Crónicas desorbitadas

¡El tren ha muerto! ¡Viva el tren!

Cuando escribo esto todavía se puede ir en tren convencional de Madrid a Cuenca, pero no de Cuenca a Utiel, cuyo servicio fue sustituido tiempo después de la borrasca Filomena por un servicio de autobús. Y digo «tiempo después» porque la sustitución no fue inmediata, es decir que durante algunas semanas los pasajeros de esta línea se quedaron en la cuneta, además de en el andén, literalmente olvidados, mientras el tráfico de otros ferrocarriles se restablecía a toda prisa. Incluso un servicio de mercancías como el Bobinero de Aranda de Duero a Burgos volvió a funcionar varios días después de la borrasca, y eso que se trata de una línea prácticamente cerrada por la que solo pasa un mercancías de vez en cuando. Mientras tanto los viajeros de muchos pueblos de Cuenca y de Camporrobles o Las Cuevas (en Valencia) tuvieron que esperar varias semanas para que alguien les pusiera, por lo menos, un pequeño minibús. Esto puede parecer una simple anécdota pero para mí es más que eso: denota el interés o la falta de interés que para el Estado tiene una región o una comarca.

He escrito «el Estado», pero podría escribir «el poder» o «los gobernantes». No son entes abstractos aunque lo puedan parecer; detrás de estos entes se encuentran los políticos que deciden cómo será el futuro del ferrocarril en este país. Políticos que no sé cuántas veces usan el ferrocarril sobre el que van a decidir. Por ejemplo, no sé cuantos ministros o presidente autonómicos o alcaldes de grandes ciudades han utilizado un regional para ir al pueblo de su familia, o para ir hacer turismo, pero me atrevo a afirmar (que me corrija alguien si me equivoco) que todos estos políticos serán más de coche oficial, de avión o de AVE. De hecho, hablando del regional de Cuenca, cuentan las malas lenguas (que son muy malas, como su propio nombre indica) que en una conversación pública cierto ministro declaró taxativamente y sin la menor sombra de tristeza o pena que en esa línea «no vale la pena invertir y no se va a volver a abrir». Lo curioso del caso es que en ese momento, allá por mayo de este año, la postura oficial del ministerio y también de Adif oscilaba entre el silencio absoluto y la afirmación de que el cierre era solo temporal, porque había que reparar los daños causados por el borrasca.

Naturalmente uno no puede valorar lo que desconoce. Y eso explicaría el desprecio que tienen algunos políticos por los ciertos trenes.

Se diría que la mayoría de los políticos solo conocen el AVE y que para ellos ese es el único tren que importa. Ni siquiera importan los trenes de cercanías, porque de hecho también están sufriendo «una serie de catastróficas desdichas» (permitirme que cite un título de una novela de Daniel Handler). A saber… maquinistas que se jubilan y no sustituyen, trenes que descarrilan muy a menudo, otros que se averían muy a menudo, cambios extraños e inexplicables de horarios que a veces incluyen más extraños e inexplicables transbordos que te hacen perder media horita de nada («media horita, eso no importa», deben pensar los que nunca usan ese tren para volver a diario de su trabajo). Basta con ver las noticias para encontrarse muchísima información negativa sobre unos trenes que nunca son el AVE, donde por el contrario las noticias son siempre positivas.

Por citar una, mientras se celebra el hecho de que se va a invertir una gran cantidad de dinero en llevar la tecnología 5G al AVE, en una pequeña estación del norte del país, 20 viajeros se quedan esperando un tren que no pasa, que los deja tirados, como ocurre muchas veces en el ferrocarril de vía estrecha de Bilbao a Santander. Naturalmente estos pasajeros se quejan, y dicen que antes no pasaba eso. Pero claro, son pocos, sus quejas parece que no llegan a ningún sitio.

¿Parece? En internet cada vez surgen más asociaciones y plataformas en defensa del ferrocarril convencional. ¿Será porque el ferrocarril convencional está en peligro? ¿Será que las cosas ahora no son como antes? ¿O será que la gente ya está harta? Está harta de que quiten el regional, el talgo, el cercanías y pongan un AVE, como está pasando por ejemplo (solo uno de los muchos posibles) en la provincia de Granada.

Mientras escribo esto, ya digo, todavía se puede ir de Madrid a Cuenca con un regional, en único que circula por esa vía, pues todos los demás trenes ya los quitaron hace tiempo. Aunque en realidad el regional la mayoría de las veces sale desde Aranjuez, lo que obliga a un transbordo y por tanto a una inevitable perdida de tiempo extra, a lo que se suma la lentitud del tren porque la vía no está como para lanzarse a correr a toda máquina. Y no está para grandes velocidades porque está muy descuidada, y la pregunta es la de siempre, quién ha descuidado el mantenimiento de la vía y por qué razón sucede eso.

Uno puede pensar que es por falta de interés, o por desconocimiento o por una serie de problemas administrativos o porque el ministerio encargado del asunto no tiene presupuesto para ello. O puede pensar que es algo deliberado, que se trata de expulsar a los pasajeros del tren, para así decir que el tren no tiene demanda y por tanto que se puede eliminar el servicio.

No, no seamos mal pensados, no creamos lo que dicen las malas lenguas (que son muy malas, como su nombre dice) y no presupongamos, a pesar de las palabras citadas arriba, que el señor ministro es remotamente feliz cerrando ferrocarriles. No, qué va, al señor ministro le gusta mucho ver pasar los trenes, y sabe que es algo más que una cosa nostálgica y bonita, si tiene que quitar el tren lo hace con gran dolor de su corazón, lo hace porque no tiene más remedio, lo hace sabiendo lo que va a suponer para los pueblos que se van a quedar sin tren. Sí, es eso, el ministro, todos los ministros que han quitado trenes en este país (y son muchos), lo han hecho con gran dolor de su corazón, sabiendo que estaban condenando a unos ciudadanos a perder algo más que un tren, a perder lo poco que todavía no habían perdido, a perder un trocito más de eso que llamamos los derechos básicos, aunque no deben ser muy básicos si les vamos quitado un ambulatorio por aquí y una escuela por allá y pese a todo el castillo de naipes aguanta, y como aguanta, pues les vamos quitando una carta y otra, y mira tú qué cosas, el castillo no se viene abajo… de momento…

El problema de la España vacía es que no está vacía, decía el fotógrafo Navia en un programa de televisión. Sí, ese es el problema, que no está vacía, que todavía viven unos cuantos ahí. De momento…

 

3 Comentarios

  1. Excelente artículo. Triste, pero bien traído. Gracias por ayudar en la defensa del tren.

  2. Alfonso Vila Francés

    Muchas gracias! Un artículo es poca cosa, pero espero que sirva de algo…
    Un saludo.

  3. El problema es que en el contexto mundial de decrecimiento energético sólo el rural es viable. La relocalización estricta de la economía nos devolverá a donde podemos alimentarnos. Mantener los servicios esenciales debe ser una apuesta estratégica para que esa viabilidad lo sea también desde el punto de vista social.
    Si no lo ven desde las ciudades, debemos exigirlo desde el rural de forma «fácilmente entendible».
    La revuelta de esa España que sigue siendo vaciada es tan justificada como necesaria.

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