Horas críticas

Mira, mira cómo caen

Mientras leía El reino, mi primera incursión en el mundo narrativo del noruego Jo Nesbø (Oslo, 1960), caí en la cuenta de algo menos absurdo de lo que a primera vista pueda parecer: nunca me había detenido a planear cómo matar a alguien. Y cuando llevaba mis cuatrocientas páginas —leídas con bulimia de recién llegada a un mundo que ya han visitado decenas de millones de personas, con ventas que superan los cincuenta millones de ejemplares de un conjunto de ya más de veinte títulos—, en cierto momento, mientras un personaje desciende amarrado por una cuerda hasta el fondo de un barranco para recuperar cierto objeto, no pude no reírme: ¡es que matar bien es dificilísimo!

La idea es menos absurda de lo que parece porque tarde o temprano a un narrador se le presenta un argumento que incluye la muerte violenta de un personaje; incluso en una crónica periodística o en autoficción, el desaliño o la incoherencia en la descripción del crimen o del accidente lastrará el conjunto si es que no lo fastidia del todo. Un escritor puede ser inverosímil hasta cierto punto, confiando en que el lector moderno de bestsellers sabe que la realidad admite cierta elasticidad, siempre que el juego de equilibrios de los distintos componentes de la trama se mantenga.

Jo Nesbø es un maestro en el arte del equilibrio, de mantener en la cuerda floja elementos concretos del suspense, de darle giros y más giros a la intriga sin falsear lo principal, la coherencia psicológica de los personajes, para ofrecer un final inesperado en el que descubrimos que nos estaba contando algo distinto de lo que creíamos. Así ocurre en El reino, una de sus mejores novelas —confirmado una vez leídas tres de la serie de Harry Hole— por la muy adictiva mezcla de atracción y repulsión que provocan los hermanos protagonistas y la apabullante cantidad de información con que sustenta este relato que tiene algo de compleja versión de Caín y Abel.

Roy Calvin Opgard, el treintañero narrador, vive solo en lo alto de la montaña en un pueblito de Noruega, en una casa dentro de una finca de pastos que su padre llamaba El reino; es el jefe de la única gasolinera en la carretera a 30 kilómetros a la redonda, que gestiona con solvencia sin dejar de cultivar su pasión por los coches, las aves de la zona y una capacidad de observación que alimenta su potentísima y reservada vida. Lleva quince años en soledad tras la muerte de sus padres a bordo del Cadillac DeVille de 1979 por el que el padre, aficionado a todo lo americano, tabaco de mascar incluido, pagó demasiado al vendedor de coches usados y duro prestamista del pueblo. El coche, despeñado desde una curva sin la protección de un quitamiedos cuya ausencia el narrador explica a las primeras de cambio, yace en el fondo del peligroso barranco cercano a la casa; no mucho después de los señores Opgard, también perdió la vida el policía Sigmund Olsen, que investigaba las circunstancias de la falta de frenada del Cadillac, sin que su cuerpo se encontrase nunca. El agente Kurt Olsen, que se da unos aires a lo Dennis Hopper de Easy Rider, ha heredado las sospechas de su progenitor —¿fue suicidio o accidente o el coche estaba trucado?— y desconfía de la declaración de Roy, por lo que vuelve una y otra vez haciéndole saber que para él ambos casos siguen abiertos.

La sosegada productividad de Roy se altera con el regreso desde América de su hermano menor, Carl Abel Opgard, quien llega manejando un Cadillac DeVille del 85 y casado con una guapa y menuda arquitecta pelirroja originaria de Barbados, Shannon. Traen el proyecto de levantar un hotel spa de doscientas habitaciones que ha de financiarse en régimen de cooperativa por la gente del pueblo, sin que deban desembolsar una sola corona ya que serán sus granjas y tierras las que avalarán la operación —entiéndase como el préstamo del banco—. Todo está planeado, desde la evolución de la zona al éxito que se reinvertirá en la construcción de cabañas para turistas, etc, etc. Si aquí arrugamos la nariz y pensamos que no apostaríamos ni un céntimo por un hotel al que no llega la carretera es porque, al revés que los lugareños de Os, no hemos tenido ocasión de caer seducidos por Carl y, naturalmente, ya solo esperamos averiguar si el hotel es un macguffin o un pilar de la narración. La respuesta es: las dos cosas.

La llegada del hermano carismático despierta un pasado siempre latente en la memoria de Roy, y así nos enteramos del papel sobreprotector que ejerció, defendiéndolo a puñetazos de otros muchachos celosos de las conquistas del guaperas del pueblo para compensar la vergüenza de no haberlo defendido en casa, del noviazgo de Carl con la brillante hija del alcalde, los motivos de la ruptura y el traslado a Estados Unidos del Opgard listo (Roy dice ser «levemente disléxico»). La extraña relación de los hermanos y la soledad de Roy llevan a muchos a creer que es gay, pero a su debido tiempo conoceremos la verdadera naturaleza del atractivo protagonista y de las relaciones de unos con otros.

En las primeras cincuenta páginas, Nesbø planta con talento todos los temas que va a cultivar y las intrigas que va a desarrollar y despejar en las quinientas y pico páginas siguientes. Hay erotismo, ambición, celos, envidia, abuso de menores, introspección, asesinatos, humor negro, accidentes, romance, medias verdades, venganzas, extorsión, lealtad y traiciones en un juego de poder y abuso físico y psicológico fascinante. El reino es una novela independiente de la saga de Harry Hole; Nesbø parece interesado en explorar ese lugar sin límites de la culpa y del amor sin condiciones. El escritor explicó que la idea de la novela surgió de una frase que le oyó a su padre, sentenciando que la familia era el único apoyo cierto para un hombre. La familia, ese despeñadero, viene a decir Nesbø.

Los giros sorprendentes llegan tan pronto y las perspectivas que se abren son tan distintas de las imaginadas al principio que en lugar de amargarle la lectura a nadie contando de más, es preferible señalar cómo este antiguo jugador de fútbol, economista y actual guitarrista de una célebre banda pop-rock amalgama, incluye además de diálogos sobre temas tan dispares como la teoría del caos, la formación de las lenguas, la poliandria o las corrientes subterráneas de los ríos, ingredientes como los modelos de coches o la música para revelar la psicología de sus personajes. Una imagen del Cadillac DeVille del 79 o del 85, del Buick de la abuela de Shannon en Barbados, el toyota de un granjero que compra en la gasolinera, el Jaguar del matón danés o el Volvo que conduce Roy Opgard nos dicen qué clase de fantasías albergan, qué imagen de sí mismos quieren proyectar. Nesbø no es tampoco de los que utilizan la música para crear un ambiente molón en un thriller moderno: el J. J. Cale que lo acompaña en el Volvo nos dice por qué este hombre atrapado en conflictos brutales, lealtades autoimpuestas y deseos no saciados resiste un día más la tentación de soltar el freno, estamparse contra la pared y terminar de una vez con todo.


El reino
Jo Nesbø
Traducción de Lotte Katrine Tollefsen
Reservoir Books, colección Roja y Negra
(Barcelona, 2021)
624 páginas
21,90 €

Un comentario

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