Ficción

El desalojo

Cuando el dueño de la inmobiliaria se presentó en mi puerta, ya había comprado casi todos los departamentos. Pascasio es propietario de la mitad de Santa Lucía. Se trata de un tipo envuelto en un halo de anécdotas nauseabundas. Apareció vestido de guayabera, una sonrisa y un papel en la mano. Durante un minuto habló de la modernidad y la necesidad de rescatar el barrio. Estrió la mano para enseñarme una cifra. Dijo que era su primera y última oferta.

         Dos meses después, sus bestias comenzaron a derrumbar los departamentos contiguos. Mi habitación comenzó a sacudirse entre los martillazos y el eco de su cotilleo en los pasillos. Para entonces, en el edificio solo quedaban Águeda con su hijo en el primer piso, y yo, en el cuarto. Las paredes y columnas estaban agrietadas, los muros descarapelados y un tufo a cosa podrida se colaba por mi ventana.

         Una tarde, mientras destrozaban otro de los departamentos, surgió por primera vez la voz.

—Ya te he dicho que los puedo ayudar a encontrar un nuevo departamento. Este edificio se les va a caer encima.

         Inmediatamente después escuché el golpe de fierros y martillos cayendo al piso, como si las bestias se hubieran espantado.

—No te preocupes, amigo, no tienen derecho a sacarnos.

         Me pregunté si la voz ya había aparecido antes, solamente en espera de que yo aguzara mis sentidos. Me gustaba pensar que la voz atravesaba los muros resquebrajados y subía por la escalera de emergencia que conecta el departamento de Águeda con el mío. Lo cierto es que la resonancia de la voz me tranquilizaba como se dice del agua que cae de una fuente.

—¿Dónde está el guapo de la casa? Ah, pues jugando, obvio. Ya deja ese aparato, Gonzalito. Te voy a tener que comprar una bicicleta para que salgas un rato.

         La voz carecía de nombre porque Águeda lo llamaba con la palabra «amigo» para establecer de golpe un abismo entre ellos. Desde mi departamento, yo despreciaba ese gesto tan hiriente. Acaso ese nombre me hubiera dado un elemento más allá de su voz para jugar con los contornos y dibujarle un rostro. Su timbre me daba la tranquilidad necesaria para descansar un rato a pesar de que las bestias estaban empeñadas en arrebatarme el único recuerdo de mi padre.

—Amigo, sabes que no permito salir a mi hijo a la calle.

         La dinámica siempre era la misma, es decir, un monólogo que se dilataba entre lo enternecedor y lastimero. La voz justificaba su presencia con el mandado y juguetes, cosas que Águeda no podía darse el lujo de despreciar.

         Nuestro edificio es uno de lo más viejos de Santa Lucía. Construido a la mitad de los cincuenta en una zona con aspiraciones clase medieras. Creo que por aquellos años nació mi padre. Lo diseñaron con la intención de diseminar la intimidad, afanados en maximizar el número de departamentos. Mi ventana mira hacia el patio interior al que antes solía bajar por las escaleras de emergencia que colocaron después de un incendio.

         Gonzalito no participaba en las conversaciones. A juzgar por cómo le hablaban, tenía la edad suficiente para responder algo más complejo que monosílabos. Sin embargo, permanecía en silencio. Hace muchos años, cuando había vecinos, me enteré que había perdido la voz. Vio una cosa que no debió haber visto, me dijeron. Gonzalito espantaba las noches jugando videojuegos hasta quedarse dormido. Las únicas luces encendidas del edificio eran los destellos de su pantalla y mi lámpara, que dejaba prendida en las noches para que Pascasio y sus bestias no creyeran que me había rendido.

         Con los años, el barrio degeneró en un vecindario donde una mirada indiscreta podía dejarte ciego y, al parecer, mudo. Es natural que cualquiera que salga a la calle en Santa Lucía arrastre la mirada sobre el cemento.

—Mira, chamaco. Te compré este celular por si sientes que estas bestias quieren hacerte daño. Ahí dejé mi número registrado. No me veas así, Águeda, por favor, lo compré con un dinero que no había gastado, prefiero usarlo en él.

         Me consolaba vicariamente como si yo tuviera también algo de Gonzalito, como si también pudiera marcarle cuando Pascasio deambula por las calles, mientras eligen cuál será su siguiente compra. Un mero decir porque cuando Pascasio le ve futuro a un predio, lanza a sus bestias para sacar a todos los inquilinos.

—Amigo, lo estás asustando. Ya es tarde, será mejor que te vayas.

         Siempre me asombró la indiferencia con que la voz recorría este rumbo a las horas en que los faroles desprenden un advenimiento que hasta los militares prefieren ahorrarse. De él solo supe que usaba sombrero, gabardina y una postura disfrazada de vengador nocturno. Caminaba como poseído, con la misma displicencia que la de un enamorado rabioso.

         Mi padre compró este departamento pensando en el futuro. Muchos años después, cuando ocupé la pieza, tenía la esperanza de hallar recibos de luz a su nombre. En vez, hecho piedra, el rodillo que utilizó para pintar las paredes, una de las cuales tenía un pequeño recuadro sin terminar. Varias veces fantaseé con que él regresaría para terminar de pintar juntos las paredes. Por eso nunca rellené el recuadro que dejó en blanco, era lo más cercano que tenía a su retrato.

         Sobre Águeda sabía que llegó a Santa Lucía por accidente. Hacía su rutina como utilizando anteojeras para eludir miradas. Siempre le concedí el mismo desprecio que ella le tenía a él. Cada visita, él protagonizaba la charla porque ella evitaba prolongarla. En ocasiones, el monólogo duraba tanto que tenía la suerte de dormir hasta la mañana siguiente, las horas en que la calle lucía despejada con el rumor ya inofensivo de un siniestro.

         Para cuando llegó el documento de desalojo, mi pieza ya tenía un orificio en el techo por donde la lluvia se colaba. Me lo dejaron debajo de la puerta. Era una hoja membretada con la firma de Pascasio, avisándonos que a partir de ese momento éramos invasores. Las instrucciones indicaban que teníamos 48 horas para abandonar la propiedad. El documento sugería sacar todas nuestras pertenencias.

         La última conversación entre la voz y Águeda giró en torno al desalojo. Se le escuchaba preocupado. La tensión aumentó cuando vieron que las bestias esperaban impacientes frente al edificio.

—Mañana vengo por ustedes. Traigo una camioneta para llevarnos todas las cosas. Ya veremos dónde nos quedamos.

         Regresé a mi habitación y me acosté a esperar el paso de las horas. Pensé en mi padre, o más bien en la extraña esperanza que lo llevó a arriesgar la vida por un futuro a todas luces huérfano.

         Todavía faltaban algunas horas para que el plazo se terminara cuando un celular comenzó a sonar en el departamento de Águeda. Me asomé por la ventana para entender por qué no contestaban. Fue cuando la vi correr junto a su hijo sin ninguna pertenencia. A la hora prevista cortaron la luz, pero el celular seguía sonando. Las bestias subieron al tercer piso, a mi departamento. El primer martillazo abolló la puerta, el segundo, abrió un boquete. Antes que la destruyeran decidí bajar por las escaleras de emergencia. Entré al departamento de Águeda. Recogí el teléfono y contesté:

—Hijo de mi vida, gracias a Dios que escuchaste.

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