Analógica

El hombre de polvo

El escritor y alpinista Simón Elías asciende a las cumbres del silencio en este poético relato que escribe para Mercurio. Una historia perfecta para desconectar del ruidoso final del verano
Ilustración: Sofía Fernández Carrera

La cima del Mont Blanc, a 4.808 metros de altitud, crea un paisaje de olímpicas atalayas. Silencio, níveos desprendimientos, zumbidos de piedras que caen al vacío. La alta montaña atemoriza como expresión de la sacralidad del cosmos. El hombre se mineraliza en las alturas. Se convierte en roca y luego en polvo. El profundo y mineral silencio le produce ahogo en el pecho.

Las primeras nubes comienzan a formarse sobre la cresta de la frontera italiana. Es una afilada arista de granito que forma la cumbre de las Grandes Jorasses y recorre sus cinco puntas: Young, Margarita, Helena, Croz, Whymper y Walker, cada una dedicada a un protagonista de la historia del alpinismo. La cresta mordida por la erosión sirve de presa a la avanzada de cumulonimbos que presagian la tormenta.

En sus collados y agujas se dibujan dragones, minotauros, mujeres desnudas, la espalda de un león y la cabeza de un cíclope con su único ojo horadando la piedra. La cima del Mont Blanc ha desaparecido entre las nubes. Es un tocado ligero que imita los colores de la nieve y que crece en magnitud y en oscuridad hasta cubrir enteramente la montaña en tinieblas. Esta transformación, tan alejada del racionalismo de los valles, ha atemorizado al paisanaje desde la noche de los tiempos.

El sonido de los desprendimientos es constante. Caen piedras por los corredores, caen los seracs en cascadas de hielo desde los glaciares colgados, la montaña se derrumba en un rito de verticalidad. El miércoles 26 de junio de 2019 hubo una temperatura de 13 grados en la cumbre del Mont Blanc, a 4.808 metros de altitud. 15 grados por encima de la media habitual. Los glaciares alpinos se convierten en residuos ensombrecidos por las piedras y la tierra emergente. El permafrost, la entraña helada que sujeta el relieve, se retira dejando atrás pilas de granito fracturado y un rastro de arena. La masa de hielo que ha cubierto estas montañas desde la última glaciación se descongela. La estructura inestable del granito cuarteado, triturado en una gigantesca gravera, se desmorona ladera abajo, glaciar abajo, río abajo; siguiendo un imparable proceso erosivo que acabará convirtiendo todo, absolutamente todo, en polvo.

«Luego viene la cumbre de Taléfre y su complejidad de agujas que se alinean en las tardes de verano con el primer brillo del planeta Venus»

La arista de las Grandes Jorasses gira hacia el norte en la aguja de Leschaux. La cara norte de las Pequeñas Jorasses, anteriormente surcada por chimeneas de hielo, se deshace lentamente en cascadas de agua, acompañadas de piedras que caen al vacío y crean un zumbido constante. Luego viene la cumbre de Taléfre y su complejidad de agujas que se alinean en las tardes de verano con el primer brillo del planeta Venus. Sobre la cara norte queda una esquiva mancha de hielo donde estaba el glaciar de Taléfre y es recorrida por las avalanchas de bloques de granito en un estruendo periódico. El permafrost muere en un concierto de verano.

La aguja de las Mariposas se eleva como un remolino por encima de la punta Isabella, la última masa glaciar del circo. Luego viene la arista en dientes de sierra de Les Rochassiers. Sus torres se elevan 500 metros por encima del hielo resquebrajado. Un grupo de chovas piquigualdas graznan, mientras sobrevuelan la punta Tournier y su relieve en forma de cuadrúpedo. Las agujas Mummery y Ravanel dan paso al collado de los Cristales. La montaña se derrumba y se regenera, sacando al exterior cuarzos, fluoritas, epidotas y anatasas formadas hace veinte millones de años. Es un mundo mineral de cuarzo, calcita, hierro, feldespato y mica.

Imagen de Las Grandes Jorasses, cimas septentrionales del macizo del Mont Blanc.

El primer relámpago sacude el cielo. Solo entonces saca la cabeza del agujero y se limpia los guantes manchados de barro en el pantalón vaquero. Recoge las herramientas y deja unos bloques de piedra en la entrada de la geoda para protegerla de la lluvia. Embala las dos piezas de cuarzo ahumado que ha conseguido rescatar intactas con hojas de periódico. La Dauphiné Libéré del 15 de julio de 2019. Las envuelve en una chaqueta de lana verde y comienza la ascensión de regreso al vivac.

Pese a las primeras gotas de lluvia, se demora en cavar en las plataformas de grava con la pala del piolet. Utiliza el mango para mover los bloques y busca restos de cristales que evidencien la presencia de una geoda escondida y fracturada por los desprendimientos. La lluvia es más intensa, la tierra exhala el calor de la canícula. Sus botas se hunden en el barro. Tiene los pantalones empapados. El agua moja y el calor seca, piensa al continuar la ascensión. Le duelen las articulaciones. Su cuerpo carga con el peso de la edad y de la soledad, de su presencia minúscula en medio de este vasto espacio mineral. En menos de una hora ha regresado a la pequeña tienda de campaña que compró por treinta y cinco euros en un supermercado.

«Embala las dos piezas de cuarzo ahumado que ha conseguido rescatar intactas con hojas de periódico. Las envuelve en una chaqueta de lana verde y comienza la ascensión de regreso al vivac»

La montaña atemoriza porque es una expresión de la sacralidad del cosmos, de su lejana elevación. El viento sacude las paredes de la tienda mientras corta rodajas de salchichón. No siente miedo sino una paz y una concentración que, junto al cansancio, le producen una sensación de totalidad. La montaña es un tótem que refleja la espiritualidad del hombre, su perpetuidad en forma de arena. Con suerte, piensa, seremos polvo brillante; sin fortuna, nos convertiremos en grava. Hace una mueca de dolor mientras se acurruca para meterse con la ropa mojada en el saco de dormir. El calor del cuerpo convertirá el barro en polvo y lo sacudirá a la mañana siguiente. La vida a 4.000 de altitud está regida por la transformación. El hombre se mineraliza, se convierte en roca y luego en polvo. La roca se convierte en cuarzo. La inmutabilidad del cuarzo se transmite al hombre, cristaliza sus sentimientos. Y la perennidad humana se proyecta sobre las puntas ahumadas, radiactivas e inalteradas, desde hace millones de años.

Lee una página de la sección de cultura del Libération hasta que le sobresalta el ruido de un desprendimiento en Les Rochassiers. Deja el periódico a un lado y abre la puerta de la tienda para identificar el sonido. Son cientos de toneladas de granito cayendo al vacío con su carga de cuarzos y de ematitas, con sus cristalizaciones de anatasas triturándose y convirtiéndose en sedimento. El derrumbe deja flotando una nube de polvo de olor sulfuroso que llega hasta la tienda y se mezcla con el sabor del salchichón y del pan seco. Piensa en la divinidad suprema de los maoríes llamada Iho que tiene el sentido de “elevado, en alto”. Uwoluwo es el Dios supremo de los negros akposo y significa “el que está en lo alto, en las regiones superiores”. Entre los sek’nam de Tierra de Fuego, Dios se llama “Habitante del cielo”.

Desprendimiento de glaciar en el Mont Blanc.

Puluga es el Ser supremo de los anadamanses, habita el cielo; su voz es el trueno; el viento, su aliento; el huracán es el signo de su cólera. Las ráfagas de viento se intensifican y silban a través de la cremallera. Se pone un gorro de lana azul y se abriga con una chaqueta de plumas, reparada con trozos de cinta americana.

Coloca uno de los especímenes de cuarzo entre sus dedos cuarteados, cubiertos de esparadrapo, y lo limpia con un cepillo de dientes. Los trozos de tierra caen en el suelo de la tienda. Abre la puerta y expone el espécimen a la luz exterior. Es brillante como una gema y se humedece al contacto con los primeros copos de nieve. Son tres puntas de cuarzo perfectas, sobre un zócalo de granito. En medio de la cristalización hay un octaedro de fluorita roja que centellea como un ascua. Es una de las dos piezas que ha conseguido rescatar intactas de la anarquía de la transformación de la materia. Una pieza cargada de belleza y salvada momentáneamente del proceso erosivo.

«Las puntas ascienden en un armonioso caos que recuerda el origen del mundo. Tienen un color de vino viejo, de cuero ajado»

Las puntas ascienden en un armonioso caos que recuerda el origen del mundo. Tienen un color de vino viejo, de cuero ajado. Gira la pieza entre sus dedos. Detrás está la cara norte de las Grandes Jorasses que se pierde entre la bruma y la nevada. Examina el orden y la violencia de la composición, el contraste de los colores. Es una pieza perfecta. Sonríe y le toma una fotografía. Piensa con placer y una cierta nostalgia en que algún día estará expuesta en la sala estéril de un museo. La empaqueta cuidadosamente con las hojas de periódico y la chaqueta. Hace una bola y la guarda en una bolsa de lona. Los relámpagos sacuden la tienda. Los truenos rebotan sobre las paredes del glaciar de Argentière. Lo altísimo es una dimensión inaccesible al hombre, pertenece a las fuerzas y poderes sobrehumanos; en ese espacio exterior e inalcanzable se desata la tormenta. La nieve se acumula en el sobretecho de la tienda con un rumor que le conduce al sueño, acunado por la inmensidad celeste.

Sueña con el profeta indio Smohalla. El profeta se niega a labrar la tierra pues estima que es pecado herir a la madre común. “¿Me pedís que labre el suelo?”, pregunta. “¿Voy a coger un cuchillo y hundírselo en el pecho a mi madre? ¿Me pedís que cave y arranque piedras? ¿Voy a mutilar sus carnes para entrar en su cuerpo a renacer de nuevo?”. Luego sueña con Esquilo glorificando a la Tierra que “pare a todos los seres, los nutre y después recibe de nuevo el germen fecundo”.

Imagen del Glaciar de Argentière en el macizo del Mont Blanc, en los Alpes franceses.

Se despierta con la primera claridad del día, agitado por la quietud. La nieve ha congelado la montaña, la roca y el cielo. No hay caídas de piedras. El glaciar está inmovilizado por las bajas temperaturas. El agua se ha congelado en las chimeneas. No escucha el gorjeo de las chovas, ni el sonido de las avionetas. El frío de la alborada fija el paisaje en un momento eterno. El cielo límpido revela la distancia infinita, la trascendencia de lo sagrado. La Tierra se presenta como la madre y nodriza universal. Es el envoltorio primero que crea el orden, la armonía, la permanencia y la fecundidad. La montaña, como los mares, las selvas y los océanos, es la última expresión de lo “natural”, indisolublemente ligada a lo “sobrenatural”.

El silencio es tan profundo que se estremece y le produce una sensación de ahogo en el pecho. Coloca la palma de la mano derecha contra su corazón y busca el latido de la vida. A estas regiones superiores solo llegan algunos privilegiados por medio de ritos de ascensión. Allí se elevan las almas de los muertos. Su mano temblorosa recorre lentamente sus pectorales, el relieve de sus costillas y asciende hacia el centro de su tórax.

Su mano se eleva sobre los escalones de un santuario y se aferra a la escala ritual que conduce al cielo. No encuentra ningún sonido, solo un vacío que le aleja de su condición humana y le acoge en el mundo mineral. La Tierra y el Cielo se tocan creando su distancia infinita. Encoge las piernas y y se reclina en posición fetal. La bóveda celeste se cierra y le eleva en su condición metafísica, eterna, absoluta, poderosa. Grupos de cristales de cuarzo crecen a través de su cuerpo. En el interior de su útero pétreo le atraviesan los gases de la fluorita y se solidifican en forma de octaedros centelleantes. De las palmas de sus manos surgen abetos de anatasa. Su piel se convierte en polvo por el que surcan los compuestos de sílice. Su cuerpo se transforma en una piedra de luz sobrenatural. El sol acaricia las agujas en forma de serpientes del pilar rojo de Triolet. El calor del verano descongela lentamente la mañana. Una bandada de chovas planea sobre la tienda.

 


Simón Elías es guía de montaña profesional y escritor. Ha publicado Alpinismo bisexual y otros relatos  (Pepitas de Calabaza, 2013) y Las ventajas de ser antipático (Pepitas de Calabaza, 2018).
Este artículo se ha publicado en el número 211 (noviembre-diciembre 2019) de la edición en papel de Revista Mercurio.

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