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Guillermo Busutil, el ‘éxito’ del periodismo cultural

Guillermo Busutil, Premio Nacional de Periodismo Cultural 2021. / Foto: Lisbeth Salas

Hace ya varios días que Guillermo Busutil, escritor y periodista, recibió el Premio Nacional de Periodismo Cultural 2021. Nos alegramos melancólicamente por él y, de paso, por el reconocimiento que se hace acerca de un oficio, el de periodista cultural, que hoy por hoy sigue sumido en la miseria más o menos disimulada. El realismo fúnebre de la estirpe es así (obviando, claro está, los tiempos ya pretéritos en los que las redacciones eran amplias y diáfanas y donde se fumaba y se malmetía sobre todo y contra todo). Somos como una subraza, una agonía dentro de la agonía general de los medios de comunicación.

El premiado Busutil ha recibido un monto de 20.000 euros. Nos parece una racanería. Los lectores, ajenos al intramundo que nos ocupa, suelen desconocer la dulce infelicidad que nos procura este oficio. Si descuartizamos estos 20.000 euros, se verá que con esta cifra no se llega ni a un sueldo de mil euros al mes durante al menos dos años de alivio económico. Gozar hoy por hoy de un digno y estable sostén en la profesión no es más que una broma sacada del tarro de las esencias de los cuñados.

Con la precariedad se ha ido haciendo costumbre, y la costumbre ha ido bruñendo el busto, la arboladura, por decirlo pomposamente, de una manera de ser. La estirpe ha aceptado que hay que ir tirando con artículos más o menos fijos y bolos que, salvo felices excepciones (¡viva la Casa de los Poetas y las Letras de Sevilla!), suelen abonarse en proporción inversa al tiempo de elaboración estética y reflexiva que nos exigimos con maniático candor.

Dice Busutil que le emocionó la llamada del exministro de Cultura y Deporte, aquel señor conocidísimo y eficiente llamado José Manuel Rodríguez-Uribes. Nosotros le habríamos colgado. Eso sí, con educación y temple de natural taurino. Hablar del olor del dinero resulta ordinario. Pero a veces, como los kellys y las kellys de la información que somos, no nos importa caer en lo soez. La hostelería llorona nunca deja ver los lagrimones de los demás. Tenemos derecho a berrear de rabia, como lo hacía Mafalda.

Ya lo sugería Juan de Mairena: los necios confunden valor y precio. El periodismo cultural tiene un valor que carece de precio. Pero si llamamos precio a un sueldo digno, entonces perdonaríamos a la necia muchedumbre. Aun así, reseñar exposiciones, hacer crítica de cine o de libros o de teatro o de música, viajar y escribir sobre nueva arquitectura o sobre ruinas milenarias, no nos hace mejores ni nos distingue altivamente respecto a nadie. De hecho no somos nadie.

Quizá es que interesamos poco o que, definitivamente, no somos necesarios, puesto que lo que hoy impera es la corrala de las redes sociales y, en definitiva, un mundo rápido y voraz, que cuando se cansa de su estupidez frenética acude al yoga o intenta redescubrir el Beatus ille de Horacio. Hace ahora justo diez años, en la Feria del Libro de Sevilla de 2011, en un foro abierto (Antoni Iturbe, Sergio Vila-Sanjuán, Eva Díaz Pérez, Sergi Doria, Llàtzer Moix), se habló de la moribundia del llamado periodismo de segunda velocidad. Esto es, el periodismo cultural. Para celebrar el número 100 de ABC Cultural, Fernando Rodríguez Lafuente dijo que «la ausencia de la cultura en los periódicos es la muerte lenta de una sociedad». Diez años después, al haber elegido lo urgente sobre lo importante, la histeria sobre el mar en calma, la escabechina sobre la señorial esgrima, pensamos que tal vez la actual sociedad informativa se merece morir por su propia mano. Y, la verdad sea dicha, poco nos importa ya.

Busutil confiesa que carece hoy de contrato laboral. Dice ser el reflejo del actual perfil de periodista independiente pero precario. Y eso que el fallo del premio señaló, entre otras virtudes, que él es un profesional «polivalente de alta calidad», que escribe artículos que «se caracterizan por su prosa elegante, densa y precisa». Como no hay vidilla en el oficio sin las bellas artes de la malicia, a unos les parecerá que Busutil escribe como los ángeles y los arcángeles, y otros dirán en cambio que, como en la canción de Los Planetas, sus piezas son solo hierro y níquel fundidos (o puro plomo).

El reconocimiento le viene tras haber sido despedido como colaborador de La Opinión de Málaga. Recientemente, Busutil acabó también sus días como director de la revista Mercurio (2007-2019). El jurado reconoce que consolidó la cabecera «como una de las publicaciones más difundidas y leídas de España». Erróneamente se ha deslizado en eldiario.es que Mercurio, unida umbilicalmente al Grupo Planeta durante años, cerró de sopetón en 2019. No es cierto. La veterana revista cultural y gratuita, única en su género en España y creada en Sevilla en 1998 por el probable zombi que esto escribe, ha sido reflotada con angustioso vicio por el citado espectro y por un admirable equipo de suicidas, todos ellos fracasados, faltaría más, pero que se empeñan en seguir muy vivos. Desde el mismo 2019 Mercurio navega con otros vientos igual de saludables, con más o menos libertad y una feroz economía de supervivencia. Seamos sinceros: seguimos en el camino, con las alforjas llenas de ilusiones ya mojadas y con más arena en los bolsillos que otra cosa. Pero seguimos en esta peculiar Ruta 66 (quien la recorre, por cierto, advierte que no es nada literaria y sí un soberano coñazo).

Por último, presume Busutil de su espíritu independiente (se supone que dicho fluido incluye el largo tiempo vinculado a grandes grupos editoriales). Queda bonito como glosa de postrimerías. Pero la independencia total en periodismo no existe y sí, en buena parte, la servidumbre más o menos tamizada. Aunque esto nos llevaría a otro bosque aún más tupido. Felicidades en cualquier caso.


Javier González-Cotta es editor y fundador de Revista MERCURIO.

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