Entrevistas

Manuel Astur con vientos favorables

Un viaje en velero con el escritor asturiano, que acaba de publicar «San, el libro de los milagros»

Conocí a Manuel Astur en algún bar de Madrid hace diez años. Él tenía pocos años más de los que tengo yo ahora y le admiraba muchísimo porque, con mucha solemnidad, afirmaba ser escritor. Entonces, Manuel Astur todavía no había publicado ningún libro, pero tenía una figura, una voz y una rotundidad en las barras —además de unos cuantos artículos en medios digitales y la sombra de una revista (Arto) que dirigió dudosa y breve— que, recién salido como estaba de la adolescencia, me convencieron de que, efectivamente, estaba ante un gran escritor y sólo sería cuestión de tiempo que la realidad y sus mentiras y exageraciones se acompasaran. Hoy Manuel Astur goza de una gloria modesta y envidiable —una novela en Acantilado y unas críticas deslumbrantes— y en su caso es como si esta (la gloria de los literatos que no se ruborizan al escribir “literato”: mucha reseña y poco dinero) hubiera viajado siempre a rebufo de su ambición, esperando el momento adecuado —varios años de reflexión, el regreso a los paisajes de su infancia— para adelantarla y estallar.

Los escritores Manuel Astur y Enrique Rey durante su paseo en velero por el Mar Menor. Fotos: Raquel Vicedo

«Manuel Astur es un gigante norteño en bañador en medio del verano murciano. Hemos quedado para atravesar el Mar Menor a vela»

Manuel Astur es un gigante norteño en bañador en medio del verano murciano. Ha llegado junto a su pareja, la editora y traductora Raquel Vicedo (firman juntos una valiosa traducción de la poesía de la precoz italiana Antonia Pozzi) y hemos quedado para atravesar el Mar Menor a vela. Cuando era niño, sus padres le prometieron una acampada junto a este mar minúsculo y desde entonces (nunca cumplieron y pasaron cada verano a pocos kilómetros de su hogar habitual en Sama de Grado) sueña con sus orillas. Hoy las aguas parecen limpias, pero sobre esta arena, en octubre de 2019, se produjo un episodio que pareció sacado de San, el libro de los milagros: los peces saltaron desde mar hacia la playa para morir asfixiados entre estertores (coletazos) macabros. Encontraban más oxígeno en el aire que en el interior de la laguna salada. Aquello fue la consecuencia más espectacular del colapso de todo un mar (en realidad, un pequeño ecosistema), pero también una advertencia tan explícita como las que en la novela lanza el Diablo convertido en mastín a dos patas o el vecino al que te cruzas conduciendo un carro con ruedas de corcho dos semanas después de asistir a su entierro.

Se ha dicho que bebe tanto del realismo mágico como del drama rural, pero yo, por mi parte, encuentro tres títulos que marcan con más precisión las coordenadas de esta última obra de Astur: desde el Oeste, Mazurca para dos muertos, de Cela, violenta y gallega; desde el este Las ciegas hormigas, de Ramiro Pinilla, o incluso su monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas, tan llena de leyendas sobre el pueblo vasco, tan desbordante de empeños enormes en entornos limitados; y algo más al sur —una voz, una atmósfera y la posibilidad de lo insólito—, El silencio de las Sirenas, de Adelaida García Morales.

Alguien menos anticuado recurriría, quizá, a Los Asquerosos de Santiago Lorenzo o a la película O que arde de Óliver Laxe, pero me parece más preciso recordar a Ramiro Pinilla, posiblemente el mejor de nuestros escritores con boina, marinero y experto en las consecuencias de la llegada de la modernidad a las sociedades agrarias. Pinilla que falleció hace seis años, fue, en fin, un Faulkner de Baracaldo y su mirada —de compasión sobre personajes que son desgraciados porque reproducen un mundo y unas creencias crueles, brutales y muy anteriores a ellos— es la que anima San.

«Pinilla fue un Faulkner de Baracaldo y su mirada —de compasión sobre personajes que son desgraciados porque reproducen un mundo y unas creencias crueles y muy anteriores a ellos— es la que anima San»

Por supuesto, no hablamos de nada de esto durante nuestra excursión por mar. Si nos movemos a bordo de un velerito es porque soy instructor de vela —y gracias a eso pago el alquiler—, pero atravieso una fase parecida a aquella por la que pasaba mi amigo cuando lo conocí: de vez en cuando me da por afirmar que soy escritor, a pesar de que sólo he publicado en prensa y, frente al teclado, me cuesta pasar de la palabra número dos mil (una novela convencional consta, como mínimo de unas treinta o cuarenta mil). Así que empiezo contándoles que lo que querría (tengo un tema: estamos flotando sobre él) es que alguna editorial (con suerte Anagrama) me pague un adelanto para desarrollarlo. Por lo visto, eso —para una industria desarbolada por sucesivas crisis— es ya imposible y resulta mejor llamar a cada puerta con una obra ya terminada o casi (lo que complica la tarea: algunos somos más productivos sujetos a una disciplina de plazos externos y tiempos de entrega). Intento enterarme de cómo mi amigo ha conseguido compartir catálogo con Chesterton y Joseph Roth, o con Kusturica y Queirós, como si esos entresijos fueran también parte de la sustancia de la literatura, pero el viento cambia antes de que me lo desvelen y una virada urgente me deja con la duda.

A Manuel le cuesta entender el Sur. Hace poco, estuvo con Raquel en Algeciras y cuenta que casi se deshidratan porque, una mañana que les dio por caminar en dirección a Tarifa, no encontraron ninguna fuente con la que refrescarse. Está acostumbrado a prados sucesivos y acogedores, a encontrar una casa y un caño cada pocos kilómetros y a temperaturas más suaves. En su libro no hay horizontes despejados porque tras cada montaña asturiana siempre hay otra montaña y la vista del protagonista, Marcelino, no puede descansar hasta que alcanza el mar. En su libro hay brumas, humedades y espíritus de los bosques y es difícil creer que exista un paisaje así cuando, para llegar hasta el Mar Menor, hemos tenido que atravesar el Campo de Cartagena, un páramo casi desértico que desemboca en un desorden de urbanizaciones, discotecas, pistas de karts, campos de golf y centros comerciales.

Estamos en mitad de la laguna —avistamos tierra y motos de agua por cada costado, quizá también nos encontramos en mitad del corazón del verano español— y nos acercamos a los edificios de La Manga. Aquello es casi un símbolo de todos los excesos que se han cometido en el Mediterráneo durante las últimas décadas pero también, con sus altas torres de apartamentos adornadas por almenas, proyecta una desconcertante belleza artificial. Manuel dice no estar de acuerdo (él ha escrito un libro tan reaccionario como ha podido y rechaza las experiencias estéticas en las que interviene la ironía), pero al resto de tripulantes nos encandilan los colores y los neones, la escala enorme de una obra que podría ilustrar el breve ensayo Susan Sontag sobre lo camp.

San, el libro de los milagros es, simplificándolo (porque también consiste en varios cuentos encadenados o una indagación casi cósmica sobre nuestra relación con la naturaleza) un libro sobre la España Vacía (al menos, sobre su parte más lluviosa). En varias ocasiones menciona con desprecio a quienes se marcharon y “ahora se pasean por el pueblo con ropa bonita y moderna y dejan que les admiren como a los antiguos indianos” y establece una tensión entre dos mundos (el urbano y el rural) que son a su vez muy diferentes de este en el que estamos. Como parte de una tercera España (la que vertebra la autopista AP-7 o “del Mediterráneo”), en el chiringuito en el que hemos desembarcado se despliegan todos los agradables tópicos imaginables y ni siquiera la pandemia impide que suenen malas versiones chillout de canciones conocidas o el trasiego de grandes tanques de sangría. Raquel opina que sin infraestructuras así resultaría imposible que muchos de los que no se pueden permitir algo más lujoso (entre los que estamos) disfrutaran de sus vacaciones. Manuel cree que eso no tiene importancia frente al destrozo que suponen y a su coste ecológico. Con más santos como Marcelino, el desastre del Mar Menor nunca hubiera sucedido.

«Con santos como Marcelino, el desastre del Mar Menor nunca hubiera sucedido»

Nos toca regresar con el viento por la popa. Contra lo intuitivo, al menos para los barcos de aparejo moderno, la empopada es un rumbo desfavorable, lento y un poco agónico. Tenemos tiempo para charlar sobre los años durante los que Astur trabajó para una pequeña discográfica, acompañando a grupos indie en sus giras por locales “en los que siempre olía mal” y comprobando que, al menos entonces, “la mayoría de escritores eran personas que querrían haber sido estrellas del rock pero no habían podido aprender a tocar la guitarra”.

Aquel chaval que se decoloró el pelo con agua oxigenada para parecerse a Beck hoy reniega de ese mundo y desconfía tanto de la actualidad como de las redes sociales. Está satisfecho y aliviado porque, aunque no desea que el cataclismo dure, los bares, la noche y los conciertos se han detenido justo cuando a él ya no le interesan. Cree que, con suerte “cada siglo o cada mil años alguien tiene una visión nueva”, que el resto de nuestras ideas no son nuestras y cree en milagros como las luciérnagas, que no están sujetos a ambiciones o deseos. Aunque eso es más bien lo que escribe: a mitad de julio, con gafas de sol Ray-Ban y en bañador, espera sobre todo que la nevera portátil haya mantenido los quintos frescos.

Cuentan que Marx fue un gran admirador de Balzac, por más que el escritor francés fuera conservador, monárquico y contrario, por ejemplo, a las Revoluciones de 1848 que atacaron la Restauración por toda Europa, especialmente en París. Según el filósofo alemán, toda obra es portadora de una verdad que contradice las convicciones explícitas de su creador. Astur reniega de la vida urbana pero también de los relatos que edulcoran el mundo rural. Astur habla con vehemencia y parece convencido de tantas cosas. Y, sin embargo, en su libro, hay muchas verdades y algunas son contradictorias, y, sin embargo, lo más importante de San, el libro de los milagros es que contiene los destellos y la belleza que han asombrado a muchas generaciones de hombres grandes y fuertes como él.

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