Entrevistas

Miqui Otero: «La ignorancia preserva, pero cuando llegan los golpes, los libros son esenciales»

Blackie Books publica «Simón», una novela sobre las mutaciones de Barcelona desde 1992 hasta el desgaste del presente

Miqui Otero y servidor somos dos puntos surcando el mapa de Barcelona. A veces determinadas situaciones nos hacen coincidir, y este viernes lluvioso de octubre la publicación de su novela Simón (Blackie Books) es la excusa perfecta para encontrarnos en Passeig de Sant Joan, una frontera con mucho valor sí, aunque libre de tendencias, pues ambos podemos ser cada uno modernos a nuestra manera sin sucumbir al barullo, esa gloria perdida con la pandemia. 

Antes de darnos el codo, lo del pie es aún más pernicioso para la salud, él llama a otro tomándolo por mi persona, cosas del paso del tiempo y un error garrafal porque, a diferencia del falso Jordi, no me crece la barba. Da igual, al vernos pasamos más de hora y media en una terraza congelados de frío mientras las cervezas nos salvan el gaznate. Conversamos, actualizamos nuestro disco duro con conversaciones impublicables y, al fin, decidimos ir a por faena para dialogar sobre su última obra, para muchos en la estela pop de las anteriores, marca de la casa del autor, y como siempre con muchas capas, en general las más olvidadas cuando se habla de su producción, interesante, reflexiva y nunca complaciente desde la evolución de una obra, palabra árida y concreta que va como un guante para Miqui, quien peldaño a peldaño desnuda sus intenciones poniéndolas a punto tras una singladura con títulos como Hilo Musical o Rayos, novelas anticipo de Simón, su vuelta de tuerca para volar con más prestancia si cabe.

El escritor Miqui Otero. Foto: Elena Blanco

P.- ¿Con Simón querías establecer continuidad con tus anteriores novelas o buscabas hilvanar algo distinto?
R.- Veo cierta continuidad en ciertos elementos, y en mi manera de ver el mundo, pero asimismo había cierta voluntad de ruptura, en primer lugar mediante el punto de vista. Al usar la tercera persona el ritmo adquiere otro vuelo y me permite una serie de cosas que no podía aplicar antes, como anticipar razones y causas.

P.- Te vuelves omnisciente y esto te permite controlar mejor el proceso.
R.- Todas las virtudes que propicia la omnisciencia. Quizá sacrificas una aproximación sentimental más directa al lector, pero a cambio el juego se vuelve enorme.

P.- Parte de estas intenciones puede apreciarse en las citas que encabezan los capítulos, algo que me hizo pensar en Marsé por aquello, en tu caso, de escribir una novela del siglo XXI desde referentes más bien decimonónicos.
R.- Esto surge de la situación actual desde muchos niveles. Muchas novelas cortas de nuestro siglo se centran en un solo tema. En el libro hay un diálogo entre Simón y Estela donde ella se pone algo pedante y dice que sólo lee ensayos, pero así se pierde las novelas, que pueden ir y abordar todas las cosas. Aquí reivindico, en contraste con determinados mecanismos de producción cultural, la novela novelesca, la novela que es el macrogénero híbrido donde la contradicción puede aflorar, con un personaje diciendo algo y otro justo lo contrario, sin colisiones.

«Reivindico la novela novelesca, la novela que es el macrogénero híbrido donde la contradicción puede aflorar»

P.- Ahora mismo en España parece existir una tendencia según la cual se publica mejor ensayo que novela.
R.- La novela son muchas cosas.

P.- Y el narrador de Simón es muy consciente de ello y lo declara, aplicándolo con giros advertidos al lector.
R.- Esta es una de las claves. La novela se monta y se desmonta. Inicia en su primera parte siendo una novela muy clásica y en la segunda se desmonta y vira hacia la modernidad, e incluso yo mismo reflexiono a través de los personajes en torno a los trucos que he usado durante la narración.

P.- En la primera parte, más allá de la noche de las azoteas, hay algo que suele gustarme mucho, y es que Rico es preponderante y luego desaparece, pero aun así su presencia flota en el texto, en realidad no se ha ido.
R.- Brilla por la ausencia, porque no vemos sus debilidades. Cuando reaparece la novela se desmonta porque también se derriban las convicciones de los personajes. Desaparece el territorio mítico y los personajes deben reconstruirse desde la realidad, y esta era una de las jugadas que tenía claras desde el principio. Una de ellas era empezar con la euforia olímpica y terminar con los atentados. La otra era iniciar con cierto tono clásico y derrumbarlo en la segunda.

«La novela se monta y se desmonta. Quería empezar con la euforia olímpica y terminar con los atentados»

P.- Esto que dices es muy significativo. El personaje Simón se ve condicionado por este referente, pero una primera clave es la toma de la conciencia de la realidad, es el proceso fascinante de este personaje.
R.- Un mecanismo claro de la novela de iniciación y, si me apuras, también de la novela de cariz más social. La toma de conciencia sale porque primero percibes un fallo y luego intentas entender cuál es el error en el engranaje y sus motivos. Él quiere vivir con códigos heredados de los libros y estos se desmoronan. Esto de la primera parte me recuerda a una anécdota de Sartre, quien de pequeño alucinaba con una enciclopedia Larousse por las descripciones y nombres de las plantas. Un buen día, sus padres quisieron satisfacerlo y lo llevaron de paseo al Jardín de Luxemburgo y claro, el choque con la realidad fue brutal porque las rosas eran menos rosas y las flores eran menos flores, algo aplicable también a los seres humanos y a cualquier cosa. En cambio, en la segunda part, la imagen era ese hombre que va al cine y siempre esperaba a los créditos para irse. Una tarde, la peli era tan mala que sale de la sala, empieza a ver la vida y regresa al cine porque la vida es aún peor que los libros. Los libros no son benignos, porque la ignorancia preserva, pero cuando llegan golpes en la vida las lecturas son esenciales.

P.- Tanto tú como yo en los años noventa sufrimos el choque de realidad de Simón al estar Barcelona en transición.
R.- Heredamos una resaca y no podíamos entenderla porque la euforia olímpica nos pilló de niños o adolescentes.

P.- Y los mayores, como Betty, también urden una ficción consigo mismos para escapar de esta resaca.
R.- Y para ello siguen bebiendo literal y metafóricamente. Es una huida hacia adelante, mantienen la ficción al escapar constantemente.
El mismo coche de Betty lo simbolizaría, su color, que para Simón es brillo.
Debe entender ese brillo y que puede heredar nostalgias, pero no vivencias, no puedes replicar lo que hicieron tus antecesores. Es una relación de vida. El narrador dice que Rico lo había convertido en un tipo que iba con un tenedor cuando sólo servía sopa. Simón vivía la vida a través de los mitos de la música, las novelas y la generación anterior.

P.- Otra metáfora es la de la carambola de billar, que vincula a Rico y Simón, pero el billar también demuestra lo aleatorio de este destino y la extinción de determinadas prácticas.
R.- Claro. También uso el billar como atajo social, porque alrededor de una mesa de billar se juntaban gentes de muy distinto origen, así como también uso la cocina exactamente por el mismo motivo. Rico tiene pasión por Barry Lindon, y necesitaba que él ascendiera rápido. Pensé en las similitudes entre la espada y el cuchillo y un buen día, una de esas benditas casualidades, conocí a un tipo que había trabajado en restaurantes y me contó anécdotas. Así Rico pasó de espadachín a cocinero, de un bar modesto a conocer a un rey en un restaurante Michelín. En el billar el taco es una espada. ¿Quién es la estrella del rock de Las ilusiones perdidas de Balzac? El cocinero, y así Simón puede ingresar en un mundo ajeno al suyo.

«Heredamos una resaca y no podíamos entenderla porque la euforia olímpica nos pilló de niños o adolescentes»

P.- Y así enlazas la figura del cocinero con la modernidad estéril y efímera.
R.- Efectivamente. Con lo que debes pervertir para alcanzar determinados ambientes.

P.- Quizá la situación actual lo cambie, pero desde mi punto de vista nuestro mundo está plagado de barroquismo, y la cocina lo muestra sin muchos tapujos.
R.- Hay una charla de Simón con la madre de Estela, enferma de Alzheimer, regando flores. Surge El tulipán negro y aquello de que un tulipán valía más que un solar en Ámsterdam, cuando el precio de las cosas no encaja y esto hoy en día sucede con el mundo de la cocina y los vinos. Aquí supongo que todo proviene de una reflexión del origen de las fortunas y el dinero.

P.- Este mundo de la cocina y su relación con Biel, hijo de la burguesía catalana, tiene un punto Últimas tardes con Teresa. Y al mismo tiempo Últimas tardes con Teresa es Rojo y Negro.
R.- Esto es un pretexto narrativo para generar un arribista, si bien hoy son más autosuficientes como Simón, quien se plantea todo y sabe qué sacrifica. Sabe que engaña y cómo traiciona a partir de la cestita de peladillas. Es consciente de aquello a lo que renuncia. El mecanismo es el mismo, uses poesía, crimen o cocina.

P.- Este momento es muy Barry Lindon, ascenso y caída. Ahora mismo muchos tiran de recursos fílmicos muy manidos, quizá otro hubiera optado por un ascenso continuo, pero tú optas por volver a la realidad pura y dura, cruda, sin caramelo.
R.- Construyo ese mundo para desmontarlo. Lo valioso de la novela está en este punto.

P.- Cuando él cae establece con Rico vínculos de solidaridad de clase.
R.- Tras traicionar a su clase llegan estos vínculos. Al fin y al cabo el tipo tiene futuro por un robo y una situación concreta de su barrio al tener un sótano que no vale un duro. Se aprovecha de situaciones poco nobles para tener un buen desenlace, al final feliz por motivos no muy defendibles. Me gusta mucho El tratado sobre la vida elegante de Balzac, donde sale aquello de todas las fortunas son un crimen. Simón tiene su pequeño crimen, pues al final las fortunas no surgen de la nada, y esto hace brotar muchos temas de la novela, como la riqueza de la burguesía catalana a partir del esclavismo.

P.- Y esta burguesía es determinante en la evolución de la novela, además de mostrar, algo muy Barcelona, la imposibilidad de mezcla entre clases sociales.
R.- Se reflexiona sobre eso de manera constante. En la escena del tulipán negro ya se habla de esto. A Simón se le escapa esta predeterminación de clase y va descubriéndola poco a poco. Una de las cosas más interesantes sobre quién tiene y ostenta la pasta en esta sociedad es el hecho, al menos en la burguesía catalana, de no mostrarla, apenas exhibiéndola. ¿Te acuerdas de la época Zaplana y Acebes?

P.- Greatest hits.
R.- Debías elegir entre el cínico que era Zaplana o el fanático, Acebes, un tío de los legionarios de Cristo Rey. En el caso de la burguesía pasa lo mismo. ¿Prefieres al clasista de VOX o al catalán que no hace alarde de pasta? Quizá prefieres al catalán, pero el hecho de esconder la pasta puede ser muy perjudicial a medio o largo plazo, algo por otra parte muy literario.

P.- Y al catalán hasta que no le tocas lo más sagrado, como ocurre aquí, no haremos spoilers, tampoco tiene inquina de clase.
R.- No la tiene, es conciliador y los hijos tienen cierto desclasamiento. De todos modos es mucho más sugerente que otros tipos de burguesía española o del mundo. La novela se mueve fuera de los salones donde hay un piano.

P.- En nuestra generación, a diferencia de nuestra generación, no hay tanta distancia entre clases. Tú y yo estamos aquí sentados en una terraza, pero podemos tener una amiga de Sarrià que no tiene problemas y se integra. Otra cosa es que se case con nosotros.
R.- Surgen estas uniones desde atajos culturales, conciertos o libros. Quería explorar estas conexiones, porque creo se han tocado poco.

P.- Marsé se introduce en este mundo y sale ileso.
R.- Tiene un pase turístico, lo mandan a París y descubre las aventis dando clases de español a unas pijas francesas. Si fuerza las historias y leyendas de su barrio genera mayor interés. En nuestro caso es distinto porque hay un contacto más directo, pero sin elementos culturales no existe, es nulo.

P.- Dentro de nuestra amada novela de Barcelona me parece muy interesante que elijas el barrio de Sant Antoni, a priori sin mucha historia y marcado por una brutal y reciente gentrificación.
R.- Es un barrio atípico, muy aspiracional. Es un barrio que tiene cerca el Chino y el Paralelo. Es un lugar de frontera, donde estaba una de las puertas de las murallas. La gentrificación, lo hemos comentado antes de la entrevista, es uno de los temas de la novela. Simón y Rico se ven determinados por ella, si bien al final asimilan una idea de vida aceptable, pierden como pierde el barrio sus cosas más especiales. La situación personal quizá se funde con la evolución de los lugares.

Los escritores Miqui Otero y Jordi Corominas con un marco de platos combinados, durante su paseo para la entrevista con ‘Mercurio’.

P.- Mientras te leía pensaba en algo muy particular, porque sentía una especie de proceso de escritura torrencial que al mismo tiempo era muy meditado por la estructura.
R.- Antes de empezar tenía muchas cosas claras. El auge y la caída, también el arco temporal de los Juegos del 92 a los atentados de agosto de 2017. Entremedias había muchos huecos. Sí sabía que él debía ser cocinero y que habría una serie de páginas en el restaurante Michelin, con sus especulaciones. Lo escribí torrencialmente y luego pulí muchísimo, la novela era mucho más larga, me recree mucho en el costumbrismo durante la primera parte, en las escenas del bar.

P.- Para un escritor estas escenas costumbristas son una celebración.
R.- Claro, y entendía bien a mi personaje y sabía explicarlo. En la primera versión los personajes secundarios tenían mucho cuajo. En otra situación podía haberlos explotado mucho más.

P.- Hablas de los atentados de agosto de 2017, pero la novela termina con el otoño caliente del Procés.
R.- Tocaba por época, debía tratarlo. Me salto los antecedentes de ese otoño y luego me meto en ella, pero no me determina. Con el Procés saco reflexiones sobre la fe y sobre cómo la inviertes que surgen de Joseph Roth y la Marcha Radetzky.

P.- No lo había pensado hasta ahora, no al menos con Simón, pero el 92 es la máxima euforia cosmopolita y el otoño de 2017 es el punto álgido de una cierta endogamia provinciana, de mirar hacia dentro de la sociedad catalana.
R.- Sin duda, desde luego en lo olímpico había algo ingenuo si se quiere, de miradas huecas, mientras en 2017 hay polarización y recelo hacia el otro. También hay otros factores, como la crisis económica, pero sobre todo cómo el PIB viene determinado por el turismo, lo que también es una crítica a esas supuestas bondades olímpicas.

P.- Hemos vivido mucho estos meses, y quizá hemos acentuado la visión retrospectiva.
R.- Muchas reflexiones de Estela y Betty ahora están sobre la mesa, como la hiperaceleración o el triunfo absoluto del consumismo. Esto lo escribí antes, pero ahora son los temas.

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