Horas críticas

Rosa Arciniega, la mujer del futuro

Mosko-Strom. El torbellino de las grandes metrópolis, Rosa Arciniega. Edición de Inmaculada Lergo. Espuela de Plata-Renacimiento, 2019. 388 páginas. 19,90 €

Una huella borrada, un rastro apagado, una estela de citas puntuales en las páginas de los periódicos que amarillean en las hemerotecas y en algunos libros de memorias escritos por otros para sobrevolar las incompletas historias de la literatura de la Segunda República. Eso era apenas Rosa Arciniega (Lima, 1909- Buenos Aires, 1999), quien emerge ahora como una dama altamente intoxicada por las letras y con una fabulosa propensión a transitar sendas poco exploradas: piloto de aviones, militante feminista, narradora con nitroglicerina… Ella fue, en definitiva, una de las mejores gimnastas de lo imprevisto.

«Rosa Arciniega fue, en definitiva, una de las mejores gimnastas de lo imprevisto»

En las publicaciones más avanzadas de la España de los años treinta -la revista ilustrada Estampa, por ejemplo-, Rosa Arciniega aparece vestida con pantalón, chaqueta, corbata y boina, maquillada con rouge en los labios, bien perfilados los ojos, rodeada de cráneos de indios, minerales, serpientes en alcohol, pipas de kif… La vocación de esta “anarquista mística” -así se definía- era, entonces, la de descifrar el mundo: asaltarlo, desguazarlo por dentro y encontrar su sentido. Y eso sólo era posible escribiendo, reventando las costuras ideológicas del entorno y viajando en dirección contraria.

Así se descuelga desde las páginas de Mosko-Strom, la tercera novela de su producción, cuyo reciente rescate a cargo de la profesora y académica Inmaculada Lergo para la editorial Renacimiento trae una doble excitación de novedad. De un lado, la de la autora peruana, portadora de un voltaje poco habitual en su tiempo, y, por otro, la de una potente narración sobre una sociedad y un tiempo tecnológico donde el ser humano apenas vale lo que produce. Del aire insólito de la obra habla que se publicara en 1933, sólo un año después de que viera la luz Un mundo feliz de Adolf Huxley, la obra canónica del género distópico.

Puesta ahora su biografía al día, Arciniega fue una mujer de revelaciones que polarizó su existencia entre la escritura y la política, alineándose en las filas socialistas tanto en Perú como en España. Aquí recaló en torno a 1928 para protagonizar una fulgurante carrera literaria ­-novelas, cuentos, colaboraciones en prensa y radio- que acabaría bruscamente con su rápida salida al poco de estallar la Guerra Civil. Lo que vino después de la contienda no tendría sitio alguno para una escritora sin horma, una mujer activa y moderna que se había ganado sitio entre las primeras filas de la intelectualidad.

“He querido presentar en todo su crudo realismo un cuadro del vacío, de la aridez moral en que se hallan sumidas las jóvenes generaciones”, explica Rosa Arciniega

Sin embargo, hasta que llegó esa hora, la molécula del inconformismo y del pensamiento crítico se alojó en su escritura. Así lo refleja Mosko-Strom, de cuyo obrador da cuenta la propia autora en las páginas de El Heraldo de Madrid al anunciar la salida inmediata de la obra: “He querido presentar en todo su crudo realismo un cuadro del vacío, de la aridez moral en que se hallan sumidas las jóvenes generaciones”, explica Rosa Arciniega, quien presenta a los ojos del lector un mundo obsesionado con el progreso, el consumo y la urgencia del tiempo.

Porque, sin duda, en toda la novela hay una voluntad implacable de poner al lector a pensar. “En la narrativa de Arciniega la acción se modula en torno al planteamiento de una idea”, señala, acertadamente, Inmaculada Lergo en el prólogo a la edición de Renacimiento. Se trata, pues, de una novela de tesis pero, a partir de ahí, cualquiera que se asome a esas páginas podrá apreciar la pasión de esta escritora limeña por dejarse caer ladera abajo de la narración controlando el descenso con un ritmo ágil, de frase corta, con vocación de presente.

Para dar forma a esa idea, Arciniega insiste en los símbolos. Desde el título, que hace referencia al fenómeno natural del ‘Maelstrom’, un torbellino marino que engulle en aguas noruegas todo a su alrededor, a sus protagonistas –el ingeniero Max Walker, el médico Jackie Okfurt y el anciano profesor Stanley Sampson, principalmente- que abarcan todo el abanico que va del idealismo al pragmatismo, de la rebeldía a la sumisión y el acatamiento. Sorprende, además, en este punto, que los personajes femeninos encarnen el lado más frívolo de la sociedad ficticia concebida por la autora.

«Cualquiera que se asome a esas páginas podrá apreciar la pasión de esta escritora limeña por dejarse caer ladera abajo de la narración controlando el descenso con un ritmo ágil»

A partir de ahí, la innovación de Rosa Arciniega es la verdad y ésta no tiene salida. Porque Mosko-Strom no habla exactamente de lo que ya había sucedido o de lo que estaba por suceder. Habla puramente de lo que está sucediendo. De algún modo, es un libro, un atlas de agravios, un faro de costa que arremete contra el progreso sin alma. Este propósito coloca a la autora en el carril de aquellos intelectuales vigorosos que se echaron a la vida convencidos de que la acción cívica era una de las formas de la decencia y así escribieron sin dios ni amo.

En ese punto está el valor principal de Mosko-Strom. Razonar sin temor. Rechazar lo que de detestable tiene la ortodoxia cuando busca la planicie, lo homogéneo, el surco único por el que deslizarse. Al final, para Rosa Arciniega, lo que queda siempre es la estela de una derrota. Una derrota hacia la que los hombres viajamos furiosamente, desde cualquier lugar. Aceptando el mal y la opresión sin cuestionar lo irremediable. La ciudad de la novela no es un lugar, sino una forma de entender el mundo. Un viejo conflicto consumado. Un hábitat donde el fracaso es no sentir, no vivir.

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