Ficción

Tres conservan un secreto

Esa noche fue la segunda ocasión en que Miguel, de treinta y seis años —y en una relación de casi un año con Cristina, de treinta y nueve—, se vio con Valeria, de dieciocho.
Cuando él bajó a abrirle, ella lo esperaba sentada en el cantero de cemento de un árbol. Se saludaron casi sin mirarse.

De su anterior encuentro, Miguel no recordaba más que algún ruido que le había quedado en la cabeza: Valeria fumaba mucho, tomaba más y no habían cogido. Pero, sobre todo, la desesperación con la que tragaba alcohol.
—Ginebra, ¿no? —preguntó él.
Dos segundos le dio para que respondiera.
—La otra vez tomamos ginebra —no afirmó ni sugirió, planteó un escenario posible.
—Tomamos birra —sonrió ella.
Aunque no era necesario, Miguel fingió lamentar el desencuentro.
—Tengo lo que ves acá —y le presentó cada una de las botellas.
—Lo que vos tomes está bien.
Separó los vasos después de servir uno más cargado que otro y recordó que, unas noches atrás, Cristina o alguna otra persona había volcado alcohol. Mirando el piso, fue y volvió un par de veces de la cocina al living, con un repasador húmedo en las manos.
No era nada que Valeria no conociera: un tipo más que la deseaba pero no lo suficiente.

—No traje puchos. ¿Puedo armarme un tabaco? —le preguntó desde el rincón del sillón donde estaba sentada desde que había llegado. Miguel seguía dando vueltas.
—Sí, sí, obvio —aletargado mientras se debatía entre darle o no el atado de Philip Morris que tenía frente a sus ojos. El olor le traería recuerdos por la mañana.
—Lo que no me queda mucho es porro —apoyó los vasos y se sentó a su lado.
El sonido de cada sorbo exponía la fragilidad del encuentro. Sin embargo, estaban a gusto.
—¿Todavía no arreglaste la persiana?—. Estaba rota hacía meses. Miguel había contactado a un par de cortineros pero sin insistir lo necesario.
—No… —y se le ocurrió algo para que dejara de hacerle esas preguntas que le comenzaban a doler—. Pero cambié la planta de lugar. ¿Te acordás de la que tenía acá? Se estaba muriendo. La llevé a la cocina y la dejé junto a la ventana.
Era una planta de interior, la única en la casa. En el momento de comprarla, Miguel había pedido la que necesitase menos cuidados.
—Ah, sí. Es verdad. ¿La pasó muy mal?
Se le habían secado varias hojas y algo que podría haber florecido no lo hizo.
—Creo que ahora va a estar mejor.

No había mucho más entre ellos. La música, al no recibir resistencia, se imponía canción tras canción mientras bebían y fumaban.

—¿Y qué hiciste hoy? —ella volvió a romper la comodidad con la que se envolvían para luego dar paso a lo suyo.
—Esto y aquello —dijo Miguel. Luego se dio cuenta de que esa noche no podría quedarse callado—. ¿Vos? ¿Finalmente rendiste Biología?
Miseria de detalles era lo que tenía para ofrecerle. Y ella lo sabía:
—Sí, la tercera es la vencida.
Como se hace instintivamente frente a un espejo, Miguel se acercó con una sonrisa y una mirada: «Ya estás lista para empezar la facultad, entonces», «Yo di clases un tiempo…». Ella devolvía de igual forma: «¿Clases de qué?», «Ah, mirá, mi viejo también da clases, pero de Derecho».
Y lo demás.
Hasta que todo comenzó:
—¿Qué hacés conmigo?
No fue lo que ella exclamó, sino cómo lo hizo, lo que le dio a Miguel la certeza de que ni siquiera la había rozado.
Acomodó su brazo por detrás de su cuerpo y tocó los rulos que caían por su espalda:
—Me gustan —le dijo.
Ella giró la cabeza, lo miró complacida y se besaron. No hacía falta mucho más, pero ella preguntó si podía cambiar la música. Sin saber bien por qué, Miguel le preguntó si, en vez de eso, no prefería ver una película o una serie.
—¿Qué mirás? ¿Estás viendo algo? —con el control apuntando a la televisión.
En estos días, solo alguien que siente que lo ha visto todo o alguien que no ha visto nada puede tardar tanto en responder a esa pregunta. Ella veía el mundo con ojos de mujer pero todavía se ilusionaba frente a la ternura.
Miguel puso el primer episodio de una serie que ya había visto, nada memorable. Ella pasó al baño y él aprovechó para revisar su celular. Contó las horas que habían pasado desde su última respuesta a Cristina. Prácticamente habían estado hablando durante todo el día. Pensó que su novia no se quedaría mucho tiempo más con su prima, quien había llegado por la mañana de visita a la ciudad.
Después de ver cinco minutos la tele, Valeria ya se lo estaba haciendo. Con los ojos le daba permiso para hablar. Miguel pensó que se lo hacía tan bien que no le importaría si esa noche tampoco quisiera coger.

Ella no se detenía y él no podía acabar:
¿Y si se le ocurre venir directo para acá?
La tomó de la cara y se la sacó de encima con delicadeza.
—Bueno… Decime cuando querés que me vaya.
—No hay apuro —le respondió y acto seguido la invitó a recostarse sobre la cama.
Apoyó un dedo sobre ella.
… Cristina tiene casi cuarenta años…
Valeria sujetó el dedo con el de ella.
… Hace nueve meses que nos estamos viendo…
Se acariciaban. Sus pieles se gustaban.
… Las cosas van demasiado bien…
Entonces Miguel se levantó y le preguntó si quería un vaso de agua.
Fue a la cocina, sirvió un vaso grande de agua, lo dejó a un costado, se acercó a la planta, tocó las puntas de las hojas que se habían marchitado y hundió las manos en la tierra. Recogió el vaso que acababa de servir y la regó. Luego de lavarse las manos, sirvió otro.

Se lo entregó y se sentó al otro lado de la cama.
—Así que ya estás lista para entrar a la facultad. Psicología, ¿no?
—No quiero empezar.
—¿Por qué?
—Quiero irme a vivir al sur.
—¿Conocés gente allá?
—No.
Miguel giró la cabeza y la miró: bebía de a pequeños sorbos.
Siguió con las preguntas hasta que él mismo se incomodó.
Se hizo un largo silencio del que, esta vez, Valeria no pudo salir sin quebrarse:
—Mañana se cumple un año desde que no quiero estar más acá.
—Tranquila. Contame.
—Volví a verlo cuando fui al colegio a rendir el examen.
Miguel volvió a imaginar posibles escenarios: a pesar de su edad, no creía que fuera solo eso.
—Se bajó del auto que le compró el papá y empezó a saludar a todo el mundo. Y cuando me vio también me saludó a mí: me acarició la cara y me dio un beso en el cachete, quizás con la intención de que la novia se pusiera celosa. Nadie lo sabe. ¿Me entendés?
Miguel la abrazó. Ella dejó caer la cabeza sobre su hombro.
—Le pedí que parara. Que me soltara, que me dejara. Me vio llorando. Lloré gritando. Quise mostrarle mi cara para que se detuviera y le supliqué, le supliqué que por favor, que por favor basta.
Apoyó su cabeza sobre la de ella y deseó que el silencio los arrasara.

—Todo acá me recuerda a él. No puedo crecer más rápido, mi única opción es irme lo más lejos posible.
La tomó de la mano.
—¿Y si se lo hace a la novia? ¿Y yo no dije nada?
Miguel suspiró como si tuviera respuestas.
—Quedate a dormir. ¿Querés?
Valeria se secó los mocos con la manga de la remera.
Él le alcanzó una toalla y le dio un ansiolítico y un analgésico:
—Tomate esto.
Ella los observó en su mano, los tragó sin más y dijo:
—Ojalá esto pudiera ser real.

Miguel se quedó un rato más a su lado hasta que ella se durmió. Después salió del dormitorio, cerró la puerta con llave y la guardó en un bolsillo. Encendió un Philip Morris, se sentó en el sillón, apoyó los codos en las rodillas y esperó.

—Quiero verla. Correte, dejame pasar. ¡Quiero verla, hijo de puta! Quiero verle la cara a esa conchuda mal parida. Necesito ver la cara de puta que tiene, necesito saber que lo sabía.
Miguel no se movió un centímetro de la puerta del cuarto.
—Mirá cómo la defendés. ¿Hace cuánto venís acostándote con esta trola? ¿Ya te enamoraste? ¡Respondeme, sorete!
Ni uno.
—Te odio. ¡Te odio! Mi vieja tenía razón, nunca vas a llegar a nada, ¿sabés? Mirate, mirá cómo vivís. Ni siquiera podés arreglar una persiana. Vas a seguir yendo de mina en mina hasta que se te caiga la pija.
Cristina se abalanzó sobre Miguel, comenzó a llorar y golpearlo en el pecho.
—Cris…
—¡No me toques! —gritó.

Miguel volvió al dormitorio. Ella estaba sentada en la cama, vestida, con los pies en el piso y las uñas apretando el colchón. Él caminó al otro lado de la cama, cerró las cortinas y se acostó.
—¿Cómo estás? —se escuchó.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Gonzalo Pinieri (Buenos Aires, 1987) es licenciado en Relaciones Internacionales y Máster en Creación Literaria de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.

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