocasional e ideas muy claras sobre cómo sacar adelante el día a día de la familia. El afán de precisión del padre y la lengua sin verbos de la asistenta. La madre es el fiel de la balanza entre estos dos opuestos. Pero todos estos seres apasionados y creativos tienen en común lo que Maria Concepita resume finamente: se trata de pensar con las manos. Pensar haciendo; hacer realidad cualquier plan comprometiendo todo el cuerpo y el idioma en la aventura.

Planimetría de una familia feliz no se centra, como podría esperarse, en Renzo Piano, que en esas fechas estaba inmerso, junto a Richard Rogers, en el proyecto que haría explotar su fama, el centro Beaubourg de París, aunque está ahí como pilar oculto que sostiene toda la estructura. Son centrales la madre y Maria Concepita, con sus personalidades sensuales, tiernas e hiperactivas y está claro que el relato se erige en defensa del pensamiento divergente, sin necesidad de escribir un manifiesto, en el que cada miembro de esta encantadora familia aporta su peculiaridad y su genio.

Seguimos en el Mediterráneo cuando abordamos las radiantes memorias de André Aciman, Lejos de Egipto, que publicó en 1994 en inglés y ahora llega en español en la ola del éxito que fue la adaptación cinematográfica, en 2017, de Llámame por tu nombre. Aciman nació en Alejandría en 1951 en el seno de una familia judeo sefardita que, marcada por los diferentes pogromos y persecuciones, recalaba en Egipto a principios del siglo XX, allí el pequeño André vivió su infancia y adolescencia, feliz y consentido, hasta la expulsión en 1956 que el gobierno de Nasser dictaba contra los extranjeros, tras un intermedio de acoso. Desde la llegada hasta la expulsión, las condiciones de vida de este grupo privilegiado gracias al buen uso de los contactos y del mejor aprovechamiento del «fratismo» —enchufar a los hermanos— fueron degradándose conforme el gobierno árabe hostigaba a los europeos, imponía el panarabismo y requisaba sus bienes. El primer capítulo está dedicado al personaje medular de la historia, el tío Vili, cuando ya anciano, habita una propiedad campestre concedida por el gobierno británico en premio a su ayuda durante la segunda guerra mundial. El autor resume su perfil en el epígrafe: «Soldado, viajante, estafador, espía». De raíces italianas y turcas, el tío Vili odia lo «otomano» y se construye una personalidad italiana, admira al Duce pero también lo british. Las aventuras y la desfachatez del personaje están narradas con gracia y romanticismo. Como el tío Vili, el escritor Aciman rehuye la truculencia y el dramatismo previsible del contexto y saca partido del lema que el otro repite a placer: Siamo o non siamo? ¿Somos o no somos?… valientes, audaces, pero también astutos y acomodaticios, supervivientes.

A los personajes pintorescos y fascinantes, como la madre sorda o la abuela que quiere hacer del niño un muchacho «distinguido», a la condición apátrida o nómada, a las aventuras bélicas y económicas, es decir a trayectorias singulares dignas de un relato, Aciman añade una prosa que bebe con moderación del estilo proustiano —la descripción del día en la playa con la abuela y la despedida de Egipto en la Corniche así como la descripción de las relaciones entre criados y familia, son claros ejemplos—, y se ensancha con una adecuada combinación de romance —el noviazgo de sus padres, los pretendientes de la tía Flora—, costumbrismo —la vida en el Egipto colonial y los privilegios de los europeos en el país—, y nota histórica —las transformaciones que siguieron a la segunda guerra mundial, la descolonización y el triunfo de Nasser que provocó la hostilidad y acoso al extranjero—. A esto se añaden dos elementos que parecen característicos del autor de Llámame por tu nombre. El espacio habitado como reducto seguro, es decir tanto el gran apartamento de la abuela que reúne a la familia para superar juntos los periodos difíciles marcados por las guerras, como la propia Alejandría, sus barrios, mercados, cafés, playas, y su población multirracial.

Lejos de Egipto encaja en el subgénero narrativo de la familia rica que pierde su paraíso, a menudo simbolizado por una gran propiedad en un paisaje bello y decadente y que es recordado por un vástago especialmente talentoso. Pero Aciman no olvida mostrar cómo esos privilegios dependían también de la estratificación económica con una extensa población nativa explotada o ignorada, y cómo su edad le permitía fluir entre la familia y los criados y educar el oído en los idiomas, discursos y narrativas. La conciencia del privilegio incluye la de cierta relevancia personal de modo que el exilio va a provocar mucha melancolía, especialmente en las mujeres, aunque, en el caso del narrador, la vida en Alejandría y las ventajas que le brinda la posición económica del padre van a dejar como resto tangible una formación de calidad con profesores particulares, que se traducirá en la exitosa carrera literaria y profesional. El lector pensará en el Cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell, por el protagonismo de la ciudad, pero sin la empalagosa sensualidad y esteticismo, y en El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura, por la exaltación de un territorio perdido para siempre que es memoria e idioma, y por la poetización de la experiencia colonial.

Aciman, instalado con su familia en Estados Unidos desde 1968, donde ha sido profesor universitario de literatura comparada y de escritura creativa, recrea un tiempo de esplendidez y de riesgo, de declive y supervivencia, evoca la huella cristiana en Alejandría, las capas culturales que la conforman y que no se limitan a la oposición judíos-árabes o europeos-africanos, y dedica páginas muy interesantes al uso del ladino y de lenguas europeas, los dialectos y el pidgin que usa la población servil. Aun referida a su infancia y adolescencia, es una crónica adulta con momentos de variados tonos, cómicos, melancólicos, o asombrosos como la lluvia de codornices que señalaba el fin del verano, poéticos como su celebración de la luz mediterránea o el recuerdo de la despedida de Alejandría en la Corniche. Lejos de Egipto es una lectura más que recomendable, con nota sobresaliente, igual que en Planimetría de una familia feliz, al trabajo de sus traductoras.

Lejos de Egipto, de André Aciman, traducido por Celia Filipetto, Libros del Asteroide, 2021, 347 págs.; y Planimetría de una familia feliz, de Lia Piano, traducido por Isabel González-Gallarza, Seix Barral, 2020, 224 págs.

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