Crónicas en órbita Crónicas

Dante 700: postales desde Noto

Al atardecer en Sicilia, en la ciudad de Noto, de paseo entre iglesias y palacios barrocos, nos topamos con tres escalinatas recubiertas de pintura. En lugar de cubos de agua y lejía jabonosa —nos gustan los hábitos populares del gran sur—, parecía que hubieran arrojado baldes y baldes de pintura, en plan gamberro. El arte urbano, aunque nos agrada, nos cansa ya un tanto y por eso desdeñamos en principio el valor de aquella curiosa lava de colores que, sin embargo, no desentonaba para nada entre las calles altivas pero decadentes de Noto.

Al cabo nos dimos cuenta de que aquella acción artística tenía que ver con el 700 aniversario de la muerte del poeta florentino Dante Alighieri (1265-1321). La efeméride se celebra justo ahora, el 14 de septiembre, tras morir el gran bardo en Rávena —se dice que por causa de la malaria—, cuando tenía 56 años y regresaba, según parece, de una encomienda diplomática en Venecia. Por toda Italia —y no sólo, obviamente, por la Toscana— se viene celebrando el 700 aniversario del creador de la Divina Comedia. No obstante, como decíamos al inicio, el atardecer en Noto nos había creado como una drogodependencia estética, parecida a lo que en tiempos debió ser el síndrome de Stendhal. De ahí que tardáramos en caer en la cuenta de que nos hallábamos en un año de celebración literaria en Italia.

Vimos por azar la primera escalinata del Dante cuando bajábamos de la parte alta de Noto, tras visitar la blanca iglesia del Crucifijo. La representación del Infierno parecía como un inmenso tatuaje, pero adquiría su perspectiva de calaveras y efectos siniestros vista desde abajo. Más tarde nos topamos en otra escalinata con la representación del Paraíso. Habíamos contemplado la fachada barroquísima del Palazzo Nicolaci (balcones y ménsulas decoradas con figurillas mitológicas grotescas). Un poco más arriba, a la derecha de la iglesia de Montevergine, hallamos la cuesta que subía directamente al cielo. Una alfombra azul pavo cubría un primer tramo de escaleras, que conducía a otro segundo tramo donde estaba dibujada la alegoría del Paraíso dantesco.

El busto de una madonna moderna ocupaba el centro de la pintura. Sobre la cabeza, un ave blanca como venida del edén, le ceñía una especie de corona plateada, que estaba adornada con dos sagrados corazones de Jesús y una especie de camafeo con similar simbología. El busto de la mujer, aureolado y fulgente como si fuera la Virgen María, se fundía sobre el capitel de una columna jónica. Bajo la columna, a modo de singular vergel, brotaban floripondios rojos con más bustos, esta vez en pequeño formato, que reflejaban mujeres bañadas en pan de oro, con alas en sus espaldas y, en general, muy parecidas a las estatuillas de los Óscar de Hollywood. Todo, a su vez, tenía un fondo de color celeste. Vista en conjunto, la alegoría nos pareció un punto hortera y otro punto sutil, por lo que habríamos agradecido padecer de trastorno bipolar en ese momento.

Por su parte, la representación del Purgatorio casi se nos escapó. Pero la contemplamos por suerte a distancia, tras visitar la sufrida catedral de San Nicolo primero y, después, la iglesia del convento de Salvatore. Por una calleja alterna, a la que daba la fachada del convento, se veía una escalinata pintada mayormente de un amarillo maduro, como el del mango. Junto a la palabra «Purgatorio», a modo de ráfaga fantasmal, se sucedía el rostro inquietante –tal vez la máscara– de un hombre de tez apagada. Otra columna jónica soportaba en su capitel un huevo de avestruz, cuyo blanco destacaba sobre un ramo de rosas amarillas. La silueta de una danzante, con su escorzo de funambulista, aportaba su críptica metáfora sobre la alegoría del conjunto. Hacen funambulismo del alma quienes esperan el acceso al eternal jardín. Eso nos dio que pensar, seguro que erróneamente. Vista la composición a distancia, los cables de la calle hacían su efecto óptico y parecían formar parte de la liana que habían pintado de lado a lado sobre la escalinata. De la liana colgaba la pierna de la ágil y femínea figura.

¿Resultado, pues, de todo esto? Si no fuera porque paseábamos por la barroca Noto, atraídos por la gracia curva, el señorío de los palacios, la dejadez exacta y pura de la que uno disfrutaba al callejear, más el desmayo lento, lentísimo, del sol de junio, pues habríamos dicho sin paliativos que la pintura del Purgatorio aquel, como la del Paraíso y la del Infierno, no era más que lo siguiente: una horterada, agravada además por las ínfulas intelectuales. Pero, repetimos, entre la bellísima cartografía del barroco, bajo la luz templada de nuestra propia decadencia, pues nos dijimos que sí, que nos gustaban aquellas alegorías, donde se fundían el arte del tattoo, el grafiti urbano y la fantasía de Sorrentino para una loca noche de fiesta en una catacumba romana.

*************************************************************

En Noto, por tanto, llegamos a una originalísima conclusión: las atrevidas pinturas que habíamos visto en las escalinatas nos parecieron… dantescas. Pero para bien y no para mal. Como es sabido, el término dantesco es mayormente usado a) para referir estampas de catástrofe y desolación aterradora, y b) para dar florido vocabulario a aquellos –periodistas mayormente– que nunca han leído la Divina Comedia ni saben nada de los círculos del Infierno, el Purgatorio y el Paraíso. Esto es harto bien sabido, pero no hay que ponerse estupendos ni mostrar altivez con las fallas del pueblo. Todo el mundo sabe lo que es kafkiano sin haber leído una solo línea de Kafka.

A menudo las efemérides culturales nos provocan sopor. Pero bueno es reconocer que ciertas veces, no demasiadas, nos permiten acercarnos iniciáticamente o bien redescubrir la obra y la propia figura del homenajeado. La vida de Dante transcurrió entre las ariscas ciudades-estado de Italia, en el vaivén de la edad vieja (duecento) y la edad nueva (trecento). Las luchas entre güelfos y gibelinos migraron a Italia desde los predios del Sacro Imperio Germánico, hasta el punto de que en la península itálica cobraron brío propio.

La biografía que acaba de publicar el historiador italiano Alessandro Barbero en la editorial Acantilado, Dante, nos ofrece el aliciente que precisamente nos sugerían las alegorías pintadas en las escalinatas de Noto. Aire y distancia. Quiere uno decir que su biografía también nos ofrece el marco, la perspectiva adecuada y, por tanto, la anudación de aquel hombre, en este caso el inmenso florentino, respecto al tiempo convulso que le tocó vivir.

La Divina Comedia de Dante atrae por lo mistérico del abismo, bajo esa lírica multiplicación del 3 al 9 que, a su vez, se dispone entre un álgebra de dantescos círculos. Nos atrae la morada del Infierno, como casa del dolor común y como tiniebla perfecta de toda falta de esperanza. Nos tienta por ello su crepitación, por encima de los bellos cantos dedicados al Paraíso y al Purgatorio en el resto del tríptico.

El Canto I del Paraíso nos dice nada más entrar en él:

La gloria de quien toda cosa mueve
penetra el universo, y centellea
en unas partes más y en otras menos.

En el cielo que más su luz recibe
estuve, y vi unas cosas que no puede
ni sabe repetir quien de allí baja.

Bajo la jamba que lleva a la cámara del Purgatorio, se lee la salutación que el poeta nos hace:

Por correr mejor agua alza las velas
la navecilla de mi ahora,
que deja atrás un mar tan despiadado;

y he cantar de aquel segundo reino
donde el humano espíritu se limpia
y de subir al cielo se hace digno.

Con ser invitaciones sugerentes las que nos conceden los reinos del Paraíso y el Purgatorio, el paisaje del Infierno, esa “selva oscura” que le da su informe lobreguez, es el que más nos incita a atravesarlo. Diluimos el infierno propio en el reino de la condena universal, como si en el pecado gustáramos de refocilarnos.

Mediado el curso de nuestra existencia
me vi metido en una selva oscura,
desorientado de la recta vía.

¡Cuán duro trance es relatar cómo era
esta salvaje selva espesa y dura,
que al recordarlo me renueva el miedo!

Es esto mismo lo que nos atrae con truculento deleite. Acudimos al paraje del Infierno porque queremos renovar el miedo. De ahí que nos gusten tanto los célebres grabados y pinturas que sobre la Divina Comedia crearon, entre muchos otros artistas, Gustave Doré y William Blake. Recrean como pocos la «selva espesa y dura» que aguarda a todo aventurero que, ya como inquilino, asiente a lo que le es dado a conocer en la estancia maldita: «Quienes entráis, dejad toda esperanza».

En Noto, por volver al punto de partida, no quisimos leer pasaje alguno de la Divina Comedia ni asomarnos a ninguna tenebregura. El atardecer, eso sí, dio paso a la mortal celebración del ocaso. Las pinturas del Dante sobre las calles fueron difuminándose mientras se hacía la noche en el interior de Sicilia. Noto nos resultó hermosa y hasta cierto punto dantesca.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*