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Córcega, una isla de vendettas literarias

Reportaje fotográfico: Gema Rodrigo

Qué tendrán las islas, que molan tanto en literatura. Igual es por la sensación de finitud, que al final es muy de novela (de leerla y de escribirla). O por el carácter peculiar que dibujan a sus gentes, tan suyas. O, en suma, porque las islas jamás (jamás) están ancladas del todo al lecho, y siempre se mueven así, de a poquitos, como si fuesen un barco muy grande en mitad de una tormenta muy pequeña. Más o menos.

Una isla para escritores

Córcega es isla literaria, y con rasgos bien definidos. Paisaje, orgullo y venganza, por citarlo con pocas palabras. Belleza, silencios incómodos y sangre a mala hostia, si quieren traducción. Desde antiguo, no vayan a pensar. Un cliché, claro, pero ha funcionado tan bien…

Si lo vuelven a leer comprenderán que Alexandre Dumas tenía aquí campo abonado para su narrativa. Él o el negro que tocase aquel semestre, vaya, seguro que saben a qué me refiero. Pero, en fin… novela de Dumas, Los Hermanos Corsos. Con todo lo que eso significa. Y sorpresillas, ¿eh? No en tema, tratamiento, fondo… Una familia de independentistas allá en Córcega, una sociedad apegada a las tradiciones, arquetipos con nombres y levitas, venganzas, duelos, mucha sangre podrida manando. También, claro, el puntito exótico, la visión del metropolitano sobre aquella ínsula que, en pleno siglo XIX, aun parecía rescoldo de un mundo que se intentaba superar. Pero, ojo aquí a la novedad, toque metaliterario. El narrador es Dumas, todo traspuesto tras el tamiz de la verosimilitud. Mira, ven, que te digo dos o tres cositas. Si intentan hacerlo ustedes en su casa… el horror, el horror. Pero él era un genio, y genial sale. Para no perderse.

También anduvo por estos lares, tostándose la piel («Córcega es la isla francesa que se calienta al sol de Italia»), Honoré de Balzac. Y, ya puestos, pues escribió un tomito de La Comedia Humana, que el tipo era de currar bastante. ¿Título? Ejem… bueno, esto… vale, lo confesamos… le puso por nombre La vendetta. Sí, poco original, pero qué quieren. Sale Napoleón, y una muchacha educada de la forma más corsa posible, y malos mirares entre familias, y todos los tópicos que ustedes quieran, y huele a maquis, y hay chones en semilibertad, y hasta esperas en cualquier momento cruzarte con Asterix y Obelix. Pero no. Solo eso. Del resto, todo. Tópicos a paladas. Pero, joder… es Balzac. De nuevo… no lo intenten en su casa.

Guy de Maupassant alucinó bastante con la isla. Se dio «paseuco» largo, anotando cosas aquí y allá. Que si mira qué pico más bonito, que si vaya pueblo acogedor, que si ponme otra tapa de lonzu y una copita de Patrimonio, porque ando seco. Parece que lo que mas flipó al normando, horlas aparte, fueron los Calanques de Piana, que son unas piedras muy pintorescas en la costa occidental. «Picos, columnas, pináculos, figuras sorprendentes modeladas por el tiempo, el viento roedor y la bruma del mar». Lo del «viento roedor» me gusta montones, por cierto. Y seguía. «Estas sorprendentes rocas simulaban árboles, plantas, bestias, monumentos, hombres, monjes en hábito, diablos cornudos, pájaros desmesurados, todo un pueblo monstruoso, todo un zoológico de pesadillas petrificado por la voluntad de algún dios extravagante». Ya ven, digno de verse. Aunque al anochecer, con luz bajita… te cagas de miedo, oigan.

Ah, por Córcega anduvo igualmente Paul Valéry. Cosa de familia, en su caso. Su padre fue Barthélémy Valéry, funcionario que trabajaba en Bastia pero tenía casa grande en Erbalunga, porque uno puede haber sacado una oposición y tener buen gusto, no son cosas excluyentes. De hecho en su linaje incluso aparece cierto senador por la isla, vean ustedes. Y nada, que iba bastante por allá, se alojaba donde sus ancestros, escribía versos sobre un mar que es transparente y glauco a la vez. Ah, dijo que Bonifacio era capital pintoresca de Córcega, por si quieren aprovechar el viaje…

Si vas a Sartène saluda a Colomba

No vamos a engañarles… la tal Colomba debía gastar mala hostia curiosa. Pero curiosa, curiosa. Y, pese a todo, miren… símbolo nacional. Cosas veredes…

Digamos que Colomba Bartoli existió realmente. Prosper Mérimée la conoció en Sartène, durante una estancia en la isla como inspector de Monumentos Históricos. Año 1839, para entendernos, sesenta y cuatro calzaba la simpática señora Bartoli, Carabelli por apellido de soltera. La buena moza era muy popular en toda la región, porque cargaba a sus espaldas unos cuantos meneos bélicos y «vendettescos» a raíz de la muerte del hijo. Vamos, que se llevó por delante a dos Durazzo, que era la familia rival. «Una heroína, Madame Colomba, que destaca en la fabricación de cartuchos, y que sabe cómo ponerse de acuerdo para enviarlos a aquellas personas que tienen la desgracia de caerle mal». Ya ven, Prosper decía las cosas finamente, porque aquello te lo pilla El Caso y no vean… Y eso, sacó de la manga Mérimée una novelilla, Colomba por título, que contribuyó aun más a fijar esa imagen asalvajada, primitiva y de continua tensión que tanto se vendía sobre Córcega en el continente. A ver, no se me extrañen, que este Mérimée es quien pergeñó aquel otro topicazo (pseudo)romántico de Carmen.

Así que para Sartène que nos vamos. A conocer a Colomba. Hasta allí llegas por una carreterita encantadora. Encantadora pero de ir despacio, con calma. Vamos, como llegas a cualquier pueblo de Córcega. Está cerquita de Propriano, en la costa, e incluso puedes ver el mar desde algún mirador en mitad del sitio. Pero no se engañen… montaña pura y dura. Aunque no suban mucho, aunque huelan a salitre. Montaña.

De Sartène dicen que es «la más corsa de las ciudades corsas», y, desde luego, podría pasar por ello. Digamos que allí conviven tradicional tranquilidad de la Isla con ciertos toques pop para satisfacer al turisteo. Colombas pintadas en las paredes, por ejemplo (cada cual más guapa, cada cual con ojos más negros). O esa visión posmoderna de Bonaparte que surge aquí y allá en Córcega, con el artillero cubierto de colorines, rimmel o vestimenta de drag queen. Vamos, que muy divertido. Ah, también hay una especie de figura antropomorfa, hecha con bolas y cucuruchos de helados, que aterroriza transeúntes y animales domésticos frente a la tienda que vende «los mejores gelatti de Sartène». No importa su calidad, estoy acojonado por ese alien y yo ahí no entro…

Se huele cierta decadencia rural, con vigas de madera un poco apolilladas, el gris de los edificios, las forjas que enrejan aquí y allá patios interiores. Precisamente al pasar por delante de uno, ya noche cerrada, escucho ruidos. Giro la vista allí y veo docenas de ojitos observándome. No quiero comprobar si son gatitos majos o no, la verdad…

Pero el conjunto es hermoso, oigan. Todo. Vistas, paisajes, edificios, incluso el olor a chimenea ardiendo. Los atardeceres juegan a contar historias en movimiento sobre muros y desconchones. A veces, incluso, se cuelan por entre ruinas de sitios que fueron y ya no son. De forma amable, discreta. Aquí los atardeceres, además ponen color rojo intenso, y pareciera que el cielo escancia vino para empezar cada noche…

Córcega vive también cuando se marcha el sol. Mucho más, desde luego, que otros sitios de Francia. Y Sartène, corsa entre las corsas, destaca también en esto. Claro que, en fin, a su manera. Aquí la gente se reúne para jugar a la petanca, o para ver cómo otros juegan a la petanca. No piensen en parques pequeñitos y cuatro viejos agachándose con dificultad, no. Hay una especie de pequeño estadio al aire libre, tipos de todas las edades vistiendo los colores del club, marcadores electrónicos, caritas de concentración. Observo durante un rato el ritual de juego, y parece que me he caído en la marmita de los tópicos. Un anciano, una muchacha de veinte años, un «chavaluco» de doce. Ella juega bien, el niño es desastroso. Pero aquel abuelete… ay, aquel abuelete. Tampoco es que sea la petanca actividad de puro espectáculo, vibrante y llena de plasticidad, ¿eh? Pero tú te quedabas mirándole y entendías un poco más el asunto. La pose, el giro de muñeca, su rostro serio, la bola plateada a un dedo de otra bola más pequeña…

Las calles de Sartène son estrechitas, angostas, se retuercen como si hubiera venido de vacaciones Escher, nunca sabes dónde vas a acabar. Tampoco importa, porque una de las gracias de conocer sitios es, precisamente, perderse por ellos. Y eso, que me pierdo, porque voy mirando dibujos de arte urbano que surgen donde menos lo esperas. Símbolos patrióticos, otra vez el Napoleón kitsch, representaciones abstractas. Ah, también hay una polla, porque el humor simple es tan internacional como efectivo…

El pueblo de Colomba tiene dos partes altas. Sí, es raro, pero salió así. Un par de cerros con edificios arriba, y, en medio, dos o tres calles que se desbravan a lo loco buscando el valle. No llegan hasta abajo, avisamos, pero está bien ir prevenido. En Sartène caminas, subes cuestas. También lees, claro.

Cómo no hacerlo.

Dos idiomas, una literatura

Hasta aquí… todo en galo. Acentos agudos, la boquita así, como de piñón. Meñique tieso, cara de comer mucho fromage en el postre. Pasa que en Córcega hablan como en Burdeos, vale, pero también tienen su idioma propio, una lengua íntima que sabe a «pueblucos» y huele a mirto. Una que se ha ido desarrollando culturalmente en los últimos tiempos.

Porque la literatura corsa fue, durante siglos, únicamente oral. Una forma de expresión propia, algo íntimo, casi en familia, con lo que defendernos del otro, de quien llega desde allende los mares para gobernarnos y salpicarnos a violencia y órdenes. Los corsos contaban a sus hijos cuentos y leyendas. O stabatoghji y fole, si prefieren. Lo típico, pueden imaginarse… princesas capturadas, enormes riquezas que refulgen en noches precisas, alguna que otra maldición hasta donde alcanza la memoria…

También tienen, claro, recuerdos. Tristezas. Elegías. Que un ingrediente clásico de cualquier literatura sean las cosas de llorar quizá debería obligarnos a reflexión sobre la naturaleza humana. Pero no vinimos aquí a eso, oigan. En Córcega hay lamentus, que recuerdan el fallecer de algún familiar; y voceri, plañidos que escapan de labios dulces en los entierros de todo aquel que haya muerto por esas cosas de la violencia y las armas. Huelga decir que estos voceri son asuntos como para no reproducírselo a niños pequeños, porque están llenos de sangre, desagravios y venganzas que te hubiese firmado Chan-Wook Park

Hoy existe, también, una potente industria de novela negra íntimamente corsa. La mafia y esos temas, que siempre lucen mucho en la ficción y joden demasiado cuando son cosas de verdad. Asuntillos urbanos, calles con asfalto sucio y noches muy largas en Ajaccio o Bastia.

La verdad es que esa es otra Córcega. La de las urbes, digo. Miren Bastia, por ejemplo. El sitio vitalista, donde vas a hacer negocios. Sus plazas alargadas, sus terracitas que parecen parisinas, pero con olor a mar y maquia. Por allí hay bicis eléctricas, muchos paisanos vestidos con traje, mujeres de labios rojos tomando café mientras miran, aburridas, su teléfono móvil. Y otras rarezas, vaya. Antiguas cabinas de teléfono (de esas encarnadas, donde apenas entra una persona y todos sus arrepentimientos) convertidas en bibliotecas públicas. Sí, sí… un book crossing aprovechando lugares que ya nadie utiliza. Echo un vistazo, porque uno es de natural curioso, sobre todo para los libros. Nada que me llame. A ver, hay cinco tomos gordísimos, un tratado completo de jardinería, pero soy de viajar ligero, así que…

Ojo, funciona el asunto, ¿eh? Al poco llega por allí un señor. Edad avanzada, gafas de sol, pelo gris con vetas de blanco, bien peinado, labios enormes que se comen toda la cara, narizota petrarquiana, abrigo casi hasta el asfalto, completamente negro. Mira, curiosea, abre dos o tres volúmenes, niega con la testa. Finalmente no coge nada, pero lo vuelvo a ver, un par de horas más tarde, leyendo en la terraza de un bar, copita de pastis delante. Así que, de alguna forma, terminó decidiéndose… Igual era un libro de Jérôme Ferrari. O uno de los clásicos que vimos más arriba. Qué importa. Eso, escogió.

Hagan ustedes lo propio. Lean Córcega.

 

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