Analógica

El año en que Induráin sentó a Bugno en el diván

Ilustración: Sofía Fernández Carrera.

Si los chicos no lloran, qué decir de los deportistas. Durante décadas, la cabeza de los grandes campeones, incluso de los meros aspirantes a la gloria, fue un gran misterio al que nadie osaba asomarse. ¿A quién le interesaban los miedos, las ansiedades, las angustias o las inseguridades de ninguno de nuestros ídolos? ¿Quién contemplaba siquiera que aliviar cualquiera de esos problemas, aprender a gestionar el fracaso, la gloria, el estrés, las expectativas… pudiera marcar diferencia alguna a la hora de ponerse once contra once en el campo o de rodar en solitario camino del siguiente puerto en los Alpes?

Por supuesto, hoy en día todo ha cambiado ciento ochenta grados. Cualquier deportista de élite cuenta con su coach, su gurú, su asesor y su equipo de apoyo que le guía en su carrera, en su día a día, en su meditación y su «focalización» ante el siguiente reto. Ahora, todo son historias de superación personal, de «gané porque lo quise más», de «dinámicas positivas» y recursos semejantes. Ahora, parece que el deporte, invadido de mentalidad new age, se hubiera convertido en una cuestión de voluntad. Hace treinta años, la voluntad se daba por sentada. Nadie tenía que venir a decirte cómo prepararte porque siempre estabas preparado. No se contemplaba otra opción.

Si alguien aparecía en el vestuario de un Real Madrid, por ejemplo, e intentaba ayudar al equipo a relajarse y concentrarse, el mensaje que se transmitía no solo era de excentricidad sino de debilidad. ¿Por qué cree este entrenador que necesitamos un psicólogo? ¿Qué estamos haciendo mal? ¿Qué problema tenemos? El cuidado de la salud mental era, por definición, el intento de corregir una falta. No un complemento, sino una rehabilitación. En fútbol, el primero en incorporarlo a su equipo técnico fue Benito Floro cuando entrenaba en el Albacete. Hasta ahí, todo bien. Cuando lo intentó en el Madrid, los jugadores y el presidente no hicieron sino filtrar a la prensa las anécdotas más absurdas animando a la mofa. El psicólogo desapareció. Al poco, el propio Floro.

A principios de los noventa, el deporte no estaba preparado aún para que alguien de fuera intentara echar una mano. Mucho menos, el deporte de equipo. Tal vez tendría más sentido en el individual, donde todo —lo bueno y lo malo— recae sobre unas únicas espaldas, pero allí también el tabú seguía presente entre ciclistas, tenistas, atletas o nadadores. Así, hasta que alguien se decidió a romper el molde: cuando uno habla de psicólogos y deportistas, especialmente si tiene una cierta edad, es imposible que no le venga a la cabeza el nombre de Gianni Bugno, la gran estrella italiana del ciclismo que se hartó de vivir siempre un paso por detrás de Miguel Induráin.

El hombre y el miedo

Gianni Bugno siempre tuvo aire de hombre atormentado. Un tipo raro. Un campeón inseguro, algo que era relativamente poco común y que siempre ha estado muy mal visto. Campeón del Giro de Italia en 1990 después de liderar la competición desde el primer día hasta el último, Bugno era un ciclista elegante, de gesto serio, siempre inmerso en su propio mundo. Llamado a ser el líder de su generación y a tomar al asalto el palacio de los LeMond, Fignon, Delgado o Roche, a Bugno se lo comieron con patatas las expectativas desmedidas.

Es muy complicado ser un ídolo deportivo en Italia. Que se lo pregunten a Maradona. Gestionar tal cantidad de elogios y de hipérboles acaba siendo tan difícil como mantener a raya a tus rivales. Bugno era algo más que una estrella, era un héroe. Bugno iba a ser el nuevo Coppi, el hombre que devolviera a Italia la gloria del Tour desde el triunfo de Felice Gimondi en 1965. Bugno ganó en Alpe d’Huez en ese mismo 1990 y repitió en 1991, el año en que quedó segundo en la general final tras despistarse en la bajada del Tourmalet y desatender la fuga de Induráin y Chiappucci. Todo el mundo pensó que la cosa quedaría ahí, en ese despiste, y que pronto el italosuizo reclamaría su trono.

Solo que pasó 1992 y la cosa fue a peor. Nadie se lo explicaba. La diferencia entre Miguel Induráin y su némesis no hacía sino aumentar y aumentar, y el propio director deportivo del Gatorade, Gianluigi Stanza, insistía: «Es una cuestión psicológica. Tiene miedo». Y, sí, Gianni tenía miedo. Un miedo atroz. Un miedo solo comparable al que sentía cuando descendía los grandes puertos entrenando y tenía que ponerse en los cascos música de Mozart para aislarse —aún más— del mundo exterior. Aquel año fue campeón del mundo por segunda vez consecutiva. Vestido con su maillot arcoíris, se lanzó a 1993 con ganas de venganza.

El problema es que no podía hacerlo solo. Una cosa es decir «voy a vencer el miedo» y otra es vencerlo. Volvemos a lo de antes: hay cuestiones que no dependen solo de un ataque de voluntad. Bugno consultó a su entorno y contrató a un psicólogo. Por supuesto, de inmediato, empezaron las burlas. Era muy divertido que Bugno tuviera tanto respeto a su rival que, en vez de entrenar el doble para ganarle, en vez de retarle a un duelo singular y emerger victorioso, se escudara en el diván y el psicoanálisis. De nuevo, la terapia como muestra de debilidad, de cobardía, casi.

Bugno empezó con la terapia en 1993 con el objetivo de convencerse a sí mismo de que podía ganar a Miguel Induráin, pero se encontró con dos problemas: el primero, circunstancial, que el respeto era tan profundo que resultaba imposible extirparlo en unas pocas sesiones; el segundo, decisivo, que Miguel Induráin era, en efecto, mucho mejor corredor que él. Induráin, que siempre se llevó bien con Bugno, que siempre lo admiró como nunca admiró por ejemplo al imprevisible Claudio Chiappucci, se cebaba con el italiano repitiendo mil veces la misma táctica: hacerle creer que ese año era el suyo y, a la séptima u octava etapa, acabar con todas sus esperanzas en la primera contrarreloj.

Un frágil jarrón de porcelana

Repasar los titulares de aquella época es constatar la figura de un hombre abatido, desesperado. Bugno perdía dos minutos en una vuelta de tres semanas y repetía: «El Tour se ha acabado para mí, no tengo nada que hacer». Bugno necesitaba alguien que le cogiera de la pechera y le dijera todo lo que valía, todo lo que aún podía ganar. Que le convenciera de que uno no es doble campeón del mundo por casualidad ni sube dos veces al podio de un Tour de Francia como regalo de los demás corredores. Pero no lo encontró.

Porque Bugno era frágil. No podía ser de otra manera. Bugno era, tal y como se definía el personaje de John Malkovich en la maravillosa The New Pope, un «frágil jarrón de porcelana». Hermoso, contundente, atractivo… pero condenado a romperse a la más mínima adversidad, a la más mínima confirmación de sus miedos. Y así, Bugno, que siempre se manejó de maravilla en la timidez, solo pudo liberarse de verdad cuando se liberó de las expectativas. Se casó, se divorció, se volvió a casar. Se acostó con azafatas y periodistas. Hizo de su vida una montaña rusa en la que por fin disfrutaba como un niño.

Aún tuvo tiempo de ganar un Tour de Flandes, incluso de llevarse etapas en Giros y Vueltas cuya general se negaba a disputar, como si la propia competición se hubiera llevado por delante la pasión del chico que solo quería pasarlo bien montando en bicicleta. Vaciado de ilusiones ajenas, Bugno alargó la carrera incluso más allá de la de Induráin y aún se llevó una preciosa etapa en Jaca antes de retirarse. Después, se hizo piloto de helicópteros de rescate. Cuando se cansó, apostó por la política: presidente de la asociación de ciclistas profesionales y candidato a alcalde de un pueblo de Milán, sin éxito alguno.

El precursor de un camino intransitado

Cuando le preguntan por el psicólogo —porque le preguntan, claro, casi más que por su Giro inmaculado o por sus dos títulos mundiales—, él insiste en que lo hizo para vencer el miedo a Induráin. Sin embargo, no es difícil pensar que tal vez esconda algo. Que, tal vez, el problema no fuera Induráin, sino él mismo. Que Induráin sea una figura tan grande que lo acabe tapando todo. Nadie va a pensar que David está loco por intentar buscar cualquier ayuda para tumbar a Goliat, sea una honda o un mantra.

Gianni pasó por el psicólogo y su rivalidad con Miguel no se movió ni un milímetro. No a su favor, desde luego. Sin embargo, él sí que cambió. Él sí que perdió el miedo a tomar sus propias decisiones, a arriesgar, a disfrutar de los descensos incluso sin música clásica y a lanzarse a una vida de excentricidades calculadas sin temor alguno a lo que pensarían los demás. Porque no hay nada peor que no tener ni idea de quién eres realmente, de hasta dónde puedes llegar, y a la vez oír a miles de personas juzgándote. Imposible lidiar con la culpabilidad de no estar a la altura de un listón que ni tú mismo te has fijado.

No voy a decir que a Bugno le diera igual ganar a Induráin, porque eso sería absurdo, pero sí hay en el italiano una cierta sensación de «mi reino no es de este mundo». Un hombre que quedó a un paso de convertirse en un juguete roto, pero esquivó el golpe en el último momento. ¿Le ayudó el psicólogo o fue una nota al pie en su biografía? Él no lo deja muy claro y probablemente dé igual. Bugno abrió la puerta, se atrevió a pedir la ayuda prohibida y marcó un camino seguido de manera más o menos pública por numerosísimos deportistas después.

Bugno puso la salud mental en el foco del análisis. Hay veces en que te duele la rodilla y hay veces en que te duele el alma. Y no pasa nada. Mejor reconocerlo que rodearse de tópicos. Mejor intentar solucionarlo que seguir cayendo por un agujero que no sabes si tiene fondo o no, porque nadie se ha preocupado de explorarlo antes. Mejor, en definitiva, darse cuenta de que sí, tú tienes miedo, pero son los demás los que van completamente cagados.

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