Ficción

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—Estás muy linda —creo que dijo.

Jugaba Peñarol.

El bar estaba a reventar de gente y de olor a mozzarella. En las mesas se apilaban los vasos y las botellas de cerveza vacías. Nadie comía. Supongo que es imposible pero juraría que todos los presentes tenían la misma cara y el mismo atuendo desaliñado —campera de jean raída, pañuelo palestino, barba de tres días—. Los había más altos y más bajos, algunos estaban de pie y otros sentados, algunos eran panzones y otros más flacos, pero todos tenían exactamente la misma cara que miraba una pantalla. Las mujeres no. Las mujeres eran distintas. Había una pelirroja de rulos que era «un camión», pero nadie se percataba. Sentada a su lado estaba una morocha flaca que se había maquillado lo justo para que pareciera que no. El queso de la pizza, primero blandito y apetitoso, se estaba endureciendo y formaba ahora una costra en el plato blanco de plástico. El mozo vestía su incongruente gala de mozo montevideano —moñita negra, camisa blanca, blazer y delantal—. Con su bandeja plateada me clavó un nasal «permiso» y yo me aparté para dejarlo pasar. Metí un poco el ombligo y arqueé la cadera para hacer sitio, repitiendo el gesto tantas veces practicado en algún ómnibus a rebosar de hombres babeantes.

Fue entonces que el lado convexo de mi cuerpo calentó el milímetro de aire que me separaba de Héctor, a la altura exacta de la mano de él, que permaneció anulada dentro del bolsillo de su tapado. La otra se apoyó en la barra, o más bien debería decir que se agarró, intentando evitar que el contacto con mi cuerpo lo atrajera hacia mi cintura breve y la posibilidad de rodearla. Se agarró a la barra y dejó la otra mano en el saco de la misma manera en que había dicho «estás muy linda»: como una constatación, como si hubiera dicho «volvió a perder el Bolso» o «qué cagada lo de tu viejo» o «nunca fuiste mía», con esa voz cansada que siempre parecía pronunciar una resignación prematura —Nacional siempre pierde, los padres siempre se mueren, vos siempre vas a estar del otro lado—.

Mi hermano y sus amigos nos esperaban en la sala del velatorio. No pensaba probar la pizza pero me había ofrecido a ir a buscarla como quien se aferra a su última oportunidad de respirar. No fue premeditado. Iba a ir con un antiguo compañero de escuela que se había ofrecido a acompañarme porque ya había dado el pésame y no sabía bien qué más hacer ahí. En la puerta, el comedido saludó a alguien y mientras intercambiaban formalidades yo aspiré una bocanada de la humedad de febrero y empecé a hurgar desesperadamente en la cartera. Todavía no había encontrado los cigarros cuando sentí un olor a champú recónditamente familiar. El lapso que insumió mi mirada en apartarse de la cartera fue de quince años. Cuando mis ojos encontraron los de Héctor yo ya era la pendeja petulante y desvalida que lo necesitaba y lo odiaba. No dijo nada. Se quedó parado ahí, en medio de la devastación. Como siempre, en medio de la devastación. Entonces yo pronuncié lo que los dos ya sabíamos, lo que nos había sacado a ambos de nuestras respectivas post vidas y nos había plantado ahí, en ese lugar fuera del tiempo, en la puerta de la funeraria de un país que ya no era el mío, a dos cuadras del apartamento donde habíamos cogido por última vez, hacía quince años, cuando al dolor yo lo leía en los libros.

—Se murió mi viejo.

Él arrugó apenas la comisura izquierda del labio y se mantuvo callado. Se quedó ahí de pie sosteniéndome la frase y nunca he conocido mayor consuelo. Él estaba ahí. El comedido preguntó algo pero ya no se le escuchaba la voz. No recuerdo cómo lo despaché pero juraría que apreté un botón y se esfumó. Lo siguiente que supe fue que estaba en un bar con Héctor esperando las pizzas y la gente era como un televisor encendido que nadie mira.

—Estás muy linda —dijo a modo de pésame. El pésame que prematuramente me había dado el día que lo desvirgué en el living. La primera mujer, la venerada, condenada a ello desde el primer día, cogiendo para el recuerdo. Antes de dejarlo, yo ya era su Beatrice, su Dulcinea, la mujer a la que siempre se vuelve, pero solo en sueños. «Fuiste la única a la que quiso mi vieja» me había dicho un día, orgulloso casi, como si fuera un piropo. Los clichés duelen el doble porque, encima, son clichés, y ahí estábamos los dos con la frente marchita. Supe que la perdería antes incluso de conocerla (…) mi Señora de la Eterna Pena. Hasta la otra punta del mundo me había tenido que ir, y ahora parecía que solo me había ido para poder volver.

Estaba más rubio y más gordo que nunca. Los ojos celestes parecían escrutarme desde la profundidad de las cavidades que los albergaban, penetrantes como rayos X. Surcados por una barba enruladísima, los labios carnosos eran rosados como la rodilla pelada de una niña y al mismo tiempo tenían algo de púbico, de sexual —¿o era solo mi manera de hacer foco en ellos?—. El pelo largo y rizado, recogido en una coleta, completaba su estampa de vikingo. Si me dijeran ahora que aquel día llevaba dos trenzas y un casco metálico con cuernos, no me sorprendería. Ya sé que es soez pero tuve ganas de chupársela ahí mismo. Me lo imaginé sentado con las piernas levemente abiertas, agarrándome por el pelo para hacerme subir y bajar la cabeza mientras me miraba desde arriba. Me sonrojé y bajé la vista un microsegundo, para volverla a alzar rabiosa y triunfal sobre el cadáver de Jane Austen y Emily Brontë. Al carajo la modosidad. Ahora seguía roja, pero de rabia. A punto estuve de girarle la cara ahí mismo, de escupirle sonoramente al lado del ojo, de romperle la nariz de una trompada y entonces, cuando le estuviera bajando un hilito de sangre, agarrarle la mano con la que él habría atinado a cubrirse la nariz lastimada y empotrársela en mi entrepierna apretándole el dedo mayor contra la nervadura del vaquero. «Vos siempre el mismo contenido hijo de puta, ¿qué mierda hacés diciéndome que estoy linda sin mover la mano del bolsillo?».

Pero mi padre se había muerto y todavía no estaba enterrado. Lo estaban velando a cajón abierto en una funeraria que apestaba a aromatizador de taxi. Y el que estaba frente a mí era Héctor, no un desconocido con olor a colonia que me podía coger sin peajes en el baño de un avión. Quería pedirle que me sacara de ahí, que por favor no volviéramos al velatorio abarrotado, ni a mi familia ni al cadáver cianótico de mi padre. Que me llevara a un «telo» y me ensartara sin contemplaciones, obligándome a las posturas que se había imaginado mil veces cuando manchaba los cómics. Casi le rogué que me mordiera y me prensara, que me agarrara con sus manos grandes como a un pajarito caído del nido y probara a ver hasta dónde podía apretar mi calidez palpitante, que palpara mi cuerpo para comprobar la mejoría de los años, lo vivo que estaba, lo ávido por años de haber cogido buscando algo que no encontraba, algo que solo me podía dar él porque solo él podía ser todos los hombres a un tiempo, su abolición mejor dicho, nuestra venganza de él, nuestro imposible triunfo. Ah, pero Héctor, el sensato, siempre «sabía mejor» —como en el doble sentido, como en inglés, como en la más cursi y cierta de las canciones—.

Entonces se fue la luz. Todo el bar quedó a oscuras y, desde la acera de enfrente, el cartel luminoso de una farmacia nos alumbró la cara. Todo su rostro quedó arrebolado por el rojo del letrero, igual que nos quedaban las caras a él y a mí después del sexo, allá entonces, mis mejillas raspadas por su barba incipiente, su cara rubicunda toda rosada de agitación e incredulidad. Iba a agarrarlo por fin de la nuca y a romperle la boca de un beso cuando el letrero fluorescente cambió de color y su rostro, hacía un segundo encendido, se volvió verde y ojeroso y de pronto me pareció que estaba mirando un cadáver. El cadáver prematuro de Héctor.

Volvió el sonido. Entraron en escena las voces y los otros. Alguien sintonizó la radio justo a tiempo para gritar el último gol.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Mariana Font nació en 1977, en Montevideo, Uruguay. Radicada en el Pirineo catalán, es profesora de Secundaria y traductora. Ha publicado relatos en varias revistas literarias y en recopilatorios de las editoriales Irrupciones (Montevideo) y Candaya (Barcelona). En 2016 auto editó la novela corta «La memoria es un sitio solitario» (Espai Literari). Es magíster en Creación Literaria por la Universidad Pompeu Fabra.

Un comentario

  1. Además de la sordidez, mil veces vista, leída y oída, ¿qué interés tiene el texto, tan exageradamente vulgar?

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