En verso

Cómo guardar ceniza en el pecho

DESCENDIMIENTO

Vuelvo a abrir la puerta del jardín.

Un otoño eterno se derrama
sobre los racimos.

Hoy te desnudaré sin tocarte:
ahora no tienes cuerpo.

Le quito a la robusta vara
la camisa gastada que fue tuya.

No le queda indicio de tu aroma,
pero su roce recuerda a tu mejilla.

He lavado la prenda, la he planchado.
Descansa bajo mi almohada.

En mi cuarto transformado en cripta,
Hipnos y Tánatos juegan a los dados.

No soy tu consorte viuda enamorada;
tan solo una amapola y su toxina.

No puedo abrazarte cada viernes,
ni aliviarte con agua de limones.

 

ENTOMOLOGÍA

Las mariposas rugimos sin dientes a los tifones,
como balas de cañón.
Nuestros ojos cosechan la vida en mosaico.
Hallamos el equilibrio
entre lo que es y lo que no es
sondeando las plantas que crecen delante,
midiendo las amenazas que llegan por detrás.
A veces sobrevivimos gracias al letargo,
sin acelerar el vuelo,
y aceptando los cuidados del tiempo y de la lluvia.
Otras veces nos aprisionan delgados alfileres
y morimos con las alas desplegadas
en una placa de corcho, como en un cielo artificial.

 

LA PATOLOGÍA

Amamos los vértices del silencio,
esos parajes donde la página en blanco
actúa como una juntura de silicona
entre el impulso y el producto.

También requerimos las barras de los bares
porque, en medio del vocerío,
cualquier prueba vale lo que una servilleta
grasienta a los pies de la clientela.

Esta señal es de nacimiento,
un defecto de fábrica pulido por el uso,
el estigma intransferible de la escritura,
definición y salvación de la nuestra.

 

HORIZONTES

Entrar con el temblor del pulmón.
Respirar el germen de los días.
Escrutar las arrugas:
lo lejano contiene los lugares amados.

 

Cómo guardar ceniza en el pecho
Miren Agur Meabe
Bartleby Editores
(España, 2021)
212 páginas
16,00 €

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