Horas críticas Analógica

Auge y caída de una librera

Reseña de «Nunca te hagas librero», de Cecilia Monllor

Cuántos libreros y libreras podríamos querer escribir este libro. O es cierto eso que dicen de que estamos en la queja constante o es más cierto que, en el sector, el del librero es el oficio más ingrato, «el burro de carga de la cadena del libro». Ministerio que requiere vocación y entrega equiparables al oficio religioso, por la dedicación, por el sacrificio y por la entrega sin ánimo de lucro (porque cobrar apenas dignamente por un trabajo realizado no es lucro, sino remuneración). Por eso, no es de extrañar el desencanto al que apela desde el título este «manual» de Cecilia Monllor, la cual cumplió su sueño de convertirse en librera. Pero fue un sueño feliz que finalmente se tornó en pesadilla, para ratificar aquello de que hay que tener cuidado con lo que se sueña. Abrir una librería puede tomarse hoy como un emprendimiento extemporáneo, un atrevimiento que, cuando se hace con más ilusión que conocimiento, corre un alto riesgo de catástrofe, y nunca se conoce suficiente el sector como para evitarla. También hay desastres livianos, como este caso, ya que Monllor supo evitar el abismo de la deuda a la que muchos aún se dirigen en la huida hacia adelante. Esta ya exlibrera oficial tuvo las luces de rectificar a tiempo y traspasó la librería a una distribuidora.

Este detalle cambia para mí el final del cuento, la salva a sí misma de tener que colocarle el muerto a otro soñador, aunque cuando un soñador se obceca no hay aviso que le haga retroceder en su empeño (¿O pueden ser también los distribuidores incorregibles y no son, como parecen, los malos de la película? Hay de todo en la viña del señor y no me quiero ir por las ramas, como ella, porque divagar es mucho más delicioso; y ella se excusa, aunque no debería, porque es en él donde reside gran parte de la riqueza de este libro). Si quiere saber los detalles morbosos de este cierre-traspaso, ¿qué librería?, ¿dónde?, ¿la habré visitado?, esos detalles que buscamos en las esquelas y en las columnas de sucesos, pase por la librería más cercana, adquiéralo y lea usted el libro.

Cecilia Monllor lo tiene claro, «el librero/a es una persona con dos habilidades básicas: saber sumar y restar y saber de libros». La definición se carga la magia de lo que en otras narraciones de ficción a veces parece un animal mitológico. Personas que con suerte aciertan en los cálculos, tienen la dosis justa de pasión y, si alguna de las dos cosas falla, fracasan. Y puede fallar la escasa compra de libros, el exceso de distribución o la vocación que al final no alcanza para combatir lo anterior. Con la pragmática descripción de Monllor, nada incita a pensar que estemos hablando de una Sylvia Beach o un Héctor Yánover, aquellos legendarios libreros reales, de carne y hueso, que han tocado con su personalidad este indigno oficio con el mismo halo de su pasión, haciendo que perdure y responsables, en parte, de su grandeza mítica. Cecilia Monllor, aunque reniegue, participa un poco de esa grandeza.

«Monllor hace escarnio de los entresijos del mundo del libro, reconociendo que, cuando le arrancas la pátina romántica, queda lo prosaico, pero también lo genuino»

Podríamos decir que dentro del género de libros sobre librerías, hay un subgénero concreto sobre librerías que cierran, testimonios de libreros o libreras que echan la persiana y narran el relato de esa decadencia, a veces ficción, a veces no. Y en la voz está el atractivo que invita a la lectura de ese testimonio tan doliente, porque parece que al mundo le doliera espiritualmente el cierre de una librería; lo vemos cuando se dicen frases como «cuando una librería cierra, el mundo es un poco menos habitable», o chorradas similares. Cecilia Monllor no entona un nostálgico «Yo tuve una granja en África». Esta exlibrera ironiza, con un dinamismo y un sarcasmo que se le agradece, realiza un escarnio casi constante de los entresijos del mundo del libro, arrancándole el idealismo absurdo y reconociendo que, cuando le quitas la pátina romántica, queda lo prosaico, pero también lo genuino: el comercio de libros.

Cecilia Monllor te invita a reflexionar sobre el valor real de estos objetos, una de las inversiones más rentables y sostenibles a las que te enfrentas a lo largo de tu vida consumista. Así que contribuya a que, si los números no le salieron como librera, sí le salgan como autora (y de paso, a sus editores) para que, como dicen todas esas frasecitas afectadas, «el mundo tenga algo más de sentido». De cualquier manera, si disfruta del morbo de las historias de las librerías cerradas, tiene usted muchos casos cercanos. Y si alguna vez ha creído soñar con abrir una, golpéese varias veces en la cabeza con este volumen y, con el rescoldo del dolor, lea.

Que nunca se dedicara a la edición o al comercio del libro, nos cuenta, es el consejo que David Garnett recibió de sus padres, que también se dedicaban al gremio. Y, como todos sabemos que los consejos existen para probar que nadie escarmienta en cabeza ajena, Garnett se hizo librero, editor y escritor. Y planeó sermonear a sus hijos con la misma advertencia, pero siendo aún más incisivo: «Sobre todo nunca te hagas librero». De ahí el título. De la misma manera, este libro no servirá para ahuyentar a anhelantes.

Da mucha rabia que Monllor haya terminado por traspasar la librería y nos esté privando del placer de disfrutarla, pero alguien tenía que romper el halo romántico y mágico que rodea este oficio antiguo, aunque no tan antiguo como se pretende. Cecilia Monllor ha dado en el clavo, es un oficio que tiene dos caras, la del disfrute y la del desaliento, «unidas en un todo misterioso».


Nunca te hagas librero
Cecilia Monllor
ALFABETO
(Barcelona, 2021)
248 páginas
18,50 €

2 Comentarios

  1. A decir verdad, no tengo palabras para poder dar mi opinión sobre esta historia, pero me ha dejado con un mensaje, sin duda. Muchas gracias.

  2. El eslabón más débil en la cadena del libro es el autor, que es el que menos dinero recibe, entre el 5% y 10% en el mejor de los casos.

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