Ficción

Una temporada de fe perfecta

A mi viejo le falló el corazón un día que jugaba Perú contra Ecuador. Cuando bajé a calentarme mi tamal lo vi en su estudio, llamando a su cardiólogo. Me dijo que se iba al hospital, que el doctor estaba llegando para llevárselo. Era jueves por la mañana, los bocinazos de los micros se colaban por las ventanas entreabiertas de la casa. Hacía 30 segundos pensaba en cómo íbamos a alinear, en las bajas por lesión, en la tabla, en que después de este solo faltaban dos partidos más.

Tocaron el timbre y mi viejo estaba sentado en las escaleras de la entrada, respirando como Darth Vader. Levantó la mirada y trató de sonreír, pero no pudo. Le abrí la puerta al cardiólogo y me explicó el estado de mi padre: dificultad para respirar, ritmos cardíacos anormales, consecuencias mortales. Sí, sí, sí, respondía yo. Balbuceaba como un niño que está aprendiendo sus primeras palabras. Dile a tu madre y a Cecilia, dijo mi viejo antes de que el carro arrancara. Lo vi doblar por la avenida Canadá al mismo tiempo que unos niños caminaban por la vereda del frente, vestían camisetas de Perú que les llegaban hasta las rodillas.

Llamé a Cecilia, mi hermana, que estaba con una barriga del tamaño de una pelota de playa. Seis meses y medio de embarazo. Ese día era el cumpleaños de mi otro sobrino, Matías, y le hicieron una fiesta infantil en su casa. Mi madre estaba allí, había ido temprano a ayudar a inflar los globitos y preparar las empanaditas para la ocasión.

Hola, el viejo se ha puesto mal y se fue al hospital con el cardiólogo. Colgué. Pensé en el corazón de mi viejo, lo vi bombear sangre a todo su cuerpo. Sonó el timbre. Subí al carro. Fuimos a Cuidados Intensivos. Solo permitían el ingreso a dos familiares por paciente. Mi madre entró con Cecilia. Me quedé esperando en la entrada. Las dos salieron. Tenemos que comprar unos medicamentos, dijo mi hermana.

En la farmacia me quedé observando la previa del partido en un televisor diminuto. Los periodistas entrevistaban a los peruanos que habían ido a Quito para estar en el estadio.

¡Muévete, carajo!, gritó Cecilia. Salimos de la farmacia. Volvimos al hospital. Se había acabado la hora de visitas. Mi hermana me encargó ir más tarde a dejar los medicamentos. Me abrazó fuerte. Tuve problemas para rodearla entre mis brazos.

Llegó la hora del partido. Me puse a verlo sentado en el sofá de la sala, donde hacía unas horas mi viejo veía una gesta épica en el History Channel. Allí vi cómo Hurtado le daba un toquecito a la pelota y se metía por un rinconcito al arco. Perú ganaba en Quito por primera vez en la historia.

Más tarde fui a dejar los medicamentos al hospital. Entré a Cuidados Intensivos. El enfermero me hizo ponerme unos guantes y una mascarilla. Allí estaba mi viejo, con tubos incrustados por todos lados y la pelada fría. Le agarré la mano. Cuida la casa, cuida a tu madre y a Cecilia, dijo. Asentí. Pasó una enfermera, que me señaló la salida con la mirada. Miré a mi viejo, tenía los ojos cansados y sus lentes estaban en la mesita al costado de la camilla.

Ganamos, le dije. Él pareció no escucharme.

***

Hijo, ¿qué tal todo por casa?, preguntaba mi viejo, casi susurrando. Ya tenía un mes en hospital. Había salido de Cuidados Intensivos, pero seguía bajo observación. Todo bien, le respondía, acariciándole la pelada.

Cecilia también iba a verlo. Los visitantes se abrían paso cuando la veían, las dimensiones de su panza eran importantes. Nos reuníamos en su casa y conversábamos con Matías corriendo alrededor la sala. ¿Cómo lo han visto?, decía mi madre. Hay que pagar las facturas, decía mi hermana. Mira mami voy a meter goool, decía Matías, con una camiseta de la selección puesta. Mi madre nos preguntaba qué pasaría. Más pruebas, más análisis, más tiempo, creo que el niño está pateando, decía mi hermana, tocándose la barriga. A mi madre se le escapaba un suspiro.

Fue el día del Perú contra Colombia en el estadio Nacional que me empezaron los achaques. Nos jugábamos 36 años sin ir a un Mundial. Habíamos empatado con Argentina en la Bombonera unos días atrás y no había espacio para la especulación. Logré separar esa noche para ver el partido en mi cuarto. Prendí la tele y sentí unos hormigueos en las extremidades. Después de unos segundos me costaba moverme, como si me hubieran lanzado un maleficio paralizante. Me eché en la cama y no veía nada, solo las sombras del estadio y los jugadores entrando a la cancha.

Qué carajos fue eso, pensé. Cuando reviví, todavía con la cabeza dándome vueltas, vi a Guerrero patear un tiro libre indirecto y Ospina – el arquero colombiano – manoteando el balón antes de que entre. ¡La tocó, la tocó!, gritaban los comentaristas en la tele. Nos metíamos al repechaje. Si hay dioses en el fútbol, ese día soplaron fuerte por estas tierras.

***

Llamó Cecilia y me dijo que había nuevos resultados, que mi viejo se quedaba más tiempo, que lo iban a trasladar al Instituto Nacional del Corazón (INCOR), un centro especializado en enfermedades cardiacas. Hay que esperar, hermano, su corazón sigue débil, tienen que hacerle más chequeos.

Bajé al primer piso. Mi vieja había comprado anticuchos a la señora de la esquina y estaba a punto de comerse el primer palito. Al viejo lo trasladan a INCOR, le tienen que hacer más exámenes, le dije. Ay, Dios mío, dijo mi vieja, que dejó la porción de anticucho y se llevó las manos a la cara. No volví a abrir la boca ni una sola vez aquel día.

Esa noche fijé un punto en el techo de mi cuarto y lo vi durante horas. Mi último ciclo universitario estaba llegando a su fin, la barriga de mi hermana parecía tener su propia fuerza gravitatoria, mi vieja lloraba en silencio en su cuarto. Cuida la casa, cuida a tu madre y a Cecilia; recordé las palabras de mi viejo, que seguro a esa misma hora estaba tendido en una camilla, escuchando los bip, bip, bip de los monitores a su costado. Logré cerrar los ojos un momento y lo primero que apareció en mi cabeza fueron los dos partidos que venían, primero en Nueva Zelanda y luego aquí. Mierda.

***

Iba de la universidad a INCOR, de INCOR a casa y luego a visitar a mi hermana, cuyos ocho meses y medio de embarazo la tenían como una pequeña ballena azul. Encontraba a Matías con la oreja pegada a su barriga. Estoy escuchando a mi hermanito, decía, ya pronto lo voy a conocer.

Viernes por la noche. Otra vez, solo en mi cuarto. La televisión prendida. La selección jugaba de rojo en Wellington, a más de 10 mil kilómetros de Perú, contra Nueva Zelanda. Y otra vez, el maleficio paralizante. Los mareos, la ceguera, el desmayo. Cero a cero. En unos días, la vuelta, en Lima.

En INCOR, me encontré con el cardiólogo de mi viejo. Diagnóstico reservado, me dijo. Una parte del corazón de tu padre no funciona bien, mejor dicho, no funciona como debería funcionar, me comentó. Una opción es la cirugía a corazón abierto, la situación es delicada, dijo después. Necesitamos hacer una angiografía, tenemos que observar cómo fluye la sangre por sus arterias, finalizó el doctor.

La cara de mi viejo era peor que la mía cuando Uruguay nos metió seis en el Centenario.

Voy a casa de Cecilia. Hermano, me voy a la clínica, ya pronto nace el enano. Mami, pero cómo va a salir mi hermanito de tu barriga, preguntaba Matías, que pateaba una pelotita de plástico contra la pared. Le conté las noticias del cardiólogo, la reacción del viejo. Anda a ver a mamá, dijo.

En casa, mi vieja se preparaba el lonche. Hola hijito, ¿Cómo está tu papá?, me preguntó, revolviendo su café. Luego levantó la cabeza y me vio. Ay, Dios mío. ¿Qué ha pasado, hijito? ¿Estás seguro?, ¿Cuándo te han dicho? ¡Ay, Dios mío! ¡Me voy ahorita a verlo!

La casa se quedó en silencio. No sé por qué me hizo recordar a un estadio vacío, cuando la gente ya se ha ido y las luces empiezan a apagarse. Me senté y traté de endulzar el café de mi vieja, pero no pude. Otra vez, el hormigueo en las piernas, las manos adormecidas. No podía ser, pero sí, era el maleficio otra vez. Traté de pensar en algún enganche, un pase, cualquier movimiento de piernas que me viniera a la cabeza. Traté de recordar un gol del Nolberto Solano que vi hace muchísimo tiempo, pero todo lo que pude imaginar fue el pecho de mi viejo, una luz blanca alumbrándolo y cirujanos con escalpelos en las manos, preparándose para finalizar el partido.

***

Sentía una pelota que me subía y bajaba por el estómago. Había llegado el día. Perú contra Nueva Zelanda, el boleto número 32 a Rusia. Salí a comprar pan francés y lo primero que vi fue un taxi pintado de blanco y rojo, el conductor flameaba una bandera peruana mientras tocaba el claxon.

Mi vieja se fue a INCOR a estar con mi viejo. Si había cupo, ese día le iban a hacer la angiografía. Nos vemos, hijito, me dijo antes de salir. Sus ojeras le llegaban hasta los cachetes.

Traté de poner alguna imagen en mi cabeza, tal vez a mi hermana o a mi madre o a mi viejo, tal vez algún gol memorable, pero nada. Solo podía imaginarme el vacío.

El teléfono sonó justo antes que empiece el partido. Hijito, soy yo, dijo mi vieja, tu papá te quiere decir algo. Hijo, la voz de mi viejo temblaba, como si fuera a quebrarse antes de llegar a mi oído. No hay cirugía hijo, decía, una y otra vez, hasta que no pudo decir más. La angiografía salió bien, hijito, dijo mi vieja, pronto le dan de alta a tu papá.

Llamé a Cecilia. Qué pasa, hermano, voy a entrar a sala. Le dije que no había cirugía, que el corazón de mi viejo iba a aguantar. ¿De verdad, hermano?, respondió. ¡No me jodas, ah!, me gritaba, mientras las enfermeras trataban de quitarle el celular. Hermano, tengo que colgar, que ya sale este chiquito.

Fui a la sala y me senté en el sofá donde se echaba mi viejo, prendí la tele y puse el partido. Me preparé para que el maleficio me paralice de nuevo, pero no ocurrió. En cambio, mientras veía el inicio del juego, se me hizo un nudo en la garganta. El amor se me desbordó de golpe, como un cántaro que ha ido mucho a la fuente. Vi a Cueva desbordar por una banda y pasarle la pelota a Farfán. El Nacional estaba lleno. Las calles, vacías. En ese momento, mientras Farfán controlaba la pelota, imaginé el rostro de mi nuevo sobrino. Lo vi sonriendo mientras mi viejo lo tenía en sus brazos. De pronto, la cuadra explotó. Gritos contenidos por largo tiempo. Qué lindo sablazo.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Javier Wong Quiñones (Lima, 1989) es periodista y editor. Tiene un Máster en Creación Literaria de la UPF-BSM. Ha escrito artículos para la revista H, AS, Velaverde, Regatas Lima y Cosas. Hasta hace poco trabajó pensando estrategias de comunicación para radio y televisión. También es cocreador de DodoPress, una plataforma digital de lectura.

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