Ficción

Nocturno con perros

El mío es un barrio tranquilo. Hace poco me tuve que mudar a este condominio a las afueras, a esta casa familiar a un par de cuadras del mar. Aquí todo es muy silencioso. La carretera está tan lejos que los únicos autos que pasan son los de mis vecinos. Y, a veces, ni siquiera ellos se suben a sus autos en todo el día.

A mis vecinos no los conozco, pero los he visto. Por las tardes pasean a sus perros en el parque frente a casa. Mi vecino de al lado es un hombre corpulento con un gran danés tan descomunal como él. Hay una pareja que se sostiene de las manos al pasear a su par de shih tzus. Cuando mi vecino de al lado se encuentra con la pareja, se saludan y conversan. Uno diría que el gran danés podría tragarse a esos shih tzu a un bocado por vez, pero les olisquea los culos con extraordinaria amabilidad.

Yo, por mi parte, prefiero salir a la medianoche, cuando no hay nadie por las calles. Porque entonces puedo escuchar el sonido del mar mientras camino, las olas que revientan a lo lejos. Yo no creo que haya nada malo en andar solo por las noches. Hay gente que sí lo piensa, pero yo no lo pienso.

Algunas noches siento que me observan. Cuando camino hacia la costa miro las ventanas de mis vecinos, y alguna vez he visto algún destello detrás de una cortina. Quizás el brillo de un par de ojos. Cuando eso ocurre hago lo posible para que no parezca que ando metido en algo extraño. Me pongo el celular a la oreja, por ejemplo. O doy media vuelta como si me hubiera olvidado de algo en casa. Aunque también puede que todo esté en mi cabeza y nadie me esté espiando.

***

La última vez que salí de casa a plena luz del día me crucé con mi vecino de al lado paseando a su gran danés. Insisto en su tamaño: más que un perro, parece un caballo pequeño. El animal olisqueaba la hierba a la sombra de un árbol, yo iba de camino a la tienda, y en el instante mismo en que puse un pie sobre el parque, enloqueció. Se le erizó el pelo, se le abrieron los ojos y me comenzó a ladrar como si se le hubiera aparecido el demonio. Suerte que mi vecino es un tipo bastante grande y logró sostenerlo con la correa, porque ese animal estaba fuera de sí. Yo me largué de ahí corriendo. Mi vecino gritó algo mientras me iba, pero una vez que ya empezaste a huir solo puedes seguir huyendo.

Luego de comprar lo que tenía que comprar en la tienda quise regresar a casa. Pero la única manera de llegar es a través del parque y mi vecino seguía paseando a su perro. Así que no me quedó más opción que esperar a que se vaya. Tuve que esperar como media hora detrás de un árbol.

No le di mucha importancia al incidente hasta un par de noches después. Entonces tuve ganas de dar un paseo, salí de casa, pero apenas llegué a la fachada de mi vecino su perro comenzó a ladrar detrás del garaje. No se imaginan con qué furia lo hacía: como si supiera que era yo quien pasaba. Intenté no hacerle caso y seguí caminando, pero, como era de esperarse, los ladridos de este perro despertaron a otros perros y, al rato, había un concierto canino en todo el barrio. De pronto, la luz de una habitación se encendió en casa de uno de mis vecinos, así que di media vuelta y comencé a correr. Por suerte no estaba muy lejos de casa.

No creo que la persona en la ventana me haya podido ver, porque mi calle es bien oscura de noche, no hay muchas farolas. Seguramente vio a alguien corriendo, alguna silueta, pero no creo que sepa que era yo quien corría.

***

Un par de noches atrás decidí salir por la puerta trasera para evitar cualquier problema con el perro de mi vecino. Tuve que tomar un camino de tierra muy mal iluminado pero, al rato, logré llegar a la costa. Entonces no había una sola persona en toda la playa. El cielo era tan negro que no se sabía muy bien cuándo terminaba y cuándo comenzaba el mar. Yo me lancé sobre la arena y me puse a escuchar las olas.

A mí me gusta escuchar el sonido del mar. Me gusta hacerlo con los ojos cerrados. Porque solo así se empiezan a notar cosas que no se notan normalmente. El salpicar de gotas sobre las piedras. El agua que se filtra entre la arena. Cuando uno permanece frente al mar el tiempo suficiente, llega un momento en que cualquier otra presencia queda suprimida. Las gaviotas, los aviones, el viento. Incluso la persona queda un poco diluida por el sonido del mar. Y con ella, todo lo bueno o malo que la persona pueda tener. Sus sueños. Sus creencias. Los errores del pasado.

Emprendí el camino de regreso en posesión de una indescriptible tranquilidad que no duró mucho. Porque apenas terminó la arena y aparecieron las primeras casas, el silencio de la noche fue interrumpido por el agudo ladrido de un perro pequeño, un shih tzu quizás. Yo seguí andando con la mirada fija al frente, apretando el paso, pero, enseguida, un segundo perro comenzó a ladrar, el de la casa vecina. Le siguió otro más, uno de voz grave, como la de un pastor alemán. Mi andar parecía despertar perros por donde iba y, sin darme cuenta, todo el barrio estalló en un escándalo de ladridos. Pude ver que las luces de algunas habitaciones se encendieron, pero no me detuve en ellas porque, a esas alturas, yo ya estaba corriendo. Más rápido de lo que jamás he corrido en mi vida. Cuando llegué a casa cerré la puerta detrás de mí con llave y me quedé ahí, apoyado contra la puerta. Me tomó un buen rato pero, finalmente, logré calmarme y subí a mi cuarto. Ya sentado en mi cama, levanté el teléfono de mi mesa de noche y quise llamar a alguien para contarle lo que había sucedido. Pero no pude pensar en nadie a quien le pudiera interesar una historia como esa.

Desde aquella noche no he vuelto a salir de casa más que en auto y solo cuando es absolutamente necesario. No es que le tenga miedo a esos perros, pero prefiero esperar un poco. Porque es extraño. Es decir, hasta cierto punto, puedo entender que el perro de mi vecino me ladre; después de todo, sabe quién soy. Pero, ¿qué es lo que les he hecho yo a todos estos perros desconocidos?

La noche de ayer no dormí bien. Soñé que alguien tocaba la puerta de mi casa. Y, al abrirla, me encontré con mi vecino. Él cargaba a su enorme gran danés entre los brazos y, enseguida, soltó al animal, que cayó al piso como una bolsa de papas. Estaba muerto. «Bienvenido al barrio, amigo», dijo, y abrió los brazos. Lo único que pude hacer ante un gesto como ese fue abrazar a ese hombre y, por alguna razón, comencé a llorar sobre su hombro. Podía sentir las gotas calientes en mis ojos, como si todo aquello fuera real. No pude saber cómo terminaba el sueño porque, en ese momento, me llegó un sonido desde el más allá. Era el timbre de un teléfono. Alguien me llamaba y quería escuchar lo que yo tenía que decir. Así que cogí el aparato con una mano y, de golpe, le solté a la persona al otro lado de la línea todo lo que ese sueño me hizo sentir. Hablé, hablé, hablé. Y aunque esta persona no respondió nada, el solo hecho que se haya tomado el tiempo de escucharme hizo que me sintiera mucho mejor. Es maravilloso lo que puede lograr el silencio.


Con la colaboración del Máster en Creación Literaria de la BSM-UPF, dirigido por Jorge Carrión y José María Micó, catorce años formando a escritores de España y América Latina. Más información aquí.

Carlos Fuller Maúrtua (Lima, 1990). Periodista, escritor y docente. Es co-autor del libro de crónicas «Casa de Todos: Rostros de la calle en Plaza de Acho» (Editorial UPC, 2020). Ha colaborado con publicaciones como Salud con Lupa, Soho, Quimera, Revista H, Ojo Dorado, Revista Regatas, entre otras. Una de sus crónicas recibió el Premio ETECOM. Actualmente es profesor de la Facultad de Periodismo de la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, de la que egresó en 2013. También siguió el Máster en Creación Literaria de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona, en cuyo programa nació su primera novela, «Caen los colibríes». Esta será publicada en septiembre de 2021 por la editorial peruana Colmillo Blanco. 

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