Cultura ambulante

No le den cielos azules a Christopher Lehmpfuhl

Exposición «Pathos», de Christopher Lehmpfuhl, en el Museo Würth La Rioja
Vista de la exposición de Christopher Lehmpfuhl en el Museo Würth. / Foto: Laura Peña Ibáñez

El pintor impresionista Pierre-Auguste Renoir (1841-1919) resumió su búsqueda creativa con las siguientes palabras: «Quiero que un rojo sea auditivo y resuene como una campana». Por su parte, el expresionista Edvard Munch (1863-1944) también se refirió en alguna ocasión al modo en que concebía su representación pictórica del mundo: «Una obra de arte solo puede venir del interior. El arte es la imagen que se forma sobre el corazón, el cerebro y los ojos del hombre». Ambas corrientes dieron origen a las llamadas vanguardias históricas, si bien en el caso del impresionismo se trató más bien de un movimiento precursor o posibilitador de aquellas, tomado como modelo contra el que reaccionar. Como fuere, esa voluntad de captar las atmósferas y la fuerza de los elementos exteriores, por un lado, y de plasmar los paisajes interiores del alma, por otro, se combinan en la obra de Christopher Lehmpfuhl (Berlín, 1972), del que estos días acoge su primera exposición en España el Museo Würth, bajo el título Pathos.

Con ella, el centro cultural riojano reabrió sus puertas a finales de febrero, un recorrido por las potentes visiones de este paisajista contemporáneo imprescindible, evidenciando esa doble fuente de inspiración: por un lado, la tradición del impresionismo, por su acercamiento directo e inmersivo a los paisajes, de los que trata de recoger sus esencias, lo efímero de la luz en plena intemperie y otros sutiles matices; por otro, la del expresionismo, por cómo impregna esos espacios en el lienzo de su propia personalidad y estados de ánimo, como si fueran manifestaciones del yo interior más que lugares objetivables. Lehmpfuhl asegura que le gusta pintar paisajes vividos, pasados por el tamiz de su propia experiencia, que prefiere lo dramático a lo romántico y que tal vez lo peor que le pueda pasar a un artista plenairista (de plein air o aire libre) como él es que el cielo sea perfectamente azul y el viento se halle en calma.

Materiales sobre el proceso de trabajo de Christopher Lehmpfuhl, exhibidos en el Museo Würth. / Foto: Laura Peña Ibáñez

En ese sentido, puede decirse que el multipremiado artista alemán, que en los últimos años ha compaginado su carrera con la de docente en la prestigiosa Akademie für Malerei —Academia de Pintura— de Berlín, no busca una representación fiel ni una identificación escrupulosa del paisaje retratado. Su técnica, no en vano, consiste en acumular la pintura en gruesas cantidades, pegotes de materia que luego extiende manualmente en una ejecución orgánica y magistral. Un gesto significativo que, más allá de autoafirmarse como estímulo intelectual, aporta un lirismo tremendo a sus lienzos, que apelan a nuestras emociones hasta el punto de sacudirnos: casi podemos sentir la temperatura ambiental y la velocidad del aire que circulaba cuando acudió al encuentro de aquella determinada escena. De ahí procede la referencia en el título de esta muestra al Pathos con el que Aristóteles designó uno de los tres pilares de la persuasión: en este caso, se trata de la forma en que una obra de arte influye en el juicio del receptor por la vía sentimental, siendo la implicación personal del artista la que actúa de robusto gancho.

Aquí tenemos ocasión de contemplar un total de 59 obras de gran formato realizadas en las dos primeras décadas de este siglo, entre 2001 y 2020, y recogidas en la colección de Reinhold Würth, uno de los mecenas que más intensamente ha quedado prendado de esas arrebatadoras impresiones generadas por la diestra mano de Lehmpfuhl. Como el apabullante cuadríptico Schlossplatz, de casi 10 metros de largo, una de las piezas fundamentales de esta exposición donde se refleja el renacimiento de uno de los hitos en la historia del urbanismo de la capital alemana. En la selección conviven los paisajes de la ciudad (algunos de los más reputados se centran en su Berlín natal, inagotable materia prima para el autor) y la pintura de viajes, que recoge sus hallazgos en países de lo más exótico. Cabe destacar, como nota biográfica al respecto, que este autor empezó a realizar grandes estancias para desarrollar su creatividad a partir de su juventud en lugares tan estimulantes plásticamente como Australia, las Azores, Corea del Sur, India, Islandia o Laponia, entre muchísimos otros.

Primer plano de una de las obras de Christopher Lehmpfuhl en el Museo Würth. / Foto: Laura Peña Ibáñez

Más que fijar su atención en parajes idílicos, la pintura de Lehmpfuhl se propone plasmar las características más plenamente materiales de las transformaciones urbanas; los rasgos de la luz y el color que, en el fondo, son los aspectos más cambiantes de unas latitudes a otras, aquellos que nos dicen dónde nos hallamos (o, al menos, si nos encontramos lejos de casa) pese a las ansias de uniformidad de la infatigable globalización. La del artista germano es una obra, por tanto, siempre atenta a los cambios y consciente de su propia capacidad de liberación a partir de una cierta dosis de abstracción en sus reflejos de la ciudad mutante. A lo largo del itinerario trazado por el Würth, podemos ir pasando de unas vistas que oscilan en cuestión de segundos entre la urbe y lo rural , entre la montaña y el mar, como ocurre con obras deslumbrantes que saludan motivos visuales tan diversos como una Escena de playa india (2003), el macizo de los alpes bávaros Watzmann (2008), una convulsa Tormenta en Helgoland (2014) o un Campo de lava en Landmannalaugar (2016). Y, no obstante, el temperamento del autor da coherencia y empasta el conjunto de forma que todos esos paisajes parecen pertenecernos, de algún modo; somos capaces de habitarlos momentáneamente o sumergirnos en sus eventualidades.

Como espléndido complemento, la muestra incluye, una serie de materiales que ayudan a descifrar el fascinante proceso de trabajo de Lehmpfuhl, tan irremediablemente físico —como ya lo era el de los impresionistas—, entre los que destaca la proyección destacada de tres documentales realizados en la última década por el cineasta Sebastian Schrade y que sirven para iluminar esas zonas menos conocidas habitualmente en el modus operandi de un artista. Como demuestra la presencia de algunas de sus series de pinturas más extendidas en el tiempo, tal vez ese proceso creativo nunca acaba del todo, ya que varía el paisaje exterior y también los ojos que lo miran y lo interpretan. Los que, en cierto modo, lo hacen existir pero a la vez dependen enteramente de él para cumplir su función. Quizá por eso otro de los maestros del impresionismo, Claude Monet (1840-1926), afirmase aquello de que «cualquiera que diga que ha terminado un lienzo es terriblemente arrogante». El pathos del arte nunca descansa y siempre está presto a encontrar cielos defectuosos.

 

Pathos
Christopher Lehmpfuhl
Museo Würth La Rioja
Hasta el 30 de enero de 2022

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