Ficción

Cabezas de telgopor

Una portería de las que quedan en planta baja y son una cueva no la hubieran aceptado. Además —según Rosendo— esas tienen un patio minúsculo adonde da el aire y luz, y los de arriba te tiran de todo: desde puchos hasta pañales, desde restos de fideos hasta pedacitos de uñas recién cortadas. Este departamento, en cambio, queda en el último piso y da gusto, por más que haya goteras. Lo lindo es que la terraza mira para el pulmón del edificio y al frente tiene esa ventana alargada con una especie de estante del lado de adentro. Carmen puede acomodar ahí las cabezas de telgopor en hilera, mirando la vereda de Pasteur, como si fueran sus compañeras de colegio aburridas con la perorata de la de Química. No hay que tener mucha imaginación para verlas de esa forma; la ventana despintada con postigos de chapa se parece a la del aula de tercer año del Santa Margarita de Lima, y las pelucas las armó con el pelo de sus primas y las amigas de sus primas, que casi todas fueron al Santa Margarita. Así que es como si Carmen y las demás estuvieran mirando la calle Pasteur desde su colegio en Perú, ansiosas porque toque el timbre del recreo para cruzar a comprar cuentas de colores, mostacillas, hilo encerado a los negocios de enfrente, y hacerse collares y pulseras.

Desde ayer está armando una peluca bien larga, con el pelo castaño claro de Belén, la que estudia Medicina. Se la encargó una chica joven y le pidió que la hiciera con el corte rebajado y reflejos cobrizos. Incluso le trajo la tintura de L’Oréal para que no se equivocara con los tonos. La viene a retirar en un par de horas; mañana es fiesta para ellos y la quiere estrenar en el templo ortodoxo de la calle Libertad. Es mejor trabajar con las jóvenes que con las viejas, que la tratan mal y le piden siempre lo mismo: color parejo brilloso y el corte todo derecho, hasta los hombros. Cuando vienen de a dos, las viejas hablan entre ellas en hebreo o en ídish para que no las entienda y se ríen. Pero bien que desde que apareció Carmen, con sus creaciones en cabello natural y sus trenzas cosidas, abandonaron en masa El Mundo de las Pelucas. Esta chica (Malka cree que se llama) es más suelta que su mamá y sus tías, parece como que no quisiera usar la peluca y la pollera a los tobillos, pero no se anima a desobedecer. Le pide un corte moderno, y se viste de cuero o de jean gastado.

A Carmen le gusta trenzar y peinar a esa hora de la mañana, cuando Rosendo se pone de acuerdo con los porteros de la cuadra para salir a baldear todos juntos y cualquier cosa ayudarse si llega a aparecer un punga o alguno dado vuelta por el paco. Acomoda la peluca para que le dé el sol directo y corrige las imperfecciones con una aguja de crochet. El pelo de Belén es suave y al mismo tiempo fuerte, le crece rapidísimo porque lo cuida con agua de arroz. En un año puede hacer, fácil, cuatro pelucas con su cabellera. Desde chicas, Carmen y sus primas se lo envidiaban. A las otras no les cuenta que a Belén le paga más por kilo, pero es lo que haría cualquier peluquera, se cotiza según la calidad de la mercadería.

Deja un momento la aguja para espiar a Rosendo: sale con la escoba, el balde negro y la manguera gruesa, la camisa de grafa y el pantalón arremangado. Juan Carlos, el encargado del 468, aparece con el termo bajo el brazo y un mate dulce horrible, Rosendo se lo acepta, seguro para no despreciar aunque después le dé reflujo. Después de los mates arrancan con las mangueras todos al mismo tiempo: Rosendo, Juan Carlos y Ceferino, el paraguayo del 452. Rosendo desparrama un poco de lavandina con el balde y frota las juntas. Ya que están le mojan la vereda al mayorista de lentejuelas y a los de la fábrica de cajas de cartón, que siempre le venden a Carmen los estuches redondos para los tocados de fiesta a precio de costo.

Al divino botón baldeamos todo, le gusta decir a Rosendo, si al rato vienen las camionetas a descargar y ensucian de nuevo. La primera vez que le escuchó esa expresión, «al divino botón», Carmen no entendió qué le quería decir. Hacía un par de meses que había llegado a Buenos Aires, Belén y las otras primas la llevaron a tomar pisco sour a La Flor de la Canela; Rosendo se les acercó a charlar. Carmen le vio cara de bueno y lo invitó a bailar «Callao, puerto querido», justo empezaba a sonar El Gran Combo. Te invito un vacilón, pero que sea en el Callau. Los pasos básicos eran fáciles: un dos tres, un dos tres, enfrentados para adelante, para el costado. Pero él: que al divino botón, que no pudo aprender a bailar ni la chacarera y eso que era santiagueño puro. A Carmen le dio mucha risa lo del divino botón; se daba cuenta de que ese morocho no le hablaba de botones de la ropa y sabía que en Buenos Aires se le decía «botón» al alcahuete de la policía, pero tampoco le cerraba ese significado de la palabra en la expresión. Nunca un alcahuete podría ser divino. Se les fue la noche hablando de cómo en Argentina una palabra quería decir una cosa y en Perú, la otra, aunque a veces coincidían. El fin de semana siguiente, Rosendo la invitó a una peña cerca del Congreso, pero una peña más de cantar que de bailar, y llevó la guitarra para lucirse. En esa época él todavía hacía suplencias en un barrio y en otro, así que terminaron en una de las piezas del Hospedaje Miami, por Floresta, donde alquilaban Carmen y las primas.

Enjuaga la peluca ya teñida en la pileta de la cocina: le pone acondicionador con aceite de lino, el que usa Belén todos los días, y la desenreda debajo de la canilla. Ahora la seca un poco con el secador y la acomoda otra vez en una cabeza de telgopor para hacerle el desmechado. Con Malka habían visto el modelo de corte en una de las revistas viejas de Pozzi, ella se lo mostró y la piba se entusiasmó enseguida. Lo recortaron y lo dejaron pegado con cinta en el espejo para que Carmen lo imitara. Antes de ponerse a afilar la tijera prende la radio; a esa hora empiezan las frenadas de colectivos y los bocinazos por Pasteur; prefiere escuchar al locutor meloso de FM Latina que las puteadas de los colectiveros y los gritos de la que vende chipá justo en la puerta del edificio. Aunque el locutor es peruano, ya casi no pone la salsa que a ella le gusta, se la pasa con el reguetón y el trap, una porquería.

Rosendo no va a subir hasta dentro de unas horas; tiene que instalarle el bajo mesada a una mujer en el edificio de Juan Carlos y eso es un trabajo delicado. Suerte que Juan Carlos y Ceferino le pasan las changas, con todo lo que tienen que mandar para Santiago y para Lima. Si no tuviera cada uno familia que mantener afuera, quizá podría estar estudiando con sus primas en lugar de dale que dale con las pelucas. Mejor que no venga Rosendo, la verdad, para hacer el corte desmechado se concentra mejor sola, con la peluca frente al espejo. Ese rincón del comedor le quedó lindo: el espejo largo, la cajonera de plástico con todos los accesorios, el banco alto para apoyar las cabezas de telgopor y una silla como de oficina por si alguna clienta quiere que le peine la peluca puesta.

Toma un mechón largo entre dos dedos y se imagina que el corte lo va a llevar Belén, a punto de recibirse de médica, atendiendo accidentados en la guardia del Fernández o del Ameghino. Corta un poco más las mechas de adelante para que formen un marco en la cara, rebaja un poco en la nuca para darle volumen. ¿Podemos esperar acá? Mi hijo está partido del dolor. Creo que se le trabó la hernia. ¿Sabe cuándo llega el médico de guardia? Ah, ¿es usted? Belén siempre le contaba que, cada dos por tres, los pacientes la confundían con la de limpieza, o con alguna enfermera, solo por la piel oscura, los ojos medio achinados.

Cuando suena el timbre, Carmen baja el volumen de la radio y va hacia el portero eléctrico. No funciona el intercomunicador. Asoma la cabeza por la ventana alargada y le hace señas a la piba. Aunque sea jueves al mediodía, Malka quiere subir por la escalera; y eso que son siete pisos. Mejor: le da tiempo para barrer con cuidado los pelos que quedaron en el parquet y guardarlos en una bolsa. Nunca se sabe para qué pueden servir.

Malka quiere bajar con la peluca puesta. Tiene la cabeza cubierta con un pañuelo. Se sienta en la silla de oficina frente al espejo y cierra los ojos antes de descubrirse. Usa el pelo casi al rape, rubio ceniza, lo que sobresale sujeto al cuero cabelludo con invisibles. ¿Lo cortaría ella misma? ¿Alguna de las viejas que hablaban hebreo y se reían? Si se lo vendiera, Carmen podría hacer unas pelucas hermosas para otras mujeres como ella. Es más, podría organizar todo un negocio: cortarles el pelo a unas para hacerles pelucas a las otras y viceversa. Qué absurdo. Pero gracias al absurdo ella estaba ahí en lugar de limpiando casas como otras amigas.

Por el modo en que acomoda las manos sobre la panza, por la posición en que se sentó, Carmen se da cuenta de que Malka está embarazada. No se lo había dicho ni lo había notado las veces anteriores. Le acomoda la peluca y, para evitar el tema, saca charla de lo primero que se le ocurre.

— Este castaño es de mi prima Belén, la que tiene mejor cabellera de todas. Cursa medicina. En su casa la querían convencer de que estudie para partera, que es más corto. Pero ella no: quiere ser neonatóloga.

Para qué lo dijo. Y encima lo de neonatóloga. Cuando les contó a las viejas que sus primas estudiaban en la universidad, la miraron de arriba abajo y se pusieron a hablar en hebreo entre ellas. Pero sin reírse; parecían enojadas. Le preguntaron si su prima tenía que pagar alguna cuota, algún arancel. Esta chica, en cambio, se quedó callada y con los ojos cerrados. Parece dormida. ¿Le habrá contado algo ofensivo para ellas? Qué tarada, Carmen. Van a volver todas a El Mundo de las Pelucas y vos, a limpiar por horas.

Ahora abre los ojos, pestañea y se acomoda el corte frente al espejo. Despeja un poco el flequillo de la frente. Sonríe y la mira.

— ¿Me parezco, Carmen? Digo, a tu prima. ¿Me parezco?

La cara redonda y pálida, las mejillas pecosas, los ojos celestes casi sin pestañas, el cuello ancho con la cadenita de oro de la que cuelga una estrella de David. Por más que lleve su pelo no se parece en nada a Belén. Pero qué querrá que le diga.

— Depende de cómo se mire.

Malka no pide aclaraciones. Se mira una vez más al espejo, esta vez parada, y sonríe. No hace ningún comentario sobre su panza; descuelga la cartera de la silla y saca la plata que le debía, agrega doscientos pesos de propina. Cierto, leyó en algún lugar que ellas no pueden revelar su embarazo hasta los cinco meses. Por suerte no patinó con eso también.

Sube el volumen: como casi nunca, suena Antonio Cartagena. Desde la ventana alargada, acompañada de sus primas de telgopor, la ve saludar a Rosendo y rechazarle el mate a Juan Carlos. Malka esquiva a un changarín que casi le agarra el ruedo de la pollera larga con el carrito. Las ruedas metálicas llenas de barro dejaron la vereda mugrienta; ya se ven papeles de golosinas abollados en el piso, dos o tres chipás que se cayeron, un vaso de café para llevar que no lograron embocar en el cesto. Entre los yuyos que rodean al único árbol de la cuadra, quedó atascada una bolsa de plástico blanca. Desde ahí arriba, movida por la brisa que levantan los colectivos al pasar, parece que flamea como una bandera.

 


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Carolina Bruck es narradora, editora y profesora universitaria. Ha publicado los libros de relatos No tenemos apuro, Las otras (primer premio de la Biblioteca Nacional Argentina y finalista del Concurso Hispanoamericano de Cuento García Márquez) y Fast food. Ha participado en publicaciones colectivas de Argentina, Colombia, España y Estados Unidos. Tiene un máster en Creación Literaria (UPF, Barcelona) y es profesora en Letras (UNLP, Argentina). Vive en Buenos Aires.

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