Entrevistas

Braulio Ortiz: «Somos muchos más los parias»

El poeta y periodista presenta este jueves en Sevilla su último poemario, ‘Gente que busca su bandera’

Sólo vive quien arde
Del poema ‘Una mujer que muestra su verdad’.

En su cuarto poemario, Gente que busca su bandera (Maclein y Parker, 2020), el escritor, poeta y periodista Braulio Ortiz Poole (Sevilla, 1974) firma un libro hermoso, hondo, profundamente humano. No cabe definir de otra manera el sentimiento que regala la lectura en su conjunto de unos poemas sobre los que merece la pena volver una y otra vez con la certeza de estar asistiendo, tras un ejercicio palpable de depuración en su escritura, al relato mismo de nuestra vida, esa que unas veces golpea y otras abriga, porque la existencia, nos insiste el autor en estas páginas, está llena de matices, de claroscuros, de grises en los que no caben ni los dogmas ni los dogmáticos y sí los disidentes, que en algún momento de su vida convirtieron su causa en su bandera.

El escritor y periodista Braulio Ortiz. Foto: Belén Vargas

Con la serenidad de quien ya expulsó sus demonios en Defensa del pirómano, Hombre sin descendencia y Cuarentena, el sevillano acrecienta su fama de hombre bueno, que va ligada a él tanto como la de enorme poeta, con este libro que es también una invitación al encuentro y a la celebración de la vida. Acompañado del editor Ignacio F. Garmendia, el autor presentará el libro el próximo jueves 17 de septiembre en el Centro de Iniciativas Culturales de la Universidad de Sevilla (Cicus).

Pregunta.- Hace tiempo que en España se habla de banderas que no cobijan sino que segregan. La pandemia parece haber acrecentado esa dinámica. ¿Es Gente que busca su bandera un poemario surgido de la observación reciente de este “país de tanta luz que cuesta tanto decirle”, como reza uno de sus poemas?
Respuesta.- Es un poemario que quería hablar de gente que ha sido señalada o que ha buscado su propio camino. En ese retrato de esas personas, tenía que hablar también de los que los señalaban, ahí se me coló inevitablemente una reflexión sobre España y, de hecho, aunque mis anteriores poemarios eran muy intimistas y hablaban de mis propios demonios, ya desde el primer libro tenía un poema que se llamaba La casa de Caín que hablaba de este odio entre hermanos tan propio de este país. No quería hacer una radiografía de España en sí misma, no era el propósito, pero sí, digamos, que fuera un daño colateral de los temas que trataba.

«No quería hacer una radiografía de España en sí misma, no era el propósito, pero sí, digamos, que fuera un daño colateral de los temas que trataba»

P.- ¿Cuándo se dio cuenta de que, al contrario de sus anteriores poemarios, este era un libro político, casi como poema de voz colectiva, una voz universal que es como la define Alejando Simón Partal en el prólogo?
R.- Realmente siempre he tenido un problema con la literatura política porque en un principio yo tenía el prejuicio de que es muy difícil hacer buena literatura filtrando determinados contenidos. Tenía cierto recelo, temía que no podía hacer buena literatura política. Pero ya en el anterior libro, Cuarentena, se me coló un poema que se titulaba Trasfondo sobre cómo la gente paga el precio de la corrupción y cómo las generaciones que vienen seguían pagándolo. Con Gente que busca su bandera quería hablar de lo colectivo y al final reivindicar una comunidad, sobre todo si es gente que ha sido inadaptada, acusada, señalada… Y sí es un acto político: poner el énfasis en lo colectivo es muy necesario ahora, en una sociedad en la que tendemos al individualismo, es fundamental reivindicar que hay otro, que hay que pensar en los demás.

P.- Echando la vista atrás en su obra, la edad, la experiencia, la vida, ha servido, en su caso, para salir de cierto ensimismamiento. No sé hasta qué punto ha buscado adentrarse en cierta poesía social. Se refleja muy claramente en versos como “Tantas piedras lanzadas / ¿qué construyen? / En tanta tierra quemada, ¿qué se siembra? ¿Puedes llamar hermano a tu enemigo?“.
R.- Esos versos son de un poema dedicado a James Baldwin, un activista y escritor negro. Realmente es una pregunta que nos debemos hacer, no perder de vista que todos somos hermanos y debemos tender al encuentro, tender puentes más que mantenernos en esta hostilidad que tenemos ahora. Es un libro que intenta acercar a la gente, no alejarla. La reivindicación no está reñida con preguntarse qué le pasa al otro. Por ejemplo, Canadá va sobre el encargado de un centro que persigue a desertores de la guerra de Vietnam años después, cuando estaba la guerra de Iraq. Me interesaba saber qué hay detrás del que se preocupa por mantener el orden, cuando eso está reñido con la vida.

«La reivindicación no está reñida con preguntarse qué le pasa al otro”

P.- En su poesía, en su obra en general, tiene muchísimo peso el proceso creativo. Aquí, como usted mismo nos cuenta, esa inspiración, ese punto de partida, es el cine, es la música… ¿Es un poeta de lo contemporáneo? Alejandro Simón Partal dice que usted “ha buscado la esencia humana, el misterio que rodea nuestra pequeñez entre el fervor por la vida y el miedo a vivir”.
R.- Me gustaría pensar que mi poesía es una contemplación y una celebración de la vida. Y esa celebración incluye el cine, la música, incluye muchas referencias que no quiero que se vean como cultistas sino como invitaciones al disfrute, para mí una película es una forma de aprendizaje pero también es una fiesta. Mi perspectiva del mundo la he aprendido gracias al cine, a la literatura. No quiero que mi obra esté de espaldas a eso, pero tampoco quiero que quede como un reducto elitista en el que se habla de determinados nombres sin que tenga un anclaje con el mundo.

Foto: Belén Vargas

P.- Hábleme del prólogo, es un texto muy especial, muy personal, de Alejandro Simón Partal.
R.- Alejandro y yo somos amigos desde hace casi una década. Él mismo lo cuenta en el prólogo, nos conocimos en 2011, él me había leído antes y realmente fue muy bonito cuando le encargamos el prólogo que él apostara por un tono cálido, sentimental incluso, porque él, que conoce muy bien mi obra, podía haber hecho un texto más analítico, más frío, pero prefirió la calidez de lo humano. Y eso es algo que le va muy bien al libro. Alejandro ha vivido un proceso similar al mío y en su último libro, Una buena hora (Visor, 2019), habla mucho de la belleza de lo sencillo y el milagro de lo cotidiano.

P.- Marilyn, Clara Campoamor, Leonard Matlovich –veterano de Vietnam que fue expulsado de la milicia cuando hizo pública su homosexualidad–, Viktor Korchnói –el ajedrecista exiliado de la Unión Soviética–, Eddie Slovik –desertor, ejecutado por serlo, del ejército estadounidense–… ¿Cómo fue el proceso de descarte de los personajes? ¿Cómo ha ido reuniendo este corolario de vidas a contracorriente?
R.- Realmente no descarté ningún personaje, los que están aquí son los que yo quería que estuvieran. Igual que lo que me lleva a escribir una novela es la fascinación por un personaje ficticio, aquí es lo mismo, el interés por estas personas me llevó a hacer el libro. Quería que fuera un libro de gente que se ha buscado a sí misma, pero que no fuera un catálogo de héroes, como una hagiografía constante. Quería también que hubiera, por ejemplo, gente cobarde, como este chico que es desertor y paga un precio, acaba siendo fusilado porque sirve como conejillo de indias para que el resto de soldados no deserten. No quería que todas las figuras fueran moralmente perfectas, quería claroscuros y quería hacer un libro complejo. Hay algunos creadores por los que tengo fascinación, me gusta mucho la música de Vicente Aleixandre y luego se me coló Louise Bourgeois, es una artista que me interesa mucho, trabajó mucho tiempo desde la independencia hasta que fue descubierta o su obra tuvo ya repercusión de mayor, así que hizo un camino en solitario que me parece muy importante en la obra de un artista, se buscó a sí misma. Realmente todos están ahí por alguna razón. Por ejemplo, Clara Campoamor representa esa tercera España que no ha sido escuchada, a la que no se le ha dado opción en este país donde siempre ha habido que decantarse por unos o por otros, no ha habido sitio para los matices, fue una republicana sin partido porque su propio partido no lo quiso.

P.- Desde su experiencia, ¿somos más los que andamos por la vida sin bandera o abundan demasiado los que están agarrados o tapados por ellas?
R.- Si hablamos de gente que busca su bandera como aquellos que se buscan a sí mismos, que renuncian a consignas y a los dogmas, somos muchos más los parias o hemos sido parias en algún momento que los que están en la normalidad, porque, al fin y al cabo, ¿qué es la normalidad? Al final son muchos los que sufren esa herida de haber sido inadaptados en el colegio porque eres afeminado, porque tus padres se han divorciado, porque hablas raro… hay como muchas razones por las que no respondes a la norma. Lo bonito de eso es que al final del viaje te das cuenta de que no estás solo y esa perspectiva de grupo de repente, ese calor del otro, es muy emocionante. En este libro quería celebrar la maravilla de la comunidad, de que nos podamos apoyar los unos en los otros.

P.- En Epílogo se desnuda, es una suerte de biografía que dedica, además, a toda esa gran familia con la que convive a diario, los compañeros del periódico, de otros medios, amigos… ¿Ha domesticado al hombre pudoroso que hay en usted frente al ser humano que necesita compartir?
R.- En mi poesía siempre ha habido una tensión entre la fuerza que propicia la autenticidad y el pudor. Mis poemarios anteriores siempre hablaban de mí mismo pero camuflado en un personaje, un poeta siempre se esconde detrás de algo, no se desnuda tal cual… Esa tensión siempre ha estado ahí: saber que si te desnudas el lector se reconocerá en eso. La creación es algo muy inconsciente, muy absurdo y si te paras a pensar en lo que haces, no lo harías. Por suerte hay una forma de inconsciencia que te invita a seguir escribiendo. Yo me he reflejado en muchos poetas que hablaban de sus demonios, que afrontaban su vida con una honestidad fiera.

P.- ¿Qué lee hoy? ¿Lee mucha poesía?
R.- Leo mucha poesía y creo que hoy día se está haciendo una poesía buenísima. Y, volviendo a lo que hablábamos antes sobre la poesía política, hay algunos autores que retratan al mundo con una inteligencia y una naturalidad asombrosas. Ahora mismo hay una generación que anda entre los 20 y los 30 que me tiene fascinado: Juan Gallego Benot, Juan F. Rivero, Fran Navarro Prieto, Rosa Berbel, Maribel A. Llamero, María González…

«Para la vida soy muy inseguro pero, sin embargo, en mis versos me reconozco»

P.- ¿Cómo mira esas nuevas voces desde la cuarentena?
R.- Feliz porque puedes aprender de la que gente que viene y esto, por una parte, demuestra cierta apertura al mundo que me gusta y, por otra, que viene una generación que tiene muchas cosas que decir.

P.- ¿Cuándo siente que un poema ha quedado redondo?
R.- Con mi poesía me pasa una cosa un poco extraña: para la vida soy muy inseguro pero, sin embargo, en mis versos me reconozco, estoy ahí, está lo que quiero contar… Con mi humildad, creo que soy un poeta mediano pero me identifico en mi voz, está la mirada al mundo que pretende. Pero si me preguntas por todo lo demás, he fracasado.

P.- Es uno de los periodistas culturales de más largo bagaje en Andalucía, ¿hay poesía en el periodismo?
R.- Hay periodistas maravillosos con una voz propia que al final están haciendo poesía a su modo a la hora de retratar el mundo. Yo me especialicé en la prensa cultural porque es algo que te evita centrarte en todo este carnaval de la política. En cultura puedes hablar con gente que hace teatro, que escribe libros, que pinta… Todos esos están mostrando su alma en su trabajo, es algo que tiene otra trascendencia, más lírico…

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