Horas críticas

«El festín del amor»: el amor es lo primero

«Puedes disfrutar del sexo en tu luna de miel y, aun así, sospechar que hay gato encerrado»

Hace dos años, en una mesa redonda de directores que organizaba la revista The Hollywood Reporter, Lulu Wang –directora de la película The Farewell– contó una gran discusión que poco tiempo atrás había tenido con su marido. El también director Barry Jenkins (Moonlight) había decidido comenzar a buscar por su cuenta una casa en la que ambos pudiesen convivir en un futuro. Él lo tenía claro. Quería despertarse en una gran villa. En medio del campo. Con sus montañas, sus colinas, sus bosques y, quizá, hasta un lago. Su obsesión, y mayor prioridad, era hacerse con una casa que tuviese unas vistas espectaculares. Pero cuando Wang se enteró de los planes de su pareja, lejos entusiasmarse con la noticia, se enfureció. «¡Yo no quiero vivir en el campo! ¡Yo quiero vivir en la ciudad, a pie de calle! ¡Con la gente, con la gente de verdad! ¡Es ahí donde se encuentran las historias!». La novela El festín del amor (Libros del Asteroide, 2022) de Charles Baxter es la mejor prueba de ello.

Charlie es escritor. E insomne. Las noches que no puede dormir, vagabundea por la ciudad de Ann Arbor (Míchigan). Busca una idea, un remedio, un milagro que le haga salir del bloqueo creativo en el que lleva enfrascado desde hace meses. Un día, en una de esas interminables madrugadas en vilo, la solución a sus problemas aparece sentada en un banco. Es su vecino. Bradley Smith. Otro noctámbulo que, en un arrebato de solidaridad, creatividad o mera desesperación, acaba convenciéndole para que le convierta en uno de los protagonistas de su nueva novela: «Escúchame, Charlie, tengo una idea […]. ¿Por qué no dejas que hable yo? ¿Por qué no dejas que hablemos todos? Te mandaré gente, ya sabes, gente de verdad, para variar, seres humanos reales, por ejemplo, y tú los escuchas un rato. Todo el mundo tiene una historia, y se trata de que te contemos la nuestra».

Para que una historia comience a andar, dice Baxter, tan solo es necesario que las cosas se tuerzan. En el caso de El festín del amor, la desestabilización emocional que sufre el personaje de Bradley tras divorciarse recientemente por segunda vez es el hecho que sirve al escritor para arrancar este relato coral, pues a la narración de Bradley se van sumando las distintas voces e historias de personas que han sido importantes en su vida. A través de las vivencias, preocupaciones, ilusiones e insatisfacciones de todos estos personajes, Baxter ahonda y estudia esa inaprensible e irresoluble cuestión que en su día ya se planteó Raymond Carver: De qué hablamos cuando hablamos de amor, y que acaba siendo la matriz, el tema central de este libro.

La riqueza y originalidad de esta novela radica precisamente en las narraciones tan dispares que Bradley, Chloé, Harry, Diana y todos los demás hacen cuando hablan de amor. Pues Baxter se ha encargado de componer un elenco de personalidades completamente opuestas y muy peculiares que, además, se encuentran en situaciones, edades y etapas vitales totalmente distintas. Y eso es algo que se aprecia a la perfección en la voz tan propia que, de manera brillante, el escritor ha conseguido crear para cada uno de los personajes, dotándoles de singulares cualidades a la hora de expresarse que, aunque discretas, resultan instantáneamente reconocibles para el lector. Por ejemplo, el humor pesimista y autodestructivo de Bradley: «Puedes disfrutar del sexo en tu luna de miel y, aun así, sospechar que hay gato encerrado». O el tono aniñado e inocente que caracteriza a Chloé: «Oscar está como más bueno que el pan cuando le quitas la ropa y consigues que su cuerpo adopte su comportamiento característico. Como novio es indescriptible. Las palabras lo trastocan».

Gracias a esa precisión y esa meticulosidad en el estilo que practica Baxter, la estructura del libro –que se organiza en la narración de cada capítulo por un personaje distinto– funciona por la facilidad y la rapidez con la que identificamos quién nos está hablando. Las narraciones en primera persona que realizan los protagonistas, lejos de percibirse como un continuo monólogo, ayudan a crear una mayor sensación de verosimilitud, cercanía y familiaridad; haciendo que la lectura de El festín del amor sea inmersiva y se asemeje más a un diálogo entre el lector y el propio libro.

A medida que avanza la trama, esas breves viñetas cotidianas, íntimas y en principio aisladas que relatan los personajes en los distintos capítulos, van trenzándose unas con otras, uniéndose hasta conformar una narrativa colectiva, llena de incidentes superpuestos y conexiones fortuitas que atrapan, enganchan y dificultan despegar el libro de las manos. Y eso es debido a que Baxter posee un don especial para contar lo ordinario. Para encontrar la magia en las situaciones más cotidianas y mundanas, ya sea el quedarse atrapado en una cafetería durante una tormenta de verano, el banquete de una boda celebrada en la parte de atrás de un jardín o las miradas cómplices entre dos mujeres durante una cena en un bar después de un partido de softball.

Como la directora Lulu Wang, Charles Baxter sabe que las historias de gente de verdad, esas que cautivan por su sencillez y autenticidad, se encuentran a pie de calle, perdidas en una gran ciudad. Baxter ha hallado las suyas en Ann Arbor –lugar en el que él mismo reside en la vida real– y las ha transformado en una novela tierna y divertida. Que cuenta con unos personajes entrañables y llenos de humanidad de los que resulta complicado olvidarse una vez acabada la lectura. El festín del amor es también un texto en el que Baxter explora sobre sus muchas otras pasiones, las cuales cede a algunos de sus personajes: la filosofía, la música o incluso el cine de Hitchcock. Pero este es un libro que, sobre todo, e inevitablemente, habla de amor.

Ese sentimiento al que, como argumenta el personaje de Chloé hacia el final de la novela, solemos dedicar más tiempo y espacio en nuestros pensamientos del que deseamos. Principalmente, dice la joven, cuando la mirada se nos pierde en el infinito. Al igual que el personaje Bradley, algunos pueden pensar que, en esos momentos de ensimismamiento, en lo que piensa la mayoría de la gente es en otras cuestiones, como el dinero. Sin embargo, esta novela es para quienes, como Chloé, defienden que «el amor es lo primero».

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