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El «Génesis» y la Religión «progre»

Para Simone Weil el Antiguo Testamento era una vasta trama de horrores. Para otros muchos autores, creyentes o no, el Antiguo Testamento es genuina literatura fantástica, como le gustaba decir a Borges. Sea como sea, resulta penoso que la adolescencia granuda y zangolotina llegue a su «Big Bang» hormonal sin saber apenas nada del Antiguo Testamento ni del Evangelio como obras narrativas y literarias. Si acaso los chavales y chavalas habrán oído hablar de Adán y Eva como pareja de baile, a lo mejor les sonará algo del Arca de Noé y, con suerte, creerán que desde la Torre de Babel se puede hacer parapente previo examen de esperanto.

Hace sólo unos días, la Conferencia Episcopal Española entregó el llamado currículo sobre la asignatura de Religión para que la comunidad educativa ofreciera sus ideas al texto. Se ha hablado del «giro progresista» que han dado los curas. Para Infantil, Primaria y Secundaria, en el citado currículo se habla, ‘grosso modo’, de la igualdad entre varones y mujeres, la erradicación de la pobreza, el entendimiento intercultural, la creación de hábitos de vida saludables, la importancia de la sostenibilidad, la apreciación de los valores democráticos, etc. Aun estando de acuerdo en ello, la palabrería al uso produce sopor.

Que se sepa, para la fase de Primaria, sólo se hace una mención «soft» a la apreciación y distinción de las diferentes religiones del mundo. Uno se pregunta cómo es posible que se aprecien otros credos y variantes religiosas sin conocer la urdimbre cultural del cristianismo y, en particular, de la fe católica. No hablamos de moralina, sino de cultura religiosa. No es nuevo sacar a colación este sinsentido.

Servidor se confiesa profano en cuanto a la materia escolar que se imparte en los aularios de la ESO. La razón es sencilla, llana y hasta razonable, valga la redundancia: no tengo hijos, ni están, ni se les espera. Sea como sea, en España uno tiende a creer que se llega a la pubertad sin conocer nada sobre los libros de la revelación ni sobre los personajes de ficción trascendente que los habitan. Muchos de ellos darían para una saga que volvería viejuna del todo a la serie ‘Juego de tronos’. No hablamos reducidamente de cristianismo y sus variantes, sino también de judaísmo e islamismo, sin olvido de la religión budista, la hindú y de otras muchas filosofías existenciales como el taoísmo.

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Este introito viene a cuento de la publicación, tan ilustrada como libérrima, del Génesis, que acaba de editar Blackie Books —recordemos, en esta misma colección de Clásicos Liberados, la estupenda edición de La Odisea de Homero—. Anuncia la editorial que se trata de una versión laica del Génesis, cuya autoría verdadera —negada cuando no discutidísima— se atribuye a Moisés, allá por el siglo XIV a C. El liberador del pueblo hebreo pudo escribirlo en los 40 años de travesía por los secarrales del Sinaí en busca de la tierra promisoria.

Quiere decirse, por tanto, que esta nueva versión del Génesis, de traducción no confesional, nos reabre la mirada sobre el fabuloso y desconcertante texto, y lo hace desde un ángulo fresco, contestatario, donde no faltan apuntes marginales y comentarios adicionales a los capítulos de la primaria escritura (de Epicuro a Kant, de Voltaire a Kierkegaard, de Stephen King a Nick Cave, etc.). Dice Eduardo Mendoza, iluminado sin duda por la potencia celestial, que el Génesis es «la primera fuente de verdadera literatura». ¡Qué duda cabe! Por su parte, como aporte propio y entre otros muchos, la escritora Sara Mesa relata su experiencia como lectora precoz del seco pero misteriosísimo texto.

Recordemos, en esta versión de Blackie Books, su inicio:

Cuando, al principio, Elohim [Yahvé] creó los cielos y la tierra, la tierra no tenía forma ni orden, la oscuridad cubría la superficie del abismo y el espíritu de Elohim revoloteaba sobre la superficie de las aguas. Y entonces dijo Elohim:

-¡Que haya luz!

Y hubo luz. Y Elohim vio que la luz era buena, y separó Elohim la luz de la oscuridad; a la luz la llamó día y a la oscuridad la llamó noche. Y anocheció, y amaneció. Día uno.

Javier López Alonso, licenciado en Filología Semítica y Máster en Lenguas y Culturas del Oriente Próximo Antiguo, traduce del hebreo el presente y riquísimo volumen. Decíamos que se trata de una versión no confesional o liberada, como gusta decir a sus editores. Sólo hasta el siglo XVI las principales traducciones del Génesis tenían su lógica ajustada al credo, según fueran la auspiciada por Alfonso X el Sabio (1260), la del Rabino Salomón (1420), la de Moisés Arragel (1422) o la del autor de la ‘Biblia del Oso’, Casiodoro de Reina (1569). Habrá otras tantas traducciones en los siglos XVIII, XIX y XX, hasta llegar al presente trabajo de López Alonso.

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Volviendo al inicio, estas notas informativas y aclaratorias no deben atemorizar a los ignaros —incluidos los ignorantes con estudios, como suele suceder con los miles y miles de adolescentes españoles—. El asesinato de Abel por parte de Caín, el Árbol del fruto prohibido, la desolación con azufre sobre Sodoma y Gomorra, no son más que una gavilla de extraordinarios relatos, que invierten en la imaginación y procuran, si son de buen provecho, una felicidad de horizontes en lo por venir, de la que no están excluidos ni agnósticos ni ateos.

Un ejemplo. En el Arca de Noé, primer zoológico de la creación, no fue necesario incluir algunos animales porque se reproducían por generación espontánea a partir del estiércol o el barro, como fue el caso de los ratones y otros pequeños mamíferos, de los reptiles y los insectos. En cambio, las serpientes —pese a la diabólica bicha del primer Árbol—, sí fueron embarcadas por sus propiedades medicinales y para servir de alimento a algunos pájaros. Toda una clase de Biología con vistas a los jardines del Paraíso, ¿no les parece? Que existan o no tales jardines no importa. Lo enriquecedor es imaginarlo.

Lo dicho, pues. El currículo «progresista» de los curas nos parece tan estupendo como tedioso, pues está plagiado de las decenas de discursos que oímos y leemos a diario —sostenibilidad, igualdad, valores democráticos y el consabido blablablá—. Pero la base, la raíz de la que hablamos aquí es otra.

No conocer la historia, la cultura de la religión —y de las religiones—, es como renunciar al asombro, castrar la imaginación, adormecer el conocimiento. Es de temer que las clases de Religión las impartan, aún más si cabe, pedagogos y pedagogas. Esa plaga parecida a las de Egipto.

 

 

 

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