Horas críticas Analógica

Extraña forma de amor

Esta novela, homenaje declarado a los grandes decadentistas, no deja de ser una recopilación abrumadora de aventuras sexuales con cuerpos muertos, narradas con voluptuosidad, elegancia y regodeo en los detalles más impúdicos

Esta es una historia de amor. Mejor dicho, de amores. Pero es también la historia de amor más extraña que usted pueda leer. Porque las personas amamos a otras personas, que pueden ser de distinto o de idéntico sexo al nuestro; amamos a una o a varias personas a la vez —viva el poliamor—; incluso nos amamos a nosotros mismos, como nos enseñaron Narciso y Onán. También hay quien prefiere amar a los animales o los árboles, y no faltan relatos de pastores aislados durante meses que han volcado su deseo en lo más cercano. Finalmente, hay quien prodiga su amor a un objeto, sea peluche, dildo o muñeca hinchable, como evidenció Berlanga en su film Tamaño natural (1974). Pero ¿qué ocurre si amamos a los muertos? ¿Por qué nos perturba tanto que alguien pueda desear sexualmente a un cuerpo sin vida?

Gabrielle Wittkop (1920-2002) juega magistralmente con nuestros límites éticos y estéticos en esta joya literaria, El necrófilo, donde afirma: “Se habla del sexo bajo todas sus formas, menos una. La necrofilia no es tolerada por los gobiernos ni aprobada por las juventudes contestatarias. Amor necrofílico, el único puro…”. Wittkop, autora franco-alemana que se suicidó a los 82 años para evitar la degeneración de un cáncer incurable, logra cautivarnos y arrastrarnos hacia el lado oscuro: el lector experimenta una repugnancia que se parece demasiado al morbo, un pavor que en ocasiones se tiñe de fascinación.

El estilo narrativo empleado es clave en esta seducción antinatura. Estamos ante un libro de alta intensidad, escrito con una suntuosidad expresiva sinestésica que se combina, a la perfección, con un ritmo narrativo de aventura pasional. A golpe de entrada en un diario íntimo, penetramos en el mundo interior del anticuario Lucien —“realmente, el oficio de anticuario es un estado necrofílico casi ideal”, declara con ironía—, un hombre de luto permanente a quien las señoras de la limpieza abandonan cada cierto tiempo porque, en su vivienda, siempre huele de forma “extraña”.

Esta atípica novela, publicada en 1972 en Francia, fue traducida al español para la célebre colección de literatura erótica La sonrisa vertical, de Tusquets. Y, en efecto, es posible leerla como una novela erótica: el dietario no deja de ser una recopilación abrumadora de aventuras sexuales con cuerpos muertos, narradas con voluptuosidad, elegancia y regodeo en los detalles más impúdicos. Viejas arrugadas, burguesitas de cabellos rubios, niños enfermos de escarlatina, robustos mocetones accidentados, bebés recién nacidos y hasta dos adolescentes gemelos suecos, ahogados en el mar, lejos de su patria, pasan por las manos y los labios expertos de Lucien.

El narrador es un hedonista que, en vez de gozar de los placeres de la vida, disfruta con los que ofrece la muerte. Un esteta refinado que lava los cadáveres tras robarlos de la tumba, los acomoda entre las almohadas de su cama, los perfuma con lavanda, los barniza con su saliva y los mantiene frescos con hielo y corrientes de aire frío. Y cómo recuerdan estas corrientes de aire a las que surcan la habitación donde descansa la fallecida Ligeia en el célebre cuento de Edgar Allan Poe. Porque este libro es, además, un homenaje declarado a los grandes decadentistas de las letras francesas e inglesas. Hay ecos del Oscar Wilde ilustrado por Aubrey Beardsley, del escabroso Marqués de Sade, de Joris-Karl Huysmans y su hiperestesia, de la refinada perversión de un Villiers de L’IsleAdam y del Poe de los relatos sobre mujeres vivas-muertas, llámense Morella, Eleonora o Madeline Usher. La devoción de Lucien por la carne muerta tan solo es parangonable al rechazo visceral que suscita la mujer que regresa del sepulcro en el cuento La resucitada (1908), de Emilia Pardo Bazán, un relato en las antípodas de la perspectiva que brinda aquí Wittkop.

Acierta Cabaret Voltaire en recuperar El necrófilo con los collages que la propia autora creó para acompañar el texto: recuerdan a la mejor Hannah Höch y, en su fragmentarismo, remiten a la ruptura que implica toda muerte. De Wittkop también puede leerse, editada por el mismo sello en 2021, su extraordinaria autobiografía Cada día es un árbol que cae, un texto singularísimo de una rara belleza. Lectora voraz desde niña y viajera empedernida, la autora nantesa se casó con un alemán, soldado desertor de la Segunda Guerra Mundial y homosexual, en un matrimonio que ella misma calificó de “enlace intelectual”. Entrar en su universo es adentrarse en un sanctasanctórum particular donde reinan el placer, el dolor y las sensaciones más exquisitas. Un disfrute ideal para sensibilidades alejadas de lo vulgar, anodino y previsible.

Tras leer El necrófilo, las visitas al tanatorio para acompañar en el duelo a un conocido de la familia perderán su prosaísmo: inevitablemente, buscaremos con la mirada al necrófilo encubierto detrás de los rostros impávidos o pesarosos que rodean al muerto. Quién sabe si alguien espera su turno para acariciar, antes de la descomposición final, ese cuerpo malogrado. Para rendirle un último gesto lascivo antes de que se convierta en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.


El necrófilo
Gabrielle Wittkop
Trad. de Lydia Vázquez Jiménez
Cabaret Voltaire
(Madrid, 2022)
128 páginas
16,95 €

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