Crónicas Crónicas en órbita

Rugby: un deporte de rufianes contado por literatos

En el marco del Mundial de Japón, la temporada literaria reúne dos títulos sobre una disciplina que no tiene aficionados sino enamorados

El rugby es un deporte que no tiene aficionados, sino enamorados. Los franceses, que lo introdujeron en España desde Toulouse por la puerta de San Baudilio de Llobregat con la intermediación de un veterinario llamado Baldiri Aleu, suelen definirlo como “una escuela de vida”. Los ingleses, inventores del juego a partir de una perversión del primigenio fútbol y difusores del mismo por los cinco continentes –los cuatro confines del Imperio en su etnocéntrica cosmovisión–, fijaron en su lapidario su definición canónica, la que gusta repetir a cuantos han tenido el inmenso placer de chocarse contra una pared de huesos y músculos con un balón ovalado entre las manos: “Un deporte de rufianes jugado por caballeros”.

Deben saber los no iniciados que el rugby, seguido con idéntica pasión en ambos hemisferios, no es un deporte veraniego. Británicos y franceses lo juegan entre octubre y abril, con la gran fiesta anual del Torneo por antonomasia, antes de las cinco ahora de las seis naciones, que comienza a finales de enero. Los gigantes australes –Nueva Zelanda, Sudáfrica, Australia y, más recientemente, Argentina– se miden entre julio y agosto, para que las altas temperaturas no recalienten los ya bastante caldeados por golpes y fricciones. No es pues extraño que las editoriales nos hayan regalado una novedad y una reedición rugbísticas en esta temporada de otoño-invierno, coincidiendo con el Mundial celebrado en Japón.

«‘Con fina desobediencia’ es un breve pero documentado tratado histórico-sentimental sobre rugby pionero en España»

Fermín de la Calle es discreto jugador de rugby y periodista (más o menos como quien suscribe que, un escalón por debajo, fue pésimo jugador de rugby y es discreto periodista). Pero es bastante probable que, igual que este servidor de ustedes, cualquier logro profesional que haya podido alcanzar empequeñezca ante el orgullo íntimo de aquel placaje violentamente recetado o esa fijación milimétrica antes de un pase que envió a un compañero a la tierra prometida de la zona de ensayo durante cualquier partido olvidado en cualquier pedregoso campo de regional. Esa pasión por el más bello de los juegos destila su Con fina desobediencia (Libros del KO), un breve pero muy documentado tratado histórico-sentimental sobre rugby pionero en España.

Más allá de proporcionarle al profano un somero, aunque interesante, paseo por la historia del rugby a través de su rico anecdotario de la prehistoria de este deporte y, a partir de mediados los ochenta, con las Copas del Mundo como referencia, la obra tiene como hilo conductor unas inserciones entre capítulos tituladas Desde dentro en las que De la Calle cuenta cómo es un partido entre dos equipos cualesquiera compuestos por jugadores sin nombre y que destila el inconfundible perfume a vestuario, hierba y adrenalina que reconocerán con inmenso placer los jugadores –con independencia de su pericia– y sentirán, seguro que con cierta nostalgia de lo no vivido, los legos. Para unos y para otros, son sin duda las páginas más sabrosas.

El título, Con fina desobediencia, debe también explicarse sin riesgo de destripamiento, ya que uno de los primeros episodios desmonta la historia apócrifa que sirve como origen de este deporte en la Rugby School, cerca de Coventry. Cuenta la leyenda –falsa como un euro de madera– que el brillante pupilo William Webb Ellis, quien presta su nombre a la copa que recibe la selección campeona del mundo, tomó la pelota con sus manos durante un partido de fútbol y esquivó a los rivales que intentaban derribarlo hasta posarla en la portería contraria. Desde 1823, año de aquel primigenio ensayo, miles de apóstoles del oval han difundido la buena nueva fijada sobre la piedra en la puerta de la escuela, que asegura que Ellis mostró un “fine disregard” (fina desobediencia, exquisito desprecio, elegante inobservancia… las traducciones son múltiples) hacia las reglas del fútbol al agarrar el balón.

«Impedimenta reedita ‘El ingenuo salvaje’, un clásico de la literatura deportiva»

David Storey, ganador del Booker Prize en 1976, debutó en la novela con This Sporting Life en 1960, cuando todavía formaba parte del plantel profesional del Leeds RFC. Traducida como El ingenuo salvaje, Impedimenta reedita este clásico de la literatura deportiva sin aclarar a los lectores no británicos una confusión frecuente: el rugby que se practica y conoce en España, su modalidad más universal, es el apellidado «Union» o “XV”, en contraposición al “League” o “XIII”, muy popular en el Norte de Inglaterra y en Australia pero escasamente desarrollado en el resto del mundo.

La historia de Art Machin, el jugador que protagoniza la novela, no se entiende sin conocer el origen del cisma que hubo en el rugby en las primeras décadas del siglo XX, cuando los clubes de las regiones industrializadas de Inglaterra sufrieron sanciones por romper la norma del amateurismo. Al contrario que los socios de los exclusivos clubes londinenses, los empleados fabriles del norte no podían renunciar a los jornales que dejaban de percibir los días de partido, por lo que sus equipos los compensaban con viáticos. Ello propició el nacimiento de una Rugby League, formada por los equipos septentrionales, que se separó de la Rugby Union para poder abrazar el profesionalismo sin ambages. Con el tiempo, las reglas de ambas modalidades evolucionaron por distintas vías hasta convertirse en dos deportes diferentes.

«Es más una novela social impregnada del obrerismo pre-punk que un relato sobre el deporte»

El ingenuo salvaje, así, es más una novela social impregnada del obrerismo pre-punk de la Inglaterra de mediados del siglo pasado que un relato sobre el deporte. El equipo para el que juega Machin, propiedad del mismo empresario que posee la fábrica que da trabajo a gran parte de la población imaginaria en la que se desarrolla la historia –podría ser Sheffield, Hull, Leeds…–, es todavía un trasunto de las estructuras rígidamente clasistas de la Revolución Industrial, con esa relación casi de vasallaje entre la masa obrera y un patrón que se ingiere incluso en sus relaciones sentimentales. Un retrato al fresco, en fin, de ese mundo de heroica resistencia del capitalismo frente al chantaje permanente de unos sindicatos felones y prosoviéticos con los que, felizmente, terminó la providencial política de Santa Margaret Thatcher.

El ingenuo salvaje
Autor: David Storey
Traducción: Consuelo Rubio Alcover
Editorial: Impedimenta
Páginas: 400
Precio:  21,80

Con fina desobediencia
Autor: Fermín de la Calle
Editorial: Libros del K.O
Páginas: 312
Precio: 17,95 euros

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