Ficción

Sin asunto

Zodiac (1896) de Alphonse Mucha

 

Hago todo lo posible por evitar escribirte a pesar de que esto es precisamente lo que mi alma necesita para siquiera espiar más allá de este agujero en el que se encuentra. Será una carta vanidosa y tremendista y errática. Sin decoro. Como dice tu poeta, ni con delicadeza ni con cuidado. Ladran los perros. Acaso si tuviera un poco más de tiempo y de calma sería prolija y breve. Con los minutos robados a mi padre me afano y tecleo como un adolescente. ¿Te acuerdas de lo que hablamos en mi última visita? La historia de los signos. Mi historia con los signos. No sé si pueda ser más que una anécdota o un chiste de sobremesa, pero me gustaría que hagas algo con eso. Ya sé que lo más tonto que se le puede decir a un escritor es que la vida de uno es «interesante» y «como una novela»; sin embargo, te sigo contando cosas para ver si algún día me encuentro en una de tus historias. O para ver si ocurre algo mágico como un exorcismo, un desdoblamiento o, Dios quiera, una transmigración. La vida después de la vida. Me tomo en serio nuestra compatibilidad zodiacal.

Me acuerdo de la media sonrisa que hiciste cuando te dije que Acuario se lleva mal con Tauro y en cambio se lleva muy bien con Sagitario. Estábamos solos en tu balcón y de repente sentí que volvía el frío cuando te vi encogerte y manotear tu largo sobretodo negro buscando los cigarrillos que estaban sobre la baranda. Las muñecas de trapo que tienes asomadas a la ventana me recordaron que estábamos acompañados. Por amabilidad y con un poco de temor hice como que revisaba mi teléfono y tú hiciste lo mismo. Había puesto un espejo delante de nosotros y no me di cuenta. No habíamos cometido ningún error, pero a nadie le gusta que le señalen ni siquiera la intención de hacerlo. Es probable que todo esto me lo esté imaginando. Mi año de amor terminó con la visita que te hice. Fueron todos signos nocivos: Piscis, Escorpio, Virgo, Aries. Lo de Leo es un caso extraño, conectamos inmediatamente, como pasó con nuestra amiga en común, pero no sobrevivimos al enamoramiento. Leo es un signo que necesita idolatría y los Sagitario somos más bien iconoclastas. Intenté una vez más con una Leo y no llegamos ni siquiera a la primera cita.

Esto no te lo había contado: imitando una serie de televisión que estaba viendo, hablé con esta Leo, una arquitecta, para que me diseñe una cabaña de campo. De esta aventura solo conservo los planos; la cabaña resultó demasiado costosa de construir. Nunca conocí a una Libra, por otro lado, signo que está universalmente aceptado como el complemento perfecto de Sagitario. Ya nadie escribe historias de amor, me dijiste. Bueno, aquí tienes una. Una historia que al igual que todas es una historia de banalidades y misterios, de búsquedas y de esperanzas idiotas. Pero basta, no quiero ir por esa vía. Extraño estar en silencio contigo, en un silencio dócil y abierto. Ahora también paso todo el día en silencio, pero más como una penitencia o como un castigo autoimpuesto. También extraño seguirte por las calles empedradas de tu ciudad y ver cómo te meces ligeramente al caminar y cómo tu pelo te barre la espalda de lado a lado. Serías un buen personaje tuyo. Si los perros siguen ladrando afuera creo que voy a terminar escribiéndote en onomatopeyas. Ahora solo salgo de casa para pasear a los perros de mi padre o al perro de mi padre. Confío en que ordenes en tu cabeza todo lo que te cuento y lo vuelvas menos burdo.

Ya ves, sigo dando rodeos como quien se despide una y otra vez porque no quiere irse. Hace un año te dije que regresaba a cuidar de mi padre. Pensé que moriría pronto porque ese era el diagnóstico de su cáncer. En otras circunstancias me alegraría que haya desmentido a los doctores. Hoy está mejor que nunca; quien lo viera no adivinaría que bordea los noventa años. Me parece escuchar tu pregunta, ¿por qué vine si lo odiaba tanto? Porque soy débil ante el infortunio. Mi padre estaba solo cuando lo busqué en el hospital. Bastó un gesto para llevarme de vuelta a la infancia y darme cuenta de que ni él ni yo soportaríamos ese lugar. Porque lo veía como un rey. Quizá debí sospechar del brillo de sus ojos apenas salimos de ahí. Ahora soy su siervo. Es un error regresar a la casa de los padres, cualquiera que sea la circunstancia. Él mezcló enseguida sus cosas conmigo, me hizo firmar documentos y me puso al mando de sus grandes empresas imaginarias. Acepté porque no tenía un centavo (sigo sin tenerlo) y porque tengo las ambiciones de un niño. Lo único que me ha dado mi padre son problemas y una cicatriz en el rostro. A veces me pregunto qué tan literal debe tomarse ese postulado que ordena matar al padre. Tengo que mentir para poder salir unas horas. Me invento reparaciones de los aparatos domésticos o visitas al veterinario. Cuando estoy fuera busco el horizonte, la llanura, otro tipo de soledad; y luego en el pueblo alguna mujer sola. Nunca me creen la edad que tengo, me ven las canas, las patas de gallo, los dientes manchados y piensan que les miento. Por costumbre les pregunto de qué signo son, pero en realidad ya no me interesa saberlo.

Hay días en que no debo engañar a mi padre para salir. Es cuando tengo que ir yo mismo al médico, quien tampoco me cree que apenas hace unos años terminé la universidad, que no llego a los cuarenta; me declara sus dudas un poco al paso, por decir algo, pero noto que cada vez más otra cosa le preocupa. Me apuntó unos exámenes que no pienso hacerme. Yo sé lo que tengo. El doctor dice que lo sintió con el tacto, pero yo lo siento con todos los sentidos. Estoy lleno del odio de mi padre. Te lo cuento porque solo tú sabrías darle un sentido. Todos tus libros te habrán preparado. Cómo se explica esto que crece dentro de mí, esta bilis en la boca y este olor a amoníaco. Quién puede decir que es un milagro la recuperación de mi padre, en este momento de pie bajo el sol de la tarde tonificando músculos que yo ya no tengo. Cuando estuve en tu casa supe que tus historias de duendes, bichos y apariciones no eran ningún juego. Desaparezco y no hay nada que pueda hacer. Ya nadie escribe historias de fantasmas, te dije bromeando. Pero aquí tienes otra. Te pido que me conviertas en historia porque lo único que le pedimos a la literatura para ser tal es que esté rodeada de belleza. Y solo así quiero estar. Los perros siguen ladrando.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Miguel Muñoz nació en Quito en 1990, pero se crió en la costa ecuatoriana. Forma parte del comité organizador de la Feria Internacional del Libro de Guayaquil desde su primera edición en 2015. Es máster en Creación Literaria por la BSM-UPF y licenciado en literatura por la Universidad Católica de Santiago de Guayaquil.

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