Analógica Crónicas desorbitadas

¿Eres tú la X o lo soy yo?

Si les dijese que he encontrado en una receta cursi una conspiración inaugurada por un grupo británico de los años 60, fans de John Wayne, seguida por las Supernenas y que culmina con el auge del coaching, seguramente no me creerían. Y hacen bien. Mejor que juzguen por ustedes mismos.

«Azúcar, especias y todas las cosas bonitas»: receta original para purgarse vomitando arcoíris, creada y cantada por The Searchers, una banda de Merseybeat que tomó su nombre de esa película que conocemos en España como Centauros del desierto.

Añádanle a lo anterior un cubo de «Sustancia X» y tendrán la pócima del Profesor Utonium para crear a las Supernenas. Y la fórmula del éxito de los coach de superación personal y otros iluminados de TikTok.

Como no somos la Rosalía para despejar la X en un momento, veamos de qué parece estar compuesta esa misteriosa sustancia:

X=1: Ser especial (como las Supernenas, no como Ralph Wiggum) porque desde que naciste los astros te metieron en el grupo de los ganadores, lo que te hace formar parte de un club VIP con línea directa a La Verdad. Conoces el poder de la ley del espejo, de la ley de atracción universal, porque eres especial, el mundo gira en torno a tus deseos, y lo que a ti te pasa, anecdótico para la ciencia, se vuelve norma plural por arte de birlibirloque. Aún más: es que eres tan, tan especial que formas parte de un todo que sois uno pero que no nos engloba a todos, solo a los elegidos por el gancho.

X=2: Energías. Energías, tío. Chakras, viajes astrales, reiki (ni idea de otras religiones, pero qué bestial que te curen enseñándote las palmas de las manos por videollamada; chúpate esa, telemedicina de la sanidad pública).

X=3: Una voluntad soberbia. Este es mi punto preferido, porque aúna a la par que excluye a todos los demás. Primero, apela a la voluntad de creer a ciegas en absolutamente todo lo que te están diciendo, haciendo uso de todas las falacias argumentativas. T-o-d-a-s. Este punto se parece mucho al de la noción de héroe quijotesco, o sanchopancesco mejor dicho, al que Unamuno llamaba «mártir de la fe» porque hacía uso de su voluntad para creer incluso en aquello que le resultaba inverosímil. Sin embargo, en el siguiente paso se girarán las tornas, los autores se lavarán las manos y te instarán a que apliques tu voluntad para la creación absoluta, de ti mismo y del mundo circundante, evadiendo de manera sistemática cualquier factor externo que pueda ser (y que efectivamente, es) condicionante de tu voluntad. De lo que no te avisan es que, detrás de esto, se ha efectuado un salto mortal en el paradigma, cambiando al héroe cervantino por el norteamericano, ese self-made man que puede con todo, que controla sus pasiones para ponerlas al servicio del éxito individual, desde invertir en bitcóins hasta biohackearte para hacer que te crezca el pelo y ligar más, pero que a la vez te invita a ansiar la soledad porque nadie lo va a entender, porque todos los otros están ciegos, porque tú también puedes ser John Wayne; hazte un dios que se mira el ombligo, y qué ombligo, porque mucha introspección y mucho espiritualismo pero a dónde cree que va usted con esos brazos enclenques y esas lorzas. Tú, tu voluntad y tus lorzas tendréis que transformaros (aunque no les gusta usar esta palabra, prefieren usar evolución; podréis reconocer a los gurús por su amor a los eufemismos) en la mejor versión de vosotros mismos, que habrá de parecerse bastante a la idealización que muestran de ellos mismos.

Tampoco te avisan de que quizás acabes como Jay Gatsby, o de que ellos pueden parecer excéntricos filántropos que lo único que desean es casito y peculio, digo… ayudar a la humanidad con sus conocimientos revelados vía psicoanálisis fullero, no, perdón, joder, qué despiste… revelados vía su fuerza interior y su conexión umbilical con el cosmos, quería decir. Pero que tú, a ojos de tus allegados (que son los únicos con acceso a verte), parecerás el Quijote de Avellaneda, cada vez más lejos de llegar a ser excéntrico, puesto que, amigo mío, para eso hace falta dinero. Por ejemplo, ese que le estás dando para cada cursillo, cada libro, cada máster que promete enseñarte a ser feliz por el módico precio de 3.999€.

Hay una última variante, menos azucarada y bonita, aunque quizá ahí esté el motivo de que se mantenga como incógnita tras la X:

X=0: La vulnerabilidad que provoca el encontrarse perdido, la desesperanza que ello acarrea, y cierta ventaja chamánica ante la conciencia del desconocimiento general de lo que es, en sí misma, la salud mental, que de tanto eufemismo y tanta banalización ha terminado por parecer que significa lo mismo que ir a una clase de yogalates o que invocar infatigablemente, como si de un conjuro se tratase, a la todopoderosa resiliencia.

Una pista para terminar: la historia del Barón de Munchhäusen, la de que se sacó a sí mismo del cenagal tirándose de la coleta, no es más que un cuento, mientras que la leyenda de la Stultifera navis (o nave de los locos) sí tuvo su correlato en la realidad, bastante bien explicado por Foucault en su Historia de la locura en la época clásica, y, a lo mejor, están queriendo cobrarles un billete como de crucero cinco estrellas para montarles en uno de esos barcos y luego dejarles tirados esperando que hagan pie en mitad de la nada.

Pero, en fin, que cada cual elija dónde pone el valor de la X, que yo ni siquiera sé si eres tú John Wayne o lo soy yo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

*