Crónicas Crónicas desorbitadas

El punk no ha muerto: larga vida al trap

Ernesto Castro analiza el género de la década en ‘El trap. Filosofía millennial para la crisis en España’

Más allá de los ritmos ochenteros de una Roland TR-808, el Auto-Tune como máxima expresión vocal y los ad-libs de turno, ese fenómeno musical bautizado como trap ha superado su condición como género artístico y se ha erigido, por méritos propios y ajenos, en la voz –aflautada y robótica, claro- de toda una generación.

 

La cantante de trap Bad Gyal.

Pero antes de valorar la veracidad y el alcance de esta afirmación, convendría conocer con mayor detalle qué es el trap, su génesis y su introducción en nuestro país. Un país donde –conviene también recordarlo- son muchos los que han tratado al trap como si del nuevo pop se tratase.

Nada más lejos de la verdad, porque por muy popular que se precie de ser, no hay géneros más distantes que el trap y el pop. Basta ahondar un poco en los orígenes del primero. Según la revista DJ Mag, en un artículo publicado en mayo de 2013 (Trap Music: under lock & key. The trap phenomenon explained), “el sonido del trap surgió por primera vez a principios de la década de los 2000 como una escena cerrada en barrios marginales de la región sur de Estados Unidos. En Texas, Alabama, Tennessee, Georgia y Virginia, raperos locales como T.I., Gucci Mane, Young Jeezy, Triple 6 Mafia y Tity Boi (ahora conocido como 2 Chainz) comenzaron a desprenderse de lo que entonces era el sonido del barrio: el crunk”.

 

El crunk, un palabro procedente de mezclar los términos “cr(azy)” y “(dr)unk”, era la etiqueta adjudicada a ese género que fusionaba hip hop y electro, a base de bajos potentes y voces una y otra vez repetidas, ideales para que el público –loco y borracho, como su nombre indica- jaleara y gritara hasta la extenuación. Tan similares, en parte, a los ad-libs que poblaban los temas de rap y ahora campan en el reggaetón y el trap: esas palabras o frases cortas redundantes convertidas, casi, en firmas de autor, del “Haan!” de French Montana o el “Burrr!” de Gucci Mane a los incontables “Praw!” de Cecilio G y esos “¡Quillo!” de Rosalía que también se podrían tildar de jaleos flamencos.

Del crunk al trap había, tan solo, un paso. “El trap llevó a la música rap a una nueva dimensión sonora”, continuaba el artículo aparecido en DJ Mag, “con energía oscura, cultura callejera (armas, casas de camellos, strippers) y un sonido gigantesco. Los discos de trap dominaron las mixtapes y las radios locales, y explotaron en los clubs nocturnos y de striptease de todo el Sur”.

Y como bien confirma Ernesto Castro en su libro, “la música trap se popularizó en Estados Unidos como un subgénero del rap que versaba acerca del tráfico de drogas y que, posteriormente, durante esta década que ya toca a su fin, se ha extendido por todo el mundo y se ha mezclado con otros géneros musicales como el reguetón, el dancehall, el flamenco o el indie”. En el mismo volumen, páginas más adelante, Castro dará acertados ejemplos de estas fusiones en nuestro país: ahí están Rosalía, Bad Gyal, Dellafuente y Cupido para demostrarlo. Incluso Yung Beef, Khaled y Kaidy Cain, compañeros en KEFTV VXYZ (luego PXXR GVNG) y considerados –con permiso de los ya casi cretásicos P.A.W.N Gang- en pioneros del trap en nuestra escena, han abrazado los ritmos latinos en otra de sus múltiples encarnaciones, La Mafia del Amor.

«Eso, y un kilo de cocaína, en una frontera, cruzando: eso es trap, hermano», pormenorizó Yung Beef

¿Qué es el trap entonces? Si seguimos el relato de Castro, nos quedamos sin duda como mejor definición del género –casi un way of life por encima de música y modas- con lo acaecido en el Primavera Sound 2018 durante la rueda de prensa en la que participaban C. Tangana, Bad Gyal y el omnipresente Yung Beef. Como narra el autor: “Desde el público, una voz anónima masculló la pregunta prohibida: ‘¿Qué es el trap?’. A los miembros de la mesa redonda no se les ocurrió ninguna respuesta más ingeniosa que animar a Hakim, un secuaz de Yung Beef, para que saliera sin camiseta, con un chaleco antibalas como única prenda superior, a mostrar una piedra de hachís ante una media docena de cámaras. ‘Eso, y un kilo de cocaína, en una frontera, cruzando: eso es trap, hermano’, pormenorizó Yung Beef”.

El mismo Castro, al recordar esta anécdota capítulos después, es harto claro en su valoración: “Punk is not dead, es el único comentario que cabe hacer”. Y es ahí donde se encuentra, con permiso de este humilde cronista, la mayor analogía musical posible y que, por ende, entronca con aquella otra analogía del inicio de estas líneas, en las que el filósofo madrileño no dudaba un ápice en tildar el trap como la banda sonora de nuestra (pen)última crisis económica y social.

Porque los paralelismos, apuntados en el mismo libro, entre el trap y el punk son más que considerables. El punk de los 70 nació como respuesta a los efectos inmediatos de una crisis económica: el desempleo y la desesperanza. ¿Les suena? Los punkis de entonces y los traperos de hoy no son sino, en palabras del ubicuo Yung Beef y su troupe, puros “esmallaícos”. Lo cantaban KEFTA VXYZ y lo reproduce Castro en sus páginas: “Si sientes que todo está oscuro / cuando no hay hierba; / si te jodiste el futuro / faltando a la escuela; / si piensas que todo lo puro / murió en los noventa; / si podrías haber sido empresario / y solo tienes deudas”.

Precisamente en los posteriores PXXR GVNG llegó a militar Cecilio G, para el que suscribe sin ninguna duda el mayor ejemplo punk de todo el trap nacional, y a quien Castro tiene el acierto de dedicar todo un capítulo. Tan surrealista como imprevisible, es lo más parecido a un genio loco -¿acaso no lo están todos?- que ha tenido la presente música de nuestro país: si Yung Beef es nuestro Johnny Lydon y La Zowi bien podría ser nuestra Siouxsie (tal y como apunta Castro), el rey de Bogatell se lleva por goleada los méritos para ser nuestro Sid Vicious o nuestro GG Allin particular. No en vano el pasado año Cecilio G borró todos los videos de su YouTube (y “todos” significa “todos”: años y años de clips, mixtapes y canciones) para colgar solo cinco temas 100% punk bajo el apelativo de YONOSOYTUPADRE y el título De vuelta al pantano. Toda una declaración de ‘punkcipios’.

Hay una última característica que emparenta el género trap con el punk de sus antecesores. Decía también El Seco, otro alias de Beef, que su banda era “algo más que un grupo; es un movimiento”. Y el mismo viraje que dicho movimiento ha realizado hacia formas capitalistas y de consumo no es sino fiel evolución de pobres devenidos ricos, de aquellos que han conseguido escapar a “la depauperización de la clase media en España”. Fíjense si no en C. Tangana llorando en su limo, Bad Gyal llevando las uñas tan largas “como un símbolo de que no tengo que usar las manos” –en sus propias declaraciones a Castro- o el propio Beef convertido en modelo de Calvin Klein y desfilando en la Semana de la Moda de París. ¡Imaginemos si hubieran caído en manos de Vivienne Westwood!

«Algunos no han tardado en señalar la burbuja del trap: cachés disparados emulando el fenómeno que engulló a La Movida de los 80»

Luego está, no debemos olvidarlo, algo que ya algunos –con el periodista Víctor Lenore a la cabeza- no han tardado en señalar la burbuja del trap: cachés disparados sin cesar, emulando el fenómeno que engulló a la Movida madrileña en los 80 y el indie patrio en los 90. Y que corre el riesgo, ay, de convertir a las estrellas del género, a golpe de talonario de ayuntamientos, en atracciones de verbena. Aunque visto así, al fin y al cabo, ¿qué mayor expresión de música popular si cabe que una verbena?

A ver si al final y después de todo, esto del trap no solo va a ser punk, sino también pop.

 

El trap. Filosofía millennial para la crisis en España
Ernesto Castro
Errata Naturae, 2019
419 páginas 
20 euros

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