Horas críticas

Libros de la semana #137

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Cuando las mujeres fueron pájaros, de Terry Tempest Williams (Almadía/Antílope)

«Te voy a dejar todos mis cuadernos […]. Pero prométeme que no vas a verlos hasta que me haya ido». Una semana antes de morir, la madre de la autora de este libro le hizo darle su palabra sobre esos diarios hasta entonces desconocidos. Pero lo que Terry Tempest Williams (Corona, 1955) se encontró fueron tres estantes de bonitos cuadernos en blanco, y que esta edición conjunta de Almadía y Antílope evoca incluyendo varias páginas vacías, con un efecto sobrecogedor sobre el lector. A continuación la hija, presa del misterio póstumo de esa segunda muerte, sentencia: «Los diarios de mi madre son lápidas de papel». La reputada escritora y ambientalista, que ya en su anterior obra Refugio descubría que su madre padecía cáncer y la acompañaba en su enfermedad, tiene cuando escribe estas páginas 54 años, los mismos que su progenitora al fallecer. Ante el enigmático hallazgo, en Cuando las mujeres fueron pájaros se propone darle explicación a aquel silencio, tan propio de las mujeres y, específicamente, de las mujeres escritoras, como señala citando la obra de Tillie Olsen. Así que esta es la historia de esas voces invisibles e inauditas, que no solo suturan las grietas de las comunidades en las que viven y dan vida, sino que se erigen en memoria de mundos en extinción, cuidado del entorno y diálogo con otras especies. Autoras como Dorr Graves Yeager, Susan Griffin, Joan McIntyre o Muriel Rukeyser, quien se preguntó qué pasaría si una mujer dijera la verdad sobre su vida: «El mundo se abriría en dos». Tempest Williams repasa en 54 entradas de este nuevo diario la verdad sobre su vida, sus cuadernos de campo y sus lecturas para examinar en este ensayo poético su relación con la voz, con su familia y la herencia desde la infancia, con la leche y la sangre maternas, con la Historia y también el arte contemporáneo, con el compromiso y el activismo; y con las aves, claro. «Soy una mujer con alas», escribió una vez la autora norteamericana. «Soy una mujer con alas que baila con otras mujeres con alas», añade ahora. Un libro imprescindible que cifra su estética, su pensamiento y sus miedos, que resume toda una poética de vuelo libre y aún por escribirse.


Los comienzos del jazz, de Gunther Schuller (Acantilado)

«Aunque los libros sobre jazz no escasean, muy pocos han intentado abordar la música en unos términos que no sean generales, impresionistas o descriptivos», afirma el autor de este ensayo en su prefacio. Según argumenta en esas primeras páginas, las historias legendarias sobre este género musical y la crítica amateur con buenas intenciones podía deberse a sus orígenes humildes y moralmente cuestionables para algunos, a su carácter improvisado y autodidacta (ajeno a la investigación musicológica, tradicionalmente grave) o a la dificultad de capturar su «naturaleza elusiva». Ya a partir de los años 30 y los 40 sí se concretaron algunos análisis que iban más allá de lo especulativo, fomentando la excelencia crítica pero sin ofrecer aún una historia sistemática que registrara «la compleja topografía del jazz, en toda su amplitud y con sus innumerables individualidades». Los comienzos del jazz, originalmente publicado en 1968 y en dos volúmenes, vino a llenar ese vacío a partir, sobre todo, de una escucha concienzuda de las músicas y de una interpretación en base al contexto —histórico y sobre todo musical— en que surgieron. Según su autor, el compositor, músico y director de orquesta Gunther Schuller (1925-2015), no se puede valorar la obra de Johnny Dodds sin acudir a la de Sidney Bechet, ni escribir sobre la Original Dixieland Jazz Band sin mencionar a Earl Fuller. Lo que, por tanto, encontramos en el magnífico tomo editado por Acantilado es un estudio comparado de los hitos que revolucionaron el estilo y el lenguaje del jazz: desde la distinción de sus elementos puramente formales a sus inicios entre 1895 y 1917 con las grabaciones de King Oliver, pasando por Louis Armstrong como primer gran solista y su homólogo en la composición Jelly Roll Morton, los virtuosos de los 20 como el cornetista Bix Beiderbecke, el clarinetista Jimmy Noone, el pianista James P. Johnson o la vocalista Bessie Smith, hasta llegar a las big bands neoyorquinas y del sudoeste norteamericano y al estilo singular de Duke Ellington, a quien Schuller dedicó su libro. Todo un clásico, por su influencia posterior y su lucidez analítica, que se distingue de cualquier otro ensayo por el hecho de haber sido escrito expresamente para prestarle oídos: no en vano, incluye numerosos fragmentos de partituras para zambullirnos en los pasajes musicales y la referencia a una discografía selecta de hasta 96 álbumes. Todo pensado bajo la inmejorable premisa de que «el jazz debería entenderse no como el coto privado de un grupo de aficionados, sino en el contexto más amplio de todo el mundo de la música». El jazz que queremos.


La casa de caramelo / El tiempo es un canalla, de Jennifer Egan (Salamandra)

Una de las grandes noticias de la ya lejanísima rentrée literaria ha sido la publicación en el catálogo de Salamandra de este díptico —aunque no fuese concebido como tal— de novelas polifónicas, tecnológicas, ambientadas en Nueva York y escritas por Jennifer Egan (Chicago, 1962). La casa de caramelo, nombrado uno de los mejores libros del pasado año por varios medios de su país, suponía la continuación de un ambicioso proyecto narrativo que arrancó en la década anterior: El tiempo es un canalla, relanzada ahora en nuestro país aunque originalmente escrita en 2011, situó en el mapa a su autora con la concesión del Premio Pulitzer por aquella ingeniosa exploración, entre Marcel Proust y David Chase, sobre cómo es vivir en la vertiginosa era digital. Si el argumento de aquella obra se movía entre los años 70 y aquel presente, La casa de caramelo parte del mismo marco temporal y se extiende hasta 2035, un terreno de ficción especulativa que le ha hecho ganar los elogios de Margaret Atwood. Compuesta de piezas breves interconectadas, la novela recrea a la vez que cuestiona las omnipresentes tecnologías y reflexiona sobre cuestiones como la (des)memoria de nuestras vidas online. «Hizo una foto del cartel y, por diversión, arrancó una de las lengüetas del folleto y se guardó el papelito en el bolsillo, maravillado de que, incluso en el nuevo mundo que él mismo había contribuido a crear, la gente siguiera pegando carteles en las farolas», escribe la autora estadounidense. Inspirada por Emily Dickinson y James Baldwin, su crítica se construye también en base a la sátira hacia un mundo algorítmico al que cuesta tomar en serio: «El humor es el tormento de los profesionales de mi sector y, por lo tanto, lo que nos obsesiona. El humor es imposible de cuantificar». Su mirada tragicómica a estas existencias hiperconectadas y en el fondo tan solitarias la vincula a El tiempo es un canalla, al igual que algunos de sus temas y su estructura, pero sobre todo ambas obras son la demostración de un estilo entre lo virtuoso y lo lúdico, entre lo realista y lo experimental, entre un Franzen versus Foster Wallace y una George Eliot: una prosa seductora y brillante que la confirma como una de las voces literarias imprescindibles de nuestra época. Lo demuestra el hecho de que la productora A24, epítome de lo cool, haya comprado los derechos de las dos novelas para adaptarlas a televisión con Olivia Wilde a bordo del proyecto. Pintaza.


El arte del saber ligero, de Xavier Nueno (Siruela)

Hace apenas una semana, compartíamos en la cuenta de Mercurio un tuit de Rafael Ruiz Pleguezuelos que a su vez redifundía una ilustración de portada de The New Yorker donde una pareja mira horrorizada la pila altísima de libros aún no leídos que, a uno y otro flanco de su cama, les aguardn amenazantes. Últimamente también se ha popularizado la expresión japonesa tsundoku para esa bibliomanía coleccionista. Parecería que la sobresaturación de novedades y estímulos culturales a la que vivimos expuestos es cosa de dos días, pero no. Se encarga de recordárnoslo este oportuno ensayo, consagrado al loable fin de repasar algunas iniciativas que a lo largo de la Historia trataron de cercar el ansia de conocimiento estableciendo un límite a aquello que nos resulta francamente inabarcable. Propuestas que nos hacen reflexionar sobre cuándo merece la pena decir basta, abreviar o descartar el deber de conocer que acaba desembocando en desbordamiento, desinformación e ignorancia, al cabo. El escritor e investigador Xavier Nueno (Barcelona, 1990), habituado al estudio interdisciplinar de la estética y la política de la información, debuta en el ensayo con El arte del saber ligero, que abre una provocadora cita de Pascal Quignard, reciente Prix Formentor: «Así, cuando se haya prendido fuego a todos los libros que hay en el mundo, la biblioteca estará sin duda más presente que nunca». El mito cultural de la biblioteca es el objeto de interés de este análisis, que busca las claves para entender «de dónde procede el deseo de acumular obsesivamente las huellas del presente» en la historia de la retórica, la filología, el enciclopedismo, la biblioteconomía y, en general, la literatura. La ansiedad derivada del registro que supone la escritura existió mucho antes que los pendrives o las nubes o los artículos guardados para luego. Desde la tradición bíblica a la revolución de la imprenta, pasando por el ideal humanista y el de la ilustración, hay todo un linaje de lectores/autores dedicados a organizar, seleccionar y condensar los textos, profanando de algún modo las obras originales. Escritores contra la escritura, misólogos, enemigos de la letra, bibliocastas… han pretendido acabar con la infinita demanda de atención lectora. Este ensayo, nutrido con un coro de voces de Barthes, Montaigne, Benjamin, Chartier y otras muchas citas, es «una invitación apasionante a reexaminar algunas de nuestras mitologías más tenaces, empezando por aquella que erige la biblioteca como signo suficiente de la civilización, de la libertad de espíritu, de la libertad sin más», según apunta en su posfacio Philippe Roger, profesor del autor en la École des Hautes Etudes en Sciences Sociales. Nueno, que agradece también la colaboración de Victoria Cirlot en su empeño y que con la de Roger ha logrado eludir la «neolengua académica», suma un libro a nuestra pila, pero uno que nos ayudará a gestionar su inquietante presencia: una lúcida reflexión sobre la paradoja de que la nueva literatura sea necesaria por contraposición a toda la demás, a toda la anterior, como en un círculo vicioso.

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