Ficción

Amidou

Amidou regresa a casa a pie. Como cada tarde, recorre los varios kilómetros de distancia que la separan de la escuela. Lo hace por uno de los innumerables caminos sin asfaltar que salen de Sorongo; un sendero de polvo, piedras y tierra arenosa cercado por árboles de mango y chabolas de chamizo de las que salen perros callejeros, gallinas hambrientas y niños descalzos que corren a saltos de un lado a otro. Entre risas y gritos tratan de evitar el calor que emana de la superficie. Por la mañana temprano es de un frescor reconfortante, pero al atardecer, es necesario buscar las sombras para no abrasarse las plantas de los pies. Amidou avanza lento sobre sus sandalias de plástico mientras observa su alrededor. Dos adolescentes trepan por un tronco y, desde una rama, recogen mangos que dejan caer sin cuidado. Las frutas descienden como proyectiles que rozan las cabezas de los críos que los esperan ansiosos más abajo. Impactan en el suelo con un eco sordo sobre el que se abalanza una multitud agitada de manos. Una niña emerge de uno de los tumultos con una de ellas agarrada con fuerza y, ante su sorpresa, se acerca a Amidou para ofrecérselo.

— Quédatelo tú, pequeña, te lo has ganado.

Sin detener el paso, se despide con un guiño. Más adelante, las casas desaparecen antes de llegar a un pozo descubierto. Amidou suele sacar agua para beber y refrescarse la cara antes de encarar la hora de trayecto que le resta. Pocos metros antes de llegar, distingue tres figuras sentadas a la vera del camino. Mientras se acerca, distingue su indumentaria militar y el color negro de unas botas altas y cubiertas de barro. No es la primera vez que las ve en ese mismo lugar. Al pasar delante de ellas, baja la mirada y la fija en sus propios pies. Justo en ese momento escucha un disparo. A sus catorce años, no es el primero que escucha, pero sí el que siente más de cerca. A solo unos metros de distancia. Amidou se queda paralizado. Reacciona segundos después, se gira y ve cómo uno de los soldados sostiene un kaláshnikov que apunta hacia el cielo. Sonríe y, entre el humo de la detonación, le observa. Los otros dos, sentados detrás, ríen a carcajadas. Deben de tener una edad parecida a la suya. Amidou nota un hilo de orina que le baja por la pierna hasta formar un charco debajo de él. Lo toma como un buen presagio, señal de que continúa vivo. Y nada le hace pensar que eso pueda cambiar. No es habitual que una bala perdida acabe por matar a alguien. O sí. Amidou levanta ahora la cabeza hacia las nubes. El sol le deslumbra y le hacer volver a agacharla y cerrar los ojos. Desde esa repentina oscuridad, escucha las palabras del soldado que no baja el fusil. También percibe un silbido agudo que desciende con velocidad desde las alturas.

— No te vuelvas a acercar más al pozo o, la próxima vez, no lo contarás.

Amidou se encuentra ahora en una de las dos habitaciones de su casa; un minúsculo habitáculo donde las grietas en el adobe de las paredes dejan pasar la claridad del amanecer. Está tendido bocarriba sobre una esterilla, en un suelo lleno de ramas, coronas de flores y velas apagadas. Una tela blanca que solo deja entrever su cara lo envuelve casi por completo. Intenta zafarse de ella, pero solo consigue liberar un gruñido. Su hermano Salif, seis años menor, se encuentra arrodillado a su lado. Amidou, sin poder emitir una palabra, se mueve inquieto mientras lo mira. Salif se levanta y desaparece. Poco después, vuelve con su madre y su hermana gemela Oumou. En silencio, lo desvisten entre las dos mientras Salif sostiene a Amidou por la espalda. Seguidamente, Oumou limpia con un trapo el ungüento que recubre la piel negra y con livideces de su cuerpo desnudo. Su madre, al mismo tiempo, retira la pasta de hojas húmedas que taponan un agujero encima de su cráneo y las sustituye por hierbas aromáticas. Amidou inhala su fragancia mezclada con el aroma a incienso que envuelve la sala. Cuando terminan, lo ponen de pie entre los tres para vestirlo con la ropa interior y el uniforme del colegio: una camisa celeste y un pantalón largo azul oscuro. Amidou obedece automáticamente cada una de las órdenes que recibe. Cuando acaban de abrocharle los botones y colocarle sus chanclas de dedo, Oumou lo coge de la mano para acompañarlo a la entrada de la casa.

— Daos prisa, niños, se hace tarde.

Un caldero hierve sobre un fuego de leña y los tres hermanos se sientan en torno a él. La madre les reparte unos cuencos de madera y unas cucharas para, seguidamente, servirles la papilla de mandioca que desayunan a diario. También les ofrece un vaso de té a cada uno. Sobre el ruido de sus sorbos, escuchan el rumor de un trueno lejano. Deducen, teniendo también en cuenta el calor a esa hora de la mañana, que hoy será un día de mucho bochorno. Tras terminar de comer, Amidou recoge su mochila y una gorra roja que nunca ha visto y que alguien ha dejado justo a su lado. Sin dudarlo, se las coloca despacio, se levanta con algo de fatiga y se despide de su familia, como cualquier otro día, con un mecánico au revoir. A continuación, Amidou reinicia animado el camino hasta el colegio con una extraña sensación de ardor en su cabeza.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Rosauro Varo Cobos (Córdoba, 1982) es pediatra, investigador y cooperante. Ha realizado el Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra, donde ahora cursa el Máster en Estudios Comparativos de Literatura, Arte y Pensamiento. Ha publicado artículos y cuentos en diferentes medios locales y nacionales, tales como Granta en Español; colabora con críticas literarias en Revista de Letras; y regenta un blog propio (Planetas paralelos) en la revista digital FronteraD. Ha publicado un libro de cuentos titulado El embudo (Andrómina, 2014) y una novela, Plagio (Ediciones en Huida, 2018).

2 Comments

  1. Félix Fernando

    Realismo africano muy sugerente y humano, escrito en tiempo actual y con una prosa precisa.

  2. El cuento es espectacular, tiene todo lo que un buen cuento debe tener. Provoca ansiedad, ternura, empatía, desazón, miedo y hasta una sonrisa. Su estructura es perfecta, ayuda a la lectura y a la emoción.

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