Analógica

El diseño es un arma de futuro

Ilustración: Sofía Fernández Carrera

Más allá de su funcionalidad y de su negocio, el diseño siempre ha tenido la capacidad de activar cambios sociales. Pero ha sido desde la llegada del siglo XXI, apoyado en internet y la digitalización de la vida, cuando el enfoque concienciado y comprometido de muchos creadores y estudios se ha impuesto sobre una concepción más «clásica» de esta disciplina. Dos libros de publicación reciente abordan esta evolución y nos hacen reflexionar sobre lo que se ha perdido y lo que ha resistido en este proceso, inseparable del contexto en que se desarrolla y que nos sitúa ante el mundo de mañana.

Cuando Alemania invadió Holanda en 1940, Willem Sandberg se unió a la resistencia neerlandesa. Sandberg, que había trabajado primero en una imprenta, luego como diseñador y que por entonces ejercía de comisario para el Stedelijk Museum, carecía de formación militar o de habilidades físicas, así que utilizó sus conocimientos de impresión y tipografía para falsificar documentos y pasaportes con los que cientos de judíos y disidentes escaparon de los nazis. Cuando terminó la guerra regresó al museo, esta vez como director, y allí volvió a emplear todo lo aprendido en la confección de carteles, catálogos y elementos de comunicación visual que todavía se estudian en las escuelas de diseño.

Dos décadas más tarde Emory Douglas, que había aprendido impresión y tipografía durante su estancia en un reformatorio, se afilió al Partido Pantera Negra en calidad de «Ministro de Cultura» Su labor principal consistía en el diseño del periódico del movimiento, The Black Panther, para el que también realizaba ilustraciones muy características, que combinaban trazos de contorno muy grueso y colores vivos con imágenes reivindicativas. Aquel estilo, que se denominó radical chic, influyó de manera decisiva sobre expresiones netamente afroamericanas, al menos en origen, como el grafiti o el arte urbano.

Sandberg y Douglas son dos de los ejemplos que la periodista Alice Rawsthorn utiliza en su último libro, El diseño como actitud (Gustavo Gili, 2021), para demostrar que, más allá de sus funciones comerciales, de la creación de objetos y campañas de comunicación, el diseño puede funcionar como un agente de cambio: una herramienta para luchar contra políticas injustas, promover transformaciones sociales y empoderar a colectivos desfavorecidos.

Hasta el siglo XXI, estos activismos políticos suponían una actividad marginal dentro de la comunidad del diseño, pero en las últimas dos décadas se ha multiplicado el número de profesionales que utilizan su formación para responder a inquietudes culturales y políticas. La aparición de nuevas herramientas digitales y la prevalencia de internet tienen mucho que ver con este cambio, ya que permiten a los diseñadores trabajar de una forma independiente y nómada, aplicando sus conocimientos sobre el terreno o creando redes internacionales. El resultado son proyectos tan ambiciosos como The Ocean Cleanup, un sistema de recogida de basuras para los océanos que ha recaudado millones de dólares en todo el mundo, o herramientas como Peek Retina, que permite la diagnosis a distancia de enfermos en países africanos donde abunda la población rural y las redes de infraestructura son muy deficientes.

Rawsthorn analiza la evolución reciente del diseño a través de cuestiones específicas, como la irrupción de mujeres y de representantes de otras razas en un mundo dominado tradicionalmente por hombres blancos y occidentales, pero también estudia los cambios que ha provocado la digitalización de la sociedad, que ha derribado mitos como el de que «la forma sigue a la función» aplicado al diseño de objetos: el mejor ejemplo es el smartphone, una cajita abstracta que aglutina funciones para las que antes eran necesarias decenas de aparatos. La paradoja es que, al mismo tiempo, muchas aplicaciones y programas de ordenador recorren el camino inverso y utilizan un imaginario tradicional, con iconos de librerías o archivadores, para establecer anclajes con el mundo real.

Por último, se fija en nuevas herramientas como la impresión en 3D, que permiten desarrollar soluciones únicas o personalizadas, como la construcción de prótesis médicas, o diseñar de un modo más etéreo. Una cuestión que pone en entredicho antiguas certezas del mercado del diseño, desde la fabricación en serie y la estandarización a la existencia de ferias internacionales como el Salone del Mobile de Milán o el IMM de Colonia. En un mundo hiperconectado y fragmentario, los foros de diseño que esas ferias conformaban han gravitado hacia las redes sociales o citas más específicas como el festival Offf Sevilla.

Un pionero a la hora de contemplar el diseño desde una dimensión ética fue el italiano Enzo Mari. Su obra más conocida, ¿Autoproyectos? (1974), es un manual con instrucciones detalladas para la construcción de muebles. Las piezas que contiene —nueve mesas, un banco, tres sillas, un armario, una estantería y cuatro camas— responden a las necesidades básicas de una familia o una comunidad, y se pueden construir con materiales locales y herramientas sencillas. Publicado con anillas y fichas, como los catálogos de instrucciones para carpinteros, ¿Autoproyectos? era tanto una crítica al sistema de consumo capitalista como una herramienta de realización personal: todo el mundo, excepto los comerciantes y los fabricantes industriales —cualquiera que, en realidad, pretendiera obtener un beneficio económico—, podía construir estos muebles y proponer variaciones y mejoras sobre los modelos originales. Diez años antes de que Richard Stallman definiera el concepto de software libre, Mari ya había inventado su propia versión del Creative Commons.

Ahora se publica en español Proyecto y pasión (Gustavo Gili, 2021), el último libro que escribió, en el año 2001. En él, desarrolla sus ideas y percepciones sobre todos los aspectos del diseño, desde la concepción de los objetos hasta su comercialización, pasando por los procesos de manufactura o la relación que existe entre técnicos y artesanos, trabajadores y empresarios, consumidores y fabricantes. El libro, repleto de reflexiones lúcidas y sentido del humor, critica también muchos de los problemas que tiene la profesión: entre ellos, la gran cantidad de «diseños redundantes» que se producen, la explotación laboral o la actitud perezosa de muchas empresas y estudios de diseño, que «no se esfuerzan por buscar la mejor solución a cada problema», y prefieren el beneficio rápido que dan los productos «a la moda».

Al comparar los libros de Mari y Rawsthorn es difícil no experimentar una punzada de nostalgia, una sensación de paraíso perdido. Y no solo por la visión utópica y socialista que manejaba el italiano, que en un mundo dominado por el capitalismo de plataformas resulta como mínimo exótica, sino porque muestra a las claras todo lo que se ha perdido de bueno con la digitalización. Aun así, es posible detectar corrientes que han resistido el empuje de lo virtual, como el culto por la artesanía. Mari propuso una ley según la cual «todos los objetos producidos industrialmente, pero con posibilidad de producirse de manera artesanal (por ejemplo, sillas, camisas, bicicletas o tartas), solo podrán realizarse en talleres gestionados por no más de tres personas y un aprendiz, cuyas funciones de producción y comercialización deberán ser intercambiables». Y Rawsthorn, sin llegar tan lejos, habla del resurgir de actividades como la cerámica, la ebanistería, la cocina o el tricotaje. Comunidades que defienden la conexión táctil con los materiales como una manera de escapar del consumismo y la alienación virtual, pero que, de manera contradictoria, comparten conocimiento y consejos a través de las redes sociales. Redes que permiten a esos foros traspasar la frontera del activismo político, como sucedió con la fabricación de pussyhats, los gorros de lana rosa con orejas de gato que las estadounidenses tejían para vestirlos en las marchas feministas y las manifestaciones contra Donald Trump.

Entre los diseñadores con mayor proyección de futuro, Rawsthorn cita a los italianos Studio Formafantasma. Sus fundadores, Andrea Trimarchi y Simone Farresin, se sienten «a medio camino entre el siglo XX y el siglo XXI», entre ese diseño que se hacía con las manos y el que ahora flota en una nube de datos. Es algo que se nota en su oficina, donde los ordenadores de última generación y las impresoras 3D conviven con varios prototipos de Enzo Mari, que han construido ellos mismos. También en su manera de trabajar, que interpreta flujos de información para producir diseños: un nuevo biomaterial en Autarchy, un polímero natural para Botanica, vidrios extrusionados para las lámparas WireRing. Uno de sus últimos proyectos, Ore stream, es un híbrido entre lo virtual y lo real, «una plataforma creada para reflexionar sobre los significados sociales que tiene la producción de objetos, y cómo el diseño puede convertirse en un agente importante a la hora usar de forma más responsable los recursos naturales». Sin embargo, lo que empezó como un foro de debate con tintes ecológicos, se ha transformado en un instrumento para la denuncia social, cuando han descubierto que detrás del transporte mundial de residuos se esconden redes paralelas que trafican con drogas, armas y personas. Es una prueba más de que, en las manos apropiadas, el diseño puede ser un arma de futuro.


Vidal Romero es arquitecto y periodista cultural. Desde hace diez años es socio de Estudio Flop, con sede en Sevilla.

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