Horas críticas

Darse el piro

Manual de escapología. Teoría y práctica de la huida del mundo. Antonio Pau. Editorial Trotta. Madrid, 2019. 270 páginas. 25 €

De un tiempo corto a esta parte parece que cunde entre los hoteles rurales la oferta de vivir unos días desconectados de internet. Se trata de desintoxicarse de la absorbente rutina de consultar y responder mensajes a cada paso, de seguir las noticias minuto a minuto; viene a ser algo semejante a las visitas periódicas y regulares de antaño a los balnearios, donde tísicos y señoronas purgaban con aguas medicinales la roña acumulada en el organismo.

Incluso para que el cliente de voluntad frágil y determinación quebradiza no tenga fácil la reincidencia, a su llegada a la recepción del hotel se le requisa el teléfono y cualesquiera otros artefactos con que engancharse a la red. La alternativa es pasear entre árboles o a caballo, escuchar a los pájaros, darle pan duro a las gallinas y acostarse luego temprano.

«Cada vez más personas se confiesan afectadas de tecnoestrés»

El auge de estos establecimientos apunta a una creciente demanda de sosiego, incomunicación e intimidad. Cada vez más personas se confiesan afectadas de “tecnoestrés” y, para tales casos, rescatar y reproducir los valores y ritmos de la naturaleza pueden convertirse en una terapia saludable. Fugarse (unos días o permanentemente) de las conexiones telemáticas a uno se le antoja –salvando muchas distancias– una reedición posmoderna de la fuga saeculi que, durante los primeros siglos del cristianismo, llenó los desiertos de anacoretas de vidas extravagantes a los que no podríamos hallarles mejores exégetas que los Monty Pynthon.

El retorno a la naturaleza, la fuga saeculi y la desconexión digital son tres de otras treinta formas de huida de las que habla un curiosísimo libro: Manual de Escapología. Una obra de Antonio Pau que pretende fundar una nueva disciplina que ya se anuncia en su subtítulo: “Teoría y práctica de la huida del mundo”. “Escapología” es un neologismo concebido por el autor para significar la necesidad que todos los hombres han sentido y sienten de darle un portazo al mundo.
Huir de la realidad, fugarse, replegarse sobre uno mismo, quitarse de en medio, inventarse un mundo o marcharse a vivir a una isla, han sido –según nos enseña Pau– patrones de conducta constantes en la historia de la humanidad.

Decía Mateo Alemán desde la atalaya de su Guzmán en tono declamatorio, casi un himno, que en el mundo “todos roban, todos mienten, todos trampean; ninguno cumple con lo que debe… Todo anda revuelto, todo apriesa, todo marañado”, y justamente para eludir estas inclemencias del mundo, algunos hombres a lo largo de la historia han proyectado e imaginado otros escenarios en los que ensayarse feliz.

Los filósofos helenísticos –estoicos, epicúreos, cínicos–, los gimnosofistas, los esenios, los budistas de ortodoxia zen, el hortus conclusus, el beatus ille y los studiolos medievales o renacentistas, los solitarios de Port-Royal, las arcadias dieciochescas, los falansterios del siglos XIX o los hippies de camisas floreadas, se describen y comentan en este manual con mucha erudición y entretenido estilo. Todos ellos son modos y maneras que el hombre ha ideado para retraerse, ya sea individual o colectivamente, e imitar al caracol metido en su concha.

«El libro está escrito con una erudición y una pasión que suscitan sueños y deseos de poner en práctica alguna de las maneras de huir que expone»

Las citas y la abundante bibliografía que trae este manual ni estorban ni exasperan al lector, antes informan y convencen de lo que Antonio Pau pretende: darle un estatus propio a la “escapología”. Él la quiere una rama de la Antropología, pero, a nuestro disentir, la hallamos más cómoda entre la Ética, pues, al fin y al cabo, es la felicidad, eudaimonia, lo que persiguen todos los escapados que aquí se estudian. La felicidad identificada con la sabiduría, la posesión de lo verdadero o de Dios, la virtud intelectual o el placer sensual… La felicidad –al modo escolástico– puede entenderse de muchas maneras, puede residir en el bienestar corporal o en la actividad contemplativa. En todo caso el que se fuga busca un bien que asocia o se lo representa como su felicidad.

Sea cual sea la taxonomía más conveniente a la “escapología”, el presente libro está escrito con una erudición y una pasión que suscitan en el que lo lee sueños y deseos de poner en práctica alguna de las maneras de huir que expone. La persuasión de Antonio Pau es, en este punto, tan fuerte como la que nos cuentan que tenía Heguesías de Alejandría en el siglo III a.C., quien, al punto de hablar sobre la imposibilidad de que el hombre pueda ser feliz, era inevitable que alguien de su auditorio no acabara suicidándose.

El suicidio, precisamente, contra todo fácil pronóstico, está excluido de estas treinta maneras de huir o ser felices, ya que, lo mismo que las drogas (que sí lo están como siniestros “paraísos artificiales”), ambos suponen la pérdida parcial o total –e irreversible en el primer caso– de la felicidad.

Una de las escapadas más llamativas del libro es la del Conmigo-que-no-cuenten, escrito así en cursiva todo junto, término oriundo de la Alemania de posguerra (Ohme-mich-Standpunkt) que expresa una actitud de huida cada vez más extendida en nuestro tiempo: la huida o el escamoteo de cualquier compromiso o tarea social, la negativa idiota (de idiotes) a asumir responsabilidades políticas. Un sendero éste, por cierto, cada vez más trillado por la juventud.

El libro, ya está dicho, se lee con gusto y excitación, estimula la fuga y enerva igual que lo hace ese viejo tema de Joaquín Sabina que también pasaría como alegato de la evasión en busca de libertad: “Cuando la ceremonia de vivir se te empiece a repetir, […] / Pisa el acelerador… márchate lejos / Pisa el acelerador… es mi consejo / Pisa el acelerador… huye del nido / Pisa el acelerador… qué divertido”.

Lo dicho, a darse el piro.

 

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