Horas críticas

Libros de la semana #33

Recomendaciones literarias de la redacción de Mercurio

Primavera para Madrid de Magius (Autsaider cómics)

Esta semana, horas antes de que se anunciase el ganador del Premio nacional de cómic, en los círculos patrios de críticos y estudiosos de las historietas se elaboraban quinielas tratando de adivinar sobre qué obra recaería el galardón. En algún caso, entre dichas apuestas se asomaba Primavera para Madrid de Magius, pero su mención siempre llegaba acompañada de un «Probablemente no va a salir», porque la propia naturaleza del libro se antojaba demasiado corrosiva como para recibir reconocimiento popular. Para sorpresa de todos, Primavera para Madrid se ha llevado finalmente el Premio nacional de cómic a la casa de Magius, y eso es algo digno de aplauso y celebración. Porque se trata de un cómic arriesgado, uno dedicado a retratar las corrupciones, los chanchullos, los tejemanejes cuestionables, los delitos y los negocios sucios del mundo político y empresarial de España. Diego Corbalán lleva dos décadas dibujando bajo un nombre artístico, Magius, un apodo que ha tomado prestado de un famoso monje medieval miniaturista del siglo X. Y su Primavera para Madrid, un tomo que se define como un «códice», está también salpicada de seudónimos curiosos, y en algunos casos jocosamente lúcidos, que casi resultan un mero trámite a modo de broma por no ser capaces de ocultar lo evidente: que toda la esperpéntica cabalgata de personajes que desfilan por sus páginas está basada en figuras públicas. La historia, dibujada en oro y negro, arranca con el sol de Madrid erigiéndose sobre los rascacielos de las Cuatro Torres que configuran el skyline de la capital. Y continúa con el astro rey convirtiéndose en una hostia consagrada, durante una misa celebrada en uno de aquellos enormes edificios, mientras un ministro y empresario confiesa haber llegado a lo más alto a base de tretas. De ahí en adelante, Primavera para Madrid se desboca presentando los retorcidos negocios y devenires de una colección de personajes rastreros entre los que figuran buscavidas, políticos, chantajistas, reyes, periodistas, críos amigos del ron Barceló, sicarios y príncipes. Todos ellos a modo de trasuntos  caricaturizados de personajes como El pequeño Nicolás, Esperanza Aguirre, Juan Miguel Villar Mir, Juan Carlos I, Eva Sannum, Felipe IV, Alberto Ruiz-Gallardón, Antonio García Ferreras o Cristina Cifuentes entre muchísimos otros. Un elenco berlanguiano, como una versión moderna de La escopeta nacional entintada en dorados, que repasa hechos turbios reales de la España actual junto a situaciones fabuladas. Imágenes conocidas gracias a los informativos junto a escenas descacharrantes ideadas por Magius como la estampa de Felipe IV y Javier López Madrid (exconsejero de Bankia) orinando sobre la urbe desde lo alto de uno de los rascacielos que abren la historia. Amantes de monarcas, infantas con mala hostia, políticos corruptos, compi-yoguis, niñatos pijos que se disparan en el pie, presentadores de televisión comprados y reyes que fusilan elefantes en África. El genial remate del ácido manuscrito elaborado por Magius es el discurso que se encuentra alojado entre la letra pequeña de la información editorial: «Primavera para Madrid es una obra de ficción, todas las personas, empresas y sucesos que aparecen en este libro son inventados. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia».


La mentira por delante de Lorenzo Montatore (Astiberri)

Tebeo. Así es como, sin ningún tipo de complejo ante una palabra denostada por muchos, el dibujante Lorenzo Montatore denomina a su obra. La mentira por delante es una biografía sobre el novelista, poeta y columnista Francisco Umbral, una de las firmas más importantes de la cultura reciente de nuestro país. Pero no es éste un repaso enciclopédico, denso y aburrido de su vida y milagros, sino un homenaje sentido y mucho más íntimo de Montatore a uno de sus ídolos. La mentira por delante también es un tebeo, y es perfecto así. Realizado con el apoyo de la Fundación Francisco Umbral, el libro repasa en viñetas la carrera del escritor tomando como cimientos la anécdota ilustrativa y lo cotidiano para perfilar las dos encarnaciones, la pública y la personal, la verdad y la mentira, de ese intelectual de foulard rojo, gafas gruesas y patillas frondosas. Entremezclando situaciones reales con otras imaginadas, saltando en el tiempo y enfrentando al Umbral más cínico y experimentado con una versión joven y por construir de sí mismo, Montatore, que se empapó de la obra del literato para construir el volumen, logra reflejar el pensamiento y el modo de entender la vida del escritor con mayor exactitud de la que podría ofrecernos cualquier estudio académico. Las páginas de La mentira por delante, dibujadas con el personal estilo de Montatore que evoca a la escuela Bruguera, dan cobijo a una colorida colección de personajes que se cruzaron de un modo u otro en la vida del autor: Valle InclánPérez Reverte, los Ramones, Sara MontielSánchez Dragó, Gómez de la Serna e incluso aquella televisiva Mercedes Milá que, ignorando a Umbral, convirtió al hombre y su queja, «¡He venido a hablar de mi libro!», en viral antes siquiera de que lo viral estuviese de moda. Montatore  tan pronto se demuestra travieso jugueteando con los colores o arrastrando la historia al terreno del videojuego, como sinceramente emotivo y trágico al reflejar el amor del novelista por María España o su desgracia ante el fallecimiento de su hijo de cinco años, Pincho. Francisco Umbral, aquel que afirmaría que «a los retratos tiene uno la obligación de parecerse, y no el pintor de sacar el parecido», hubiera disfrutado de este volumen. La mentira por delante no es tanto una biografía minuciosa como una fantástica radiografía caleidoscópica y pop, pero nunca una caricatura, de la persona y del mito que la rodea. En una de las páginas, Lola Flores le espeta, con un estupendo acento andaluz, una observación al literato: «Umbrá, yo creo que en tu casa ere’ de una manera y cuando sales es como si t’hubiesen metío un bastón por la espalda». Una afirmación a la que el escritor responde con una frase muy digna de su leyenda: «Bueno, Lola, es que el mundo no se merece la verdad. Hay que salir con la mentira por delante».


Rosie en la jungla de Nathan Cowdry (Fulgencio Pimentel)

Rosie es una joven muchacha de cara angelical y ojos centelleantes, con aspecto de no desentonar en un manga japonés de estética cute y kawai, que viaja por el mundo acompaña de un adorable perrito amarillo, llamado Denton, al que rescató de ser sacrificado en un hospital. Rosie también es una chiquilla que trafica con droga utilizando a su mascota como mula para atravesar la frontera de Brasil alojando un paquete de cocaína en las tripas del animalillo. Y Denton es un perro que se masturba compulsivamente leyendo revistas pornográficas progresistas con mujeres que abusan del Apu de Los Simpson utilizando un cuchillo a modo de dildo anal. Lo mejor de todo es que Rosie y Denton son los buenos de la historia, las estrellas de la función, la enternecedora pareja protagonista de Rosie en la jungla. Editado por Fulgencio Pimentel en colaboración con La casa encendida, Rosie en la jungla es la delirante macarrada con la que el inglés Nathan Cowdry se ha estrenado en el mundo de la novela gráfica, tras ejercer como jardinero paisajista, ilustrador y perpetrador de numerosos fanzines repletos de sus chifladas ocurrencias. Un cómic que narra la historia de cómo Rosie y Denton, tras sufrir un accidente de avión del cual son los únicos supervivientes, vagan por la jungla en busca de un modo de volver a la civilización. La criatura de Cowdry es un cómic cabroncete que se divierte pateando las expectativas del lector, una historieta cuyo mayor y más gracioso desplante es combinar dibujos tiernos y encantadores con un guion por el que desfilan escenas de violencia gratuita, exhibicionismo, perversiones, humor negro, drogas y chistes sobre eyaculaciones. Mala baba perfilada con trazos absurdamente coquetos, un estilo que anda hermanado con el del popular Simon Hanselmann y la tropa de colgados que dibuja en las páginas de Megg, Mogg and Owl. Rosie en la jungla es una gamberrada cuqui con un reparto de secundarios demencial: unas braguitas parlantes negacionistas del Holocausto que se burlan de lo políticamente correcto, una misionera recién casada que le berrea a su nuevo marido —«¡Llena mi vagina de la gracia de nuestro señor Jesucristo!»— mientras copulan en el Amazonas, un grupo de amigas adorables capaces de convertir en pulpa la cara de un vigilante de la playa que les prohíbe practicar el nudismo sobre la arena o el pasajero de un avión que cree que su café está adobado con semen. Rosie en la jungla es una barrabasada punk envuelta en papel de caramelo, como una Heidi vestida con chaqueta bomber y botas de punta metálica que sale a la calle buscando bronca, como unos Osos amorosos cruzando el aeropuerto con el intestino relleno de paquetes de perico brasileño. El disparate de Cowdry, rendido por completo al shock value y menos preocupado por la trama general, no es para todos los paladares, quizás ni siquiera para aquellos normales, y precisamente ahí radica su encanto.


Blanco y negro: Auge y caída de Bobby Fischer de Julian Voloj y Wagner Willian (Salamandra graphic)

A mediados de los años setenta, el  norteamericano Bobby Fischer era el cerebro más brillante del planeta a la hora de batallar con ejércitos sobre un tablero de ajedrez. El que fuese un niño prodigio, que escaló con celeridad entre las listas de los mejores ajedrecistas del mundo, acabó coronándose de manera definitiva con tan solo veintinueve años al vencer en el Campeonato Mundial de Ajedrez de 1972 celebrado en Reikiavik, Islandia. Un evento, vendido en el marco de la Guerra fría como el gran enfrentamiento entre la Unión soviética y los Estados Unidos, donde Fischer derrotó a Boris Spaski, acabando así con el monopolio que los rusos tenían sobre el podio del campeonato durante los veinticuatro años previos. Tras aquella victoria, Fischer, la máquina humana de jugar al ajedrez, se esfumó por completo de la vida pública y competitiva para reaparecer de manera puntual durante las décadas posteriores, envuelto en todo tipo de polémicas extrañas. En Blanco y negro: Auge y caída de Bobby Fischer, el dúo compuesto por Julian Voloj al guion y Wagner Willian a los lápices reconstruyen la biografía de Fischer en forma de novela gráfica, de manera elegante e ingeniosa: engarzando la temática de los diferentes capítulos con las descripciones de las fichas que componen el ajedrez y sus movimientos. Su crónica recorre los humildes inicios de Fischer, hijo de una madre soltera y pobre con dos criaturas a su cargo, su obsesión por el ajedrez y cómo fue descubierto por Carmine Nigro e invitado a jugar en un club de Brooklyn, iniciando con ello una carrera espectacular a lo largo de todo el país. El superdotado chaval, que asombraba a toda la escena ajedrecista, sería adoptado como discípulo por el profesor Jack Collins, se convertiría en el miembro más joven del club de ajedrez de Manhattan y con trece años se haría hueco entre los veinticinco mejores jugadores de su país. Pero Voloj y Willian no se limitan a abrillantar la figura del héroe norteamericano, porque también señalan sus múltiples y abundantes sombras: la del Fischer desagradecido que insultaba a aquellos gobiernos extranjeros que lo convidaban, la del altivo que negaba autógrafos a sus fans más jóvenes, o la del ególatra incapaz de cumplir las normas de los torneos competitivos por pura desidia. Blanco y negro también retrata con detalle su caída en desgracia, los años posteriores a su victoria del 72 y cómo el hombre se convirtió en fanático religioso, un antisemita adorador de Hitler, un fugitivo del gobierno de su país y finalmente en un lunático que celebraría públicamente los atentados del 11-S. Al volumen de Voloj y Willian la jugada le sale redonda. No solo se recrea la historia de Fischer con mimo, dibujándola sobre el trasfondo histórico de las épocas por las que discurre, sino que además lo hace de forma ingeniosa, transformando calles en tableros de ajedrez en la imaginación del joven Fischer o mudando por completo el estilo de dibujo hacia el cartoon para reflejar sus pensamientos más dementes. «El 17 de enero de 2008 bobby Fischer murió. Tenía sesenta y cuatro años, tantos como casillas hay en un tablero de ajedrez».

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