Horas críticas

Libros de la semana #37

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

La risa caníbal de Andrés Barba (Alpha Decay)

Sucedió en el MoMA de Nueva York en el año 1935: durante el pase de un documental alemán de amplio renombre alguien entre el público comenzó a reírse a carcajadas. «La gente se volvió para reprochar ese gesto de mal gusto a aquel insensato y descubrieron con estupor que quien reía era ni más ni menos que el cómico más célebre del mundo: Charles Chaplin». La película que se proyectaba era El triunfo de la voluntad, el film de propaganda política más famoso de la historia. Aquel que Adolf Hitler encargó a su amiga Leni Riefenstahl para exaltar el nacionalsocialismo entre las gentes. Seis años después de aquel incidente en el museo neoyorquino, Hitler se acomodaba en la sala de cine privada de su residencia en Obersalzberg para contemplar la película El gran dictador. Aquella con la que Chaplin había convertido al Führer en objeto de parodia y burla. La anécdota más interesante no es que el líder ario se hubiese sentado ante un film que se cachondeaba de su figura, sino que lo volvería a hacer en la jornada posterior. «Que Hitler viera El gran dictador es fascinante, pero que la viera por segunda vez al día siguiente es un signo delatador». Con esta maravillosa revelación abre Andrés Barba su fabuloso La risa caníbal. Un ensayo sobre los mecanismos de las carcajadas que fue publicado inicialmente en 2016 y acaba de ser relanzado de nuevo en estos tiempos tan propicios para brincar entre las fronteras del humor. Escribir sobre la risa es una tarea endemoniada, compleja y difícil de afrontar al tratarse de un tema con tantas capas y frentes abiertos. Por eso lo de Barba tiene auténtico mérito, porque no solo sale bien parado de la empresa, sino que configura en ella algunas de las reflexiones más interesantes y amenas sobre el humor. «Cada vez que una persona abre la boca para reír está devorando a otra persona. Es una verdad tan antigua como la humanidad misma, como la primera vez en que en la prehistoria dos neandertales señalaron a un tercero que acababa de tropezar y se rieron de él porque parecía idiota, conformando la primera comunidad». La risa caníbal articula sus ideas en una colección de capítulos que abordan territorios cómicos de lo más ocurrentes. La historia entre Hitler y ese Chaplin que afirmó «Ese hombre [Hitler] cometió el error imperdonable de elegir mi bigote». El impacto, en la puritana Norteamérica de los setenta, de la graciosísima película porno Garganta profunda, la cinta que narraba las desventuras de una Linda Lovelace a la que el clítoris le venía en la garganta de serie. El payaso involuntario en el que se convirtió George Bush gracias a sus disparatadas declaraciones durante su mandato como presidente. El stand-up feminista que comienza a subirse a los escenarios. La vida privada de los cómicos más celebres. Los ventrílocuos y los muñecos que los flanqueaban, títeres como aquel Charlie McCarthie que se sentaba en la rodilla izquierda de Edgar Bergen para fardar de haberse acostado con Mae West y seducido a Marilyn Monroe y Rita Hayworth. El asalto a la revista Charlie Hebdo en 2015. La posverdad que hace a los políticos humoristas, y los humoristas condenados y encarcelados por los políticos. O, entre otros, algunos temas tan espinosos como la forma en la que la comedia abordó las bromas sobre el 11 de septiembre cuando la tragedia aún era reciente. La risa caníbal es uno de los tratados más lúcidos y divertidos sobre la comedia, una colección de mordiscos entre carcajadas.


El profesor A. Dońda de Stanisław Lem (Impedimenta)

El escritor polaco Stanisław Lem (1921–2006) es una de las grandes eminencias de la ciencia ficción, aunque su producción literaria también ha transitado por el ensayo filosófico, la crítica literaria, la novela policiaca o la futurología. Sus libros se han traducido a más de cincuenta idiomas y acumulan más de cuarenta y cinco millones de ejemplares vendidos. Autor de la magnífica Solaris, y de cosas tan prestigiosas como La voz de su amo, Ciberíada, Máscara, La investigación, Diarios de las estrellas, Astronautas, El invencible o Congreso de futurología. El mismo que también despreciaba la ciencia ficción americana, con la excepción de Philip K. Dick, por considerarla «mal elaborada, mal escrita y más interesada en ganar dinero que en la creación de ideas propias o nuevas formas literarias». En el caso de El profesor A. Dońda. De las memorias de Ijon Tichy nos encontramos con una novelette en forma de descacharrante sátira política y apocalíptica. Un gran ejemplo de lo hábil que era el literato cuando se lanzaba a trastear con el humor. El profesor A. Dońda es un libro que gracias a la editorial Impedimenta se edita por primera vez en castellano, con una traducción directa del polaco a cargo de Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz. En un mundo postapocalíptico, un caballero llamado Ijon Tichy graba sus memorias sobre tablillas de arcilla frente a la cueva donde se ha instalado, tras ser desalojado de un búnker de artillería por un gorila que gustaba de juguetear con las granadas del refugio militar. El profesor A. Dońda se atreve a arrancar así, en medio de un holocausto tecnológico, sin el profesor del título a la vista y con un narrador torpón preguntándose si la escritura cuneiforme sería más adecuada para inmortalizar la crónica sobre cómo el mundo entero se fue al garete. Rememorando los meses previos a la hecatombe, Tichy relata las correrías junto a su colega Affidavit Dońda, científico considerado un bufón por sus contemporáneos, en busca de la tecnología con la que demostrar una teoría revolucionaria. Un periplo accidentado que los lleva a visitar países que han nacionalizado la corrupción y disponen en sus bancos de préstamos para sobornos, navegar ríos repletos de cocodrilos impertinentes, hacerse pasar por chamanes para obtener la financiación de proyectos científicos o lidiar con un cuerpo de policía que «que encerraba a todo el mundo sin ningún tipo de investigación o interrogatorio, porque la justicia partía de la idea de que, fuera como fuera, todos eran culpables y no valía la pena establecer la gravedad de los delitos». Lem se desbarra con gracia en un cuento apocalíptico donde hay equívocos fúnebres que provocan el envasado de un cadáver en noventa latas de conservas distintas, ordenadores de cuatrocientos noventa millones de bits (en 1973 aquello sonaba inabarcable) utilizados para programar magia, un universo diminuto bautizado cosmocoso y comunidades que descubren lo bonito de ayuntar en masa: «Europa, fuente permanente de innovación, proporcionó un nuevo modelo de conducta, que fue el sexo grupal en las parejas abiertas. Lo que en el Viejo Mundo constituía un juego vacío de los sentidos, en un país todavía en bruto supuso un apoyo a las necesidades básicas de la vida». La de Dońda es una comedia jocosa que entre tanta guasa y chascarillo contiene en su desenlace una reflexión maravillosa por parte de un profesor construido a base de equívocos: «No valorábamos, querido, el papel histórico del error como Categoría Fundamental de la Existencia».


El almanaque del vídeo de Xavi Sánchez Pons (Males herbes)

A finales de los setenta el mundo del séptimo arte recibió la llegada del vídeo doméstico entre gritos de alarma. Que el pueblo llano tuviese acceso a las películas gracias a un electrodoméstico y sin necesidad de pasar por la taquilla del cine se antojaba entre los más agoreros como una sentencia de muerte para el medio. Pero lo que ocurrió fue otra cosa: los videoclubs se convirtieron en punto de reunión de cinéfilos, arqueólogos de celuloide bizarro, aficionados al porno y similares especímenes extraños. En las estanterías de aquellos locales comenzaron a apilarse en armonía las superproducciones junto a productos más locos, desmadrados o casposos que por su temática o calidad nunca hubieran gozado de estreno en salas. Así se educó toda una generación, haciendo acopio de cintas VHS y BETA entre esos pasillos, y de aquellos lodos arremetieron estos lodos. Ángel Sala, director del festival de Sitges de cine fantástico, creció haciendo vida en el videoclub Video Instan («La gente con la que interactuaba allí era diferente a la que veía en los cines, era otro tipo de público, gente más rara»), Quentin Tarantino se curtió trabajando de dependiente en un videoclub. Panos Cosmatos (hijo de George P. Cosmatos, director de Cobra: El brazo fuerte de la ley, una peli muy de videoclub) dirige hoy en día películas de culto que están inspiradas por las sorprendentes carátulas que lucían los estuches de las cintas ochenteras. Con El almanaque del vídeo, Xavi Sánchez Pons realiza un tremendo homenaje a todo ese universo que albergaban las paredes del videoclub. Un viaje divertidísimo que repasa año por año todo tipo de curiosidades y hechos relacionados con las cintas de vídeo. Desde el nacimiento de unos primitivos reproductores de vídeo a mediados de los setenta hasta la reciente edición en formato VHS de la película Mandy de 2018 del mentado Cosmatos. Pasando por el impacto del vídeo en la cultura global, escenas legendarias del cine que acontecen entre estantes de videoclub, parodias porno delirantes y producciones ignotas para el gran público que se convirtieron en clásicos underground. El almanaque llega precedido de un prólogo de John Tones, uno de los analistas de la cultura pop más lúcidos que tenemos, e incluye una historia oral en forma de entrevistas a todo tipo de seres que orbitan en este mundillo: Paco Plaza (director de Verónica o [Rec]), Ángel Sala, Aurora Depares (directora del legendario videoclub barcelonés Video Instan, aún en activo), Paco Cabezas (director de Penny dreadful o American gods), Manuel Moya (dependiente del desaparecido Videoclub ZF), Antonio Marcos (pionero del porno amateur en vídeo), Matías Fraile (editor y distribuidor) y un puñado de coleccionistas y fanáticos del VHS como Ferran Herranz, Creeky man, José Bogajo o Reverendo Wilson. Todo ello redondeado con artículos sobre el mítico local Gorgon video barcelonés o el productor Charles Band. Y con una sección en forma de archivo gráfico que incluye algunas de las carátulas que se hospedaron en los videoclubs: Flash Gordon, The blob, Tiburón 3, Los nuevos extraterrestres, Contacto sangriento, La patria del rata, Godzilla, Aeropuerto 78, Los Kalatrava contra el imperio del kárate, Historia de O, La galaxia del terror, Halloween III, El ser, Fin de semana sangriento o La guerra del hierro. O lo que es lo mismo: puñaladas a la nostalgia de quienes entramos en una ocasión en aquellos establecimientos que iban a acabar con el celuloide, para acabar saliendo convertidos en fanáticos sin prejuicios de todo tipo de cine.


Enteógeno 2312 de Gervasio Iglesias (Serie Gong)

«No recuerdo como he llegado a esta playa donde acabo de despertar, si he venido por mis propios medios o si me han traído, si ha sido sola o acompañada. Luna nueva y oscuridad total sobre la arena. Millones de estrellas bien visibles y el arco de la Vía Láctea que tira de mis brazos para volar. Los dedos se extienden y llegan al rompeolas. No hay luz de luna y sin embargo la orilla irradia una extraña luminiscencia. No puede ser real. A mis espaldas y a mis lados comienzan a iluminarse discretas luces verdes. Un verdemar hermoso, como la hierba mojada al sol, como el tercer reglón del arcoíris, como tímidas esmeraldas». El nombre de Gervasio Iglesias no es desconocido para el mundo de las artes. Porque pertenece al productor cinematográfico responsable de poner en marcha cintas como Grupo 7, El mundo es suyo, El hombre de las mil caras, Juan de los muertos, 7 vírgenes, o la estupenda La isla mínima. El mismo Iglesias que también ejercería como director del documental Underground, la ciudad del arco iris y como codirector de Omega, una crónica del rompedor disco de Enrique Morente y Lagartija Nick, y Sanz: Lo que fui es lo que soy, una cinta sobre la vida y milagros de Alejandro Sanz que se llevó un Grammy latino. Un hombre curtido en celuloide que ahora se acaba de estrenar como escritor con la novela Enteógeno 2312, añadiendo con ello una nueva y sorprendente muesca en el currículo: la de proveedor de escritura lisérgica. «Comencé a sudar y, conforme mis gotas iban cayendo sobre las criptas y las tumbas, los vínculos tomaban color y todo irradiaba luz de diferentes colorimetrías y densidades». Enteógeno 2312 es la historia de una adolescente llamada Odica que inicia su propia odisea vital zambulléndose en un viaje lisérgico propulsado por estupefacientes. Una epopeya química, que abarca varios años de vida, donde Odica navega entre mundos alucinantes y criaturas alucinadas. «Las luces vuelan a mi alrededor. Mi cerebro es otro. Respiro como ellos. Me enseñan a pensar con nuevos parámetros e intuyo que debo aprender a ser y estar en todos los sitios y tiempos a la vez». Enteógeno 2312 es la pastilla de entrada a una ruta psicodélica de camellos, duques con el corazón al descubierto, sapos verdes, tuertos pícaros, casas misteriosas e indescifrables cofres abastecidos con drogas que no se agotan nunca. «Estaba viendo mi propio cerebro desde fuera: todas sus descargas electroquímicas cobraban sentido y se hacían localizables, y por tanto modificables y extirpables en su caso». Psilocibina, kratom, setas, lhiosciamina, narcóticos, galaxy3941, escopolamina, LSD líquido, hongos, daturina, MDMA, atropina, rulas de todo tipo. «Polvo de Ángel, molécula de Dios. También le dicen DMT». La de Iglesias es una aventura arriesgada e inusual para una ópera prima. Una marcha intoxicada atravesando escenas alucinógenas, un Miedo y asco en las Vegas en versión andaluza. Hay redención y caída como en una gamberrada de Anthony Burgess, toxicosmos por los que navegar como en un disco de Los planetas y laberintos multicolor por los que perderse como en un cuadro de Alex Grey. Desde la cubierta de Enteógeno 2312 un pantocrátor mutante y psicodélico nos saluda, con sus cuatro  brazos, rodeado de hongos multicolor. «¿Cómo se pueden quitar los frenos del cerebro?» Preguntadle a Gervasio.

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