Crónicas en órbita

Carlos Edmundo de Ory, o Rimbaud en Cádiz

Galería de imposibles #2

El escritor gaditano Carlos Edmundo de Ory. / Foto: Alain Bullot

Carlos Edmundo de Ory (1923-2010) es lo más parecido que hemos tenido a un escritor maldito a la manera francesa. No en vano, él se refería a sí mismo en ocasiones como el Rimbaud andaluz, término que parece más broma que verdad pero que tiene sentido si te acercas a su vida y obra.

El estatus de autor de culto mantiene unas reglas estrictas: la primera es que debe tardar en ser reconocido. De eso el legado del gaditano sabe mucho. Para el tipo de crítico que tiene envidia del entomólogo, y que no espera de la literatura más que la oportunidad de descubrir, nombrar y clasificar cada texto, un autor tan inclasificable como De Ory es un problema. Por eso se quedó fuera del canon durante tanto tiempo, ausente no ya en las antologías al uso, un hecho hasta cierto punto esperable por su particularidad, sino de las propias antologías de poesía experimental. El autor dijo alguna vez que al crear el postismo se le expulsó de la poesía española, y desde ese momento llevó una vida de condenado feliz.

El segundo requisito imprescindible para convertirse en maldito es ofrecer una visión distinta a la de su tiempo. También lo tenemos, en forma y contenido, comenzando por los propios títulos. Esos nombres inopinados, extraños, impublicables, que De Ory daba a sus libros para que la edición de los mismos pareciera un atrevimiento más que una puesta en librería. De entre esos títulos audaces e inquietantes, me quedo con marcianadas gloriosas como Melos melancolía, Miserable ternura, Energeia, Música de lobo, Metanoia o mi favorito, El desenterrador de vivos.

La tercera condición para formar parte de la orquesta de líricos ocultos es conquistar la noche, y Carlos Edmundo lo hizo. Vaya que si lo hizo. En la vida y en la obra, forjada sin ver nunca el alba, apurando siempre las noches y los versos.

La literatura de De Ory se ha definido alguna vez como un ejercicio de demolición de la palabra, y me parece bien. «Seré fragmentario y aforístico», confesó en entrevista con Jesús Fernández Palacios. A lo largo de su carrera, mantuvo una inclinación casi patológica a ofrecer al lector la palabra que menos esperaba, ya fuera desempolvando arcaísmos: bandidaje, fementida, cojitranca, floresta; o estableciendo combinaciones imposibles: casto ajenjo, plurilingüe lengua, mío nativo

Estableció una poética que negaba la poética, y eso tiene su conflicto y su mérito. En esa aniquilación de lo conocido, fue un constante creador de nombres para definir el tipo de literatura que hacía, aunque al final no aporten nada y solamente puedan considerarse otra forma de escribir. A su crisol debemos etiquetas inopinadas como el citado postismo, el introrrealismo, la poesía abierta, las mínimas, los enderezamientos.

De Ory creó antipoemas de mucho mérito, pues igual que un torero siempre anda en torero, hasta cuando sale del hotel, el artista verdadero es capaz de mostrarse poeta en la ausencia misma de lírica:

ab in in no
so fi tan ser
luto nito gible
absoluto

infinito

intangible

no-ser

Llamaba aerolitos a sus aforismos, porque no eran greguerías juguetonas y terrestres como las de Gómez de la Serna, sino palabras petrificadas que caían del cielo para que después nadie supiera bien qué son ni qué significan. Algunos de sus aerolitos/aforismos aparecen en una construcción tan falsa —y a la vez sublime— que constituyen un buen antídoto a estos tiempos de pensamiento mr wonderful y postureo de la frase fácil. Sus aforismos son justo lo contrario de lo que internet ha promocionado. De Ory nos arroja enunciados difíciles, en los que hay que adivinar las formas y detenerse en lo perplejo, como esas esculturas en las que la figuración no hace más que asomar en la piedra, sin llegar a verse de verdad:

La humanidad es ya humanitud.
¿Es que el loco puede volverse loco?
Ama a la lluvia como a ti mismo.
Hablar de sueños incoherentes, ¡qué incoherencia!

Aunque no sea requisito para el estatus de culto, el uso del humor es un buen acompañamiento del escritor oscuro. Lo usó Oscar Wilde, y supo incorporarlo a su leyenda de maldito entre lúdico y juguetón. De Ory opta por hacer humor escandalizando, o escandalizar a costa de la humorada. Entre sus poemas más violentos se encuentran los de la serie de enderezamientos, parodias que reescriben desde la guasa poemas canónicos, constituyendo verdaderas irreverencias dirigidas contra el beaterío cultural y la creación de mitos. Mi enderezamiento favorito —porque yo mismo me escandalizo al leerlo— es el que dedicó al célebre poema de Machado «Retrato», que se convierte al pasar por la trituradora del gaditano en «Retrete»:

Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla,

Mi estancia con los cerdos un pato y una silla

y un huerto claro donde madura el limonero;

y un tuerto avaro conde que apura su dinero

mi juventud, veinte años en tierras de Castilla;

mijo caliente y caños que entierra la semilla

mi historia, algunos casos que recordar no quiero.

mi zanahoria en unos ocasos ¡qué más quiero!

Ni un seductor Mañara, ni un Bradomín he sido

ni un seudo autor mañana ni un adoquín transido…

Carlos Edmundo de Ory, andaluz de 1923, estaba condenado a morir en Francia. Es lo menos que se puede pedir a un escritor maldito. Por dandismo, por cultura e integridad poética. Sus convicciones líricas le impedían llamar a las cosas por su nombre, porque entendía que en el renombrar todo también hay un arte implícito y una rebeldía buscada. No les sorprenderá entonces que les diga que uno de sus relatos cortos más interesantes, cuya lectura les recomiendo, se llama «Kikirikí Mangó».

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