Horas críticas

Libros de la semana #54

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Molde roto. Entrevistas flamencas de Arcadi Espada y Antonio España (Renacimiento)

Libro de la semana

Confesaba Arcadi Espada que de pequeño se escuchaba flamenco en su casa por iniciativa de un padre natural del Huelva. Y también que, a pesar de ello, el propio Espada despreció inicialmente el cante porque «había decidido ser rajao y gitanófilo y escarnecía a los marchenas, valderramas y asimilados acusándoles de practicar «el mandibuleo atroz»». Se trataba de una altanería antiflamenca de la juventud del escritor que se evaporaría durante los años setenta, a base de tardes transcurridas entre vinos y tapas en el interior de un piso en la barcelonesa calle Balmes, aquel que fuese morada de los libreros Antonio España y Lola Baena. Allí, utilizando como piedra angular la legendaria compilación de 1968 titulada Archivo del cante flamenco y orquestada por José María Caballero Boland, Espada y España acompañaban las vísperas de los días afinando el oído ante los artistas flamencos. Tratando de aprender, distinguir, apreciar y admirar los diferentes palos y las variantes entre familias y lugares. Una educación musical eficaz que a la larga les llevaría a colaborar en la organización de diversos festivales flamencos celebrados tierras catalanas, entre los que se encontraba aquel que, en el invierno de 1980, reunió a gente como Fernanda y Bernarda o el inmortal Camarón bajo el techo del Palau de la música catalana. Fue durante uno de aquellos atardeceres, vividos en la calle Balmes a la escucha del cante, cuando los dos aficionados al género andaluz acordaron con entusiasmo viajar hacia el sur en busca de los flamencos «no para que cantaran, sino para que hablaran». Alejándose de políticas y con una visión personal de lo que el flamenco significaba, «Para nosotros el flamenco debía de ser una gran música del mundo, como el jazz, y no una suerte de nueva canzión», el escritor y el librero emprendieron, en abril de 1980, una serie de viajes por el sur de España entrevistando a sus flamencos más admirados. Durante años, las grabaciones de aquellos diálogos aguardaron en manos de ambos interesados sin publicarse, «Así va la vida a veces» explica Espada recordando que con los años perdió el contacto con su amigo. Hasta que, en el presente 2022, aquellas entrevistas inéditas consiguen ver la luz por fin gracias a Molde roto, el volumen que contiene todas aquellas tardes charlando con flamencos en finquitas, terrazas, camerinos, hoteles y paisajes andaluces. Un compendio imponente de entrevistas a más de una veintena de artistas entre los que figuran nombres como Antonio Mairena, Agustín Gómez, Camarón, El Chocolate, Fernanda y Bernarda de Utrera, Luis Caballero, Manuela Carrasco, Joaquín Amador, Paco de Lucía, Fosforito, Fernando Quiñones o El mono de Jerez.

El uno de julio de 2019, Arcadi Espada telefoneó a casa de Antonio España, Lola Baena descolgó el teléfono y le explicó que Antonio había fallecido unas semanas atrás. A día de hoy, tras desempolvar, reordenar y transcribir las cintas olvidadas, Molde roto se ha convertido en una realidad. «Así que este libro es también una seria advertencia. Qué se habrá creído la muerte» afirma Espada. En una de las entrevistas recogidas en el texto, los autores preguntan a Joselero si prevé cercana la desaparición de aquel género andaluz que aprendieron a adorar: «No, el flamenco no se acaba nunca, hombre» sentenciaría el cantaor. Qué se habrá creído la muerte.


La muerte feliz de William Carlos Williams, de Marta Aponte Alsina (Candaya)

Libro de la semana

William Carlos Williams fue un poeta, escritor y médico estadounidense. Literato modernista y lírico imagista, Williams compaginó su abundante obra escrita en verso y prosa con una longeva carrera como médico en el Passaic general hospital, el actual St. Mary’s General Hospital del estado de Nueva Jersey. Su legado sería admirado en ambos terrenos, con la concesión de un Premio Pulitzer a título póstumo, y con la instalación, en el hospital donde ejerció, de una orgullosa placa que reza: «Caminamos por los mismos pasillos por los que caminó Williams». El suyo es, por tanto, un nombre que ha pasado a formar parte de nuestra historia. Pero también es un nombre donde se insinúa un árbol genealógico mucho más exótico que el del norteamericano medio, y más concretamente, uno con raíces caribeñas. Porque William era hijo de un inglés criado en la República Dominicana y de una puertorriqueña llamada Raquel Héléne Rose Hoheb. Y a pesar de que La muerte feliz de William Carlos Williams lleva al escritor en su título, ésta no es realmente una obra sobre William Carlos, sino sobre aquella madre cuya existencia acabaría tatuándose en las páginas del poeta. Una pintora con una vida en constante migración, de Mayagüez, Puerto Rico, a las calles de París y de ahí al pequeño municipio de Rutherford en Nueva Jersey. Alguien con quien la también puertorriqueña Marta Aponte Alsina se encontró de manera accidental, mientras investigaba la vida de otra persona, la poetisa Muna Lee, que en un determinado momento había tenido contacto con Williams. Aponte descubrió entre las conferencias de Williams que el escritor había firmado una biografía centrada en su propia madre, un libro titulado Yes, Mrs Williams: A personal record of my mother. Y la lectura de dicho trabajo le resultó fascinante: «Ese libro trata sobre los conflictos que tenía con la figura de su madre y con su cultura, un tanto foránea en el New Jersey en donde Williams nació y vivió casi toda su vida. Leí el libro e inmediatamente me sedujo […] De inmediato pensé que Williams quiso recoger unas memorias para que la vida de su madre no hubiera pasado en vano».  Aquella idea, la de un hijo reivindicando a la progenitora al sentirse culpable por la manera en la que ella había sacrificado su arte para cuidarlo, llevó a Aponte a concebir La muerte feliz de William Carlos Williams. Una novela sobre una misteriosa y enigmática pintora ignorada por la historia y rescatada por diferentes generaciones: en un primer lugar por su hijo, y a continuación por la propia Aponte. Un libro que se presenta como un trabajo de ficción pero que nace aposentado sobre hechos históricos. Y sobre todo, como resultado de una ardua investigación que llevó a la escritora a perseguir físicamente el rastro de la artista, sumergiéndose en los archivadores franceses para rescatar información sobre la Exposición Universal de París de 1878, a la que Hoheb asistiría, o visitando las calles de Rutherford y las viviendas en donde residirían madre e hijo. La muerte feliz de William Carlos Williams es un sentido rescate de los olvidados, un relato que sugiere que quizás todas las biografías están conectadas entre sí. Y su propia existencia podría interpretarse como un pie de página a Yes, Mrs Williams, o incluso a la propia obra del poeta norteamericano. O quizás se trata de una nueva definición del significado de biografía, aquella que no retrata los hechos, sino los lienzos que una madre dejó en blanco.


Mamut de Eva Baltasar (Random house)

Libro de la semana

La protagonista de Mamut, una mujer lesbiana y desencantada con la sociedad en la que está obligada a vivir, decide preñarse durante la celebración de su vigesimocuarto cumpleaños, acostándose con cualquier desconocido para ser madre: «Organicé una fiesta de cumpleaños que, en realidad, era una fiesta de fecundación encubierta». Quiere tener un hijo, pero ante todo, quiere huir. Vive en Barcelona, una ciudad que cada mañana amanece con un aire sacrílego. Y trabaja en un grupo de investigación de la facultad de Sociología, realizando un estudio sobre la longevidad, entrevistado a los ancianos en residencias y descubriendo que los humanos tienden al morir poco antes del alba, y de tres en tres: «Un misterio, pero es así. Nadie nace solo, pero los cuerpos, cuando les llega la hora de morir solos, se hermanan como naciones o mosqueteros». La protagonista de Mamut contempla las calles de aquella enorme ciudad como la guarida de miles de larvas que llevan una misma vida inocua y estéril. Danza entre empleos que abandona poco después de haber comenzado, aterrada ante la idea de habituarse a la explotación. Concluye que la sociedad vive esclavizada por sueldos miserables y refugiada en hoyos complacientes: «Hace miles de años los agujeros se llamaban cuevas. Ahora las llamamos ocio, deporte redes sociales. Nos encerramos en nuestras miserables celdas y nos sentimos orgullosos, nos creemos afortunados». La protagonista de Mamut observa la montaña a lo lejos e imagina lugares similares, más grandes, más altos y más vacíos. Otras sierras en donde no se sentiría como un animal cautivo que cada jornada ha de enterrarse y ahogarse entre la muchedumbre del metro. La protagonista de Mamut es una mujer que un buen día decide huir de la ciudad para refugiarse en una masía remota sin comodidades modernas, con un montón de gatos, pájaros, pulgas, un perro y un pastor huraño como únicos vecinos. Un entorno rural donde el objetivo es ser autosuficiente para no regresar jamás a la urbe. La protagonista de Mamut es una mujer que descubre, en el lugar más distante del mundo contemporáneo, que los bosques y las piedras la hacen sentirse viva. Mamut es la nueva novela de la premiada poeta y escritora catalana Eva Baltasar. La historia con la que la autora cierra su tríptico sobre la maternidad, una trilogía literaria iniciada con Permagel en 2018, y continuada con Boulder en 2020, dos obras celebradas y galardonadas. Mamut conforma el volumen más oscuro y primitivo de los tres, el que llega protagonizado por un personaje estrellado e incómodo que decide recomponerse dejándolo todo atrás, utilizando a los hombres como meros portadores de esperma, y encontrándose consigo misma a base de deambular por los bosques. Escrita de forma austera, cruda, eficaz y directa, Mamut  llega bautizada así por su propia intención de ser pura utilizando tan solo el armazón: «Un mamut es un ser prehistórico y todo lo que tenemos ahora son los huesos, y yo creo que la novela deberían ser esos huesos». Y en sus páginas existe un poco de cada una de nosotras y nosotros, porque todas y todos hemos pensado en huir alguna vez. La propia autora también lo ha hecho: hace veinte años, Baltasar abandonó Barcelona para refugiarse en una casa aislada en Berguedà. Y a partir de ahí, creció este animal prehistórico del que ahora devoramos los huesos.


Páginas de vuelta a casa de Alexander Wolff (Crítica)

Libro de la semana

En los años setenta,  Alexander Wolff era un adolescente viviendo a las afueras de Rochester, Nueva York, que no compartía demasiadas aficiones con su padre. Al pequeño Wolff le fascinaba el art rock británico, los Knicks y la televisión, mientras que a su progenitor le interesaba la música de cámara, los motores de coches y mantener la caja tonta apagada entre semana. Pero en 1973, ambos encontraron algo que los uniría, sentándolos cada noche en el sofá, frente a la tele: la retransmisión de las comparecencias del Alto Comité del Senado sobre el caso Watergate. «¡Es como la Gestapo!», exclamaría su padre ante aquel show esperpéntico, y entonces él lo vería claro: «Llegué a comprender por qué mi padre se sentía tan atraído por la televisión cada noche. Él había nacido en la República de Weimar, no había cumplido aún los doce años cuando Adolf Hitler llegó al poder, y ahora era ciudadano de otro país y estaba saboreando su segunda oportunidad de defender la democracia. Los deberes podían esperar. Entre semana, me sentaba a su lado en el sofá para compartir la primera cosa en la que conectamos realmente». Cuarenta y siete años más tarde, Alexander volvería a conectar de nuevo con su árbol genealógico de un modo poco habitual: mudándose durante un año a Berlín para investigar la historia en aquellas tierras alemanas de su abuelo y su padre. El primero, Kurt Wolff, fue un legendario editor que descubrió a algunas de las plumas más grandes del siglo XX, gente como Franz Kafka o Franz Werfel. Un hombre respetable que se vio obligado a huir a escondidas de una Alemania nazi que condenaba sus publicaciones, saltando entre Inglaterra y Francia hasta acabar aterrizando en las calles de Nueva York. El segundo investigado sería Niko Wolff, padre de Alexander, un chico reclutado por el ejército nazi que salió con vida del campo de batalla y, con la ayuda de Kurt, también emigró a Estados Unidos. Páginas de vuelta a casa es el testimonio de esas vidas, una obra fascinante en cuya amena redacción se nota la experiencia de un Alexander Wolff que ejerció durante más de treinta años como articulista de la popular revista Sports illustrated. Una narración de hechos reales donde el autor repasa las raíces de su propia familia remontándose al siglo XIX; expone los orígenes del antisemitismo a través de los logros y la vida de Kurt Wolff, reconstruida a partir del diario y de la correspondencia personal del editor; relata la terrible experiencia de Niko Wolff entre las filas alemanas que militaron en la Segunda guerra mundial; y explica sus  propias desventuras como investigador por Berlín, realizando entrevistas, rastreando a sus antepasados y analizando, desde la perspectiva estadounidense, lo que ha hecho Alemania para ajustar las cuentas consigo misma. Páginas de vuelta a casa funciona como un brillante documental, como una sorprendente y cautivadora crónica sobre familias, horrores, libros, guerras y fugas.

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