Horas críticas

Los enfermos de antes

La memoria como una elegía tranquila. Así discurre este acercamiento de Vicente Valero a los usos sociales de antaño, cuando era costumbre ir a visitar a los enfermos en sus casas

Pudiera parecernos ahora una lectura inadecuada o deprimente o ambas cosas, cuando el mundo se haya convertido en una vasta carpa de enfermos. Los familiares de los muertos por coronavirus no pueden siquiera despedirse de los allegados en los hospitales, en las residencias donde mueren sus viejos, nuestros viejos, en medio de una desolación inconcebible para la sensibilidad moderna.

Pero he aquí que esta última y luminosa novela de Vicente Valero (Ibiza, 1963) nos reconcilia de algún modo con la enfermedad, pero tal y como sucedía todo antes, cuando algún pariente o amigo cercano enfermaba y era costumbre ir a visitar al doliente en su morada. La visita con nuestros padres formaba parte del samaritano mundo de ayer, de los usos sociales de antaño, más allá del deber de caridad, no importa si en un sentido cristiano o no.

“La memoria es la suprema ficción”, escribió Valero en alguna que otra de sus formidables ‘nouvelles’. Quien más, quien menos, al leer estas páginas, se recordará en la suprema ficción de sí mismo (hablamos de la generación que creció mucho antes de la cepa tan posterior de los millennials). Porque hubo un tiempo con el que todos nos identificamos ahora, y lo hacemos con quien aquí habla y recuerda cómo eran las visitas a los parientes enfermos en aquella Ibiza del franquismo tardío. Ni que decir tiene que la suprema ficción del narrador del libro es la de Vicente Valero, su memoria. Pero también es, insistimos, la nuestra.

«La suprema ficción del narrador del libro es la de Vicente Valero, su memoria. Pero también es, insistimos, la nuestra»

Aviso: la añoranza no nos hace mejores. En ocasiones la recordación es una gran mentira o, simplemente, una estafa o una indecente distorsión de lo que realmente ocurrió. El paso del tiempo nos lleva a veces a recrear el ayer como si detrás del cortafuegos, la marca o la distancia, buscáramos alguna forma de amparo, de reconciliación que fuera a enjugar en todo o en parte lo que hoy somos. Igual que en Los extraños, igual también que en Las transiciones (de la que Enfermos antiguos forma parte de una serie de novelas cortas “de formación”), la mirada de Vicente Valero no obedece a beneplácito alguno respecto al embudo de sí mismo. Se asoma por el agujerillo, modesto pero a la vez asombroso, por el que uno contempla la vida de antes, la suya y la de todo un mundo alrededor, en el que aparecen, como formas casi irreales, las amistades, los conocidos, los familiares más cercanos o los más lejanos o apartados por las circunstancias de la vida.

«Podría parecernos ahora, visto el lúgubre panorama, una lectura inadecuada o deprimente o ambas cosas. Todo lo contrario. Nos sirve de cura»

En Enfermos antiguos el paisaje y el paisanaje de Ibiza forman un todo conciliador. La mirada del niño ya adulto redescubre lo ya dicho, las antiguas formas, las viejas maneras, lo que en definitiva iba enhebrando la cadencia de una época ya perdida, que fue a ocultarse hace tiempo bajo el ocaso más cárdeno. La vida que se nos cuenta discurría en el colegio, entre los juegos con otros chiquillos, en el seno a veces extraño de la vida familiar. Como lectores, más de uno podrá decir que qué me importa a mí la vida de un niño nacido en aquella Ibiza ahora lejana, donde el turismo, aunque primerizo y extravagante, empezaba a cambiar la sociología de la isla. Pero sí que nos importa, no por la materia en sí misma recreada, sino por la forma con la que se nos cuenta el relato de una elegía tranquila. Y así nos pasó también con Los extraños y con Las transiciones.

Igualmente inolvidable, aunque de forma distinta en su vuelta de tuerca al pasado, nos resultó la pesquisa por distintas ciudades que Valero escribió acerca de distintas figuras (Nietzsche, Rilke, Kafka, Walter Benjamin y Brecht). Todos ellos dieron forma a Duelo de alfiles (el ajedrez suele ser un motivo recurrente en la obra del autor). No menos agradecidos leímos El arte de la fuga, un tríptico que unía las existencias en un momento dado, entre reales y ficticias, de San Juan de la Cruz, Hölderlin y el heterónimo Alberto Caeiro de Fernando Pessoa.

Decíamos al principio que Enfermos antiguos podría parecernos ahora, visto el lúgubre panorama, una lectura inadecuada o deprimente o ambas cosas. Todo lo contrario. Nos sirve de cura.

Enfermos antiguos
Vicente Valero
Periférica (Cáceres, 2020)
144 páginas
15,75 €

APTO PARA: Todos los enfermos de literatura incurable.

NO APTO PARA: Aprensivos, confinados frente a la Play boba.

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