Horas críticas

El misterio del cuerpo de Dios

El dedo de Dios. La mano del hombre. Pedro González-Trevijano. Galaxia Gutenberg (Barcelona, 2019). 480 páginas // 26,90 €

A lo largo de su pontificado, Benedicto XVI insistió una y otra vez en el doble asidero de la santidad y la belleza. Si la existencia de Dios exigiese una prueba, alegaba, habría que buscarla más en la vida lograda de los santos y en la calidad trascendente del arte cristiano que en las viejas vías tomistas o en el conocido argumento ontológico de San Anselmo. Paradójicamente, también el nihilismo –pienso ahora en la figura de Emil Cioran– utilizará un razonamiento similar. Así, para el filósofo rumano la música de Bach constituye la prueba última de Dios, su mejor línea de defensa. Lo importante aquí, sin embargo, es el punto de intersección que planteaba Ratzinger entre la santidad y la belleza, que encontraríamos en la encarnación. Dicho de otro modo, tanto la vida como el arte cristianos se alejan inicialmente de la abstracción para volverse concretos, humanos, reales.

Un pintor español del siglo XX de la talla de Ramón Gaya llegará a hablar en sus diarios de obediencia. La pintura consistiría, de este modo, no tanto en crear como en obedecer a una realidad que se nos impone, nos sondea y nos pone a prueba. El  nuevo libro del magistrado y constitucionalista madrileño Pedro González-Trevijano El dedo de Dios. La mano del hombre incide en esta fisiología del arte a partir de un tema tan aparentemente banal como el universo simbólico de las manos y los dedos en la gran tradición pictórica del arte occidental. De la inicial prohibición figurativa (“No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni abajo en la tierra…”, leemos en el Éxodo) a la utilidad catequética del arte en las iglesias, el catolicismo fue siempre consciente de la vertiente sagrada de la figuración. Uno de los primeros ejemplos lo encontramos en el icono Acheropita, que según la tradición sostiene no fue pintado por mano humana; o en otros que supuestamente proceden del pincel del evangelista Lucas.

«El dedo de Dios. La mano del hombre incide en esta fisiología del arte a partir de un tema tan aparentemente banal como el universo simbólico de las manos y los dedos en la gran tradición pictórica del arte occidental»

La huida de una abstracción pura –esa distancia inaccesible de la divinidad– humanizó el cristianismo en una dirección similar a la luz kenótica que se desprende de la venida al mundo del Hijo de Dios, el cual –en palabras de San Pablo– “tomó la condición de siervo, siendo hecho en semejanza de hombre”. Es esa humanidad del hombre a la luz de lo sagrado lo que alumbra la peculiar condición del arte cristiano y donde encaja el meticuloso ensayo de González-Trevijano, que rastrea el significado de las manos del Dios encarnado. Unas manos que dan vida y abrazan, que juzgan y condenan, que escriben en el suelo o se levantan en oración hacia lo alto, que leen –como en las imágenes de Nuestra Señora de la lectura lenta– o picotean en la comida –como en la bellísima Virgen de la granada de Fra Angélico–. En este sentido, todos los dedos provienen del acto central que supuso la creación del hombre, al cual González-Trevijano dedica uno de los principales capítulos del libro.

«Es esa humanidad del hombre a la luz de lo sagrado lo que alumbra la peculiar condición del arte cristiano y donde encaja el meticuloso ensayo de González-Trevijano»

El dedo creador de Dios en el jardín del Edén, que vemos representado en la Capilla Sixtina del Vaticano, constituye una de las obras más singulares de toda la historia de la pintura. “Adán –leemos en esta parte– es, desde su esplendor y perfección, un tipo abstracto, general e idealizado”. Refleja desde postulados neoplatónicos el primer hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios, todavía estático a la espera de la vida, presente en ese gesto del dedo divino. El mismo que reaparece en otro cuadro asombroso, también romano, custodiado en la iglesia de San Luis de los Franceses y obra de Caravaggio, donde el dedo de Dios supone una llamada al seguimiento. Pedro González-Trevijano ofrece un largo análisis de La vocación de san Mateo, en el capítulo titulado “El dedo de la gracia”. «Una obra –leemos– eminentemente personal, toda vez que la llamada de la mano de Dios no es genérica y abstracta, sino particular y concreta. Tiene nombre propio y apellidos”. Esa singularidad recupera la idea esencial en la iconografía cristiana que acerca la experiencia de Dios a los sentidos del hombre.

Capítulo a capítulo, el libro va desgranando con afán enciclopédico los distintos pasajes evangélicos que han merecido una representación pictórica y en la que las manos adquieren algún tipo de protagonismo: el dedo docente, el del derecho y el castigo; el dedo de la eucaristía, la muerte y resurrección; los dedos diminutos de la infancia; el dedo de los milagros, las dudas, la Transfiguración y la Gloria… Se trata de un libro culto y ambicioso –una multitud de notas enriquecen la lectura–, que nos enseña a mirar con ojos nuevos el lenguaje del cuerpo y la difícil tensión –propia del arte occidental– entre lo divino y lo humano, entre lo abstracto y lo concreto, entre la luz pura de la perfección y el insondable misterio de la belleza humana. Y para ello se vale de un análisis exhaustivo de cuadros tan cruciales como las distintas anunciaciones de Fra Angélico, la Virgen del jilguero de Rafael, La expulsión de los mercaderes del templo de El Greco, el fascinante Jesús entre los doctores de Durero o La cena de Emaús y La incredulidad de santo Tomás de Caravaggio. Un paseo, en definitiva, por la historia del arte occidental.

 

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