Analógica

Colores cargados de Historia

La tintura sobre banderas y atuendos ha señalado el histórico devenir del tiempo. El rojo del dios de la guerra, Marte, se convertirá en el icono de las revoluciones obreras del XIX y, sobre todo, del marxismo. Como reacción, el fascismo hallará en el negro un reclamo para la violencia. El arcoíris se abrirá paso en las postrimerías del convulso siglo XX

Tiempo y espacio parecen ser los ejes que articulan las vidas de hombres y mujeres, donde tienen lugar los procesos históricos que han marcado nuestro devenir, lo que somos y lo que el mundo es. Pero dentro de esas coordenadas, los seres humanos actúan, piensan, dialogan, cimentan, destruyen… construyen la Historia. Mas lo que conocemos como la Historia no es una película en blanco y negro. Está llena de sonidos, de olores, de gritos, de lamentos… y de colores.

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Los colores han sido parte consustancial de todas las civilizaciones. Desde que los seres humanos comenzaron a caminar erguidos, empezaron a emplearlos en las pinturas rupestres para adornar las cuevas paleolíticas desde la abstracción mental. Más tarde aprendimos las técnicas para teñir las ropas de un color especial. Durante la Antigüedad, algunos tonos se convirtieron en símbolos de prestigio y distinción: en Roma, el rojo se asociaba con el dios de la guerra, Marte, simbolizando victoria y reputación. También en el medievo el color fue símbolo de poder. La iconografía de la reconquista reproduce una y otra vez la figura del apóstol Santiago a lomos de un caballo blanco, ensalzando la pureza de su fe frente a los impíos musulmanes. Por el contrario, al otro lado de la frontera, al-Andalus, y en el mundo islámico en general, el verde fue el denominador común para representar desde antaño al Islam; considerado el color preferido del profeta Mahoma, el propio Corán advertía de que el paraíso estaba poblado por gente ataviada con la mejor seda verde. Un color, al fin y al cabo, combinado con otras tonalidades legitimadoras de autoridad, como el blanco, símbolo de los Omeyas, o el rojo, que almagró los signos de poder de los Nazaríes de Granada.

La llegada del mundo contemporáneo trajo cambios en el mundo del color: los avances propios de la revolución industrial permitieron fabricar tonalidades concretas de color, como apuntase Michel Pastoureau. Pero en el terreno de la Historia ocurre otra innovación: el pueblo entra en escena. La era de las revoluciones acaecidas entre finales del siglo XVIII y todo el XIX en el mundo occidental, quebró por completo la sociedad estamental del Antiguo Régimen. Se atendió entonces al individuo, sus libertades, sus propiedades y sus derechos, pero siempre dentro de algo mayor a lo que pertenecía y se debía: la nación.

«Los colores han sido parte consustancial de todas las civilizaciones: en Roma, el rojo de Marte simbolizaba victoria; en el Islam, el verde de Mahoma señalaba el paraíso»

El nacionalismo supuso la eclosión de una simbología patriótica en la que el color siempre estaba presente. La más célebre, ondeante hoy día con vigor, la constituyen las banderas. Como escribiría Benedict Anderson, las comunidades nacionales inventan lo que son también en sus símbolos. Así, algunas naciones occidentales justifican los colores de su bandera en función tanto de la historia que supuestamente las adorna como de los estereotipos que otorgan a sus ciudadanos. La de España identifica el rojo con la sangre derramada y la entrega de los hijos de la patria, y el gualda, con el oro y las riquezas obtenidas en las conquistas. Surgida en 1785 durante el reinado de Carlos III para los buques de la marina, durante la Guerra de la Independencia (1808-1814) fue empleada por los españoles que lucharon contra el invasor francés.

Más allá de banderas, dos colores han marcado sendas ideologías contrapuestas del siglo XX, la centuria de las catástrofes: el rojo y el negro. El rojo se identificó desde muy pronto con las clases populares. En las barricadas de las revoluciones europeas de 1848, donde ya estaba presente la clase obrera, ondearon banderas granas. Entonces, Karl Marx señaló la traición de la burguesía a la clase obrera, apostando por soluciones de orden. Simbólicamente, el cuadro de Philippoteaux lo evidenciaba al optar por unos colores: Lamartine, representante de la burguesía y nuevo presidente del gobierno, aparece representado frente al ayuntamiento de París rechazando la bandera roja y aclamando en su lugar a la tricolor de Francia para la recién nacida y efímera II República (1848-1852). Para él, el rojo era símbolo de sangre y anarquía, frente al orden y el «progreso» que proponía el nuevo régimen burgués. Atendiendo a esto, no es raro que la mítica comuna de París de 1871 supusiese un resurgimiento de la bandera roja, que fue repuesta en el ayuntamiento de la capital por los obreros que tomaron el poder. Simbolizaba el cambio, la revolución, la aspiración al nacimiento de un nuevo mundo. Marx lo dejó escrito en su obra La Guerra Civil en Francia (1871): «El viejo mundo se retorció en convulsiones de rabia ante el espectáculo de la Bandera Roja, símbolo de la República del Trabajo, ondeando sobre el Hôtel de Ville».

«Lamartine rechaza la bandera roja ante el Ayuntamiento de París» (1848), de Henri Félix Emmanuel Philippoteaux.

Aquella frustrada comuna se convirtió en un «acontecimiento» que marcaría la historia y el pensamiento de la izquierda, como escribiría Alain Badiou. El color rojo de su bandera pasó a ser el color de los obreros del mundo. Aparecía en protestas, huelgas y manifestaciones de todos los países. Y por supuesto, fue enarbolada por los bolcheviques durante la revolución rusa de 1917. En el golpe de la noche del 25 de octubre, estos hicieron ondear la bandera roja sobre el Palacio de Invierno de San Petersburgo mientras arrestaban al gobierno provisional. Este tono se convirtió en símbolo de la revolución: las multitudes se bañaban en ese color y la propaganda soviética no cesaba de recurrir a él, al igual que llenaba la iconografía exaltadora de Lenin o de su sucesor Stalin, identificando con él una revolución que había dejado de serlo, convertida en un estado donde el control social y la represión enterraban los antiguos sueños de emancipación. Desde 1922 la bandera roja, adornada con la hoz y el martillo como símbolos de la unión de los campesinos con los obreros, se convirtió en la enseña oficial de la URSS.

El rojo fue también símbolo de resistencia frente al nazismo y el fascismo durante la II Guerra Mundial (1939-1945). Tras esta, irrumpió en las banderas de las nuevas dictaduras del socialismo real que brotaron en Europa oriental bajo la influencia soviética. También lo haría en la China de la revolución popular de 1949. Sin embargo, el carácter dictatorial de los regímenes comunistas y la dinámica de la Guerra Fría diluyó el componente revolucionario del rojo. Las transiciones a la democracia tras la caída del muro de Berlín (1989) supusieron la desaparición de muchas de ellas. Hoy, en las movilizaciones sociales la práctica inexistencia del rojo evidencia la pérdida de contenido de un color que, un día, implicó querer transformar el mundo.

«No es extraño que el color negro desapareciese del simbolismo político del mundo occidental de posguerra, construido sobre la memoria del antifascismo»

Como respuesta a la amenaza de la revolución, pero también de la democracia y la modernidad, surgiría tras la I Guerra Mundial (1914-1918) un movimiento sin el cual no es posible comprender el siglo XX, y puede que tampoco el XXI: el fascismo. Muchos fueron sus colores, pues los diversos partidos fascistas tomaron el negro (Italia, Gran Bretaña), el pardo (Alemania), el azul (España, Portugal) o el verde (Rumanía) para tintar sus camisas. Pero sin duda ha sido el negro, propio del fascismo italiano, el que más ha trascendido. El negro suponía una auténtica inversión en el simbolismo cromático. De hecho, se ha aducido que representaba la muerte. Algo consecuente con uno de los elementos definitorios del fascismo: la violencia. Esta era un instrumento creador con el que se destruiría a los enemigos de la patria, regenerando la comunidad nacional y construyendo un “hombre nuevo”.

Parece que el negro fue empleado primero por los arditi, soldados de asalto del ejército italiano durante la I Guerra Mundial, y fue sugerido por Gabrielle D’Annunzio, el poeta que comandó la toma de Fiume con grupos de voluntarios en 1919. Mussolini lo adoptó para los Fasci di Combattimento nacidos en Milán en marzo de 1919 y posteriormente para el Partido Nacional Fascista (1921). Después de la derrota del Eje en la II Guerra Mundial y el conocimiento de los crímenes de los nazis y de los diversos regímenes fascistas, no es extraño que este color desapareciese del simbolismo político del mundo occidental de posguerra, construido sobre la memoria del antifascismo como ha señalado Dan Stone.

Una de las escuadras de acción dirigidas por los «Fasci de Combattimento» de Mussolini, año 1922.

En la segunda mitad del siglo XX apareció no ya un color, sino una paleta de colores, que rompió con el mundo monocromático de preguerra: los tonos del arcoíris. Se integraban así todos los colores producto del reflejo de la luz blanca (rojo, naranja, amarillo, verde, azul y violeta), como descubriese Newton. Se simbolizaban todos los colores, todas las particularidades que se escondían en la realidad del mundo. Era una exaltación de la totalidad, de lo común, a través de lo individual, de sus peculiaridades. El arcoíris fue propio de los nuevos movimientos sociales surgidos en los años sesenta, como el pacifismo, el ecologismo o, ya en los setenta, el movimiento LGTB. La adopción del mismo quizá respondió a la intolerancia desvelada del fascismo y del comunismo, pero también como reacción al bipolarismo de la Guerra Fría.

Todos los colores, como los hombres y las mujeres, tienen su historia. Están traspasados por acontecimientos que los han llenado de sentido y de simbolismo. Hoy día, en el siglo XXI de la globalización y de la revolución tecnológica, es de esperar que sigan jugando un papel en la creación de identidades y en la generación de actitudes. Mientras tanto, bien está tener en cuenta el pasado para conocer (y aprender) de lo que han sido y los matices de los que los ha dotado la Historia.

 


Miguel Ángel del Arco Blanco es historiador y director del departamento de Historia Contemporánea en la Universidad de Granada. Su último libro publicado es Los años del hambre. Historia y memoria de la posguerra franquista (Marcial Pons, 2020).
Este artículo se ha publicado en el número 213 (septiembre-octubre 2020) de la edición en papel de Revista Mercurio.

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