Horas críticas

Alicia a través del espejo, o sobre La vida anterior de los delfines, de Kirmen Uribe

Si ya con el título estaba convencido. Ese título precioso, Kirmen Uribe. La vida anterior de los delfines (Seix Barral, 2022).  Madre mía. Y luego la historia que lleva detrás, lo de las lamias, y los marineros, y ese canto entre ellas, y ese penar para ellos. Con estas cosas me emociono, porque pasé la infancia cerca de acantilados, y todavía huelo a salitre algunos días, cuando sopla fuerte del nordeste. Bueno, a veces el olorcillo es más acre, por aquello de las fábricas, pero pecatta minuta y pelillos a la mar.

Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970) es uno de los escritores vascos más interesantes de la actualidad, de esos que no temen combinar en estrofas o párrafos las raíces con el mundo que vemos al encender la tele. Tiene varios premios, proyección internacional, lo han traducido (él mismo, primero, otros más tarde), da charlas y cursos en universidades de sitios raros. Más o menos. Vamos, que rostro reconocible.

Con estilo definido, además. La sutil línea que separa literatura, biografía, artefacto, non fiction. Llámenlo como les dé la gana, que yo para las etiquetas voy fatal. Lo hizo en Bilbao-New York-Bilbao, y lo repite ahora en este La vida anterior de los delfines. Solo que de aquella manera. Y mejor, oigan.

Sucede que la obra está dividida en dos partes, casi idénticas de extensión. La primera… pues lo que dijimos. Reflexión metaliteraria, a ratos cargando más al «meta» y otros al «literaria». El escritor que viaja hasta la Gran Manzana para escribir sobre una figura ya casi olvidada cuya memoria merece recuperarse. Rosika Schwimmer, que es tan personaje como el que más aquí, y representa un contrapunto reflexivo y evocador. Lo segundo por exótico, lo primero porque, mira tú las casualidades, aparece la obra en tiempos donde lo del pacifismo pues oye… En fin, para qué seguirles aburriendo con eso.

Sucede que a mí toda esta primera parte… Es cosa propia, ¿eh? Nueva York me fatiga a ratos, aunque nunca haya ido. Demasiada gente, demasiadas cosas para ver, demasiados museos, demasiadas escenas de pelis que saltan justo delante de ti. Yo es que soy de pueblo, ¿saben?, y nunca entro en establecimientos que no me dejen meter la boina. Vamos, que disfruto más con las partes de juventud y adolescencia (también hay) que con esa megaurbe despersonalizada que me cansa solo de pensar. Y luego el artefacto narrativo, el contar cómo se escribe para después escribir cómo se contó… funciona, pero ya sorprende menos que en el pasado. Entiéndame, Uribe lo hace divinamente, y te planta algunas metáforas brillantes así, paf, como un sopapo en el morro, y tiene ese juego de identidades lingüísticas que asoma sutilmente por los márgenes de las palabras… Que es el autor en expresión pura, vaya. Pero resulta familiar. Esas dos historias que discurren paralelas, ese investigar que se va desenredando poco a poco, esos descubrimientos casi casuales que brotan aquí y allá. La vida es así, como decían en la serie, pero también muchas novelas. Ah, muy logrados los capítulos del confinamiento, que es algo sobre lo que tengo curiosidad en cómo será incorporado a las narrativas de ficción (o de no-muy-ficción). No me refiero a tramas donde sea elemento clave, sino esas otras que tienen la suerte (o la desgracia) de transcurrir en primavera de 2020. Aquí se resuelve de forma elegante y sin exageraciones, que es el temor cara a otros libros menos sutiles…

Sucede que la segunda parte da un giro absoluto a todo lo anterior. Elemento metaliterario, sí, pero desde punto de vista ajeno. Y aquí la cosa empieza a ponerse más original, más interesante, porque la vida de los escritores es tan cojonuda (ejem), tan apasionante (ejem) y estamos tan embebidos en nosotros mismos (mira, esto es verdad) que muchas veces no vemos a dos pasos de nuestro fulgor. Y eso nos impide contemplar lo fútiles y a ratos, sí, ridículos que nos ponemos.

Tampoco es posible hablar alegremente de mímesis, porque la narración no es concomitante en ambas partes, sino que va avanzando. Y va avanzando, en buena medida, hacia parajes donde una u otra voz se encuentra más cómoda. Solo que esto se produce de forma tan sutil, tan lentamente, como cambian los tonos en la mar. Digamos que la mano invisible del autor es más invisible cuanto más invade. Y resulta acierto, claro. Entre otras cosas porque las dos voces son, efectivamente, dos. Que parece de Pero Grullo, oigan, pero no lo es, porque estoy cansado de ver novelas polifónicas donde todos hablan, piensan y actúan igual (o, como mucho, aparecen ridículamente disfrazados con un bigote y una nariz grotesca). Aquí no… aquí cada uno de los dos personajes razona de una manera, concede más o menos importancia a ciertas cosas y aborda lenguaje y estructura interna de forma particular. Así que bien.

Decía que cae más acertada esta segunda parte porque allí hay un punto de cinismo extraliterario, un mirar como se mira de vez en cuando a los escritores (que son generalmente tipos pomposos e inaguantables… lo sé porque conozco varios), que reconfigura y fija definitivamente necesidades y mundo real más allá de ese «presente inventado» en el que vive quien escribe una novela. Presente inventado que es profundamente ego(t)ista, huelga decirlo. Vamos, que hay mala leche aquí, aunque expresada de manera tan dulce, tan suave, que uno no teme caer en la tentación del sarcasmo y el señalar con dedo. Incluso, en un alarde osado, se cita cierta conversación donde una tercera persona reconduce al novelista sobre algunos errores en el libro. En el mismo libro que estamos leyendo, claro. Pero todo muy blandito, todo fluye. Es un poco como las raíces del árbol, que parecen una cosa pacífica, pero pueden romper hasta la carretera mejor montada, oigan.

(También el mcguffin, si se permite expresarlo así, de esta segunda parte me resulta más potente, pero es solo una querencia personal, así que no hagan mucho caso de ella).

Es ficción, claro. Ficción pura, por cuanto los narradores, ambos, transforman la primera persona en un ojo omnisciente que está allí donde no podía, que reproduce imágenes que no vio. Cabe la posibilidad del traslado, del conocimiento por mirada interpuesta, pero en tal caso únicamente aumentaría la sensación de irrealidad, por cuanto hablaríamos de un mundo construido, deconstruido y vuelto a montar más tarde. Por eso hay capas, y entre capas encuentras cosas bien ricas, como con la lasaña.

Sumen a eso algunos hallazgos gozosos para quien empezó a pasar páginas desconociéndolos. Esa relación entre abere y aberats, entre ganado y rico, en euskara, que no hace sino transportarnos a un tiempo donde la plutocracia olía a estiércol. Una metáfora con el arcoíris de gasóleo en la mar, tan poderosa. Imágenes de Nueva York vacía cuando lo del confinamiento (mira, aquí funciona mejor la gran urbe que una aldea).

Ahí radica la gracia del libro. En no tomarse demasiado en serio (que es la forma más seria en la que uno puede tomarse). En criticar de manera inclemente al demiurgo (si te molestan las críticas eres un demiurgo regular). En presentar, vaya, dos rostros de un paisaje que resulta ser idéntico, sí, pero también profundamente distinto.

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