Horas críticas

El abismo de Dios

¿De dónde surge el mal y por qué? Compañero antaño de Sloterdijk en programas de debate para la tele, Safranski rastrea la idea del mal y viaja en el tiempo por las artes, la religión y la filosofía

Uno de los prudentes pensamientos que tuvo un zapatero remendón de Görlitz, luterano, fantaseador y aficionado a la alta especulación, fue que eso que se llama “el mal” viene más bien de adentro, del burbujeo incendiario de las miasmas, y no tanto de afuera. Böhme (1575-1624) fue retratado por Glymann un siglo después de su muerte con la exactitud que otorgan una psicología profunda y el gusto por las lecturas impías: el honrado mira a la eternidad como un anfibio de las fosas abisales, con sus azuladas bóvedas salientes brotando de una carne blanquecina, hendida en surcos sombríos; pareciera que los pulgares todopoderosos y abruptos de su Dios fueran los que hubieran modelado, con iracundos rayos, su rostro. Fue la obra visionaria de este hombre sencillo, casado con la hija del carnicero y, tras el primer oficio, dedicado a la mercería ambulante, la que caló hondo en el único niño prodigio que consta en los anales de la historia de la filosofía, Schelling (1775-1854), que estudió al “príncipe de los oscuros” con ansia, volcándolo a destajo en las Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana (1809).

¿Qué lleva a un hombre a escribir toda una vida sobre la vida de otros hombres? Tal vez esa sentencia antiexotista de Unamuno que decía algo así como que, siendo humano, ninguno otro le era extraño. Por ese afán se conoce en los países de habla hispana, gracias a Raúl Gabás, a Rüdiger Safranski desde hace casi treinta años: Goethe, Schiller, Hoffmann, Hölderlin, Schopenhauer, Nietzsche y Heidegger han cobrado una vida publica, más allá del núcleo de sus devotos, gracias a un don biográfico y al zigzagueo plástico de su pluma. Las páginas con las que retrata al vocero del superhombre bailando en pelotas en Turín, en diciembre de 1888, mientras es sorprendido por la señora que hacía las habitaciones del hostal donde se alojaba, o al “Meister auf Deutschland” decidido (bajo hechizo) a subirse en la tarima de la Rectoría de Friburgo en mayo de 1933 para entonar, traduciéndolo a estas latitudes, el clásico de Cuerda (“todos somos contingentes, perotú eres necesario”), son muestras de un talento escénico que no se veía en el género desde los buenos años de Zweig. En Alemania también se hizo un nombre con apariciones televisivas en compañía de Sloterdijk, con el que moderó durante una década, en dúo dinámico generador de cócteles aderezados con acidez, cinismo y soberbia, el programa El cuarteto filosófico.

«Una investigación que, en su transversal malestar ante el demonizado “materialismo” no deja de ser un ejercicio sui generis, resignado, de teodicea»

Menos se le conoce por su trabajo filosófico. Quizá haya buenas razones para que así sea: pasando vertiginosa revista al supuesto “tema” en la historia de la filosofía y la literatura occidental de Caín a Hitler vía Sade, en El mal o el drama de la libertad, ensayo noventero que reedita Tusquets, Safranski dispara a todos lados. Ahora bien, “la vida de Schelling”, que es, si se hace el recuento de sus gestas, la que más de uno pensaría que le falta por escribir, es aquella que determina lo esencial de esta obra: que los humanos sean libres para hacer el mal, pudiendo escoger el camino del bien, es trasunto pueril; lo que tiene interés es que el mal sea la necesidad más real e inextirpable de una existencia infundada o desfondada: insondablemente extática, inflamable. Estando condensada la operación en su título, en el tercer capítulo se hace explícita una herencia que ensarta como una espada helada el volumen, paliando su fondona erudición. Quien haya pasado los ojos por las hojas deletéreas del escrito de 1809, redactadas por un hombre enamorado que acababa de perder a su brillante compañera, no las olvida: Dios, el absoluto abismado, no es sino un hambre oscura que avanza desde su resto inconsciente, blindado en tinieblas. Esas son también las mejores páginas de una investigación que, en su transversal malestar ante el demonizado “materialismo” (que se habría colmado en la tecnocrática biopolítica contemporánea), no deja de ser un ejercicio sui generis, resignado, de teodicea.

«Dios, el absoluto abismado, no es sino un hambre oscura que avanza desde su resto inconsciente, blindado en tinieblas»

Para justificar la génesis del mal, Safranski, el último de los aporreadores en llegar a la horda, se deja llevar, en demasía, por la entusiasta epopeya asesina de los humanos: haber matado a Dios (padre atávico) o haberlo vuelto inconsistente. En esta línea, el problema lo resolvió con más sobriedad el joven Mainländer, lector severo de uno de los amores juveniles del autor; en La filosofía de la redención (1876), épica poca: quien se quitó de en medio fue Dios mismo, amargado como estaba en su soporífera perfección y eterna soledad: el universo, su expansión, sería el ímpetu pérfido que aún le queda a su seso esparcido. Así las cosas, lo malo es que esto sigue.

El trabajo que quisieran ver editado y traducido sus lectores menos nihilistas para tratar de explicarse, ab origine, la confianza depositada por el autor en un desgañitado espiritualismo envuelto por el sabiondo pragmatismo de turno (hacer, con Kant, “como si”) es Estudios sobre el desarrollo de la literatura obrera en la República Federal Alemana (1977). Y, como siempre, por pedir que no falte: al exitoso biógrafo, que tanto nos ha enseñado sobre los sublimes tejemanejes de la “Alemania secreta”, una última entrega sobre el iluminado “primer filósofo alemán”, el más grande místico de lo maligno, aurora que brilla por su ausencia.

 


El mal
Rüdiger Safranski
Tusquets
Barcelona, 2020
288 páginas
19 euros

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