Horas críticas

Mami, qué será lo que tiene el texto.

(Música de Georgie Dann, q.e.p.d.)

Se ha publicado recientemente el libro al que voy a referirme: Inspiración para leer, de José Antonio Montano. Jot Down Books, 2021.

Lo presentamos en sociedad el filósofo Manuel Toscano y yo, a flancos del autor; nuestras charlas están en un vídeo que anda con impudicia por Youtube y que ya ha alcanzado un número de visitas inusitado. Pueden verlo aquí, si es que les interesa.

El libro reúne 100 columnas laboriosamente seleccionadas por el autor entre las más de mil que lleva publicadas en muchos periódicos y revistas, ya en papel, ya en pantalla, muchas de ellas en Jot Down, y en su mayoría hablan de libros o de sus autores. Se trata, pues, de una recopilación de artículos, y como Montano es uno de los columnistas españoles más originales de nuestro atribulado tiempo (¡pero cuál no lo es!), su publicación está justificada.

Sin embargo el libro es mucho más que una yuxtaposición de artículos efervescentes (con la efervescencia de las finísimas agujas del champagne, no con los perdigones rurales del cava): Inspiración para leer es una sorprendente obra literaria, de una rara y preciosa hibridación. Esa es la idea que expuse en la presentación del libro y la que, tesoneramente pulida y torneada, como el sombrero color de caramelo de aquel hombre de un casino provinciano, les refiero ahora.

Inspiración para leer es una obra literaria por dos razones:

  • porque no hay un reseñador, sino un narrador que vive en lo que lee,
  • por su inequívoca voluntad de estilo.

Como sucede en algunos géneros narrativos de-rabiosa-actualidad, en Inspiración para leer autor y personaje se funden, sin que sea fácil distinguirlos y sin que en realidad importe mucho hacerlo. Esto se comprende enseguida, como también se comprende que no estamos leyendo a un crítico literario que nos va a explicar unos textos, sus técnicas, sus entresijos o, peor aún, que nos va a revelar (sin que nos sea dado saber cómo lo sabe) las verdaderas intenciones del autor ―falacia intencional― o cómo lo que leemos debe afectar al lector ―falacia afectiva―. No estamos ante un disecador de libros (y no, no todos los críticos literarios son taxidermistas; sólo algunos). Aquí no hay de eso. Fuera falacias de Inspiración para leer.

Lo que sí hay es un personaje que padece lo que lee; lo vive, lo goza, lo sufre y, sobre todo, recibe con los brazos abiertos los impactos de sus lecturas y acepta que lo cambien. Pues bien: eso es un personaje de novela; alguien que cambia al vivir las distintas peripecias que el autor inventa, que el narrador cuenta y que, dispuestas convenientemente, crean una novela o un cuento.

Montano es un lector compulsivo, como Proust y como Jünger. Montano lee; Montano, después, cuenta lo que le pasa por causa del acto ―acto mágico― de leer. Montano bien podría haber remedado lo de Borges y escrito un Montano y yo:

«Al otro, a Montano, es al que le ocurren las cosas […] yo vivo, yo me dejo vivir para que Montano pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica».

Don Quijote se topa con molinos; Montano se topa con Bernhard. El príncipe Volkonski yace herido, mira al cielo y su vida cambia; Montano descubre a Marcel Duchamp y empieza a ver el mundo de otro modo. Jean des Esseintes tiembla ante la Belleza y enjoya una tortuga; Montano se agita con la aspiración a la Belleza y a la Vida de Luis Antonio de Villena y descubre la pureza dórica del dry Martini.

Las lecturas son las peripecias que le ocurren a nuestro lector cuando lee y que, ordenadas con una intención y un método queridos por el autor, constituyen una inopinada novela. En la historia universal de la novela hay personajes que roban o matan o batallan o fornican o viajan o fundan imperios o lloran traiciones o cazan ballenas o se atormentan con ideas o se sacrifican por grandes causas. En Inspiración para leer su protagonista lee, y esas lecturas lo transforman. Cada lectura es un capítulo de esta extraña novela que puede ser de ideas, autobiográfica, autoficcional o hasta incluso una Bildungsroman tardía.

La relación intensa, casi agónica, con la literatura, con los libros, la revela el propio Montano más de una vez:

«Empiezo y abandono lecturas. Solo una cosa hay constante en mí: es la inconstancia. Cuando desisto de la lectura, esa bolsa, esa especie de útero, se queda ahí».

Esa «especie de útero» aún estaba ahí, como el dinosaurio de Monterroso. Hay algo febril (principio y fin, empiece y abandono, constante inconstancia…) en esta voz desgarrada, en el tono angustiado de esta confesión. Por momentos nos parece literatura de terror, hecha de presencias ominosas, de sombras presentidas. Pero como el libro es jovial después de todo, las confesiones hilarantes son más numerosas, aunque ambas, las hilarantes y las desgarradas, son siempre originales y frescas. El reconocimiento del papel transformador que en él tiene el acto de leer ―que es el núcleo germinal del libro― se repite una y otra vez.

«Aunque el libro que más me ha transformado curiosamente no lo he leído. Se trata del Libro del desasosiego de Pessoa, que lleva treinta años transformándome y que estoy leyendo ahora por primera vez».

Por fin el personaje reconoce de manera explícita el fenómeno y, al hacerlo, funde definitivamente las tres identidades, la del autor, la del lector y la del personaje literario:

«…cogí el libro que mi padre tenía en la mesa, y empecé a leerlo […] Ahí me enganchó, leí mucho más de lo previsto y ya continué las jornadas siguientes hasta que lo terminé […] con este [libro] se produjo el clic».

El libro del clic habría podido ser otro buen título.

*

La segunda razón por la que veo Inspiración para leer como una obra literaria es el lenguaje, que revela una obstinada voluntad de estilo. Bendita obstinación. Bioy Casares le dijo a Borges que conocía tres escritores dominados por la ética del idioma: Azorín, Gabriel Miró y James Joyce. Con este libro, Montano puede transformar tan improbable trío en un despampanante póker. El mayor pecado ético que puede cometer un escritor es desaprovechar su idioma y nuestro autor a fe mía que no lo hace.

Los formalistas rusos, astutos ellos, esquivaron la catastrófica pregunta de «qué es la literatura» y dieron un rodeo para plantearla de otra forma, a saber: ¿qué es lo que tienen algunos textos para que sus lectores los reconozcan como literatura, frente a otros a los que no tienen por tal? Dejaron de preguntar ontológicamente por el ser de la literatura, por su esencia, y se pusieron a indagar técnicamente en sus rasgos, en sus cualidades. A eso ―o conjunto de «esos»― que un texto debe tener para ser literario lo llamaron literaturnost, traducido por literariedad o literaturidad. Una de esas características es, precisamente, el uso de un lenguaje literario, que no debe ser confundido con un lenguaje de calidad. Esa ecuación es posible, pero no imperativa. Si lo fuese, si la característica de un texto literario fuera estar bien escrito, no existiría la mala literatura; para nuestra desdicha existe (y con frecuencia se la premia). También al revés, claro: hay muchos textos maravillosamente escritos que no son literarios, sino filosóficos, jurídicos, científicos, históricos o de cualquier otra índole. El criterio de la calidad del lenguaje para contradistinguir la literatura no da ningún fruto.

Las escuelas críticas del texto (los varios formalismos, la Nueva Crítica, los estructuralismos) no son suficientes para entender en su completitud el fenómeno literario, pero menos lo son las aproximaciones críticas del contexto: marxista, feminista, postcolonial, psicoanalítica, etc., que pueden producir análisis interesantes (junto a las más habituales bazofias indigestas), pero con una carencia irreparable: la literatura. Al desentenderse del texto no son análisis literarios, sino de otro tipo.

El lenguaje literario es ese que no pueden recoger los diccionarios combinatorios, ese que recodifica el lenguaje común y nos lo desfamiliariza (otro concepto de los formalistas rusos), lo aleja de nosotros y nos obliga a mirarlo con detenimiento y con otros ojos.

El lenguaje común y el literario pueden hacer referencia al mismo mundo, pero mientras que el común sería como el martillo-a-la-mano de Heidegger, que utilizamos sin prestarle atención, de manera automática e irreflexiva, el literario exige nuestra atención plena; por eso las funciones de uno y otro son tan diferentes: el lenguaje común describe, el literario descubre.

El de Montano es un lenguaje literario consciente de serlo, pero sin dejar por eso de ser natural y muchas veces coloquial. La ironía, como descifró en su presentación Manuel Toscano, es uno de sus pilares portantes, pero su literariedad es penetrante, lo impregna todo, hasta el oído del lector, es difusa, es «pervasiva». Pero también es a menudo reconocible; podemos señalarla con el dedo, como a la Puerta de Alcalá: ahí está, ahí está la literariedá. De los muchos ejemplos que hay de ella en el libro, rescato dos: el manejo de los símiles y la repetición.

Los símiles:

Manejados por Montano, son una exquisita artimaña literaria. En Lisboa revisitada hay uno suntuoso:

«Al Cristo de la otra ribera lo envolvía la neblina, como en un aleteo pagano».

Qué notable: equiparar la neblina a un aleteo, y no uno cualquiera, sino uno adjetivado con alevosía, «pagano», es decir, con la intención plena de lograr una equiparación paralela, unas deliciosas dobles parejas, una comparación contradictoria: neblina-aleteo y Cristo-pagano.

Es un símil de gran tensión, es decir, con mucha distancia entre los dos términos del símil, neblina y aleteo, pues, en efecto, el lector no llega de manera fácil o espontánea de la primera al segundo: es necesaria una fugaz pausa en la lectura, un repunte de la atención, para que el símil surta efecto. Después, la insolencia de lo pagano y la desconcertante presencia de la preposición «en» multiplican el efecto y completan la jugada. Magistral.

La repetición:

Esta figura retórica, que puede presentarse en varias formas y disposiciones, es en Montano marca de la casa. Con ella sigue a sus admirados Thomas Bernhard y Nelson Rodrigues (quien decía de sí mismo que se repetía con un «límpido impudor»), aunque siempre sabe poner su sello intransferible. En Una catedral palpitante, por ejemplo, hay un breve párrafo donde aparece siete veces siete la palabra ballena, ¡y no sobra ni una!

Pero el ejemplo más deslumbrante (y descacharrante) de este recurso es el articulito titulado La mejor novela de Tabucchi, que no me resisto a incluir. Juzguen ustedes:

«El año de la muerte de Ricardo Reis es la mejor novela de Tabucchi… solo que, para desgracia de Tabucchi, no la escribió Tabucchi, sino Saramago. Es por eso por lo que Tabucchi odia encarnizadamente a Saramago: por haberle escrito su mejor novela (ausente, pues, de la bibliografía de Tabucchi). Pero Tabucchi no debería deprimirse: al fin y al cabo, vistos los paquetes que ha escrito Saramago, el que El año de la muerte de Ricardo Reis sea tan buena se debe precisamente a que no es de Saramago, sino de Tabucchi (por más que la haya escrito Saramago).

Señoras, señores:

Inspiración para leer es una estupenda recopilación de columnas de prensa que ocultan, con excitantes mohines pudorosos, una novela que resulta virgen para cada lector.

Entren. Desfloren. Gocen.


Inspiración para leer
José Antonio Montano
JOT DOWN BOOKS
(Sevilla, 2021)
400 páginas
19,00 €

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