Analógica

Elogio cínico de un ladrón

Me gustaría que no me gustase, aunque esto lo escriba a disgusto o con la sensación de que el retrogusto es amargo. Tengo demasiado presente el pantano de los (presuntos) artistas del grafiti, que lo mismo convierten un faro en una cursilada digna de Bertín Osborne (colega tragón del político, que igual regala anchoas que se entrega frenéticamente a los cánticos regionales) o son tan obtusos que escriben, con letras gigantes y multicolores, la palabra “empatía” sobre los muros de un riguroso arquitecto. En fin, tendría que ampliar mi indignación frente al abominable street art lanzando una soflama contra Banksy, al que muchos consideran un pesao de tomo y lomo.

«Ratgirl», de Banksy, en Treme, Nueva Orleans (foto: Flickr, Infrogmation of New Orleans).

Razones no faltarían, especialmente por el tono oportunista y hasta ramplón de muchas de sus apropiaciones. En última instancia no es otra cosa que un ladrón de guante blanco, un post-pop que ofrece obviedades dirigidas a un público con memoria de pez. Aunque no se ha querido disfrazar de catedrático de estudios visuales y experto en deconstrucción descolonial (afortunadamente esa rareza académica requiere de una estricta regla iconoclasta o cuasi mormónica); al contrario, ha asumido como programa metodológico la sentencia picassiana de que “los malos artistas imitan, los grandes artistas roban”. Contemporáneo de caraduras profesionales como Hirst (estricto vendedor del vellocino de oro en poética coincidencia con la caída del capitalismo financiero), no presenta síntomas agudos de angustia de las influencias y da la impresión de que las estanterías con pastillas no le tientan, ni necesita exorcizar depresión alguna con obscenas exposiciones de amoríos a la manera de Tracey Emin. Tampoco es un optimista demencial ni comparte la happycracia de los cretinos que piensan que todo puede solucionarse si te entregas al buen rollo.

«Banksy es un hermeneuta camuflado del arte que tematiza lo que pasa en un mundo tan desquiciado y necesitado de viralizaciones, por banales que sean»

Banksy es un hermeneuta camuflado del arte que tematiza lo que pasa en un mundo tan desquiciado y necesitado de viralizaciones, por banales que sean. El camino contemporáneo, exorcizada toda originalidad, está plagado de plagiarios, metairónicos, retroposmodernos, enteradillos del neoconceptualismo neocorporativo. Si, como resulta obvio, los creativos son la vanguardia del neoliberalismo, el marketing pseudotransgresor de ciertos visionarios disruptivos permite retener la mirada zappeante antes de recuperar la dinámica cotidiana de bostezos. Banksy & Cía. conforman uno de los sistemas de entretenimiento hiperestético más eficaces para la época de la posverdad. Cuando el radicalismo hiberna en las vitrinas museísticas, impone su lúdica ley un tipo de grafiti perfectamente perfilado y con el mismo filo crítico que las campañas publicitarias de Toscani para Benetton.

«Sweeper», de Banksy, en Chalk Farm Road, Londres (foto: Flickr, Graham C99).

Banksy es un pistolero digno de un spaghetti western que donde pone el ojo, pone la bala. Basta recordar alguna de sus piezas icónicas: la pareja abrazándose sin dejar de contemplar sus teléfonos móviles, el policía que cachea a la niña camino de la escuela con su tierno osito de peluche, el infante que está escribiendo con grandes letras “one nation under CCTV” para recordar la vigilancia policial que hace que todos seamos buenísimos, la relectura del “no future” punki con la letra O sostenida como un globo por una melodramática imagen de la pobreza infantil, la criada que levanta la pared para meter la porquería detrás o el pintor que da por cancelada la frase que nos invita a seguir nuestros sueños. También hay ocasiones en las que se columpia, especialmente con ocurrencias que implican asuntos candentes como el drama de los refugiados (esa sandez de subastar una visión grotescamente literal de una patera, en la que el ganador será el que sepa cuánto pesa) o la situación de los palestinos (con ese hotelito presuntamente crítico junto al muro que, a la postre, no hace otra cosa que sedimentar lo perogrullesco).

«Todavía más chorra ha sido el numerito del marco que trituró (parcialmente, dado que algo debe quedar para satisfacer los impulsos fetichistas y generar plusvalías) una imagen ñoña a más no poder»

Cuando en 2007 Sotheby’s vendió una de sus obras, Banksy, aparentemente anonadado, replicó: “No puedo entender a los idiotas que compran esa mierda”. Todavía más chorra ha sido el numerito del marco que trituró (parcialmente, dado que algo debe quedar para satisfacer los impulsos fetichistas y generar plusvalías) una imagen ñoña a más no poder. En cierto sentido, Banksy es el más grande de los publicistas de una época que no puede ser más cínica de lo que es. La historia ya no se repite como farsa tras la tragedia, sino que las parodias se acumulan hasta tocar el cielo sin que ningún ángel vuelva la vista atrás: el friquismo exorbitante está viralizado en un momento en el que comerse un donut puede parecer cutremente provocador. Un personaje de Banksy, vestido de impecable traje, lleva colgado un cartelón que dice que “podría trabajar para idiotas”. La impecable autoconciencia que revela hace que me caiga, no lo puedo ocultar, simpático. Afortunadamente se mantiene anónimo y, tras el exitazo de su parque de atracciones en el que gozar morbosamente con la decepción, sigue okupando los muros, robándonos con astucia instantes de perplejidad, señalando, como experto en marketing, que solamente hay una salida a través de la tienda de regalos. Banksy es tan astuto como Odiseo (otro nadie que supo escapar del cíclope, uno de los míticos orígenes del capitalismo de vigilancia), un ladrón con bote de espray en la mano y la máscara del bufón en el retrovisor. Refleja a la perfección nuestro cinismo.

 

Artículo publicado originalmente en el número 214 de la edición impresa de Mercurio.

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