Crónicas desorbitadas

Italo Calvino, el hombre que se mostró invisible

Antonio Serrano Cueto recorre desde la literatura la peripecia vital de Italo Calvino en un tomo por el que recibió el Premio Domínguez Ortiz de Biografías

Noche del 18 al 19 de septiembre de 1985. Hospital Universitario Santa Maria alle Scotte de Siena. El enfermo ya camina por Laudomia, la ciudad de los muertos. “Soy una lámpara encendida”, advierte desconcertando a los que lo escuchan. Balbucea posibles argumentos novelescos, llama a personajes de ficción, parece escribir en el aire de su habitación de moribundo. Es Italo Calvino, que pasea definitivamente por la última, o quizás la primera, de las ciudades invisibles.

El diagnóstico es una hemiplejia en el lado izquierdo del cuerpo. Irreversible. En ese lado izquierdo habita una parte del autor. ¿Gramo (el malo) o Buono (el bueno)? Italo Calvino es Medardo de Terralba, su vizconde demediado, en la cama de sábanas blancas que empiezan a amarillearse con la inminencia de la muerte. El tema del doble, del hombre partido en dos de una de sus novelas de la trilogía “Nuestros antepasados”, de temática heráldico-simbólica, emerge en los últimos segundos de su vida. La parte definitivamente dormida de su cuerpo es la que sigue escribiendo. ¿Gramo o Buono?

Quién sabe si el escritor quiso limpiarse de los olores medicinales y sombras viscosas de la habitación y saltar por la ventana para colgarse de las ramas de un árbol cercano. Desde allí se vería el mar. Y los bosques. Y reinos lejanos. Calvino convertido en su barón rampante observando la infinitud del mundo en su último segundo de vida. Su familia y amigos aseguraron que en su agonía de casi muerto balbuceaba tramas argumentales. A su hija Giovanna le decía que era una tortuga. ¿Qué novela estaría escribiendo Italo Calvino, el no-muerto, el no-vivo?

«Su familia y amigos aseguraron que en su agonía balbuceaba tramas argumentales. A su hija Giovanna le decía que era una tortuga. ¿Qué novela estaría escribiendo Calvino, el no-muerto, el no-vivo?»

Los que fueron testigos de la muerte de Balzac confirmaron que el autor de La Comedia Humana también llamaba a sus personajes en los últimos momentos de su vida: Eugène de Rastignac, madame la comtesse de Mortsauf, papa Goriot… Esos cientos de personajes que están colocados con retratos o estatuillas en una de las estancias de la casa de Balzac en el barrio parisino de Passy.

Italo Calvino evocando a sus personajes desde la habitación en la que muere en un hospital de Siena es la última escena de la biografía “El escritor que quiso ser invisible” (Fundación José Manuel Lara) con la que Antonio Serrano Cueto obtuvo el Premio Antonio Domínguez Ortiz 2020. Merece la pena sumergirse en esta obra -la primera biografía del escritor italiano publicada en España- por la proeza documental realizada por el investigador gaditano. Tras una prolija búsqueda en cartas, documentos, publicaciones en prensa y entrevistas, Serrano Cueto consigue recrear la vida del autor italiano casi como si lo acompañáramos en la reconstrucción minuciosa de todos los días de su vida.

Sabemos, por ejemplo, lo que hizo el 9 de junio de 1959. Leemos la carta que envía a Passolini elogiando su novela Una vida violenta. O descubrimos el momento -domingo 27 de agosto de 1950- en el que Calvino recibe la noticia del suicidio de su buen amigo Cesare Pavese. A pesar de la prosa aséptica, documental y con respeto notarial y objetivo, podemos intuir la luz amarilla que se cuela en la habitación 346 del hotel Roma de Turín cuando Pavese descubre que ha venido la muerte y que tiene los ojos que imaginaba.

«Serrano Cueto consigue recrear la vida del autor italiano casi como si lo acompañáramos en la reconstrucción minuciosa de todos los días de su vida»

Esta biografía nos asoma a ciertas mitografías o detalles cotidianos que nos perturban y fascinan. Por ejemplo, cuando Serrano Cueto con su minuciosa investigación describe dónde vivió el escritor en 1950: Via San Quintino, 24, un lugar que poseía baño y que tenía el teléfono número 57649. Podría ser un dato intrascendente. Un detalle trivial. ¿Qué más da qué teléfono tuviera Italo Calvino el año en el que murió su amigo Cesare Pavese? Pero, tratándose del autor de Las ciudades invisibles, es inevitable no pensar en determinadas cosas. ¿Y si llamamos? ¿Quién contestaría? Afirmaba Calvino que la fantasía es un lugar donde llueve.

Llueve sobre San Remo. Llueve sobre un jardín enorme de palmeras, olivos y limoneros. Un jardín en el que nacen rosas con pétalos verdes. Eran las rosas que plantaba Eva Mameli, la madre del escritor. La científica especializada en estudios agrícolas como su marido Mario Calvino, padre del escritor. Ese jardín es el corazón de la memoria para el niño Calvino. Un lugar que recorremos gracias a la biografía de Serrano Cueto. Podemos oler esas rosas verdes y nos llega el olor del mar. “Cuando era pequeño yo vivía en una gran villa campestre, entre balaustradas altas como un vuelo sobre el mar”, escribe con matices autobiográficos en el relato Amor lejos de casa.

Y eso es lo hechizante de El escritor que quiso ser invisible, descubrir dónde se oculta el lugar que llueve, el territorio de la fantasía. O, mejor dicho, la discreta novela autobiográfica que se esconde en su obra, una obra disimulada en coordenadas de apariencia fantástica o realista. Decía Calvino que no importaba la vida del escritor sino su obra, pero gracias a esta profunda investigación de Serrano Cueto nos damos cuenta de que su biografía esconde los mapas de las ciudades invisibles, los barones rampantes, los señores Palomar, las cosmicómicas o los caballeros inexistentes.

«Eso es lo hechizante de El escritor que quiso ser invisible, descubrir dónde se oculta el lugar que llueve, el territorio de la fantasía»

Vemos caminar a este tipo melancólico y trasoñado. Camina con elegancia intelectual. Reflexiona con discreción. Mientras, descubrimos lo que se oculta tras sus libros. Su infancia en Villa Meridiana, la casa familiar en San Remo, está en el relato autobiográfico de Un amor lejos de casa. El olor salvaje a selva de muchas de sus páginas está en su nacimiento en Santiago de las Vegas en Cuba donde se trasladaron sus padres por motivos laborales. “Nací tan en San Remo, que nací en América”, aseguraba desvelando esa sutilísima frontera entre su vida y todas las ficciones que imaginó. Sus años en la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial sustentan las raíces de algunos de los relatos de “El sendero de los nidos de araña”. Y las ciudades invisibles de Despina y Zirma son un trasunto de su amada Nueva York adonde viajó gracias a una beca de la Fundación Ford. Son impagables esas notas tomadas durante su estancia y donde adivinamos un libro que pudo ser y que no fue porque Calvino decidió destruirlo.

Cuántos reflejos biográficos de Calvino están en sus páginas, ese reflejo de las pequeñas historias verdaderas que hacen una vida. Las rosas verdes de su madre, la torre de hierros de la fábrica de ascensores Gazzano que veía desde Villa Meridiana, el cadáver de Cesare Pavese en la habitación 346, las largas noches en la editorial Einaundi en Turín -donde trabajó casi toda su vida-, lo que veía desde la mansarda de su casa de París, los miércoles del grupo OuLiPo (l’Ouvroir de Littérature Potientielle) descubriendo las relaciones lúdicas entre la literatura y las matemáticas. O la novelesca historia de su padre confundido con un terrorista que intentó atentar contra el zar Nicolás II por un problema de identidades. Vida y literatura. Ficción y realidad.

«Para los lectores españoles un episodio especialmente interesante: el de su viaje a Sevilla con motivo del mítico ciclo de conferencias sobre literatura fantástica organizado por Jacobo Siruela y la Menéndez y Pelayo»

Y para los lectores españoles un episodio especialmente interesante: el de su viaje a Sevilla en septiembre de 1984 con motivo del mítico ciclo de conferencias sobre literatura fantástica organizado por Jacobo Siruela y la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo. En este encuentro en Sevilla coincidió con Borges y Torrente Ballester. Y fue en esta ciudad donde confirmó que la fantasía es un lugar donde llueve. Las sesiones coincidieron con el funeral del torero Paquirri, que había fallecido por una cornada en Pozoblanco. La ciudad volcada en la procesión fúnebre, el teatro colectivo de la muerte, la frágil frontera entre el mundo de la ficción y la realidad le parecieron la gran metáfora de la fantasía. En vez de posar como estaba previsto con Torrente Ballester y Borges en esa famosa fotografía en la azotea del Hotel Doña María con el fondo de la Giralda, Calvino salió a la calle para mezclarse en el teatro colectivo de duelo. Caminando dentro de un relato imposible.

Sólo un año más tarde, el escritor italiano descubriría el color de la muerte en la habitación del hospital de Siena después de conversar con sus personajes y esbozar quizás el comienzo de una novela. Y luego reposar en el pequeño cementerio de Castiglione della Pescaia para contemplar la inmensa infinitud del Mediterráneo. Cada segundo después de la muerte…

 


Italo Calvino. El escritor que quiso ser invisible
Antonio Serrano Cueto
Fundación José Manuel Lara
528 páginas
22 euros

 

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